59- Pizzería "EL TREBOL" / (corrijan ustedes)

Crucé avenida Ángel Gallardo, esquina Corrientes, a paso de 1º de año. Era, en realidad, el primer día de enero de 2007. Tenía un humor excelente y un hambre bárbaro. La voladura de la resaca había durado todo el día y al caer la noche sentí que estabilicé. Era una noche perfecta de verano. Todo el mundo estaba bien: las vacaciones arrancaban ese día y eso pone bien incluso a las personas que no se pueden ir a ningún lado. Es raro. Es así. Como Coca Cola... Venía yo con paso tranquilo sobre la senda peatonal, más o menos a mitad de la calle, cuando escuché unos terribles gritos de discusión. Una o dos voces infantiles, y dos de adultos. Familia tipo. Tipo requilombo... Enseguida se notó que la lucha era de dos. Los otros, casualmente dos, intentaban, con gritos, frenar esa pelea brutal. Se oyó mucho más claro: era el padre peleando a voz en cuello contra su hijo. La madre rogaba a su marido que parara de una vez. Y el tipo crecía, parecía crecer, cada vez que intentaban serenarlo. Era un verdadero lío. Era una lucha desesperada, violenta. Miré a mi alrededor y no reconocí a nadie que pudiera estar gritando de esa forma, tan acalorada, rayando el desquicio. Varios de nosotros, peatones, nos encontramos girando el pescuezo en busca de lo mismo: el quilombo. Era muy fuerte. Demasiado fuerte para un día feriado. Levantamos las cejas y seguimos paso. Dos o tres metros y una nueva ráfaga de alaridos volvió a caer. Ahí entendí que los gritos, la discusión, estaban cayendo. Miré hacia arriba y ubiqué la ventana. Vi la espalda de un hombre, uno de sus brazos se movía como una batuta echando fuego y amagando golpear. Daba ordenes hacia todos lados. Tercer piso, departamento, una ventana, el comedor, daba a Corrientes y la otra a Ángel Gallardo. Un buen departamento. “Luminoso, a cuarenta metros del subte, todas las líneas de colectivo, un sitio no muy concentrado para vivir”, le dijeron, seguramente, mientras se lo ofrecían el día que lo fue a ver. Prever que un lugar tan lindo acabe acunando semejantes encontronazos escapa a cualquier oferta inmobiliaria... La pelea subía de tono muy rápido. Tenía la fuerza de cierre que tienen esos cruces que duran todo un día. Que van levantando la intensidad con las horas, calentándo el ambiente, los ambientados, los involucrados directos y los involucrados que están involucrados porque no les queda otra opción más que estarlo. Los pendejos, para ser bien claro. Y que de golpe termina en un tremendo estallido de todos los participantes. Cada cual acaba el asunto instintivamente. Cada cual a su manera, todas las maneras distintas, y todas las maneras desbordadas. Uno de todos ellos es el epicentro. Los demás están a merced de los liniamientos que propaga su energía: pa` allá o pa` acá: centrífugo o centrípeto: explosivo o implosivo:... la locura mayor arrastrando siempre a la menor. La selva. Loco grande come loco chico. Loco grande acaba comiendo a loco chico, que, lentamente, con los años, con la crianza, volvió loco. Pisé el cordón de la vereda y un ruido pesado y seco me atrajo otra vez. Había caído la persiana que daba a la Avenida Corrientes. Ya no se podía ver nada. Junto con la persiana había bajado cualquier posibilidad de intromisión. Como si quien la bajó hubiese dicho: “¡ahora vas a ver...!”. Asunto terminado. Caminé viente metros y me senté en la pizzería. En una mesa en la vereda. Pedí una cerveza cuando me dejaron la carta. Pizza o empanadas: la carta. Tomé la cerveza despacio. Tenía hambre. Pedí una grande muzarella. Yo estaba solo. Parecía mucha comida. El mozo me miró sorprendido. Yo lo miré con cara de: “¡ahora vas a ver...!”. Asunto terminado. Mientras esperaba la pizza traté de unir algunos de los fogonazos que tenía en la memoria de la noche anterior. Cerveza, champán, merca, cerveza, champán, merca, cerveza, merca, champán, merca, cerveza, merca, merca, merca, merca, merca... No había mucho más. Una buena noche. Daba el segundo o tercer trago a la cerveza cuando escuché caer la segunda persiana; la de la habitación que daba a Ángel Gallardo, supuse; pero este ruido fue directamente sordo, seco, corto y quebrado. “¡Mierda”, pensé, “cómo tratan a las persianas en esa casa!”. Persianas de enrollar. De enrollar y de soltar. Bueno, a mi cerveza. Las luces de los autos pasaban como fogonazos, unas detrás de las otras. Inacabables. Se metían por los orificios que me había dejado la dilatación de las pupilas. Aproximadamente dos días con la visión modificada, me dejaba la merca. Como el Viagra. Como dijo Hernán: “cada vez que tomo Viagra, boludo, son dos días que no veo; esa mierda te vasodilata todo”. Los ojos bien parados, podría decirse. Cuestión que yo esperaba la pizza, todavía, cuando vi que los vehículos comenzaban a dar un rodeo, esos rodeos que esquivan baches considerables, a la altura de la calle donde había caído la segunda persiana. En ese momento no medí bien esa distancia. Era para mí un problema más de tránsito, como los de todos los días. Desde mi silla no se veía nada de nada. A los pocos segundos empecé a notar que el tránsito se detenía. Una moto-delivery frenó en la puerta del local y, apenas se sacó el casco, el conductor se puso a hablar con el mozo que atendía, que me atendía. El motoquero se movía raro, se movía raro y apuntaba con la mano hacia la esquina. El tránsito ahora era lento; por partes, nulo. A la altura en que los autos daban rodeos, minutos atrás, ya nadie circulaba, y todos los conductores estaban bajando de los vehículos. El motoquero seguía hablando y señalando hacia la esquina. Ya no hablaba con el mozo, lo escuchaban ahora algunos clientes. Paré la oreja. Me quise morir. Me acerqué y pregunté qué había pasado: “Hay un pibe en la calle”, dijo. “Parece que se tiró”. Volví a mi asiento, a la silla de plástico. Sabía qué estaba pasando. Lo sabía muy bien. Tan bien lo sabía que era el único que lo sabía. Al igual que los otras personas que habían cruzado la avenida conmigo, yo había escuchado la discusión; la diferencia era que yo me senté a comer una pizza y los otros no. Era yo el único testigo que espera una pizza mientras toma una cerveza. “Y una mierda se tiró... ¡Al pibe lo tiraron!”, fue lo primero que pensé. Seguro, lo pensé, por la bronca que le había escuchado al padre. Era capaz de hacerlo. Ese tipo estaba fuera de sí mientras arremetía contra el cachorro. “Ese hijo de puta lo tiró por la ventana. Fue a la pieza del hijo y de tanta bronca lo agarró de los brazos y lo sacó por el vidrio, por el hueco de la ventana abierta. No soportó que lo desafiaran.” La discusión volvió de golpe a mi cabeza, más fuerte que nada. Más clara que nada. No fue por nada que volvió. No falla la mente en esos momentos. Recordé automáticamente que el chico estaba desbordado. Recordé en un segundo el tono de su voz mientras se defendía de su propio padre, que lo acorralaba. ¡Su propio padre! Su propio padre que lo amenazaba de muerte. Que le avisaba que podría matarlo sin problemas; sin problemas, no sin remordimientos. La mayor amenaza en casa... ¿Cómo comprender? ¡¿Cómo correr?! ¿Hacia dónde?... ¡¿Por dónde mierda es que se sale de esos infiernos que duran tres horas por día durante quince o veinte años?!... ¡Por la ventana! Por ahí se sale. De los infiernos cotidianos se escapa uno por la ventana. Con un sólo movimiento. ¡Ahora! ¡Ahora! ¡Éste es el momento! “Soñé tantas veces que me tiraba por este hueco para sacarme la mierda diaria de encima y de adentro.” ¡El momento es ahora! ¡Éste es el futuro! ¡A volar!... A volar los pájaros... El pendejo se había tirado por la ventana y no tenía ninguna intención de volar. Quería partirse la crisma. De cuajo. El cráneo en dos. En tres. En cien. En quinientos... La intención no era morir sino destruir su memoria. Dentro del proyecto estaba, claro que sí, la muerte. Mejor aun. Sin memoria y sin futuro. Un espinazo que se quebró despacio, con una lima de uñas. Con la paciencia infinita que enarbola la locura cuando lima... shiki shiki shiki shiki shiki shiki shiki... De fondo, mandó una sirena. Era el final. La corroboración del cuadro. La sirena avisa siempre que algo se jodió. Avisa que al menos para una persona nada va a ser igual que hoy temprano. Con la sirena arribaron otras sirenas, varias instituciones. La cosa parecía organizarse. Corrieron los rollos de cinta plástica, la delimitación física de hasta dónde puede uno pararse a mirar. El tránsito se abrió como un canal de parto, dejando paso a cualquier visión. Ahora, mientras esperaba la pizza, podía ver bien: Cuerpo. Cuerpo enroscado sobre sí. Como cayó, quedó. Seco. A la mierda con la teoría de la vida. Nacemos, nos reproducim... ¡A la mismísima concha de tu madre la teoría cuartograduense! Este crío estaría en cuarto o tercer año del secundario, posiblemente menos, cuando se cansó de mamar violencia y decidió que ya era suficiente (¿quién sabe?, hasta podría estar cursando ahora mismo una cátedra de violencia infantil en una carrera de orientación social; una carrera que él buscara para orientarse socialmente). Que con lo que había juntado hasta ahí, dedujo, jamás podría llegar a transmitir un cacho de amor puro. Se sabía él mismo, lo sentía en la sangre, contaminado hasta la médula. Lo habían limado y quebrado desde ahí. ¡Mierda que lo sabía! ¡Mejor que vos y que yo, lo sabía! No iba a transmitir la mierda que le inquirieron. Como él lo pensaba y veía, él mismo era la contaminación. Él engendraba la muerte que mueren las víctimas de abuso. De cualquier tipo de abuso. Creía, lo creo, que todo aquello que podría llegar a dar sería parte de la misma masa madre. Habría un dejo de locura y de abuso en todo asunto que llegara a encarnar. Como protagonista, prefería otros actores; puede que algo más superficiales, menos reales, desde su prisma. Llegó la pizza. El mundo no deja de amasar porque un pequeño ya no tolere lo que lo circunda. “La ciudad...” El cachorro, la pizza y yo. ¿Comer o no comer? La pregunta que me pregunté fue si era justo o no comer la grande de muzzarella. Parece de hijo de puta, ¿no? A cuarenta metros del cadaver. La cerveza está fría. La Pizza no; la pizza está perfectamente caliente. Miro la comida. Se ve tremenda. Como me gusta. Me retraigo. “No es justo”, me digo. “¡¿Cómo puedo llegar a sentir hambre?!”. Soy el más temible de los hijos de puta. Con dos meses en la ciudad, viviendo, ya soy todo un ciudadano. De los que siempre odié. Cuando uno odia siempre se odia a uno mismo. Desde mi silla: un árbol (un inerte, nos conviene pensar), una moto, la esquina, el semáforo de corrientes, la faja de emergencia, rojiblanca, prácticamente, toda la policía de la ciudad, un cuerpo, una frazada y el desconcierto de todo mundo. Me clavaron la de muzza delante mío. Muerto de hambre, yo. ¿Comer o no comer?... ¿Arranco por la aceituna? Suena mucho menor el crimen si uno come retazos de crimen. Una aceituna no es un crimen. A cuarenta metros mío, sí había un crimen. Suicidio o crimen es lo mismo. Un crimen siempre precede a un suicidio. Así que el mazo está repartido. Un triángulo espantoso. El cuerpo, la pizza y yo. No puedo estar sintiendo hambre. No puedo ser tan hijo de puta... Pero terminé por sentir la realidad, es decir, el hambre. Lo sentí como nunca. Un espantoso hambre que me consumía desde el tuétano hasta la garganta. Un hambre inédito. Soberbio hambre. Estoy a punto de comer sobre un cadáver. Eso sentía. Y, claro, comí. Comí como nunca. Comí maldecido por la culpa. No debía comer. Miré a lo largo de la calle y vi que un hombre corrió hasta el cuerpo y lo abrazó. Era el padre. El que dirigía la batuta en medio del infierno antes de bajar la persiana. “Papi”, minuto de silencio, eternidad de silencio, “el que me abraza es papi”. Un hombre abraza lo que no llega a creer. Abraza lo que matara. Abraza su propia desesperación. No lo puede creer. No se puede creer. No se puede creer, abrazando aquello que odiara y decidiera eliminar. Pero yo estoy delante de la pizza, siento que todo en la ciudad funciona de esa forma: Uno almuerza y cena adelante del crimen. Comer es síntoma de salud. Como, como me como a mí mismo; una actitud. Como (del verbo “comer”) una forma de actuar. Como, degluto, una mentira. Cuando el mozo me trajo la cuenta, lo primero que hizo fue mirar la bandeja. No había dejado nada. En circunstancias normales, dos porciones hubiensen sido envueltas para llevar. En esa circunstancia, no había nada que llevar. Todo quedaba ahí. Todo lo sentido, todo lo que había por comer, mirar, oir y deducir, comenzaba y terminaba allí mismo, en esa cena de locos. Una verdadera cena ciudadana. La última cena encarnó, si se quiere, mucha más verdad. Pero mi cena encarnaba toda la hipocresía del universo. Me cagué soberanamente en lo que pudiera estar pasándole a los demás y me dediqué a lo mío: pizza y cerveza. Deslicé un razonamiento al hecho, eso sí; fue éste: “ok, el chico ya está muerto; ¿hay algo por hacer?... sí, hay algo por hacer: ir y decirle al policía que yo había escuchado la discusión previa a la tragedia...”, pero ahí mismo pensé: “en la casa hay tres personas más, mínimo, que saben mejor que yo qué es lo que sucedió... entonces voy a comer, ¡qué mierda!...” Y supe que en la ciudad nadie se entrelaza con nadie que no conozca, porque usualmente hay alguien que está más cerca de los problemas, que conoce todo mejor, que es mejor que uno, que tiene mejor trabajo, que cuenta con contactos más eficientes, directos y menos perecederos que los nuestros, que porta mejor la belleza que nosotros, que la tiene más grande o más chica, que usa jabón de glicerina y champú de importación, que llega a su casa por ascensor, que tiene jefes menos agresivos, que haga lo que haga va a hecerlo desde una mejor posición que nosotros, que hay tanta gente, tanta pila de personas, que no importa dónde nos ubiquemos, con quién usamos juntarnos y a qué asunto nos gusta dedicar nuestro tiempo: lo que importa en una ciudad, para sobrevivir mejor, no es lo que uno haga por un tercero sino lo que uno no hace por éste. Suena feo, ¿no? Cuando volvía hacia el departamento, pasé delante del único policía que quedaba cuidando la zona donde había ocurrido todo. Tuve ganas de volverme y de decirle que yo había oído la pelea, que quizá pueda servir en algo para acomodar las cosas, si es que algo puede acomodarse luego de una puñalada como esa. Cuando vi la cara del policía, comprendí más. El tipo estaba en la suya, escuchando música por auriculares. Le importaba un carajo que un guacho de quince años decidió romperse entero contra la calle. Así que sólo caminé más rápido. En el camino tuve tiempo de frenar y de eructar los gases de la cena.

58- ¡Urgencia!: peritonitis... / (corrijan ustedes)

Tenía quince años cuando rocé la muerte. Rocé, no más que eso. No me di cuenta del resto de la situación hasta mucho después. Quizá hoy, recién, leo bien el cuadro. Peritonitis. Aguda. “Pensá, Ariel, que hace cincuenta años la gente se moría de esto.” “¿Por qué se moría?” “Por la penicilina”, dijo el doc, “a vos te salvó la penicilina.” No sabía qué era esa droga, pero la amaba. La amaba, simplemente, porque hasta ahí amaba mi vida. Si no la hubiese odiado. Arrancó un Domingo el malestar. Sentí por la noche náuseas. No era normal que me sintiera mal, más bien era yo de los que siempre están rompiendo las pelotas y no pueden dejar quieto el culo un rato. Ya ni me acuerdo si esa noche vomité. Me metí en la cama y relajé. Al despertar, las necesidades no eran las mismas que siempre. No había ni pizcas de querer desayunar. No sólo no era estar elejado del hambre, sino más bien el rechazo al impulso mismo de despertar y meter en el cuerpo algo que nutra, algo que habilite un procesamiento de energía para gastar o malgastar. Entraba en la escuela, el industruial, a las siete de la mañana. Lunes. Como acostumbraba hacer, hice todo como de costumbre. No fue sino hasta el mediodía, momento en que el horario de esas putas escuelas de todoeldía se duplica, que sentí que el mundo bajaba del cosmos para metérseme por el culo y generarme un cierto malestar muy poco convocable. Vomité unas cuantas veces y me mandaron a mi casa. Pisé mi casa y al rato estaba en la guardia de una clínica. Obra social que me protegía; así vendieron lo que compraron mis padres. Tumbado en una camilla, miraba todo a mi alrededor con cierta desconfianza. No parecía haber alguien allí dispuesto a saber ciertamente qué me estaba ocurriendo dentro de la panza. Cuando uno no es médico, peor si nisiquiera uno es adulto, no sabe ni quiere saber de qué se trata el asunto que se debe tratar. Uno espera solamente salir sobre los pies, que en este caso era mejor que como había ingresado. Lo único que supe fue que nadie me atendía. Iban y venían médicos. Prolijos todos. Nadie frenaba delante mío a tantearme el organismo. Yo no me sentía grave, pero me sentía bastante raro. Sabía que algo estaba desencajado, fuera de lugar, hinchado o podrido. Un verdadero malestar, sentía. El olor a cigarrillo era insoportable en todo el ámbito que me rodeaba. Por lo menos debía de haber una fiestecita detrás de esas paredes. Unas cuantas enfermeritas mostrando las tetas a los médicos recién recibidos y a los que ya habían hecho algo de carrera. Eso les gusta. Hacer desear profesionales les encanta. Como un tifón que las encara por adentro. Nunca un pobretón (las que pueden generar deseo). Si yo fuese médico llevaría sólo mi guardapolvos. No perdería el tiempo en colocar prendas de vestir debajo. Estetoscopio, guardapolvos y la poronga siempre lista. Un verdadero profesional para una entidad privada o semi o pública. Como una porno: médico que te revisa, te garcha. Por como fue mi caso, sólo faltó eso: que me garcharan; si hasta creo que hubiese sido el mejor tratamiento en lugar de todo lo que soporté. De la clínica me fui diagnosticado, al menos: “Su hijo tiene una indisposición severa”, le dijeron a mi vieja. “¿Y?, ¿qué hago?... ¿qué hace?” “Dieta. Sopa, agua, nada de comidas pesadas... arroz, te y galletitas de agua... Nada de carne o grasas”. “Eso se hace en una indisposición normal. ¿Qué hago por ser severa?” “Lo mismo”. Las palabras de los médicos para los no médicos, antaño, como la de los docentes para los padres que nunca habían pisado una escuela antes de llevar a sus hijos, eran sagradas. No se discutían. Esa era la ecuación, aquéllo que debían hacer, aquélla fórmula que sonaba mágica y secreta. “Lo había dicho el doctor...”, “la maestra me dijo que...”: y ahí, en esa receta, en ese veredicto, el mundo pegaba una curva hacia abajo, hacia las tinieblas. Si habla maestro o médico las personas callan. Así de hermético era todo. Era..., por suerte. Llegué a mi casa con la dieta en el bolsillo. Era la tarde de ese día. Llegó la cena; con la cena cené una sopa asquerosa, sin gusto ni espíritu. Al probar la sopa supe que estaba hecho mierda, que la situación no iba en joda. Pensaba, mientras sumergía la cuchara, en darle un zarpazo nocturno a la heladera... Cuatro cucharadas de caldito y sentí un reflujo estomacal que me disparó hacia el baño. Salí al galope, apretando los dientes para que el chorro de vómito no caiga en cualquier lado; la familia me vio hacer, preocupada. Llegué de pedo al inodoro. La bilis empujó la poca sopa que llevaba adentro y eso fue todo. Muerto de hambre, sin sentirlo, volví lentamente a la mesa. “Me voy a dormir.” Abrí los ojos, a la mañana siguiente, y vi el enrejado de madera de la cama de arriba a la mía. Fue muy directo y frío el modo en que desperté. Generalmente, uno retoza y luego va despejando el sueño hasta que sale de la cama. No fue así. Abrí los ojos como hipnotizado. Segundos después traté de enderezarme, traté de salir de la cama. ¡Máma mía!... La tripa se enroscó adentro mío y ni siquiera logré moverme unos centímetros. Grité; grité como nunca lo había hecho. Enderazarme y apoyar los pies sobre el suelo fue lo más difícil que hice jamás. Entre gritos y socorros, llegó mi vieja. Me metió de prepo algo de ropa de abrigo. Era quince de Setiembre, todavía eran frías las mañanas. Con la campera sobre los hombros (nunca pudo calzármela), llegué hasta el auto. El auto: Rural Falcon. Uno de los más duros que se hayan fabricado en este país. Diez quilómetros de viaje hasta la clínica. Mujer al volante: se comió todos los pozos que había. Cada vez que un saltito movía el Falcon, yo sentía un dolor tremendo. Había llegado hasta el coche caminando pero sin poder erguirme. Estirarme cuán largo era no era posible. Ingresé en la clínica con el paso que da un hombre de ochenta años que tiene la columna vertebral comida por la artrosis. Mi pecho y mis piernas se enemistaban con un ángulo de 75º. La velocidad que imprimían mis pies era lastimosa; avanzaban a ritmo de pan, queso; pan, queso; pan, queso... Volví a la maldita guardia. Ahora estaba sobre una camilla y ya no me importaba nada de nada. Si me metían un palo por el culo, yo consideraba la acción como el método más sublime y moderno que pudiera encarnar la medicina. “¡Hágan algo, hijos de putas!”, era todo lo que pensaba. A los pocos minutos se acercó un médico y me habló. Me acrició la panza; dijo que iba a presionarme el abdómen y que me iba a doler mucho. Ya me dolía mucho, así que poco me importaba. Yo necesitaba que me sacaran ese dolor inmenso de adentro. Nada más. “Ahora”, dijo el médico, “vos tenés que decirme si cuando suelto, cuando saco la mano, el dolor es más agudo, más fuerte que cuando te presioné.” No entendí nada. Sólo él sabía lo que estaba por hacer. Yo era carne dispuesta... dispuesta y sumisa... un paciente perfecto... con el suficiente padecimiento como para no decir que no y con la suficiente sumisión como para aceptar todo aquello que mandara... El doctor sumergió cuatro dedos en mi panza; punzó. Lo que sentí es indescriptible. Antes de sacar la dichosa manito, es decir, antes de descomprimir mi abdómen con sus cuatro dedos, me miró fijo como avisando que había llegado el momento de estar atento. ¡Ahí me sorprendí! Estaba a merced de sus locuras y, por cómo me miró, sus locuras parecían bastante cuerdas. Cuestión que expecté al tipo de guardapolvos sacar de golpe su mano. El grito que pegué debió despertar por lo menos a cuatro o cinco penitentes de terapia intensiva. ¡Mierda! Ese tipo sí que sabía cómo hacer sufrir a alguien. Fue tan intenso el dolor, tan puntiagudo lo que sentí cuando quitó la presión de mi panza, que automáticamente caí rendido en la camilla, entregado totalmente a lo que fueran a hacerme. Como soltó mi vientre, se dio vuelta y arrancó para la puerta de salida. Lo vi irse mientras me retorcía en la camilla. Por cómo se movió, era notorio que algo había decidido. Serían aproximadamente las once de la mañana cuando me avisaron que en ese mismo momento me iban a operar. Operar de urgencia, dijeron. Serían aproximadamente las cinco de la tarde cuando los hijos de puta que regenteaban esa clínica reunieron las condiciones -un cirujano y una cama- para hacerlo. Todo es relativo, urgencias incluso. Ni te cuento lo relativas que eran las urgencias en José C. Paz, en el año 1991. Seis horas, pasé, de mierda. No es sufrimiento al lado de ex combatientes, lo sé. Pero te digo que esas seis horas fueron interminables. No saber, es uno de los peores padecimientos. Ni siquiera tuvieron que depilarme la zona, era lampiñio como el proyecto fantaseoso de una hermosa mujer perversa de cuarenta años. Ni un pelo. Un nene. En las bolas, sí había pelo, pero iban a cortarme en la panza; en la panza era yo un llano perfecto. Una depilación definitiva. Recuerdo estar recostado sobre la camilla, en quirófano ya, intentando contar las lámparas que me alumbraban. Escuchaba ruidos, ruidos metálicos, ruidos de preparativos, a mi alrededor. Nada generaba discordia en mí. Luego de seis horas de sufrimiento neto, mi concentración había alcanzado un estado sublime, soberbio: me iban a operar y punto. ¡A la mierda con lo demás! Lo demás no era nada. Cuando uno siente un dolor de muerte, siente la muerte. Y lo que se debe, cuanto más rápido mejor, es eliminar el dolor; como dije: “el dolor es la muerte”. Así que mi lema mental, psicológico, era: no sé qué irás a hacer pero házlo ahora. Quiero despertarme y saber que lo que me ocurrió fue un mal sueño. Unas arañas patilargas que llegué a asesinar antes de me hincaran las pinzitas... no voy a permitir que nada anide. Mientras contaba yo las lamparitas, un embarbijado que llevaba vestido -ambo- verde claro, se arrimó al canto de la camilla y esparció sobre mi rostro la más condenables de las sonrisas: “Arielito, Arielito”, parecía decir con la mirada que me miró, “me dijeron que sos un soberano hijo de puta cotidianamente... ¿es eso cierto?... Bueno, en realidad, ese asunto, poco me importa... Lo que importa realmente, sobre todo ahora, es que vas a estar a mi merced durante un largo rato... ¡Je, je, je...! ... Y vas a estar dormido... Así que poco te queda por hacer más que soltar los músculos del culo y permitir que yo te penetre con la hoja de mi bisturí, hurgar tu carne, hacerme y deshacerme de tus tripas a mi antojo - ¡ojo!, antojo profesional- y luego visitarte mañana por la mañana y decirte un par de mentiras... a saber: ¡la operación fue un éxito!... todo lo contrario a lo que les dijimos a tus padres... Y cosas por el estilo...” Apareció una dama preciosa desde atrás del doctor: pelirroja, con barbijo y gorrito higiénico. Una princesa. Una mujer. Con unas tetas adivinables, gigantes, debajo del uniforme. Volví la vista hacia el cirujano y note que se regocijaba, que se pasaba la lengua a él mismo. La enfermera tetona, peliroja, de película, me apoyó el respirador anestésico sobre la boca mientras el cirujano me hacía una pregunta cualquiera, liviana. Y ahí dejé de saber de todo. Desde ahí ya no recuerdo más que cuando volví a abrir los ojos y noté que mi cama estaba rodeada de parientes; parientes que miré con ojos circundantes, ojos perdidos en pequeños destellos que llamaban mi atención sin ningún objetivo fijo ni loable en apriencias. Abrí los ojos y tuve el impulso de estirar la mano y de dar un manotazo como para tocarlos; algo así como un saludo que intantaba dar a todos. No con la intención de que me bienvengan sino con la hipnótica sensación muscular de que entendieran que era yo quien estaba dándoles la bienvienida a un nuevo mundo... Un mundo en el que importaba un carajo quién te curara, porque se descontaba que habían estudiado y se habían preparado para ello. No estaba agradecido en nada respecto de lo que me habían hecho, más bien estaba al rojo vivo por haber sido tan débil como para dejarme afectar por un paseo en bicicleta y casi una docena de facturas (todo mentira, había estado tan cagado antes de que me operasen que si hubiera sido una obligación pasar a ser esclavo de por vida de quien te salvara la vida, yo habría trabajado feliz el resto de mis días para ese tipo)... Después de ese manotazo que intentó decir a los familiares que estaba bien, dormí de corrido hasta la mañana siguiente. Al despertar, escruté cuanto me rodeaba envuelto en un letargo mortecino. La habitación era grande. Luminosa. Toda la luz ingresaba por la ventana y mi cama, como es de esperar, estaba justo ahí. Eso me dejaba un tubo de distracción durante el día; eso lo supe mientras los días pasaban y yo no tenía otra cosa más que hacer que mirar través de la ventana; una pantalla de cine permanente que ofrece un reality show sin intervalo. Cuando uno vuelve de esos estados de ausencia, lo que intenta descifrar es qué ocurrió; y por reflejo uno mira el propio cuerpo: tantas mangueras (drenajes), tantas mangueras chicas (zondas), tantas agujas (sueros), tantas cruces de cinta de tela (ex puntos de sueros), tanto vendaje (sospechables costuras), es decir: tanto de esto y tanto de lo otro... ¡como ir a la carnicería y hacer las compras para un asado grande! Lo más asqueroso, era una manguera como las que se usan para robar nafta que salía desde el tajo que me había hecho el cirujano, y que acababa a los quince centímetros en un recipiente de plástico, ni tan blando ni tan duro, de material similar al jugo que yo tomaba de chico (año 1985) y que tenían forma de naranja, transparente, con una punta-conducto para chupar, que ofrecía una terminación con forma de granada de mano, pero de juguete... Consensué un poco el recinto y me atrajo la ventana más que todo. Veía desde mi cuarto piso (el piso fue siempre mío) un jardín de infantes, un tramo de calle, aproximadamente 60 metros, y eso era todo. Vi que los padres se agolpaban en la puerta, era la hora de ingreso; ahí supuse la hora: ocho de la mañana. Los pequeños entraban, algunos; los pequeños se negaban a entrar, los otros; todo duró media hora. A las ocho: cuarenta, no quedaba ni un chico ni un padre ni un docente en la vereda. Apenas volví la cabeza hacia el interior del cuarto, una azafata, perdón, una enfermera, entró en mi piso (el cuarto) caminando con estilo de pija en punta alucinante. Le caían unos flecos pelirrojos (peligrossos) desde la cofia, y le salían unos melones (cabezones) desde el escote... que desde mi austera inquietud de vivir, igual supo hormonizarme hasta ponerme al palo. Desde ese momento esa enfermera fue bautizada como “la soldada roja”. La soldada roja venía diariamente a chuparme la sangre. No faltó nunca, en los ocho días que duró mi internación. Llegaba meneando las tetas y luego las caderas, apuntando siempre con una sonrisa sobrenatural, y de inmediato me clavaba una aguja para llevarse mi factor de sangre, la figurita difícil, según sabía y escuché: “cero, erre, hache y negativo”. Cerca del mediodía llegaron las esponjas. Ducha de hospital. Debajo de las sábanas, estaba yo, como cada internado de cirujía, en pelotas. Las chicas me pasaban las esponjas por todos lados usando bachitas con agua tibia, una ternura... Cuando se retiraba el escuadrón del jabón blanco, la sensación que quedaba flotando era de saciedad; la saciedad a los quince años no es la saciedad de los veinte..., mucho menos la de los treinta..., a los cuarenta, si me ponés la esponja con agua tibia sobre una ceja, acto seguido, te engrampo desde el orto; que en el ir y venir te queda como un racimo de uvas mostrándose hacia afuera. “Los cuarenta...”, poco falta ya... El primer día no toqué ninguna de las guirnaldas hospitalarias que me adornaban. Pero... pero llegada la noche, entrado yo en sueño, sueño de “terapia intermedia e intensiva”, noté que una manguerita molestaba: soñé que soñaba que me quitaba los artefactos que me adornanban. Soñé que me arrancaba lo que le sobraba a mi cuerpo, lo que era estrictamente hospitalario. Esa misma noche me saqué, en sueños, la manguera chica (zonda) que me invadía desde la nariz hasta el estómago; luego descansé lo que quedaba de la noche estupendamente. El problema llegó a la mañana siguiente, cuando, después de la soldada roja, me visitó una suerte de auditora intraorgánica y dictaminó que a mi cuerpo le estaba faltando algo importante... Depositó una bolsa sobre mi cama. Tanteé la bolsita y noté que era una manguerita finita y transparente como la que yo me había sacado de la nariz (conducto naso-gástrico) mientras descansaba, la primera noche. ¡Ahí me asusté un poco! Tal como predije, la enfermera regresó y me dijo: “no te muevas”. Rompió la bolsa y apoyó una de las dos puntas de la manguerita sobre uno de mis agujeros de la nariz. El tubo plástico se abrió camino y prontamente sentí que me recorría por adentro, por una de mis tripas, hasta llegar hasta mi estómago. Una experiencia de mierda. La mina metía tubo plástico con movimientos de levantar persiana comercial o de bajarla, y yo sentía que la punta me raspaba las tripas y se infiltraba como un agente enemigo... No podía creer que un metro de manguerita metida de prepo y con mucha rapidez lograra terminar donde la mina quería. La declaré genia de inmediato. La segunda noche no fue mejor. Soñé, literalmente, que bebía seven-up con hielo y limón. Así era la sed que me atacaba. Cuando mis alaridos saturaban a los oficiales hospitalarios de turno, solían, estos, acercarse con algodones embebidos en agua y arrastrármelos por los labios, mientras mi intención era pegar un mordisco severo y hacerme del algodón para poder hacerme del agua que enjaulaba. Unas excelentes noches pasé en esa clínica... Al tener el estómago más que revuelto por la operación, era imposble beber o ingerir alguna cosa. Todos los insumos nutritivos e hidratantes ingresaban por el suero. El asunto feo era que el suero satisfacía mis nececidades orgánicas mínimas y necesarias para vivir; pero lo que no lograba el suero, hijo de una gran puta, era quitarme la sensación profunda y penetrante de estar muerto de sed. Era tremendo, horrible. No jodía casi nada el hambre, durante la convalescencia uno olvida que suele alimentarse, el cuerpo mete un parate nutricional y dedica los procesos a la curación, pero el agua es vital incluso durante la agonía. De ahí que soñara, durante cada siesta, que me traían a la cama largos vasos repletos de hielo, seven-up y gajos de limón de un amarillo radiante, con sorbete y paragüita decorativo. Al tercer día, me dediqué a los azulejos: los contaba, observaba en qué junta no habían puesto demasiada atención los albañiles, cuál estaba un poco más torcido que los demás, qué forma tenían aquellos que fueron cortados para calzarlos contra un cerramiento, y cosas por el estilo. Cada pelotudez que conformaba las peredes era para mí una suerte de viaje por alguna profundidad desconocida. Una Atlántida única y personal para descubrir. El mínimo intersticio en una de las paredes, oficiaba de disparador hacia meditabundos viajes alucinantes a lo largo de mi imaginación. Eran drogas, los pequeños defectos, los vulgares aciertos, las telas de arañas en los rincones... Cernido ante mi nuevo mundo clínico, aceptaba las invitaciones de mi imaginación hacia paraísos que prometían hacerse del tiempo; el tiempo, cuando uno está internado y es jóven, es una plaga que hay que desruir y derrumbar álgidamente, con violencia, pera evitar la radiación que emana y que nos invita a volvernos locos de desesperación. Cada mañana, esperaba a la Soldada Roja con mis mejores ánimos. Tratar de sonsacarle una charla, una línea de diálogo, era para mí el único y motivador segmento del día. Cuando lo lograba, cuando se gestaban pequeños cruces de palabras (a los que yo dotaba de agregados que ni ella nombraba ni que yo escuchaba), ese día era sublime; mi imaginación de pajero serial de quinceañero hacía el resto. Continuaba mentalmente nuestra charla, incluso horas después de que me abandonase llevándose un centilitro de mi sangre, y generalmente lograba arrastrarla hacia charlas eróticas, luego de las cuales yo terminaba cogiéndola sin sacarle el uniforme; en algunos de esos polvos imaginarios también le colgué un estetoscopio... la subí de rango, de cargo; ahora, mientras me la recontragarchaba, ya era doctora, la muy turra. Había días en los que podía determinar qué niño no había ido al jardín. Los conocía a todos. También sabía quiénes eran sus padres. Cuáles matrimonios se habían ido al carajo, cuáles estaban por terminarse y cuáles no se quebrarían nunca. Conocía mejor que la directora al alumnado. Una mañana, como si alguien lo hubiese sincronizado, junto con una leve sensación de hambre, llegó en bandeja mi primer comida. Un verdadero desayuno americano: té, galletitas de agua y... y... y nada más. No estuvo mal, apenas podía comer, así que funcinó. El problema arribó cuatro comidas después, cuando mi necesidad alimentaria ya era más intensa y las raciones no eran directamente proporcionales a la demanda de mi saciedad. Pechuguita, gelatina, pechuguita, gelatina... así siempre. Uno de los peores restauranes que conocí. Uno de los peores lugares que conocí. Con los días, me repuse; sostenerme atado a la cama ya no era tan fácil. Recibía visitas de amigos del barrio, de parientes... pero nada de comida, nada de distracción. Dos horas por día de visitas, el día tenía, como hoy, veinticuatro... iba con las de perder. Lo mejor era recibir el “alta médica” de una buena vez. Con la mejoría llegaron también las ganas de clavarme una paja. Al sexto día de ver a la Soldada Roja a las ocho de la mañana (casí la primer cosa que veía), la necesidad de meneármela fue incontenible. Cacé el perchero con el suero y me encaminé hacia el baño, mirando la puerta de entrada de mi habitación de reojo. “Laralarai, laralalara”, entonaba mientras sentía que la sangre volvía a mis vasos dilatables de la poronga. ¡Mmm..!... El resto del día fue un manjar. Saboreé cada cosa que sucedió a mi alrededor con una energía nueva, una energía positiva, de prolongación de la vida. ¡Mmm...!... Tuve otra recaída por la tarde y me clavé la segunda. Ya me estaba poniendo mucho mejor... Mi salud alardeaba mejorías incontrolables. Mejorías hacia arriba: gordas y sacudibles mejorías... El día siete habían avisado que posiblemente el día ocho me encontraría fuera del hospital, autorizado y listo para volver a casa. Después de tantas jornadas de internación y contrariamente a lo que supuse, la espera del médico y de la orden que me mandarían a mi casa fue bastante larga. Hacia el mediodía del octavo día llegó el tordo y, birome en mano, garabateó una planilla que estaba en un estuche que colgaba de mi cama, a mis pies, del lado de afuera, me dio la mano con gesto de “hombre a hombre”, me acarició la cabeza y se largó tan decidido como se había acercado. Eso era todo. Había dejado de ser una persona con deficiencias. Ahora, sentí, era igual que cada uno de los veía pasar por el pasillo del hospital. Tenía ciertas debilidades, claro está; pero con el tiempo se esfumarían. Tiempo... tiempo... tiempo... tiempo... tiempo... tiempo... tiempo... tiempo... tiempo... tiempo... tiempo... ¡Qué palabra! Pasó tiempo, por suerte, y yo comencé a comer (era un verdadero animal comiendo) a mi ritmo usual. Una semana, diez días, doce días, catorce... quince días habían pasado desde mi alta del hospital y yo aún no había ido a cagar ni una sola vez. “¡Qué raro, ¿no?!”, me dije, mientras me masticaba unos ravioles con aceite y queso rallado. Lo raro es que no había ni ganas de ir a sentarme. Decidí comentarlo con mi vieja: “Ma, todavía no cagué desde que me dieron el alta... me parece raro”, dije y volví a meter el tenedor en el plato de comida. “¡Quéeeee...!” “Eso, que todavía no fui al baño”. “¡¿Pero sos pelotudo, cómo no me vas a decir eso?!” “Pero... pero... Es que no me siento mal” “¡Comés como animal hace siete días o más y todavía no cagaste... ¿qué importa cómo te sentís?”, dijo mientras soltaba lo que tenía en las manos (mi madre es una mujer de cosas-siempre-en las manos), “¡vamos al médico, ya!”. “No es para tanto...” “¡Me importa un carajo! Vamos al médico, ahora”. Esperamos la hora clásica de una obra social popular, y nos sentamos, finalmente, frente al médico. Mi madre explicó la situación. El médico se cagó (paradójicamente) de risa y me dirigó la mirada: “¿Qué pasa, Ariel? Hace un tiempo no podías comer y ahora no podés largar lo que comés... ¡Ponete de acuerdo, m´hijo!” En breves palabras (la espera del consultorio estaba atestada), dijo que la tripa gorda era bastantea larga en los seres humanos y que llenarla con material defecable nuevo llevaría tiempo, tiempo y bastante comida. Nos despidió casi con palmadas en la cola, como diciendo: “vayan, vayan, lo de ustedes no es nada...” Y eso fue todo. A los pocos días comencé a cagar con mi ritmo habitual, y lentamente me reintroduje en los hábitos sociales que practicaba anteriormente a la operación. Recuerdo más que cualquier otra cosa que salí extremadamente flaco del hospital, había dejado una buena parte de mis kilos allí. Otra cosa asquerosa que recuerdo: el tajo que me hicieron no cerró hasta mucho tiempo después. La excusa oficial era que esas heridas de bisturí cierran de adentro hacia afuera; que no debía forzar la zona y que poner azúcar en la herida retendría los líquidos horribles que manchaban mis remeras. Cada una o dos horas, mis compañeros de escuela me señalaban la panza con el entrecejo fruncido y me marcaban que parecía yo un apuñalado. “No”, decía yo, vergonzado, “estoy supurando...” A lo que me contestaban: “tu supuración es asquerosa, Ariel. ¡Tratá de hacer algo”. Me quedaba bien el poncho...: “hacer algo” era irme a mi casa.