59- Pizzería "EL TREBOL" / (corrijan ustedes)

Crucé avenida Ángel Gallardo, esquina Corrientes, a paso de 1º de año. Era, en realidad, el primer día de enero de 2007. Tenía un humor excelente y un hambre bárbaro. La voladura de la resaca había durado todo el día y al caer la noche sentí que estabilicé. Era una noche perfecta de verano. Todo el mundo estaba bien: las vacaciones arrancaban ese día y eso pone bien incluso a las personas que no se pueden ir a ningún lado. Es raro. Es así. Como Coca Cola... Venía yo con paso tranquilo sobre la senda peatonal, más o menos a mitad de la calle, cuando escuché unos terribles gritos de discusión. Una o dos voces infantiles, y dos de adultos. Familia tipo. Tipo requilombo... Enseguida se notó que la lucha era de dos. Los otros, casualmente dos, intentaban, con gritos, frenar esa pelea brutal. Se oyó mucho más claro: era el padre peleando a voz en cuello contra su hijo. La madre rogaba a su marido que parara de una vez. Y el tipo crecía, parecía crecer, cada vez que intentaban serenarlo. Era un verdadero lío. Era una lucha desesperada, violenta. Miré a mi alrededor y no reconocí a nadie que pudiera estar gritando de esa forma, tan acalorada, rayando el desquicio. Varios de nosotros, peatones, nos encontramos girando el pescuezo en busca de lo mismo: el quilombo. Era muy fuerte. Demasiado fuerte para un día feriado. Levantamos las cejas y seguimos paso. Dos o tres metros y una nueva ráfaga de alaridos volvió a caer. Ahí entendí que los gritos, la discusión, estaban cayendo. Miré hacia arriba y ubiqué la ventana. Vi la espalda de un hombre, uno de sus brazos se movía como una batuta echando fuego y amagando golpear. Daba ordenes hacia todos lados. Tercer piso, departamento, una ventana, el comedor, daba a Corrientes y la otra a Ángel Gallardo. Un buen departamento. “Luminoso, a cuarenta metros del subte, todas las líneas de colectivo, un sitio no muy concentrado para vivir”, le dijeron, seguramente, mientras se lo ofrecían el día que lo fue a ver. Prever que un lugar tan lindo acabe acunando semejantes encontronazos escapa a cualquier oferta inmobiliaria... La pelea subía de tono muy rápido. Tenía la fuerza de cierre que tienen esos cruces que duran todo un día. Que van levantando la intensidad con las horas, calentándo el ambiente, los ambientados, los involucrados directos y los involucrados que están involucrados porque no les queda otra opción más que estarlo. Los pendejos, para ser bien claro. Y que de golpe termina en un tremendo estallido de todos los participantes. Cada cual acaba el asunto instintivamente. Cada cual a su manera, todas las maneras distintas, y todas las maneras desbordadas. Uno de todos ellos es el epicentro. Los demás están a merced de los liniamientos que propaga su energía: pa` allá o pa` acá: centrífugo o centrípeto: explosivo o implosivo:... la locura mayor arrastrando siempre a la menor. La selva. Loco grande come loco chico. Loco grande acaba comiendo a loco chico, que, lentamente, con los años, con la crianza, volvió loco. Pisé el cordón de la vereda y un ruido pesado y seco me atrajo otra vez. Había caído la persiana que daba a la Avenida Corrientes. Ya no se podía ver nada. Junto con la persiana había bajado cualquier posibilidad de intromisión. Como si quien la bajó hubiese dicho: “¡ahora vas a ver...!”. Asunto terminado. Caminé viente metros y me senté en la pizzería. En una mesa en la vereda. Pedí una cerveza cuando me dejaron la carta. Pizza o empanadas: la carta. Tomé la cerveza despacio. Tenía hambre. Pedí una grande muzarella. Yo estaba solo. Parecía mucha comida. El mozo me miró sorprendido. Yo lo miré con cara de: “¡ahora vas a ver...!”. Asunto terminado. Mientras esperaba la pizza traté de unir algunos de los fogonazos que tenía en la memoria de la noche anterior. Cerveza, champán, merca, cerveza, champán, merca, cerveza, merca, champán, merca, cerveza, merca, merca, merca, merca, merca... No había mucho más. Una buena noche. Daba el segundo o tercer trago a la cerveza cuando escuché caer la segunda persiana; la de la habitación que daba a Ángel Gallardo, supuse; pero este ruido fue directamente sordo, seco, corto y quebrado. “¡Mierda”, pensé, “cómo tratan a las persianas en esa casa!”. Persianas de enrollar. De enrollar y de soltar. Bueno, a mi cerveza. Las luces de los autos pasaban como fogonazos, unas detrás de las otras. Inacabables. Se metían por los orificios que me había dejado la dilatación de las pupilas. Aproximadamente dos días con la visión modificada, me dejaba la merca. Como el Viagra. Como dijo Hernán: “cada vez que tomo Viagra, boludo, son dos días que no veo; esa mierda te vasodilata todo”. Los ojos bien parados, podría decirse. Cuestión que yo esperaba la pizza, todavía, cuando vi que los vehículos comenzaban a dar un rodeo, esos rodeos que esquivan baches considerables, a la altura de la calle donde había caído la segunda persiana. En ese momento no medí bien esa distancia. Era para mí un problema más de tránsito, como los de todos los días. Desde mi silla no se veía nada de nada. A los pocos segundos empecé a notar que el tránsito se detenía. Una moto-delivery frenó en la puerta del local y, apenas se sacó el casco, el conductor se puso a hablar con el mozo que atendía, que me atendía. El motoquero se movía raro, se movía raro y apuntaba con la mano hacia la esquina. El tránsito ahora era lento; por partes, nulo. A la altura en que los autos daban rodeos, minutos atrás, ya nadie circulaba, y todos los conductores estaban bajando de los vehículos. El motoquero seguía hablando y señalando hacia la esquina. Ya no hablaba con el mozo, lo escuchaban ahora algunos clientes. Paré la oreja. Me quise morir. Me acerqué y pregunté qué había pasado: “Hay un pibe en la calle”, dijo. “Parece que se tiró”. Volví a mi asiento, a la silla de plástico. Sabía qué estaba pasando. Lo sabía muy bien. Tan bien lo sabía que era el único que lo sabía. Al igual que los otras personas que habían cruzado la avenida conmigo, yo había escuchado la discusión; la diferencia era que yo me senté a comer una pizza y los otros no. Era yo el único testigo que espera una pizza mientras toma una cerveza. “Y una mierda se tiró... ¡Al pibe lo tiraron!”, fue lo primero que pensé. Seguro, lo pensé, por la bronca que le había escuchado al padre. Era capaz de hacerlo. Ese tipo estaba fuera de sí mientras arremetía contra el cachorro. “Ese hijo de puta lo tiró por la ventana. Fue a la pieza del hijo y de tanta bronca lo agarró de los brazos y lo sacó por el vidrio, por el hueco de la ventana abierta. No soportó que lo desafiaran.” La discusión volvió de golpe a mi cabeza, más fuerte que nada. Más clara que nada. No fue por nada que volvió. No falla la mente en esos momentos. Recordé automáticamente que el chico estaba desbordado. Recordé en un segundo el tono de su voz mientras se defendía de su propio padre, que lo acorralaba. ¡Su propio padre! Su propio padre que lo amenazaba de muerte. Que le avisaba que podría matarlo sin problemas; sin problemas, no sin remordimientos. La mayor amenaza en casa... ¿Cómo comprender? ¡¿Cómo correr?! ¿Hacia dónde?... ¡¿Por dónde mierda es que se sale de esos infiernos que duran tres horas por día durante quince o veinte años?!... ¡Por la ventana! Por ahí se sale. De los infiernos cotidianos se escapa uno por la ventana. Con un sólo movimiento. ¡Ahora! ¡Ahora! ¡Éste es el momento! “Soñé tantas veces que me tiraba por este hueco para sacarme la mierda diaria de encima y de adentro.” ¡El momento es ahora! ¡Éste es el futuro! ¡A volar!... A volar los pájaros... El pendejo se había tirado por la ventana y no tenía ninguna intención de volar. Quería partirse la crisma. De cuajo. El cráneo en dos. En tres. En cien. En quinientos... La intención no era morir sino destruir su memoria. Dentro del proyecto estaba, claro que sí, la muerte. Mejor aun. Sin memoria y sin futuro. Un espinazo que se quebró despacio, con una lima de uñas. Con la paciencia infinita que enarbola la locura cuando lima... shiki shiki shiki shiki shiki shiki shiki... De fondo, mandó una sirena. Era el final. La corroboración del cuadro. La sirena avisa siempre que algo se jodió. Avisa que al menos para una persona nada va a ser igual que hoy temprano. Con la sirena arribaron otras sirenas, varias instituciones. La cosa parecía organizarse. Corrieron los rollos de cinta plástica, la delimitación física de hasta dónde puede uno pararse a mirar. El tránsito se abrió como un canal de parto, dejando paso a cualquier visión. Ahora, mientras esperaba la pizza, podía ver bien: Cuerpo. Cuerpo enroscado sobre sí. Como cayó, quedó. Seco. A la mierda con la teoría de la vida. Nacemos, nos reproducim... ¡A la mismísima concha de tu madre la teoría cuartograduense! Este crío estaría en cuarto o tercer año del secundario, posiblemente menos, cuando se cansó de mamar violencia y decidió que ya era suficiente (¿quién sabe?, hasta podría estar cursando ahora mismo una cátedra de violencia infantil en una carrera de orientación social; una carrera que él buscara para orientarse socialmente). Que con lo que había juntado hasta ahí, dedujo, jamás podría llegar a transmitir un cacho de amor puro. Se sabía él mismo, lo sentía en la sangre, contaminado hasta la médula. Lo habían limado y quebrado desde ahí. ¡Mierda que lo sabía! ¡Mejor que vos y que yo, lo sabía! No iba a transmitir la mierda que le inquirieron. Como él lo pensaba y veía, él mismo era la contaminación. Él engendraba la muerte que mueren las víctimas de abuso. De cualquier tipo de abuso. Creía, lo creo, que todo aquello que podría llegar a dar sería parte de la misma masa madre. Habría un dejo de locura y de abuso en todo asunto que llegara a encarnar. Como protagonista, prefería otros actores; puede que algo más superficiales, menos reales, desde su prisma. Llegó la pizza. El mundo no deja de amasar porque un pequeño ya no tolere lo que lo circunda. “La ciudad...” El cachorro, la pizza y yo. ¿Comer o no comer? La pregunta que me pregunté fue si era justo o no comer la grande de muzzarella. Parece de hijo de puta, ¿no? A cuarenta metros del cadaver. La cerveza está fría. La Pizza no; la pizza está perfectamente caliente. Miro la comida. Se ve tremenda. Como me gusta. Me retraigo. “No es justo”, me digo. “¡¿Cómo puedo llegar a sentir hambre?!”. Soy el más temible de los hijos de puta. Con dos meses en la ciudad, viviendo, ya soy todo un ciudadano. De los que siempre odié. Cuando uno odia siempre se odia a uno mismo. Desde mi silla: un árbol (un inerte, nos conviene pensar), una moto, la esquina, el semáforo de corrientes, la faja de emergencia, rojiblanca, prácticamente, toda la policía de la ciudad, un cuerpo, una frazada y el desconcierto de todo mundo. Me clavaron la de muzza delante mío. Muerto de hambre, yo. ¿Comer o no comer?... ¿Arranco por la aceituna? Suena mucho menor el crimen si uno come retazos de crimen. Una aceituna no es un crimen. A cuarenta metros mío, sí había un crimen. Suicidio o crimen es lo mismo. Un crimen siempre precede a un suicidio. Así que el mazo está repartido. Un triángulo espantoso. El cuerpo, la pizza y yo. No puedo estar sintiendo hambre. No puedo ser tan hijo de puta... Pero terminé por sentir la realidad, es decir, el hambre. Lo sentí como nunca. Un espantoso hambre que me consumía desde el tuétano hasta la garganta. Un hambre inédito. Soberbio hambre. Estoy a punto de comer sobre un cadáver. Eso sentía. Y, claro, comí. Comí como nunca. Comí maldecido por la culpa. No debía comer. Miré a lo largo de la calle y vi que un hombre corrió hasta el cuerpo y lo abrazó. Era el padre. El que dirigía la batuta en medio del infierno antes de bajar la persiana. “Papi”, minuto de silencio, eternidad de silencio, “el que me abraza es papi”. Un hombre abraza lo que no llega a creer. Abraza lo que matara. Abraza su propia desesperación. No lo puede creer. No se puede creer. No se puede creer, abrazando aquello que odiara y decidiera eliminar. Pero yo estoy delante de la pizza, siento que todo en la ciudad funciona de esa forma: Uno almuerza y cena adelante del crimen. Comer es síntoma de salud. Como, como me como a mí mismo; una actitud. Como (del verbo “comer”) una forma de actuar. Como, degluto, una mentira. Cuando el mozo me trajo la cuenta, lo primero que hizo fue mirar la bandeja. No había dejado nada. En circunstancias normales, dos porciones hubiensen sido envueltas para llevar. En esa circunstancia, no había nada que llevar. Todo quedaba ahí. Todo lo sentido, todo lo que había por comer, mirar, oir y deducir, comenzaba y terminaba allí mismo, en esa cena de locos. Una verdadera cena ciudadana. La última cena encarnó, si se quiere, mucha más verdad. Pero mi cena encarnaba toda la hipocresía del universo. Me cagué soberanamente en lo que pudiera estar pasándole a los demás y me dediqué a lo mío: pizza y cerveza. Deslicé un razonamiento al hecho, eso sí; fue éste: “ok, el chico ya está muerto; ¿hay algo por hacer?... sí, hay algo por hacer: ir y decirle al policía que yo había escuchado la discusión previa a la tragedia...”, pero ahí mismo pensé: “en la casa hay tres personas más, mínimo, que saben mejor que yo qué es lo que sucedió... entonces voy a comer, ¡qué mierda!...” Y supe que en la ciudad nadie se entrelaza con nadie que no conozca, porque usualmente hay alguien que está más cerca de los problemas, que conoce todo mejor, que es mejor que uno, que tiene mejor trabajo, que cuenta con contactos más eficientes, directos y menos perecederos que los nuestros, que porta mejor la belleza que nosotros, que la tiene más grande o más chica, que usa jabón de glicerina y champú de importación, que llega a su casa por ascensor, que tiene jefes menos agresivos, que haga lo que haga va a hecerlo desde una mejor posición que nosotros, que hay tanta gente, tanta pila de personas, que no importa dónde nos ubiquemos, con quién usamos juntarnos y a qué asunto nos gusta dedicar nuestro tiempo: lo que importa en una ciudad, para sobrevivir mejor, no es lo que uno haga por un tercero sino lo que uno no hace por éste. Suena feo, ¿no? Cuando volvía hacia el departamento, pasé delante del único policía que quedaba cuidando la zona donde había ocurrido todo. Tuve ganas de volverme y de decirle que yo había oído la pelea, que quizá pueda servir en algo para acomodar las cosas, si es que algo puede acomodarse luego de una puñalada como esa. Cuando vi la cara del policía, comprendí más. El tipo estaba en la suya, escuchando música por auriculares. Le importaba un carajo que un guacho de quince años decidió romperse entero contra la calle. Así que sólo caminé más rápido. En el camino tuve tiempo de frenar y de eructar los gases de la cena.

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