Mientras nos estamos yendo, da lo mismo si nos acompañan dulcemente hasta la salida o si nos tiran la puerta encima apenas cruzamos el umbral. Uno se va, y el mundo con todo lo que tiene dentro importa menos que un carajo.
Mi obsesión mayor son tus conductas, humano pequeñito y oloroso; y soy tan pelotudamente hábil en reconocerlas que ya no puedo dar un paseo por las calles sin que me afecte tu gran circo romano de posturas y de poses que me propones apenas salgo de casa. Uno es solamente uno en la desestimada soledad, porque fuera de ella uno es uno más la interacción; y es justo ahí, en la coexistencia, donde inyectamos mierda o vitaminas a todo el asunto dependiendo de qué es lo que fuimos minutos antes, mientras estábamos solos, my Darling.
Somos máquinas de esconder defectos y de fingir virtudes (verdaderas o no, da igual). ¿Vos, qué sos? ¡Andá, hacélo, ¡mudo!, y volvé! Sé terciopelo del Imperio de la Gran Moravia o burbujas en la cerveza del Rey de Nuestra Señora de la Predilección pero calladito la boca. La aprobación tan ansiada no está más que en uno mismo, y su precedencia no es otra cosa que la hipocresía.
Nuestros actos no necesitan una locución aduladora que los acompañe para ser ellos, eso lo agregamos nosotros para trepar peldaños, generar algún efecto siniestro en cómo es que somos vistos y mirados y también para, ¿por qué no?, pagar de contado un autito superveloz y confortable.
Por lo que quiero que me toque, me sobra con vos (mi ángel sexual), un cuaderno, algo que escriba y un montón de cigarrillos.
...y fuego, claro!