54- Un viaje en tren

Los escritores estamos jodidos. Lo digo en serio. Estamos jodidos desde los pies hasta los pelos. No existe nada mejor para nosotros que vislumbrar nuestra propia cabeza rodando sobre y dentro de sí misma. Nos da lo mismo que nos cuenten que hoy los nenes han jugado felices en el parque o que han sido asesinados colectivamente en la escuela por un compañero de aula armado. Nos da lo mismo comer que vomitar. Nos da lo mismo cagar que tomar agua (no así coger). Somos una lacra, una masa egoísta, amorfa y ultrajante. Pertenecemos a los desquiciados; nos desvivimos por decir y nombrar 1000 y 1 maneras para corregir el universo y su funcionamiento pero no despegamos un centímetro el culo del almohadón de nuestra silla para concretarlo o colaborar con ello.
Si yo fuese un hijo de puta completo, digo esto porque sé que soy sólo medio hijo de puta, nos mataría a todos nosotros de una vez, sin titubear y sin mover los parpados. Somos personas escondidas en el fondo de nuestro propio culito (nuestro culo pasó a ser mamá), jactándose de entretener, o, peor aún, de intentarlo. Nos hemos olvidado del mundo en el mismo momento en que sentimos que el mundo se olvidó de nosotros, y nos hemos recluido en corazones ajenos por carencia de uno propio.
¡Créanme! Odiamos profusamente al resto de las personas. Y nuestra peor desdicha, contradicción y asquerosidad es menoscabarnos continuamente en pos de entretener y consolar a nuestro propio veneno: ustedes.
Ustedes y yo somos mierda; la misma, en realidad. Ustedes y yo somos una bala. Una bala que zumba y zumba, que procrea y procrea más balas, y que, aunque lo intente y lo desee en cada suspiro, nunca logra asesinar. Nacimiento fortuito. Mala parición sangrienta de llorones insaciables. Calambres estomacales. Cánceres de ojos de colores diversos. Ventrílocuos animados a esbozar “jamás” una de sus voces hacia afuera. Carcamanes de la memoria y del estudio solitario. Rellano intransitable. Inefables huelemierdas. Descarados de la vergüenza y promulgadores del Yo. Hijos de putas plenamente orgullosos de las doce letras que nos componen, unidas y separadas a la vez.
Ya saben, entonces, si ven venir a un escritor por la misma vereda, crucen la calle, entren a cualquier comercio o solamente aléjense. ¡Lo digo en serio! Si no les hace daño, seguro les pedirá dinero.


En eso, llega el tren; después de media hora de putearlo. Y está como me lo imaginaba. Se apisonan en sus fauces las almas muertas años atrás, que dicen creer fervientemente en la vida. “¿En qué vida?”, me pregunto sentadito en el piso del furgón y me sueno la nariz con ganas. “En la vida que llevan más años aún posponiendo”, me respondo y me soplo los mocos para adentro. Caras, caritas y caretas de jóvenes, niños y viejitos que ven, vieron y verán su vida andar, rondar y caminar siempre delante de sus propios pasos, inalcanzable. Enmarañados en esperanzas fútiles y contrariadas; llenos de muerte donde se los escarbe con un palillo. Son sonrisas adiestradas para cumpleaños y reuniones, para salones de y con fiestas, creyendo todo el tiempo que es tiempo de vivir cuando se calzan los zapatitos nuevos. Son, en realidad, desaires, ángeles masacrados con bastones amansa locos, pequeñas vidas que tiritan de frío en nuestros enormes eneros calurosos. Van y van, y no se cansan. Se ajetrean, se maldicen por asientos, se bocinan y desdicen, se cubren y descubren siempre con vergüenza.
Las estaciones pasan y pasan tras el vidrio. Penden las bicicletas de los ganchos; daría lo mismo si, al subir, colgaran de estos a sus corazones y se marcharan a sentar con sus bicicletas metidas en el pecho.


Hoy es domingo y Día del Padre. Todos cargan con más aplomo que de costumbre. Van hartos e hinchados las pelotas a presumir un festejo que saben los aburre. Es probable que después de comer, y un poco menos antes, también, rían un poco. Pero llevan escrito en la cara que no les resulta suficiente. No alcanza la familia y un almuerzo con ella. Quieren más y más… Pero como eso hay que salir a conseguirlo… Entonces advierten que tienen fiaca, o lo peor, que les falta valor. Les pesa el culito peludo que apoyan sobre los asientos de cuero verde-frío del Urquiza.
Bajan, luego; caminan, van al taxi, al subte o al colectivo para llegar a la reunión. Para mascar ese raviol casero o la carnita a la parrilla.
Y mientras se acomodan en el vehículo con el que van a achicar el último tramo del viaje, no sé en qué van pensando. No sé qué carburan mientras tanto, mientras los nacimientos y los entierros, las orgías y las pajas más las facturas y los recibos andan por ahí, en algún lugar, inamovibles. En cambio, sí sé dónde es que están siempre; sé dónde hurgan y maldicen, dónde acoplan y resignan, dónde farfullan sus plegarias y planean las venganzas de sus propias necedades. Todo lo hacen en su obscuridad interior. Van, continuamente, perdidos, tanteando dentro de su propia ceguera.


“Nada cambia nada, por eso es que suelen sorprendernos en la búsqueda del todo…”

53- Cerebridad

En el medio del cerebro existe una traba, un punto donde, por deporte, los demonios se cogen entre sí, y donde, también, todos aquéllos que osen cruzar esa intersección reveladora se ven cogidos de golpe; es, o casi es, un momento de ecuación irresoluble, un agujero negro que por muy poco no alcanza analogía a cualquier corazón que nadó, nada y nadará desnudo en la vereda que está y que vive justo cuando salgo de esta casa albergue en la que duermo cada noche.
Allí, se atacan las soledades al azar, se acodan las damas malvadas de los infiernos que encuaderno con una Bic y un talonario de renglones escogido. Es donde trotan los mundos que pienso caminar, en adelante (que ya fueron míos hace un puñado de años), y donde se agolpan resoplidos de los restos de mandanga de hace un rato. Es todo un universo que siempre he intentado tragar de un trago y que ahora, lejos de apurarlo, pretendo encuentre su ritmo natural, lo practique, desarrolle y lo evolucione hasta convertirse en disparador consagrante de esta furia inexorable, que obra siempre traspuesta, a su capacidad corroborada de productora social. He dejado a su cargo la fluidez del tiempo… y fue duro, no por caro ni por escurridizo, el traspaso del control. He conseguido, más de una vez, someter al mordisco de mis manos ciertos banquetes que devoré despacio e inteligentemente.
Quiero pensar que los apuros están cada vez más tratados (como aguas de desecho, barrosas, a las que conviene agrupar, aglutinar, para darles salida por la puerta de atrás: ¡la mejor de todas las puertas!)...

52- LA CONQUISTA DEL REINO DE LOS SUEÑOS PROPIOS

Las mejores manos que la escritura haya conocido alguna vez ya han escrachado en una hoja estas palabras: “soy un enfermo, soy un hombre malo”; y la verdad es que nos representan a todos nosotros, a todos nosotros que intentamos escribir unas palabras cada tanto, creyendo que somos grandes escritores que aún no han escrito nada importante pero que intuyen, erróneamente, que todo lo que tienen en la cabeza son excelentes ideas y nada más que excelentes ideas… ¡Nunca nada malo! Lo malo recién aparece cuando nos ponemos a escribir, ahí parece la mierda que no aparece nunca en momentos en que somos un torbellino de pensamientos excéntricos, trenzados con la más quisquillosa perfección obsesiva… De todos modos, como la exoneración del alma, o lo que sea, no viene dando excusas, es que paso al objeto, a lo anterior, al nucleo de de la molécula que trato de retratar y representar:
¡Soy un enfermo!
Soy un enfermo... y bien malo. No hay minuto del día en que no cavile mis perversiones. No hay segundo que no forme parte de los minutos y de las horas que derrocho en recorrer y recorrer esta cabeza, tal como es y con lo que le voy agregando cada vez más entusiasmado...:
...viene una idea que parece buena (no digo para escribirla sino para, solamente, dejarla ser y ocurrir como pensamiento) y, en el tiempo que dura un parpadeo, se desata la catástrofe cerebral. En ese momento no lo noto, pero es cuestión de que pase un rato para encontrarme en cualquier lado, cualquier sitio, aterrorizado.
Casi todas mis ideas acaban generándome temor; me doy asco por eso, pero no tengo otra verdad. ¡Mis ideas me dan asco y temor!... Y, entonces, ahí, en ese preciso y adorado y dorado instante…: ¡ahí es cuando viene lo mejor! Siempre viene lo mejor después del asco, después del tedioso y mortificante movimiento de esta maquinaria obsoleta que llevo arriba de los hombros cuando voy a comprar, como ejemplo a citar, el pan, un día cualquiera a la mañana… bueno, al mediodía, como mínimo.
Lo que más disfruto de estos procesos internos permanentes, de todas las barbaridades que dejo ocurran aquí, bajo mis pelos, viene pegado a mi sentimiento de autosugestión. Como si después de atravesar un laberinto construido con paredes de verdadera mierda forjada, apareciera un prado verde, verde y rojizo, verde, rojizo y azulado que huele a mandarines de invierno, a amapolas cuidadas con entusiasmo salvaje y a bebé feliz. Entonces, exactamente en ese punto, respiro con buena energía, me lleno los pulmones con ese frescor y dejo disipar esta imaginación que acaba de ser purificada de fantasmas y de pequeños roedores ordinarios y corrientes, que generalmente se instalan dentro mío cuando coexisto con ustedes en las calles o en todos aquellos sitios que no son mi cuarto. Con mis pulmones llenos, al fin, de una extraordinaria y estupenda majadería, buscada con insistencia voluntaria, superconsciente, logro pensar con claridad, sólo así alcanzo a resucitar de las continuas y consecutivas muertes en que me sume la vida cotidiana. ¡Y en ese punto... estallo con violencia! Con violencia que descargo solamente sobre y dentro de mí, apuñalando mis carnes y mis órganos, chupándome la sangre a borbotones, manchándome la cara y el cuello y el pecho de un rojo intenso, un rojo que no quiere más que escaparse de mis arterias y pegotearse contra el suelo.
…Así, arrastrado por uno de estos procesos fatalistas y seductores, fue que un mediodía de otoño, soleado y hermoso, terminé junto a la pileta de la cocina, completamente desnudo, siendo presa de convulsiones que hasta ese día desconocía, apurándome la vena gorda de mi brazo derecho con la punta fría y aguda de un cuchillo Tramontina…
Fue susto y fue gigante. Temblé, temí y dudé de todo todo todo... En su momento alcanzó forma, desenvolvimiento y comportamiento, con sus estupefactas consecuencias, de supertrauma, de megatraba sicológicap, necesitada, en apariencia, de una predeterminada exposición a la ultravioletabilidad de los rayos analíticos y subversivos de sicólogosp apuntadores, encausadores y vislumbradores de cuanto ya sabemos pero evitamos por indomabilidad de nuestra siquisp.
Mientras eso ocurría: ¡no era yo!... tampoco fui yo, Ariel, cuando desperté de la magnánima siesta que descansó el brote de:... ... ¿psicosis?, ¿paranoia?, ¿delirio?, ¿realidad?, ¿malos recuerdos reprimidos? o... ¿quién puede definirlo, verdaderamente? ¡Ni mis ojos ni mis sentidos saben exactamente de qué me agarré o qué fue lo que me succionó esa mañana trementina, que disparó que yo fuese arrastrado, conducido, por ese agujero negro sicológicop, por esa marea insurfeable de confusos recuerdos que me ocupé de darle trato de reales, por esa vía láctea repleta de alucinaciones estelares, que consagré como sucesos y como hechos ocurridos en tiempos pasados (equivocadamente; y eso es lo que me dice que la cabeza es una galleta de grietas inclasificables) y que doté con fueros infranqueables para protegerlo de cualquier refutación sobria, y que consteló contornos fantasmagóricos y demenciales, que hoy recuerdo con risas, pero que en su momento confundieronme y empujaronme a contemplar como viable la opción de tajearme las venas a lo largo...