-a la caja tiene que hacerle agujeros, huecos, para que el aire pase. sea lo que sea que tiene ahí adentro tiene que dejarlo respirar.
la mina lo miró de reojo con cara de culo y ni siquiera le contestó. apoyó la caja de zapatos sobre el parasol, volvió a meter las manos en el cochecito, agarró su bebé, feo como una montaña de mierda, y trató de acomodarle el pañal que se estaba cayendo.
-oiga, le estoy hablando –eso ya sonó más fuerte; y yo, que venía por la vereda de enfrente, fumado hasta el moño, imaginando que destripaba a todos los peatones que pasaban por mi lado, enseguida miré (se ponen tan importantes las pelotudeces callejeras cuando uno viene montado)-. haga un agujero para que la rata respire, déjese de joder. ¡No se lo vuelvo a decir!
-¡pero quién carajos te creés que sos! es un problema mío… yo hago con la caja lo que quiero… ¡idiota!
molesta como estaba, ajustó el pañal con fuerza, con mucha fuerza. como si tratara de atarle un corsé. la panza del bebé quedó partida en dos, el nene soltó un grito ahogado y largó con un llanto insoportable, estridente y desesperado como el de una cabra que empieza a sentir el cuchillo atravesándole el cogote, mientras la están agarrando entre varios. después lo metió en el carro con ganas, medio que lo tiró dentro. los gritos hicieron girar varias cabezas y la cosa se puso interesante. la presión de la mirada general satirizó el show y la pelea por la ratita se potenció bastante.
apoyé la lata de cerveza en la vereda y me senté en el escalón de una puerta de edificio. busqué los cigarrillos. no tenía más. Una vieja, que venía con un chango lleno de verduras y maquillada como un payaso daltónico, se paró al lado mío y también se puso a mirar.
-¿qué pasó?
levanté los hombros. la vieja tenía un paquete de Derby Suaves en la mano y le pedí uno. me puse a fumarlo tranquilo, como los lunes al mediodía en el cine, cuando la sala está vacía y ni siquiera anda por ahí el que vende pastillitas.
-¿quiere cerveza? –dije y levanté la lata. chucky se asombró pero aceptó, se tomó un buen trago y me pidió fuego. se le podía ver el culo a través de la tela fina del vestido. una experiencia asexual interesante. fue lo más feo que me tocó ver en toda mi vida. y también los bigotes… ¡oh, máma!
cuando volví la vista hacia enfrente, el tipo y la mina tiraban de la caja cada uno para su lado. gritaban y puteaban con buena energía. la mujer trataba de empujarlo con el brazo que tenía libre, hasta que se aferró con las dos manos al paquete y empezó a dar alaridos groseros en el medio de la vereda. en la esquina, un policía estatua escuchó los gritos y se encaminó hacia ellos con desinterés. ladeaba la cabeza, mientras acortaba distancia, para tratar de ver algo, pero la vereda era angosta y estaba saturada de personas que iban y que venían desde y hacia todos lados.
a esta altura, el bebé estaba de lo más perturbado y no paraba de gritar. otro nene, hijo también de la señora, de unos cuatro años, calculo que el verdadero dueño de lo que había en la caja, tironeaba de la pollera de la mujer y estaba convencido de que iban a matar a su mamá.
-¡estamos todos locos! –dijo la vieja y estiró la mano hacia la cerveza.
-ya lo creo, doña -y le pasé la lata.
-¡Uuuuy! –chilló la vieja y se llevó una mano a la boca, espantada.
el tipo que tironeaba de la caja había sacado una navaja. ya se había hecho del paquete y se estaba tomando el asunto con bastante seriedad. me puse de pie y empezé a cruzar la calle. era el único, todos habían retrocedido unos cuantos pasos cuando el tipo sacó el cuchillo. la hoja era angosta pero tenía un buen largo. el policía ya se había puesto a correr y gritaba como una nena su “alto, policía”.
-¡agujeros, agujeros! –gritó el tipo y apuñaló la caja un par de veces-. ¡tiene que respirar, el animal! ¡RES-PI-RAR! –una puñalada por sílaba-, ¡RES-PI-RAR!, ¡RES-PI-RAR!
la mandíbula de la mujer pareció descolocarse y quedó congelada... el bebé gritaba, el nene gritaba, todo el mundo gritaba, hasta la vieja con el changuito se puso a cacarear.
el asesino de cajas había alcanzado un submundo. no estaba en la calle, no estaba riñendo, tampoco venía un policía al trote hacia él, todo su universo era perpetrarle agujeritos a una caja, y se iba animando con cada golpe de cuchillo.
recién se detuvo cuando la hoja empezó a salir de la caja con manchas de sangre.
-¡el polliiitooooooooo! -desgarró el crío, y todo el asunto cobró una atmósfera todavía más extraña.
con ese grito el tipo volvió a la realidad. la mujer, la madre de los nenes, cayó de culo y desmayada en la vereda. el chico de cuatro años se tiraba de sus propios pelos y movía la cabeza con desesperación, al grito de: "¡el pollito, el pollito!". el tipo estaba transpirado, salido de sí, exhalaba a boca abierta y tomaba el aire con un chillido agudo que nacía en su garganta.
uno de los silbatazos que dio el cana mientras corría hacia él lo puso en alerta. levantó la vista, vio al policía bastante cerca, dejó caer la cajita de cartón y rompió a correr en sentido contrario, con el cuchillo en la mano. después de topetear a las primeras personas en su carrera la gente iba abriendo solita el paso. el tipo torció en la esquina y nadie supo más nada de él. atrás pasó como loco el policía, que corría con una mano apretándose el gorrito para que no se le vuele; un reflejo, supongo. y tampoco supimos más del policía.
puede que aún estén corriendo por las calles de buenos aires.
así que ya sabés, te dejo alertado, si ves venir a la carrera a un tipo con navaja en mano y tras él un policía que se sostiene el sombrerito para que no se le piante: tratá de que tu cajita ya tenga hechos los agujeros.
¡tiene que respirar, el animal!... ¡res-pi-rar!