48- Ni la guita ni el sustento

¿Qué mueve a un albañil a poner ladrillos, a construir paredes y estructuras que no va a utilizar? ¿Qué mueve a un cartonero a salir cada día o cada noche a patear las veredas y las calles de una ciudad que mata o de un pueblo que adormece? ¿Qué mueve a un ferretero a abrir mañana tras mañana su propuesta de tornillos? ¿Qué mueve a un médico, a un panadero, a un travesti, a un soldado, a un cura, a un jubilado, a un desamparado, a un rey, a un ballenero, a un camarero, a un zapatero, a un canillita, a un costurero, a un filósofo, a un músico, a una ladrón, a una monja, a un pianista, a un ventrílocuo, a un biólogo, a un tambero, a un sindicalista, a un asesino, a un perpetuo solidario, a un periodista, a un hijo de puta, a un proselitista, a un autoritario, a un meteorólogo, a su mucama, a una prostituta, a un curandero, a un predicador, a una persona que vive en la calle... en fin, qué moviliza a cualquiera de nosotros a hacer lo que hacemos cada día?...

…Un pulso.

Creo que nos mueve un pulso. Una corazonada. Una sospecha de luz que esclarezca, mágica, auto, azarosa y misteriosamente nuestras dudas magnánimas, esas que ni siquiera hemos llegado a comprender durante ni un ratito cómo es que se han conformado, y que, previsiblemente, acabaron confundiéndonos. Una necesidad. Una costumbre. Un engaño practicado y sostenido en los lugares que nos han hecho frecuentar desde chiquitos. Un cuento que nos contaron desde el final hacia el principio. Un prepararnos para soportar desgracias mientras seguimos construyendo lo que podemos, empujados por una fuerza que muta, silenciosa, en obligación engañosa, incomprensible en primera instancia y aborrecible en segunda. Una promesa de salvoconducto en seguida ocurra nuestro final biológico, justo detrás del borde exterior de la línea que es meta del camino de nuestra historia personal, capaz de librarnos de nuestros pesares, desorientaciones e incomprensiones permanentes o fechadas, y que, ¿paradójicamente?, es exactamente el objetivo hacia el que nos han impulsado desde beibis mediante mecanismos que hemos institucionalizado y cuya consagración disparó nuestra ruina. Una desesperación. Una prórroga consecutiva, voluntaria, cobarde y permanente de la concreción de nuestro deseo más glandular, hormonal, celular, viral, cardiaco, eeetttccc. Una visión insegura y alucinógena acerca de cuanto haya, si es que hay algo, más allá de nuestro último latido. Una promesa de concreción y de disfrute de paraísos instantáneos y automáticos que se erigirán, vaya a saber uno de qué manera, frente a nuestros ojos, apenitas después de muertos, pero que si observásemos con mínima tenacidad, o más bien con pelotas, no es más que lo mínimo que deberían ofrecernos como justa y cicatrizante retribución que pague por los daños y perjuicios desprendidos de todos esos actos traperos con que fuimos obligados, la mayoría de las veces con mentiras premeditadas que oficiaron de vector, a padecer la voluptuosa e interminable montaña de mierda y de basura que solemos padecer mientras vivimos en sociedad.

Ahí estábamos mi cabeza y yo cuando nos abrazó el pánico y su fuerza…

No hay comentarios.: