54- Un viaje en tren
Si yo fuese un hijo de puta completo, digo esto porque sé que soy sólo medio hijo de puta, nos mataría a todos nosotros de una vez, sin titubear y sin mover los parpados. Somos personas escondidas en el fondo de nuestro propio culito (nuestro culo pasó a ser mamá), jactándose de entretener, o, peor aún, de intentarlo. Nos hemos olvidado del mundo en el mismo momento en que sentimos que el mundo se olvidó de nosotros, y nos hemos recluido en corazones ajenos por carencia de uno propio.
¡Créanme! Odiamos profusamente al resto de las personas. Y nuestra peor desdicha, contradicción y asquerosidad es menoscabarnos continuamente en pos de entretener y consolar a nuestro propio veneno: ustedes.
Ustedes y yo somos mierda; la misma, en realidad. Ustedes y yo somos una bala. Una bala que zumba y zumba, que procrea y procrea más balas, y que, aunque lo intente y lo desee en cada suspiro, nunca logra asesinar. Nacimiento fortuito. Mala parición sangrienta de llorones insaciables. Calambres estomacales. Cánceres de ojos de colores diversos. Ventrílocuos animados a esbozar “jamás” una de sus voces hacia afuera. Carcamanes de la memoria y del estudio solitario. Rellano intransitable. Inefables huelemierdas. Descarados de la vergüenza y promulgadores del Yo. Hijos de putas plenamente orgullosos de las doce letras que nos componen, unidas y separadas a la vez.
Ya saben, entonces, si ven venir a un escritor por la misma vereda, crucen la calle, entren a cualquier comercio o solamente aléjense. ¡Lo digo en serio! Si no les hace daño, seguro les pedirá dinero.
En eso, llega el tren; después de media hora de putearlo. Y está como me lo imaginaba. Se apisonan en sus fauces las almas muertas años atrás, que dicen creer fervientemente en la vida. “¿En qué vida?”, me pregunto sentadito en el piso del furgón y me sueno la nariz con ganas. “En la vida que llevan más años aún posponiendo”, me respondo y me soplo los mocos para adentro. Caras, caritas y caretas de jóvenes, niños y viejitos que ven, vieron y verán su vida andar, rondar y caminar siempre delante de sus propios pasos, inalcanzable. Enmarañados en esperanzas fútiles y contrariadas; llenos de muerte donde se los escarbe con un palillo. Son sonrisas adiestradas para cumpleaños y reuniones, para salones de y con fiestas, creyendo todo el tiempo que es tiempo de vivir cuando se calzan los zapatitos nuevos. Son, en realidad, desaires, ángeles masacrados con bastones amansa locos, pequeñas vidas que tiritan de frío en nuestros enormes eneros calurosos. Van y van, y no se cansan. Se ajetrean, se maldicen por asientos, se bocinan y desdicen, se cubren y descubren siempre con vergüenza.
Las estaciones pasan y pasan tras el vidrio. Penden las bicicletas de los ganchos; daría lo mismo si, al subir, colgaran de estos a sus corazones y se marcharan a sentar con sus bicicletas metidas en el pecho.
Hoy es domingo y Día del Padre. Todos cargan con más aplomo que de costumbre. Van hartos e hinchados las pelotas a presumir un festejo que saben los aburre. Es probable que después de comer, y un poco menos antes, también, rían un poco. Pero llevan escrito en la cara que no les resulta suficiente. No alcanza la familia y un almuerzo con ella. Quieren más y más… Pero como eso hay que salir a conseguirlo… Entonces advierten que tienen fiaca, o lo peor, que les falta valor. Les pesa el culito peludo que apoyan sobre los asientos de cuero verde-frío del Urquiza.
Bajan, luego; caminan, van al taxi, al subte o al colectivo para llegar a la reunión. Para mascar ese raviol casero o la carnita a la parrilla.
Y mientras se acomodan en el vehículo con el que van a achicar el último tramo del viaje, no sé en qué van pensando. No sé qué carburan mientras tanto, mientras los nacimientos y los entierros, las orgías y las pajas más las facturas y los recibos andan por ahí, en algún lugar, inamovibles. En cambio, sí sé dónde es que están siempre; sé dónde hurgan y maldicen, dónde acoplan y resignan, dónde farfullan sus plegarias y planean las venganzas de sus propias necedades. Todo lo hacen en su obscuridad interior. Van, continuamente, perdidos, tanteando dentro de su propia ceguera.
“Nada cambia nada, por eso es que suelen sorprendernos en la búsqueda del todo…”
53- Cerebridad
Allí, se atacan las soledades al azar, se acodan las damas malvadas de los infiernos que encuaderno con una Bic y un talonario de renglones escogido. Es donde trotan los mundos que pienso caminar, en adelante (que ya fueron míos hace un puñado de años), y donde se agolpan resoplidos de los restos de mandanga de hace un rato. Es todo un universo que siempre he intentado tragar de un trago y que ahora, lejos de apurarlo, pretendo encuentre su ritmo natural, lo practique, desarrolle y lo evolucione hasta convertirse en disparador consagrante de esta furia inexorable, que obra siempre traspuesta, a su capacidad corroborada de productora social. He dejado a su cargo la fluidez del tiempo… y fue duro, no por caro ni por escurridizo, el traspaso del control. He conseguido, más de una vez, someter al mordisco de mis manos ciertos banquetes que devoré despacio e inteligentemente.
Quiero pensar que los apuros están cada vez más tratados (como aguas de desecho, barrosas, a las que conviene agrupar, aglutinar, para darles salida por la puerta de atrás: ¡la mejor de todas las puertas!)...
52- LA CONQUISTA DEL REINO DE LOS SUEÑOS PROPIOS
¡Soy un enfermo!
Soy un enfermo... y bien malo. No hay minuto del día en que no cavile mis perversiones. No hay segundo que no forme parte de los minutos y de las horas que derrocho en recorrer y recorrer esta cabeza, tal como es y con lo que le voy agregando cada vez más entusiasmado...:
...viene una idea que parece buena (no digo para escribirla sino para, solamente, dejarla ser y ocurrir como pensamiento) y, en el tiempo que dura un parpadeo, se desata la catástrofe cerebral. En ese momento no lo noto, pero es cuestión de que pase un rato para encontrarme en cualquier lado, cualquier sitio, aterrorizado.
Casi todas mis ideas acaban generándome temor; me doy asco por eso, pero no tengo otra verdad. ¡Mis ideas me dan asco y temor!... Y, entonces, ahí, en ese preciso y adorado y dorado instante…: ¡ahí es cuando viene lo mejor! Siempre viene lo mejor después del asco, después del tedioso y mortificante movimiento de esta maquinaria obsoleta que llevo arriba de los hombros cuando voy a comprar, como ejemplo a citar, el pan, un día cualquiera a la mañana… bueno, al mediodía, como mínimo.
Lo que más disfruto de estos procesos internos permanentes, de todas las barbaridades que dejo ocurran aquí, bajo mis pelos, viene pegado a mi sentimiento de autosugestión. Como si después de atravesar un laberinto construido con paredes de verdadera mierda forjada, apareciera un prado verde, verde y rojizo, verde, rojizo y azulado que huele a mandarines de invierno, a amapolas cuidadas con entusiasmo salvaje y a bebé feliz. Entonces, exactamente en ese punto, respiro con buena energía, me lleno los pulmones con ese frescor y dejo disipar esta imaginación que acaba de ser purificada de fantasmas y de pequeños roedores ordinarios y corrientes, que generalmente se instalan dentro mío cuando coexisto con ustedes en las calles o en todos aquellos sitios que no son mi cuarto. Con mis pulmones llenos, al fin, de una extraordinaria y estupenda majadería, buscada con insistencia voluntaria, superconsciente, logro pensar con claridad, sólo así alcanzo a resucitar de las continuas y consecutivas muertes en que me sume la vida cotidiana. ¡Y en ese punto... estallo con violencia! Con violencia que descargo solamente sobre y dentro de mí, apuñalando mis carnes y mis órganos, chupándome la sangre a borbotones, manchándome la cara y el cuello y el pecho de un rojo intenso, un rojo que no quiere más que escaparse de mis arterias y pegotearse contra el suelo.
…Así, arrastrado por uno de estos procesos fatalistas y seductores, fue que un mediodía de otoño, soleado y hermoso, terminé junto a la pileta de la cocina, completamente desnudo, siendo presa de convulsiones que hasta ese día desconocía, apurándome la vena gorda de mi brazo derecho con la punta fría y aguda de un cuchillo Tramontina…
Fue susto y fue gigante. Temblé, temí y dudé de todo todo todo... En su momento alcanzó forma, desenvolvimiento y comportamiento, con sus estupefactas consecuencias, de supertrauma, de megatraba sicológicap, necesitada, en apariencia, de una predeterminada exposición a la ultravioletabilidad de los rayos analíticos y subversivos de sicólogosp apuntadores, encausadores y vislumbradores de cuanto ya sabemos pero evitamos por indomabilidad de nuestra siquisp.
Mientras eso ocurría: ¡no era yo!... tampoco fui yo, Ariel, cuando desperté de la magnánima siesta que descansó el brote de:... ... ¿psicosis?, ¿paranoia?, ¿delirio?, ¿realidad?, ¿malos recuerdos reprimidos? o... ¿quién puede definirlo, verdaderamente? ¡Ni mis ojos ni mis sentidos saben exactamente de qué me agarré o qué fue lo que me succionó esa mañana trementina, que disparó que yo fuese arrastrado, conducido, por ese agujero negro sicológicop, por esa marea insurfeable de confusos recuerdos que me ocupé de darle trato de reales, por esa vía láctea repleta de alucinaciones estelares, que consagré como sucesos y como hechos ocurridos en tiempos pasados (equivocadamente; y eso es lo que me dice que la cabeza es una galleta de grietas inclasificables) y que doté con fueros infranqueables para protegerlo de cualquier refutación sobria, y que consteló contornos fantasmagóricos y demenciales, que hoy recuerdo con risas, pero que en su momento confundieronme y empujaronme a contemplar como viable la opción de tajearme las venas a lo largo...
51- Aliándonos, primero, y ejecutándonos, después
Sí.
Entonces, acabo de caer en la cuenta, somos nosotros, los escritores, mientras se nos dice con insistencia: “no sean ansiosos”, los seres más preparados para consumir y soportar estados sostenidos y apuntalados de paciencia durante largos, larguísimos, eternísimos, años; ignorando, hasta el preciso momento en que sonó nuestro timbre de casa, que cuanto habíamos escrito durante esa espera, que pareció salada y que acabó demostrándonos que, en realidad, era dulcísima, que todo ese proceso era sólo la búsqueda, primero, y el aprendizaje, después, del estilo propio de escritura.
Y aunque nuestros timbres estén siempre rotos, dado que generalmente no esperamos ni pretendemos visitas, esa campanada, esa llamada, ese cachetazo, ese palazo en la cabeza, esa hermosa patada en el culo, es el único grito que acabamos oyendo con fidelidad cuasi absoluta; cuasi porque somos adictos a la difusión de los contornos, porque pocas son las cosas y asuntos que se nos manifiestan con claridad y definidas con exactitud delante y al alcance de nuestros sentidos. Lo que terminamos haciendo es poner mucho de nuestra orientación natural. Esa es nuestra jactancia y devoción: la orientación que vicia lo extrasensorial.
Mis respetos, renovados, entonces.
(Dijo alguien:
…”quizá todo cambie con el tiempo... pero, por ahora, la situación viene siendo así: soy demasiado inteligente para decir “sí, señor” y demasiado perezoso para el resto de las actividades laborales”…)
49- La colisión de las galaxias
Me viene la sangre con fuerza desde el alma, arrastrándome. Me encarrila y obliga a mi avasallo, me sumerge y moja, fría como nunca, irreverente y mala, complot y primavera, madrugada y espera interminables, conciertos mudos para oídos perspicaces. A veces me logro relajar; y me relame su tibieza espesa de rojo frambuesa, con poquedad talvina y enormes exigencias. Entonces me entrego y por ratos me agazapo. El temor juega y juega, y es su costado más atractivo.
Y me voy embelesado tras él…
48- Ni la guita ni el sustento
…Un pulso.
Creo que nos mueve un pulso. Una corazonada. Una sospecha de luz que esclarezca, mágica, auto, azarosa y misteriosamente nuestras dudas magnánimas, esas que ni siquiera hemos llegado a comprender durante ni un ratito cómo es que se han conformado, y que, previsiblemente, acabaron confundiéndonos. Una necesidad. Una costumbre. Un engaño practicado y sostenido en los lugares que nos han hecho frecuentar desde chiquitos. Un cuento que nos contaron desde el final hacia el principio. Un prepararnos para soportar desgracias mientras seguimos construyendo lo que podemos, empujados por una fuerza que muta, silenciosa, en obligación engañosa, incomprensible en primera instancia y aborrecible en segunda. Una promesa de salvoconducto en seguida ocurra nuestro final biológico, justo detrás del borde exterior de la línea que es meta del camino de nuestra historia personal, capaz de librarnos de nuestros pesares, desorientaciones e incomprensiones permanentes o fechadas, y que, ¿paradójicamente?, es exactamente el objetivo hacia el que nos han impulsado desde beibis mediante mecanismos que hemos institucionalizado y cuya consagración disparó nuestra ruina. Una desesperación. Una prórroga consecutiva, voluntaria, cobarde y permanente de la concreción de nuestro deseo más glandular, hormonal, celular, viral, cardiaco, eeetttccc. Una visión insegura y alucinógena acerca de cuanto haya, si es que hay algo, más allá de nuestro último latido. Una promesa de concreción y de disfrute de paraísos instantáneos y automáticos que se erigirán, vaya a saber uno de qué manera, frente a nuestros ojos, apenitas después de muertos, pero que si observásemos con mínima tenacidad, o más bien con pelotas, no es más que lo mínimo que deberían ofrecernos como justa y cicatrizante retribución que pague por los daños y perjuicios desprendidos de todos esos actos traperos con que fuimos obligados, la mayoría de las veces con mentiras premeditadas que oficiaron de vector, a padecer la voluptuosa e interminable montaña de mierda y de basura que solemos padecer mientras vivimos en sociedad.
Ahí estábamos mi cabeza y yo cuando nos abrazó el pánico y su fuerza…
47- la navaja y el pollito
-a la caja tiene que hacerle agujeros, huecos, para que el aire pase. sea lo que sea que tiene ahí adentro tiene que dejarlo respirar.
la mina lo miró de reojo con cara de culo y ni siquiera le contestó. apoyó la caja de zapatos sobre el parasol, volvió a meter las manos en el cochecito, agarró su bebé, feo como una montaña de mierda, y trató de acomodarle el pañal que se estaba cayendo.
-oiga, le estoy hablando –eso ya sonó más fuerte; y yo, que venía por la vereda de enfrente, fumado hasta el moño, imaginando que destripaba a todos los peatones que pasaban por mi lado, enseguida miré (se ponen tan importantes las pelotudeces callejeras cuando uno viene montado)-. haga un agujero para que la rata respire, déjese de joder. ¡No se lo vuelvo a decir!
-¡pero quién carajos te creés que sos! es un problema mío… yo hago con la caja lo que quiero… ¡idiota!
molesta como estaba, ajustó el pañal con fuerza, con mucha fuerza. como si tratara de atarle un corsé. la panza del bebé quedó partida en dos, el nene soltó un grito ahogado y largó con un llanto insoportable, estridente y desesperado como el de una cabra que empieza a sentir el cuchillo atravesándole el cogote, mientras la están agarrando entre varios. después lo metió en el carro con ganas, medio que lo tiró dentro. los gritos hicieron girar varias cabezas y la cosa se puso interesante. la presión de la mirada general satirizó el show y la pelea por la ratita se potenció bastante.
apoyé la lata de cerveza en la vereda y me senté en el escalón de una puerta de edificio. busqué los cigarrillos. no tenía más. Una vieja, que venía con un chango lleno de verduras y maquillada como un payaso daltónico, se paró al lado mío y también se puso a mirar.
-¿qué pasó?
levanté los hombros. la vieja tenía un paquete de Derby Suaves en la mano y le pedí uno. me puse a fumarlo tranquilo, como los lunes al mediodía en el cine, cuando la sala está vacía y ni siquiera anda por ahí el que vende pastillitas.
-¿quiere cerveza? –dije y levanté la lata. chucky se asombró pero aceptó, se tomó un buen trago y me pidió fuego. se le podía ver el culo a través de la tela fina del vestido. una experiencia asexual interesante. fue lo más feo que me tocó ver en toda mi vida. y también los bigotes… ¡oh, máma!
cuando volví la vista hacia enfrente, el tipo y la mina tiraban de la caja cada uno para su lado. gritaban y puteaban con buena energía. la mujer trataba de empujarlo con el brazo que tenía libre, hasta que se aferró con las dos manos al paquete y empezó a dar alaridos groseros en el medio de la vereda. en la esquina, un policía estatua escuchó los gritos y se encaminó hacia ellos con desinterés. ladeaba la cabeza, mientras acortaba distancia, para tratar de ver algo, pero la vereda era angosta y estaba saturada de personas que iban y que venían desde y hacia todos lados.
a esta altura, el bebé estaba de lo más perturbado y no paraba de gritar. otro nene, hijo también de la señora, de unos cuatro años, calculo que el verdadero dueño de lo que había en la caja, tironeaba de la pollera de la mujer y estaba convencido de que iban a matar a su mamá.
-¡estamos todos locos! –dijo la vieja y estiró la mano hacia la cerveza.
-ya lo creo, doña -y le pasé la lata.
-¡Uuuuy! –chilló la vieja y se llevó una mano a la boca, espantada.
el tipo que tironeaba de la caja había sacado una navaja. ya se había hecho del paquete y se estaba tomando el asunto con bastante seriedad. me puse de pie y empezé a cruzar la calle. era el único, todos habían retrocedido unos cuantos pasos cuando el tipo sacó el cuchillo. la hoja era angosta pero tenía un buen largo. el policía ya se había puesto a correr y gritaba como una nena su “alto, policía”.
-¡agujeros, agujeros! –gritó el tipo y apuñaló la caja un par de veces-. ¡tiene que respirar, el animal! ¡RES-PI-RAR! –una puñalada por sílaba-, ¡RES-PI-RAR!, ¡RES-PI-RAR!
la mandíbula de la mujer pareció descolocarse y quedó congelada... el bebé gritaba, el nene gritaba, todo el mundo gritaba, hasta la vieja con el changuito se puso a cacarear.
el asesino de cajas había alcanzado un submundo. no estaba en la calle, no estaba riñendo, tampoco venía un policía al trote hacia él, todo su universo era perpetrarle agujeritos a una caja, y se iba animando con cada golpe de cuchillo.
recién se detuvo cuando la hoja empezó a salir de la caja con manchas de sangre.
-¡el polliiitooooooooo! -desgarró el crío, y todo el asunto cobró una atmósfera todavía más extraña.
con ese grito el tipo volvió a la realidad. la mujer, la madre de los nenes, cayó de culo y desmayada en la vereda. el chico de cuatro años se tiraba de sus propios pelos y movía la cabeza con desesperación, al grito de: "¡el pollito, el pollito!". el tipo estaba transpirado, salido de sí, exhalaba a boca abierta y tomaba el aire con un chillido agudo que nacía en su garganta.
uno de los silbatazos que dio el cana mientras corría hacia él lo puso en alerta. levantó la vista, vio al policía bastante cerca, dejó caer la cajita de cartón y rompió a correr en sentido contrario, con el cuchillo en la mano. después de topetear a las primeras personas en su carrera la gente iba abriendo solita el paso. el tipo torció en la esquina y nadie supo más nada de él. atrás pasó como loco el policía, que corría con una mano apretándose el gorrito para que no se le vuele; un reflejo, supongo. y tampoco supimos más del policía.
puede que aún estén corriendo por las calles de buenos aires.
así que ya sabés, te dejo alertado, si ves venir a la carrera a un tipo con navaja en mano y tras él un policía que se sostiene el sombrerito para que no se le piante: tratá de que tu cajita ya tenga hechos los agujeros.
¡tiene que respirar, el animal!... ¡res-pi-rar!
46- Los pasillos de tu culo
Mientras nos estamos yendo, da lo mismo si nos acompañan dulcemente hasta la salida o si nos tiran la puerta encima apenas cruzamos el umbral. Uno se va, y el mundo con todo lo que tiene dentro importa menos que un carajo.
Mi obsesión mayor son tus conductas, humano pequeñito y oloroso; y soy tan pelotudamente hábil en reconocerlas que ya no puedo dar un paseo por las calles sin que me afecte tu gran circo romano de posturas y de poses que me propones apenas salgo de casa. Uno es solamente uno en la desestimada soledad, porque fuera de ella uno es uno más la interacción; y es justo ahí, en la coexistencia, donde inyectamos mierda o vitaminas a todo el asunto dependiendo de qué es lo que fuimos minutos antes, mientras estábamos solos, my Darling.
Somos máquinas de esconder defectos y de fingir virtudes (verdaderas o no, da igual). ¿Vos, qué sos? ¡Andá, hacélo, ¡mudo!, y volvé! Sé terciopelo del Imperio de la Gran Moravia o burbujas en la cerveza del Rey de Nuestra Señora de la Predilección pero calladito la boca. La aprobación tan ansiada no está más que en uno mismo, y su precedencia no es otra cosa que la hipocresía.
Nuestros actos no necesitan una locución aduladora que los acompañe para ser ellos, eso lo agregamos nosotros para trepar peldaños, generar algún efecto siniestro en cómo es que somos vistos y mirados y también para, ¿por qué no?, pagar de contado un autito superveloz y confortable.
Por lo que quiero que me toque, me sobra con vos (mi ángel sexual), un cuaderno, algo que escriba y un montón de cigarrillos.
...y fuego, claro!
45- Lo que el viento me trajo...
laten los corazones rotos pero sostienen
entonces no puede ser de otro la responsabilidad
de hacer oídos sordos a la majestuosidad
el zorro va a delante, nada ha cambiado
no hemos madurado ni un instante
¡si se pudiese ver la historia como se ve a una mujer!
y pudiéramos, también, llevarla por delante...
...si fuese nuestro ayer un ejercicio matemático!!!
44- Inadvertencia!
tampoco sables afilándose contra mis glóbulos
ni módulos tutores manejables
por pequeños mal tatuados por la moda
que se nombran predecesores del enchastre
y no son más que mis manjares, que chorrean,
algo de esperma que me sobraba y usaste...!
43- Snooze time
Despierto ya de todo contratiempo
Al fin logro sonreír a cara entera
Fuera del capullo tibio que ofrece la matriz
He logrado lamer el dulzor del desamparo
Dispuesto a desechar lo inalcanzable
Alcanzo a disponer, sin querer, de tus desechos
Si tan así será lo que me pase
Poco importa el lugar en el que ocurra
Ni que me escurra a través de tus hendijas
Con posturas sabandijas y un buen iuuuuja!
42- El polvito
¿Que cómo te queda el pantalón?
¡Me importa menos que el granito de tierra que ensucia el piso debajo de la heladera en el rincón que no se ve! Opinando que la funcionalidad de ese casi átomo de tierra es enormemente más útil que tu pantalón, y que te supera a vos, por haber ido a parar allí sin intenciones mediáticas. Así que mejor no me preguntes cómo te queda la ropita, porque te prefiero sin ella, muerta de calor y arriba mío; donde las células vierten su brillo tácito crepuscular, donde ordenamos disociarnos y buscamos el desmayo redentor, donde ya no sos vos frente al espejo como un fantasma con diarrea, sino el tono del rojo que sólo yo te conozco y que te mece. Te prefiero ahí: donde coarto mis paranoias y ciertas vulgaridades, donde pierdo la cabeza y encuentro el centro que te sube y que te baja, abusando de todo la gravedad dispuesta para nosotros y para nuestro ensamble, donde acoplamos, fundimos, mezclamos y vertemos nuestras arrogancias, donde la piel no es piel ni recipiente, donde chupamos con los dientes, donde mordemos con nuestros flujos de aceitar, donde los reclamos son esclavos de nuestros multiplaceres, donde no amanece ni anochece por no existir la luz sino un conjunto fugaz de estallidos alternados de nuestros espasmos fluorescentes, donde no buscamos adornarnos sino comernos en banquete mineral, salado y proletario; porque cuando estamos exactamente ahí, adentro del capullo, sumergiéndonos y emergiéndonos, blandeándonos, enemistándonos arriba y amigándonos abajo, macerándonos en las profundidades que sabemos de memoria, latiéndonos con ritmos conocidos, enmantecándonos y escupiéndonos, llorándonos de risa, matándonos con mermeladas y con azúcares, espiándonos a través del tercer ojo, caminándonos como playas puercas y encharcadas, justo ahí: donde cruzamos los dedos para que no acabe el show ni aparezcan los siniestros payasos a encumbrarnos, al reparo de la nada y expuestos al subtodo, acertadamente ahí: cuando te miro adentro de los ojos mientras te dejás, ahí, ahí, ahí: cuando te agarro fuerte del pelo a la altura de la nuca y te ofrezco todas mis descargas y mi semen, junto con mis muecas, con mis ingles y las tuyas, con mis ángeles desconcertados, con mis pájaros superlocos, con mis buscadores de letargos venideros, con mis olores a zarpar, con toda la tropa lista y enojada, con mis malestares complacientes, con mi frente contra tu frente flanqueada, con mi pecho contra tus gritos, con mis alaridos contra tus pretensiones, ahí: cuando te convertís en piezas de sodio, cuando te duele la intramuscularidad misma de tus dos puños llenos de interfuegos por apretar y apretar y apretar y apretar y apretar y apretar ahí; ahí nunca sé qué ropaje traías puesto en el arranque, en la precisa ignición, antes de la primera marcha, en la primera mirada interceptora, durante la búsqueda sagrada y primaria de aquellas diosas que van a lamernos muy suavemente los pies mientras escuchan todas nuestras plegarias dominantes, ahí: cuando te muestro mis diamantes más caros, cuando te abro las puertas de mi garganta, cuando te parto la cordura de entrecasa con un soplido chirlezco sobre los muslos, justo en su cima, con mis dientes apretados, con la rabia recostada encima de mi lengua, con las quijadas al vivo rojo, con mis putos razonamientos confinados a tu infierno, ahí: cuando empiezo mi viaje personal por mi mente para llegar al corazón de la tuya, cuando estropeamos el universo mordiéndonos las bocas, cuando nos apretemos pausa, cuando nos digitalizamos y nos analogamos despacito, cuando empezás a incinerarte, cuando los alaridos son gritos cachorritos, antes de que te clave la lengua en las pupilas, antes de que dejes de ser mía y pases definitivamente a ser de las manos de la perfecta impropiedad del sexo.
¿Que cómo te queda el pantalón?
¿Qué era un pantalón?
41- Charlatanes de tercer boca
e ira en la unión de los soles de los pueblos
si la maqueta social fuese asequible
y asequible fuese la saciedad de más de un apetito
dejarían de ser un rito nuestras prestaciones
y serían más canciones esos himnos que acartonan
y matonas del amor las minas que nos aman
y manzanas de cajón los pecados que mordemos
y charlatanes de reunión los que trinan sus discursos
y ratones come-coco las ideas bienolientes
(sobresalientes, siempre, las notas de tus hijos)
y soplamocos tibios los rasguños de tus ojos
y maxilares rotos los que esgrimen las sonrisas
y cornisas brabuconas los peldaños que nos quedan
y monedas de papel las frescuras que nos sobran
y obras-chozas las mansiones que habitamos
y orcas asesinas las mujeres que extrañamos
y flequillos encantados lo que lleva ella delante de la frente
y frecuentes los maltratos, adrede y apuntados
y franquezas malhechoras lo que dicen por la radio
y semihembras salvadoras los travestis bien logrados
y un refugio pasajero los polvos trotamundos
y una agónica necesidad tus ojitos hacia acá.