En el medio del cerebro existe una traba, un punto donde, por deporte, los demonios se cogen entre sí, y donde, también, todos aquéllos que osen cruzar esa intersección reveladora se ven cogidos de golpe; es, o casi es, un momento de ecuación irresoluble, un agujero negro que por muy poco no alcanza analogía a cualquier corazón que nadó, nada y nadará desnudo en la vereda que está y que vive justo cuando salgo de esta casa albergue en la que duermo cada noche.
Allí, se atacan las soledades al azar, se acodan las damas malvadas de los infiernos que encuaderno con una Bic y un talonario de renglones escogido. Es donde trotan los mundos que pienso caminar, en adelante (que ya fueron míos hace un puñado de años), y donde se agolpan resoplidos de los restos de mandanga de hace un rato. Es todo un universo que siempre he intentado tragar de un trago y que ahora, lejos de apurarlo, pretendo encuentre su ritmo natural, lo practique, desarrolle y lo evolucione hasta convertirse en disparador consagrante de esta furia inexorable, que obra siempre traspuesta, a su capacidad corroborada de productora social. He dejado a su cargo la fluidez del tiempo… y fue duro, no por caro ni por escurridizo, el traspaso del control. He conseguido, más de una vez, someter al mordisco de mis manos ciertos banquetes que devoré despacio e inteligentemente.
Quiero pensar que los apuros están cada vez más tratados (como aguas de desecho, barrosas, a las que conviene agrupar, aglutinar, para darles salida por la puerta de atrás: ¡la mejor de todas las puertas!)...
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