¡Ay, si la vergüenza fuese oro!
¿Qué de vos, de mí y de nosotros si jamás encontrásemos los tesoros que inventamos, esos que tanto nos prometemos al quedarnos sin proyectos?
¿Optimismo carismático o pura cortesía inútil de barrio chino y en jarrón?
El compás tibio de tus latidos no me ofrece ni subsuelo ni terraza, ni consuelo ni mordaza, ni vientito ni llovizna, ni carisma ni entretanto, ni siquiera un contrabando de nuestros fuimos por fronteras. Permite sólo un cambio y fuera para encarar el adiós que aborrezco y atravieso, con cierto malestar que reconozco. Los naipes cayeron boca arriba y de golpe andan faltando comodines. Vergüenzas, arlequines, y la envidia natural que se le tiene al que sale a buscar y recuperar o conquistar lo que le pertenece, ya sea por derecho histórico o por convicción personal. Sin mirar hacia atrás ni probar entremeses de reuniones cajetillas. Sin preguntar ni dudar. Con el paso bien firme al pisar en el terreno donde todos se arrepienten. Con la sonrisa que combate tempestades encajada en el medio de la trompa. Y con la mirada hacia allá: hacia donde están los reyes y la magia, hacia donde habita la admiración que pretendemos tengan nuestros ídolos para con nosotros
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario