62- Cocción a papel de diario (Cuento Largo Paso Por Paso)

Llegué a Jamaica casi por casualidad. El primer recuerdo que tengo es que los pasajeros, la mayoría locales, negros todos, aplaudieron efervescentemente apenas el avión redujo su velocidad después de poner ambas ruedas sobre el suelo de la pista de aterrizaje. Eso me dio una vibra de lo supersticiosa que era la sociedad en la que yo estaba a punto de apoyar los pies, con unas sandalias feas, estilo Jesucristo, que había comprado en México un par de meses atrás. Al llegar al aeropuerto de Costa Rica, coloqué los cheques de viaje, el pasaporte y una tarjeta de débito, seca como una uva pasa, en un estuche de nailon que transportaba a la altura en que transporto usualmente el culo, apretado entre el cinturón del pantalón y la piel, y mandé la mochila al depósito del avión. En el caso supuesto de que la mochila desapareciera, yo tenía los elementos mínimos e indispensables para continuar con el viaje. El tabaco se compra o se pide en cualquier parte, así que era secundario. Aunque recuerdo la cara de culo que me puso un pelotudo en el baño del aeropuerto cuando le pedí un pucho; como si le hubiese pedido un cacho de riñón para mi trasplante. No sólo la cara, me dio un cigarrillo light. Técnicamente, estaba yo haciéndole un favor al favorecerlo en que se deshaga de una mierda como esa; los productos light... jejeje... cualquiera de ellos. Si bien las personas habían llegado aplaudiendo, el asunto cambió bruscamente cuando, después de veinte minutos de mirar la cinta transportadora, no apareció ninguno de los equipajes que venían con nuestro vuelo. Ahí los morochos se pusieron frenéticos. La mayoría, lo supe mientras los escuchaba gritar desaforados sobre el mostrador de reclamos, en un inglés bestial, eran comerciantes que venían de Panamá, de comprar, exactamente, y no les hacía ninguna gracia haber perdido todo el capital que habían invertido días atrás, después de, imagino, patear todas las calles y de pichulear todos los precios con ese estilo tan propio, similar al brasileño, compuesto de gritos semisimpáticos alternados con sonrisas puntiagudas, sonrisas de dientes apretados. Al no ver pasar mi mochila sobre el exhibidor móvil, arranqué el paso hacia el lugar de las protestas. Encontré ahí una veintena de protestantes que gritaban todos a la vez, puño en alto y grito en cuello, amenazas extraordinarias. No debe ser fácil trabajar atendiendo una línea de teléfono de reclamos en Jamaica; reclaman que mete miedo... Estaban todos del orto. Tan del orto, que el mostrador, que estaba montado sobre cuatro rueditas de mueble, viajaba de acá para allá a lo largo del salón, mientras los pasajeros reputeaban a la única cara visible, muerta de miedo, que tenía más ganas de desaparecer que de atender esas quejas inatendibles. El mueble iba y venía, pegaba contra la pared y volvía a su lugar de origen; era un bote a la deriva, y la deriva era, en ese caso, unos quince jamaiquinos más cabreados que los toros que sueltan anualmente en la fiesta de San Fermín. Pasó cerca de media hora hasta que pude hacer mi reclamo; el tipo estaba tan agotado, que apenas me escuchó. Me dijo, muy tranquilo, que mi equipaje estaba camino de la siguiente parada que haría el avión. “Montego Bay, Mister”, dijo, y me extendió un formulario para que complete. Yo había bajado del avión en Kingston, la capital. Había arrancado la visita a ese país cometiendo un error grosero: Kingston estaba catalogada, después de la capital de Haití y de Belice (¡qué raro!, ¿no?; todas ellas son ex colonias inglesas... Así nos dejan los colonizadores.) como la ciudad más peligrosa de Latinoamérica y el Caribe. Un error pequeño como la superficie total de Rusia, había cometido. Pero apuraban tanto las ganas de ir a Jamaica, que no reparé en ese mínimo detalle. Luego de abandonar el mostrador de reclamos, hora y media después de pisar el aeropuerto, pregunté por la salida a un empleado de seguridad. Salía del hall principall cuando me topé con un enrejado de color rojo del que estaban prendidos como cangrejos unas cincuenta personas, apoyando la cara entre los barrotes como presidiarios, y frené de inmediato. “¿Qué mierda...?”, pensé. Nunca había estado hasta entonces en un país con mayoría de personas de piel oscura; cometí discriminación por reflejo de ignorancia y volví sobre mis pasos. Sentí, cruelmente, que la intención de esas personas era robarme animalmente. Yo había visto grandes grupos, hasta ahí, de personas aguardando algo, pero esto no se parecía en nada a esos casos que conocía. “No es discriminación”, pensaba, ”no es discriminación...” Pero fue tal el cagazo que sentí que no logré juntar valor para atravesar esa barrera de personas que me miraban como si fueran a devorarme sin cocción previa. Como una patada, supe que no tenía ni idea de hacia dónde debía dirigirme para pasar la noche. Ya eran las cinco de la tarde y en un rato caería la noche y caerían, junto con ella, sus trampas cazabobos. El bobo a cazar era yo, indudablemente. También recordé que no había cambiado guita para moverme con libertad sobre esas tierras; libertad era una forma simpática de observar que estaba atado a un conjunto de parámetros y a otro conjunto de variables que desconocía, pero que sabía que ambos conjuntos coexistían perfectamente mezclándose entre sí. Eran demasiados los puntos que estaban sueltos y que debía ajustar antes de poner un sólo pie en la calle. Agarré por el brazo al primer policía que encontré adentro del aeropuerto y le comenté mi situación. La situación era así: necesito un hotel barato para pasar la noche. El tipo quitó el brazo con prepotencia y me miró fijo. Cuando sintió recuperada su estirpe, se sabe, superior a la mía, osó responder. “Tienes que tomar el ómnibus sin salir del aeropuerto”, dijo a desgano, “pregunta al chofer por New Kingston y ahí, donde él te diga, te bajas; ésa es la zona más barata y mejor para que se hospede un tipo como tú.” “Ok, gracias”, dije, y fui derecho a conseguir unas divisas locales en el puesto de cambio. Un tipo como tú... más tarde iba a saber qué intentaban significar esas palabras. Cuando encontré el lugar donde paraba el ómnibus, sentí que Jamaica comenzaba a decirme la verdad. “Nada mal”, me dije, “me voltearon el equipaje pero, al menos, me indicaron dónde estaba el camino para salir de ese lugar”. Me sentí un poco malagradecido y me puse a esperar sobre una bancada rudimentaria. Al subir al colectivo y hablar con el chofer, no escuché lo que esperaba: “¿estás seguro que quieres bajar ahí, en New Kingston?”, pronunció, y yo sentí un corto pero eficaz tembleque. Era tan raro su inglés que no logré expresarme. Me dirigí con mi cara de susto a uno de los asientos dobles. Me senté al lado de una señora ambientada en los sesenta, máximo. Llevaba un vestido rosa con ribetes blancos, y un sombrerito clásico de las personas que van a la iglesia: chiquito y redondito, apoyado sobre la cabeza más que calzado. Leía una revista de papel barato, una edición semanal de algún tipo de propaganda proselitista. Yo noté que ella me ponía los ojos encima pero sin quitarlos, a la vez, del texto que estaba leyendo. Dejó pasar dos minutos, seguro corroboró lo que presumía, y me dirigió la mirada más fraternal que se haya posado sobre mí. Era tan pura, tan cristalina, la forma en que me observó que no tuve por reflejo más que entregarme corporal y espiritualmente a lo que ella fuera a hacer o decir. Demoró un poco en pronunciarse y yo quedé expuesto, mirándola, a la espera. Finalmente, dijo: “You are lost (tu estás perdido).” ¡Mierda, qué sabia es la gente por acá!, pensé. “Yes, I am (sí, lo estoy)”, en un inglés primitivo. “I will help you (te ayudaré).” “¡Thank you, thank you (gracias, gracias)!”, dije, mientras sentía el peso de las miradas de los demás pasajeros que me rodeaban. Después de media hora de pasear por la ciudad, la señora me dijo: “¡follow me (sígueme)!”. Me paré como un resorte del asiento y puse cada paso detrás de los suyos incondicionalmente. Hasta ahí, yo había estado prendido a las imágenes que ingresaban por la ventana que tenía más cerca. “Jamaica... Jamaica...”, me decía reiteradamente, como si tratara de hipnotizarme a mí mismo. No podía creer estar pisando esas tierras. Si alguna vez hube tratado de imaginar esos lares, en nada se parecían esas imaginaciones a las realizaciones visuales que me atacaban través el cristal del ómninibus. Incomparable, era la realidad, con las imágenes que me habían disparado siempre las canciones de Bob... Después de dejar el aeropuerto, la ciudad en bruto llegó mucho más rápido de lo que esperaba. No había tanta lejanía respecto del conglomerado ciudadano. Los aviones llegaban y salían de una zona sumamente cercana al centro de la ciudad. Las proporciones, hasta lo que veía, eran muy distintas a las megaciudades. Todo cerca, todo chico, todo extraño... ¡eso!, todo extraño; la sensación de rareza era permanente. Al descender del colectivo, detrás de la señora, sentí que estaba en medio de la Plaza Constitución, pero con el agravante de que todo lo que hace de una plaza una mala plaza estaba multiplicado por cien mil. Ni nombrar el humo espeso de marihuana que me llegó desde todos lados al poner un pie en el piso. Eso era juego de niños. Debían de estar de tal forma mis ojos mientras miraba todo lo que había a mi alrededor, que la señora se dirigió a mí y me dijo: “no te muevas de mi lado y sígueme lo más cerca que puedas”. Cuando pienso que una señora de setenta años ofició de agente de mi seguridad personal durante media hora, no es muy macho, precisamenete, cómo me siento. Esa mujer me salvó la vida. No porque me haya defendido de nada grave, sino porque me condujo por el camino que evitó que yo enfrentara asuntos realmente graves; es lo mismo, o mejor, pero dispuesto para ver desde su revés. Ahí se quebró, levemente, me disposición ciega hacia el ateísmo crudo y radical que solía demostrar. Hasta acá, esa fue la vez que más cerca me sentí de Dios. ¡Ella había venido a mí en un momento de desesperación!... Supuse que era así como Dios debía de manifestarse. Dios es para mí aquella Señora de Cristal. Caminamos. Mejor dicho, caminó y yo la seguí, cerca de cien metros, hasta cruzar la plaza, y nos acercamos a otro colectivo. La señora habló con el conductor. Cada siete u ocho palabras me miraba y su expresión, la expresión que demostraba al chofer de mí, era de verdadera lástima. Yo, que intuía el objetivo de ella, acompañaba sus parlamentos ayudando con un gesto que intentaba decir: “ella tiene razón, señor: yo soy una suerte de pelotudo que antojó venir a Jamaica y que no sabe qué carajos va a hacer aquí en cuanto caiga la noche, con el agravante de tener un pasaje en el bolsillo que dice que durante veinte días deambularé a lo largo de estas tierras... si es que llego sano y a salvo al aeropuerto el día y a la hora que este papel indica”. El tipo que manejaba el micro farfulló una mezcolanza e invitó con un gesto rápido a que yo subiera. Lo hice. A través de la primera ventana abierta que encontré me despedí de Dios. Dios mujer; como siempre supe que Dios se manifestaría ante mí, femeninamente. El viaje, desde el punto de vista del paisaje, fue amenizando. Dejaron de asomar villas desde las ventanas y un verde tímido, de pastizal que se sostiene a lo largo de los kilómetros, influyó en que yo adjudique cierta esperanza a lo que habría de sucederme en Jamaica... El ensueño de la paz duró hasta que el chofer me pegó un grito para avisarme que debía bajar en ese mismo momento. Un séquito de baldosas perfectamente dispuestas sobre la vereda me dio la bienvenida solitaria a la capital del país del reggae. Casi que topé contra uno de los pilares de ladrillos, dos en total, que marcaban el comienzo del ingreso a un clásico hotel cinco estrellas. Me torcí el cuello al tratar de ver dónde estaba la punta del edificio que era el hotel. “No, no, no, no, no... ¡esto no es lo que yo necesito!”, me dije, mientras repasaba memoriosamente cuánto dinero me quedaba en el bolsillo. “¡Será de Dios...!” Ahí entendí el significado de las palabras un hospedaje para un tipo como tú. De frente a un hotel a todo lujo, la vida se ve mucho más cara de lo que realmente puede ser o resultar. Simplemente, venía de dormir por tres o cuatro dólares por día... La idea de gastar cien dólares en una sola noche no complicaba sino que cagaba profundamente la calidad de vida que tendría el resto de los diecinueve días que mi pasaje acusaba me quedaban para estar ahí. Esa idea, que era más bien una estimación financiera, no contemplaba al asunto de que yo me encontrara en pantalones largos de corderoy, con una remera de mangas largas, en una ciudad que acusaba en el termómetro, diariamente, treinta y cinco grados Celcius. No tengo problemas si toca perder; aunque quisiera deslizar que uno siempre intenta perder lo más cerca posible de su casa, de su hogar, de su barrio, de su hábitat... ¡Hábitat!... Imprescindible es esa palabra a la hora del desarraigo. Solo y en pantalones largos... Toda una jactancia, ¿no? Nuestros padres y abuelos daban la vida por calzar un par de pantalones largos para poder alejarse de las bermudas que los teñían de vergüenza con síntomas de eternidad... Yo, en cambio, daba la vida por lograr quitármelos... Todo evoluciona y, mientras tanto, es relativo. Con el largo de los pantalones se alargaba, también, el tremendo calor que ejercía sobre mis bolas esa isla hermosa e inabarcable. Jamaica se recostaba frente mío, entregándose, sin dejar de patalear y de dar pelea. Había que trabajar, supe, para conocer ese supuesto estado de placer intenso e incandescente que ese cúmulo de arena sobre la superficie del mar prometía ofrecer. Fue instantáneo, no más deduje que ese tremendo hotel no era para mí, giré el pescuezo, babor y estribor, con la utópica intención de lograr un salvoconducto que me extrajera de la condena de cien dólares por noche para dormir. Y como si la señora, Dios, hacía un rato, me hubiese concedido otro milagro jamaiquino, apareció un agente de seguridad privada caminando hacia mí, a unos setenta metros de distancia. Las veredas del hotel estaban desiertas. Estábamos él y yo. El tipo venía, como mínimo, ensayando un pasito de murga. Parecía bailar; cada dos o tres pasos daba un saltito y se encaminaba nuevamente con paso normal. Cuando estaba llegando, le hice una seña para que me escuchase. De cerca, era mucho más joven de lo que uno espera esté calzado en un uniforme como ese. Joven y bastante relajado, se lo veía. Claro, estaba fumado hasta el moño. Los ojitos brillaban en un rojo sin fondo y arrojaba sonrisitas de vedette cada vez que yo le hablaba. Al fin dijo: “Hey, how you do (hola, cómo va?)?” “Bien, gracias.” Se quitó los auriculares que lo venían haciendo bailar y me miró dispuesto al fin. “Necesito un hotel barato para pasar la noche”, lo dije en un inglés tropezado. Se dejó llevar por la corriente un momento y me señaló el tremendo hospedaje que estaba frente nuestro. En ese inglés de mierda que hablan ahí, me dijo: “¿Este que está acá no te alcanza?” “¿Me jodés, pelotudo? ¿Parezco un cliente de este tipo de lugares?” “What?” “Eeeh... Yo no tengo el dinero necesario para pagar esto. Mi estilo de viaje es muy diferente. Estilo rata, sabés?... Yo busco algo bien barato... No puedo pagar más de cinco dólares por noche.” “Ese precio acá no es posible, mi amigo. Este país es caro para el turismo.” “Sí, me imagino. Pero yo no soy turista. Yo soy un engendro que le pintó la de viajar y se retiró de su vida; vendió cosas, dejó trabajos... La última noche, anoche, pagué para dormir tres dólares y medio. El lugar era una mierda, pero yo no soy inspector de hotelería. Me sirve o no me sirve. Y cien dólares... Mirá cómo estoy vestido: pantalones largos y remera gruesa de mangas largas en un país que tiene el clima de un horno de pan, te podés dar cuenta de que mis recursos son, para decirlo de alguna forma, un tanto limitados... no soy naturalmente un turista. Yo puedo dormir en cualquier lado... siempre y cuando no tenga que poner el culo a mitad de la noche para satisfacer a un desconocido... ¿La cazás?” “Su inglés es bastante difícil de comprender... ¿De dónde eres?” “Argentina.” “Argentina...”, se lo pensó un rato. “Argentina... ¡Hey... Maradona!” “Sí... Maradona... Maradona, unos vinos del carajo, Perón, Evita y la reconcha de tu madre...” “Bueno”, dijo y se notó en la cara que ablandaba los gestos, “yo tengo algo para ofrecerte”. Mi rostro brilló de felicidad por primera vez desde que había puesto el primer pie en Jamaica. “¡¿En serio?!...” “Sí, claro... ¡Ojo!, el lugar no tiene luz, no tiene gas y tampoco tiene agua. Ni esperes una cama. Pero te garantizo que vas a pasar la noche a salvo.” Mientras yo estaba en el avión, soñaba con una cabañita muy modesta, sin vidrios en las ventanas, por el calor, sentado a una mesa con cinco o seis personas locales, donde se tocaba guitarra y se fumaba porro a lo loco; soñaba que así se pasaba las noches en Jamaica, que no había otra preocupación más que seguir la huella de Bob... recorrer el camino que había mostrado al mundo con un puñado de canciones... Bob... Si hasta me imaginaba a mí mismo con unas rastas de medio metro de largo y un porro en la boca de quince centímetros y grueso como un chupetín paragüita... “Listo, lo conseguí”, pensé, “me está invitando a su casa”. “¿Dónde es?” “Allí”, dijo y señaló hacia la esquina. Señaló hacia el lado contrario del que había venido bailando. La vereda del hotel, en ese sentido, hacia donde él señalaba, terminaba a treinta metros, contra una avenida bastante ancha. Cruzando la avenida, se veían locales, comercios, vidrieras... Hice eje, por reflejo, en un sitio que parecía una agencia de seguros: vidrios polarizados, gente que entraba y que salía. “Pero... ahí hay gente.” “No, no.” “¡¿Cómo no?!, si de acá la veo entrar y salir” “No es ahí, es al lado.” “Al lado no hay nada.” “Sí, hay. Ven conmigo, argentino.” Seguí al personaje y cruzamos la avenida. Yo no estaba del todo seguro. Pero faltando menos de una hora para que caiga la noche en una ciudad como esa, poco importa un poco de luz, un poco de gas, un poco de agua y un poco de sinceridad. “Si se me hace el loco, lo pongo y salgo al trote”, pensaba mientras cada vez me sentía un poco más carne de cañón. Frenamos justo al lado del lugar que parecía una agencia de seguros. “Es acá”, y me miró como tanteándome. Estábamos parados en la puerta de un edificio. Un edificio como cualquier otro. Tenía escaleras, vidrios, rampa para minusválidos, tenía todo. Todo. Tenía todo menos la apariencia de seguir vigente, de continuar en uso, de no parecer una edificio abandonado. “Mmm... Mmm... Mirá vos...” Todo el frente del edificio estaba cruzado por una reja de metal gruesa y de color verde. Ni un haz de luz salía del interior. Ya no había sol en el cielo; cuando eso llega, cualquier ausencia de luz artificial es demasiado notoria para el ojo humano. El loco sacó un manojo de llaves del bolsillo y metió una de ellas en el candado. Entró directa y perfecta, sonando a mis oídos como una insinuación de que decía la verdad cuando me invitó a su despacho. “Hey, espera”, le dije, “¿qué es este lugar?” “Este lugar es mi trabajo.” “¿Y de qué carajo trabajás?” “What?” “¿Cuál es tu trabajo?” “Evito que gente ocupe el lugar.” “¿A quién se le ocurriría vivir acá?” “Oh... Oh... ¡A muchas!, te lo aseguro. No tienes idea de cómo vive la gente en esta ciudad.” Cuando saltó el candado, di un paso al frente. Ya estaba dispuesto... ya había creído su introducción y sabía que me habría de dejar hacer. El morocho me invitó a poner un paso dentro con movimiento de cabeza. Agradecí todo el asunto con otro movimiento de cabeza y atravesé el enrejado. Caminé dos o tres metros y sonó firme el candado que volvía a trabar ingreso o egreso. Sentí, primero, una tremenda sensación de salvaguarda. “Al fin estoy a salvo”, me dije, “ya tengo lugar para pasar la noche sin que me hinquen los dientes...” Esperé en un lugar que había sido hall principal hasta hacía no mucho y aguardé a que el tipo termine de encerrarnos. Apuntó con la cabeza hacia la escalera y yo comencé a trepar los peldaños uno a uno, muy tranquilo, muy relajado. Subía yo, prácticamente, cantando de alegría: había resuelto mi mayor problema con una eficacia que me desconocía. Estaba a salvo de cualquier infortunio que la noche me tenía preparado. No fue sino hasta el sexto o séptimo escalón que reparé en la realidad, la realidad fría: “nadie sabe que estoy acá, no digo en Jamaica, digo acá, en este edificio abandonado, con este loco que me invita a pasar sabiendo que no me conoce (lejos estaba la suposición del tipo de que yo podría resultarle nocivo en cualquier caso; ni mi cara ni mi desesperación adivinaban algo de ese estilo), subiendo al segundo piso por una escalera, una escalera de mierda, tan abandonada como un proyecto político cualquiera, tan sucia que invita a tirarse por la primera ventana que uno se cruce, aunque no había ventanas de ninguna clase. ¿Y si sale de la oscuridad un hijo de puta y me parte la cabeza con un viejo caño de agua?... ¿Quién se enteraría?” Me sentía, literalmente, expuesto hasta los huevos. Ingresé, sonriendo, voluntariamente a la cueva del lobo más malo. Era tarde para quejarse. Apreté los dientes y decidí subir el resto de las escaleras para saber finalmente qué habría de sucederme. Sucedió lo que el morocho me había dicho: no había nada excepto una superficie lisa y llana para recostarse y despertar al día siguiente. Las camas eran de una capa fina de cartón. Señaló la mía mientras yo me preguntaba por qué había dos lonjas de cartón, es decir, dos camitas individuales, si el tipo me había dicho que siempre estaba sólo. El espacio era como un ex gran despacho de algún directivo. Las paredes estaban azulejadas hasta dos metros de altura. Por lugares, al techo le faltaban paneles y se podía ver el cablerío y el verdadero techo de hormigón. La impresión era de que cuando dejaron el lugar sacaron todo a los tirones; colgaban cables, algunos caños de luz estaban doblados, faltaban azulejos y otros estaban quebrados. Hablamos un rato, nos presentamos. Él se llamaba Mike. Me contó algunas cosas de la ciudad; cosas buenas, para sacarme el miedo. Al rato me entraron ganas de ir al baño. Señaló un pasillo e hizo un movimiento con la mano como indicándome dónde debía torcer para encontrarlo. Recorrí un poco los pasajes y oficinas que estaban en ese piso. Era el segundo suelo donde nos encontrábamos. Elegí un rincón, me bajé el cierre del pantalón y comencé con lo mío. No había rastros ni olor de meadas anteriores. Me pareció raro. Al volver le pregunté cómo hacía para no dejar rastros. “Si tu meas siempre en el mismo lugar, comienza el olor. Pero si lo haces siempre en lugares distintos, cuando se seca ya no queda nada”. “Mirá vos.” A cagar debía de ir, imaginé, a los pisos de arriba. Eso demora un tiempo más en desaparecer. A la media hora, escuchamos que alguien llamaba desde abajo a los gritos. Mike bajó y al rato apareció con otro morocho. Este tenía cara de malo, pero parecía inofensivo cuando uno lo trataba. Escuchó contento la historia de cómo fue que yo había terminado allí y tuve que contarle más o menos qué me había traído hasta su tierra. Ya era casi de noche y la poca luz que ingresaba por las ventanas era de un poste de la calle. Los ojos iban trabajando las pupilas y uno, luego de un tiempo, lograba ver igual que de día pero con cuatro o cinco tonos más oscuros. En un momento Mike se puso de cuclillas a mi lado y comenzó a hablarme con un tono raro, entre fraternal y demandante. El inglés que hablan en la isla no es puro. En realidad se llama Patwa; es un mezclúm de inglés y de lenguas originales del África. Era una forma de hablar para resistir a la colonia, para que no los pudieran entender. Con los años había moderado un poco y sólo cambiaban algunas pronunciaciones, hacían abreviaciones, y demás. En lugar de decir how do you do (¿cómo estás?)?, dicen how you do, pero sin pronunciar la hache, y uno lo escucha así, literalmente: ou iu du. No parece muy difícil si no fuera que al no pronunciar las haches nunca, en una oración un poco larga, o en varias oraciones juntas, uno se pierde para el carajo y ya no puede seguir el hilo de expresión. Cuestión que Mike estuvo hablándome un rato, parecía tratar de que yo entienda una situación. Por supuesto no la entendí; pero sí escuché la palabra money (dinero) varias veces. Ahí supe que me estaba pasando la factura del favor que me estaba haciendo. El otro morocho estaba parado al lado nuestro y escuchaba la conversación con seriedad, mirándome con fijeza. Debo reconocer que lentamente me fui cagando en las patas, e hice el cálculo de la guita que yo tenía en efectivo en el bolsillo mientras Mike no dejaba de hablar. En un momento hizo silencio y me tocó responder. Tenía que decir algo. Ambos me miraban expectantes y ya tenían media sonrisa de insinuación puesta en el medio de la cara. “Okey, okey”, dije medio ofuscado. Haciéndome el ofuscado, en realidad. “I will pay you, my friends (Voy a pagarles, mis amigos).” Mike me miró contrariado, con cara de sorpresa. “No. No quiero que me pagues. No entendiste nada de nada.” Brevemente me explicó que lo que él hacía no era a cambio de dinero sino una actitud de solidaridad. Y que me quedara tranquilo, que podía estar ahí, con él, todo el tiempo que quisiera. Relajé el semblante y Mike me dio dos palmadas en el hombro, como símbolo de entendimiento. El morocho con cara de malo me extendió el brazo con el puño cerrado y lo mantuvo delante mío hasta que me avivé y le golpeé su puño con el mío. Ahí sonreímos todos. Las cosas se habían emparejado. Dejé de sentirme un extraño. Eso fue lo que se emparejó. Había sido una suerte de rito de bienvenida donde dejaban claro que así debía de ser mi comportamiento cada vez que me topara con alguien que necesitara ayuda. Minutos después se fue el amigo de Mike. Serían ya las ocho de la noche. Sentí de golpe un hambre bárbaro y pregunté dónde podía comer algo. “Ahora vamos”, dijo Mike y se dispuso a cambiarse. Se quitó el uniforme y se puso sus ropas regulares. Colgó la percha con la ropa de trabajo en un hueco que dejaba un azulejo de la pared y me dijo que más tarde él debía ir hasta su casa, pero que volvería a pasar la noche allí. “¿Y qué hago yo, mientras tanto?” “Puedes esperar acá”, dijo, “o volver a la media noche, seguro para esas horas estaré ya de regreso.” Era una complicación. Había que volver a la jungla, con el agravante de ser noche cerrada, o quedarme encerrado en un edificio abandonado sin ninguna seguridad de que el tipo regresara. Era un asunto para pensárselo muy bien. Bajamos y caminamos hacia la derecha. Llegamos a una avenida y cruzamos hacia un local de comidas rápidas. Pedí una hamburguesa para mí y dos gaseosas. Mike no quiso comer, a pesar de que le dije que los gastos corrían por mi cuenta. Definitivamente, no era un aprovechador. “Mira”, dijo y señaló a un tipo que bajaba de una camioneta impresionante, “ese es un actor de aquí, la ha pegado en grande con el cine y ahora trabaja en Hollywood. Ha amasado una fortuna, el muy cabrón.” “¿Es buen actor?” “No, para nada. Pero para Hollywood está muy bien. Ahí encubren la mala calidad actoral con la buena calidad de los efectos especiales. Tú sabes... ¿Cómo es que no traes equipaje?” “¡Uff...! La compañía aérea se equivocó y lo mandó a Montego Bay. Ya que estamos, ¿sabés dónde queda ese lugar?” “Sí, claro. Es una ciudad bien turística. No tan peligrosa como Kingston, pero tiene lo suyo.” “Yo debería ir ahí. Tengo que retirar mi mochila. Me dieron un papel.” “La isla es chica. Es fácil llegar a cualquier lado y no hay trayectos que demoren más de cuatro horas.” “Che, Mike. Me preocupa que te vayas. ¿Qué voy a hacer hasta que regreses?” “No sé.” “¿Puedo ir con vos? ¿Qué tal es tu barrio?” Puso cara de duda. “No te lo aconsejo, mi amigo.” “¿No seré bienvenido?” “Si vas conmigo, sí. Pero no deja de ser un barrio duro, ¿sabes? Mira, en Jamaica, un tipo como tú tiene que saber algo clave.” Abrí los ojos. Ya me tenían los huevos llenos con eso de un tipo como tú. “Aquí somos todos negros.” “Me estás jodiendo... No lo había notado... ¿Y?” “Que si eres blanco es porque estás de paseo, de viaje, y si estás de viaje es porque tienes plata, y si tienes plata, acá, en la isla, te matan para poder robarte.” Dejé la hamburguesa sobre el plato y lo miré serio. “¿Entonces?” “Entonces, debes tener mucho cuidado dónde te metes.” “Pero yo no soy la primera persona blanca que viene a este país. Debe haber muchísimos otros de vacaciones acá. Sin ir muy lejos, en el avión conocí a una colombiana que iba de viaje a Montego Bay.” “Sí, claro. Pero seguro en este momento ella debe estar hospedada en un hotel cinco estrellas, que prácticamente es lo único que hay en la isla para alojarse, y tú... tú, en cambio, estás por dormir en un edificio abandonado... No eres normal aquí, mi amigo. Ninguna persona de tu color haría esta estupidez que tú estás haciendo. ¿Entiendes?” “Un poco.” “Si quieres puedes venir conmigo a mi barrio. Pero no puedo asegurarte nada.” “¿Cuáles son los riesgos?” “Todos y ninguno. Como siempre. Si entras conmigo, serás bienvenido. Pero yo no conozco a todos allí. Si nos quedamos mucho tiempo se puede complicar.” “Vamos, no importa. Tratemos de no quedarnos mucho tiempo, por favor.” “Okey.” Esperamos el colectivo en la puerta del hotel cinco estrellas, el que me habían tratado de encajar por todos los medios. Aproveché la larga espera para ir al baño. Recorrí el hall del hotel asombrado por el lujo. “¡Mierda, las habitaciones deben ser un escándalo!”, me dije mientras jugaba con las bolitas de naftalina del mingitorio. No eran blancas ni redondas, sino chatas y de colores diversos. Hasta ese detalle estaba contemplado. Un meo cinco estrellas, señores. Me asombró que me hubiesen permitido pasar al baño. Una ventaja de mi color de piel. A cualquier negro lo habrían sacado a patadas, seguramente. Pagamos los boletos y nos sentamos. Media hora de viaje. Bajamos y fuimos hacia otra parada de colectivos. Éste demoró un poco menos y el viaje fue más corto también. Cuando bajamos, se me fruncieron todos los agujeros del cuerpo. ¡Qué barrio, nene! El ómnibus nos había dejado sobre una especie de avenida desprolija; digo avenida porque comparada con la calle que tomamos para adentrarnos en el barrio era todo un lujo. No caminamos más de cincuenta metros y nos topamos con un auto dado vuelta, con las ruedas hacia el cielo, incendiado a medias, que todavía tiraba un poco de vapor del agua con la que lo habían apagado. Contra los umbrales de las puertas de las casas, los morochos se apoyaban cruzados de brazos, y cuando identificaban que yo era un blanquito de culo tierno, daban un paso hacia adelante y abrían los ojos como un cazador agazapado que ve pasar un venado a los saltos. “Acá, si no estuvieras conmigo ya te habrían matado para robarte”, dijo Mike, y yo casi me le subo de aúpa con tal de que el barrio advirtiera que yo estaba con él, que Mike era un amigo de la infancia, que realmente tenía yo algo para hacer allí y que no estaba visitándolos como paseo de zoológico. Los locales me miraban atónitos. Intentaban comprender qué carajos hacía un niñito como yo en un barrio de malos. Supongo que el interrogante los retrajo y solamente se dedicaron a mirarme pasar por el medio de la calle. Caminamos unos gigantes, larguísimos, trescientos metros; caminata durante la cual yo sentí la estupidez de mi decisión. “Podría estar ahora”, pensé en ese momento, “encerrado tranquilo en el edificio abandonado, mirando por la ventana cómo pasan los autos, o durmiendo a salvo, o también podría haber pagado esos cien dólares de mierda y estar viendo una soberana película porno tumbado en la cama mientras tomo una cerveza. En el quilombo que me metí por no gastar cien dólares... ¡Qué mal hacés las cosas, Ariel! Siempre te lo advirtieron: sé ordenado, prolijo, toma bien tus decisiones, no corras riesgos de no ser estrictamente necesario, no te metas en lugares extraños”... ahí, en lugares extraños, sentí que una línea de transpiración descendía por el cauce que mis dos cachetes blancos del culo generaban. Llegó el momento de doblar en una esquina; es decir, llegó el momento donde ya no había vuelta atrás, luego de esa curva ya estaría bien adentro de la villa. Te aseguro que una villa un Buenos Aires es como una guardería de pequeños rufianes comparada con la villa más suave de Jamaica. Y yo estaba ahí, con mi pantalón largo y una remera gruesa como para quince grados, con una temperatura nocturna (imaginar la diurna) de treinta y cinco grados. Doblamos y a unos cincuenta metros, justo en otra esquina, había un grupo de ocho morochos que tenían una nube densa de humo sobre sus cabezas; como un enjambre de mosquitos, pero de humo, que los sobrevolaba. Cuando estuvimos más cerca nos miraron; a mí me pareció, por el cagazo que arrastraba, que se estaban relamiendo. “Espérame aquí”, me soltó Mike y se acercó a ellos. Vi que hablaban y cada tanto me miraban todos a la vez. Yo me hacía el pelotudo y miraba hacia el cielo, hacia el suelo, cualquier zona neutral, miraba. Sentí que Mike me llamaba y que me hacía señas para que me acercara. Hice una bajada de cabeza y lentamente me fui acercando al grupo. “Hey... How you do, my firend?”, me saludaron. “Good, good (bien, bien).” Se fueron acercando de a uno, poniendo el puño con el brazo extendido para que se los golpeara con el mío. Eso ya lo había aprendido con el amigo de Mike en el edificio abandonado, así que atravesé el protocolo de salutación sin inconvenientes. Por un momento creí sentir que me samueleaban, salvando las diferencias, pero luego deseché esa hipótesis y me sentí mucho más calmo. Cada uno de ellos tenía en sus manos una botellita chica, del tamaño de un frasco de medicamentos, de vidrio, que cada tanto empinaban. Había unos cuatro o cinco porros prendidos a la vez y se los iban pasando permanentemente. No acepté el porro, por reflejo. Pensé que debía mantener algo de mis reflejos activos por si acaso. Me excusé con la cultura: “de donde yo vengo no es común fumar; no lo tomen a mal, por favor”, dije, mientras me acordaba de Pili, un icono fumanchú de Bella Vista. La zafé como pude. Bastante asunto era estar ahí, a unos cuatrocientos metros de la salida más próxima de la villa, como para ponerme hasta el moño y perder cualquier tipo de herramienta escapatoria, llegado el caso de que las cosas se compliquen. En cambio, sí acepté la botellita. El alcohol era lo mío. Era muy buena. Era como vino pero con gusto a licor; “licor de vino”, la bauticé. Me dediqué al licor de vino mientras ellos fumaban y bebían a los gritos. No pasó más de una hora que ya estábamos todos como chanchos en el chiquero, cagándonos de risa y peleándonos por quién era el mejor futbolista de todos los tiempos: Pelé o Maradona. Pelé tenía nueve votos, todos los morochos como él, y Maradona tenía uno, el mío. Yo miraba hacia el cielo y agradecía a alguien, supongo que a la señora de gorrito rosado, por permitir que continuara con vida. Cuando se quedaban sin porro, cruzaba alguno de ellos la calle en sentido diagonal y golpeaba una ventana de madera. Daba algo de plata y a cambio le entregaban una bolsita de arranque llena de cogollos. Conozco varios amigos que se chuparían los dedos de tener un almacén en su barrio como ése. El negocio, si se puede llamar así, era sólo la ventana. Desde la ventana y hacia la derecha, todo el frente era una pared de chapas color aluminio, muy prolija, que llegaba hasta la esquina, doblaba y a los pocos metros terminaba en una puerta tipo garage, también forrada con chapas. Es decir, no se podía ver un carajo de lo que sucedía adentro de esa casa. Si bien estaba yo en la tierra madre de la marihuana, no era un asunto legal. Ellos fumaban tornando el asunto en un tema cultural; pero la verdad es que su cultura aún no había sido legalizada. No se entiende mucho el motivo pero así eran las cosas en Jamaica en el año dos mil. No sé cómo será ahora, pero sí sé que si alguien hubiese dicho en ese momento que la marihuana pasaba automáticamente a ser algo legal, nada habría cambiado; ya toda la sociedad mantenía sus ritos de fumata en un nivel que a nadie le importaba, ni a la policía misma, y todos los engranajes se movían con libertad. Aunque se cuidaban, como es de esperar, un poco el culo quienes la comercializaban. Uno de ellos era el dueño de ese pseudo almacén, abarrotería, que proveía al barrio entero de unos cogollos de quince centímetros de largo y gruesos como un vaso trago largo. ¡Nunca vi fumar a nadie tanto! Era impresionante cómo pitaban esos chicos. Sería la calidad, supongo, lo que no les volaba la cabeza hacia horizontes violentos. Era marihuana sembrada en casa. Como alimentar un cordero y degollarlo a fin de año: uno sabe lo que le dio de comer, sabe si es sano o si renguea con la pierna trasera izquierda, etc. Dicen que la droga buena, dosificada correctamente, no te mata... Hasta ahí, parecía ser verdad ese dicho relegado exclusivamente a la gente de guita. Bastante humo después, se abrió lentamente el portón del garage, el de chapas. Se pintó el suelo de la vereda de blanco y salío una tremenda cupé Mitsubishi Eclipse color blanca, con un polarizado impenetrable, estilo automóvil de embajada. Era imponente. Anduvo despacio, a paso de hombre, hacia donde estábamos nosotros y justo delante nuestro se detuvo. Un reggae suave descendió del vehículo junto con el conductor. El licor de vino ya me había trabajado un poco y esa música le trajo a mi cuerpo toda la tranquilidad que le faltaba. Mi espalda comenzó a hamacarse sin pedirle permiso al resto del cuerpo, y lentamente arrastró a todos mis músculos a que la siguieran suavemente. El pie izquierdo arrancó un pequeño tapeo y enseguida encontró el ritmo del acorde. Era como electricidad que brotaba de la tierra. Cerré los ojos y dejé que la música y Jamaica hicieran lo suyo. Los morochos hablaban con el conductor, parecían idolatrarlo. Nadie hablaba cuando él lo hacía, y todos le disparaban preguntas. Así estuvieron un rato no muy largo; mientras yo intentaba seguir la conversación. De pronto, como había llegado, el Mitsubishi nos abandonó dejándonos una chorreadura de luz roja en las pupilas durante unos segundos. “Hey, Ariel”, dijo Mike. “Tenemos un problema. Ya no hay colectivos para volver.” “A mí ni me cuentes, hermano; estoy muy cómodo acá.” “Okey, my friend”, dijo y pitó duro un porro. “De alguna forma vamos a llegar, no te preocupes.” Si había alguien lejos de la preocupación en ese momento, era yo. Al fin estaba relajado. Parecía que todos mis problemas estaban resueltos finalmente. Pegué una mirada al barrio y ya no me pareció tan malo. Dentro del caos que nos envolvía, había cierto ordenamiento preciso. La circulación de las cosas era moderada y tranquila. Aunque cada tanto pasaba alguien caminando y enseguida me miraba, se sorprendían al ver a un blanquito en el barrio, compartiendo algunos ritos con los dueños de la esquina. Yo les sonreía contento, como diciendo: “¡sí, tenés razón, mi viejo; ni yo me lo creo...!” Así, hipnotizados, pasamos un buen par de horas. No había manera de hacer que los morochos dejaran de reírse. Era un festival de risotadas y de gritos, todos a la vez. En eso volvió la cupé Eclipse. El dueño del auto habló con Mike y aceptó algo moviendo la cabeza. “¡Hey, Ariel! Ven aquí” Me acerqué al auto. Me presenté con el poronga del barrio y Mike me dijo que él nos llevaría. “Nada mal para mi primer día en Jamaica, ¿no?”, le dije al dueño del auto. “Parece que no.” “Esperá un poco”, dije y me acerqué el grupo. Le saqué de la mano el porro a uno de los morochos y le dí dos buenas caladas. Pedí una de las botellitas y avisé que me la llevaba conmigo. “Un gusto, viejos”, les dije y me metí en el auto. Me acomodé en el asiento de atrás y me senté en el medio para ver bien el camino. La sensación, mientras el Mitsubishi rodaba, era de alfombra mágica. Al tomar por una avenida linda, me concentré en los reflejos de las luces y me dejé arrastrar por el siguiente pensamiento: “Bueno, Ariel; las cosas no nos están yendo nada mal, viejo. Disfruta este momento. Hace siete horas que estás en Jamaica: llegaste sin equipaje, sin mapa, sin nada de nada y ahora estás recorriendo la ciudad en una cupé Mitsubishi Eclipse, con una botella de vino y un poco de la mejor marihuana del mundo adentro tuyo. Mejor ni pensar que el que maneja es el puntero de la villa, ¿para qué?. Recuerda, disfruta bien este momento. Si mis cálculos no me fallan, mañana nos van a matar. No es posible tener tanta suerte dos días seguidos cuando uno se interna en la selva...” Tirado sobre mi cama de cartón, ya en el edificio abandonado, la luz de mercurio del poste me regalaba una vista agradable de algunas copas de árboles, con las estrellas de fondo. Seguro habría algunos grillos chillando agradablemente. Toda una postal de viaje. Me puse las sandalias debajo de la cabeza, como almohada, y cerré los ojos satisfecho. Salimos a la calle a la mañana siguiente. Otra ciudad, ante mis ojos. Ya el hecho mínimo de ver pasar gente tiñó el paisaje con la normalidad que el día anterior no había encontrado. Era una zona agradable. Demasiado prolija pero agradable. Por eso “New” Kingston, todo era nuevo. Todos los semáforos funcionaban y no había ni un rasguño en cualquier superficie pintada. Entramos en un Burguer King a tomar café. Aprovechamos el baño para lavarnos la cara y peinarnos un poco. La vida sonreía, ahora; refrescaba. Salí a fumar un cigarrillo mientras Mike hacía la cola en la caja(ya lo había puesto a trabajar; otro racista...). La brisa caribeña me bañaba la cara recién lavada, era muy agradable; bajo el solcito isleño de las ocho de la mañana, fumé un cigarro como si fuera la primera vez que probaba tabaco. Mike me explicó, mientras desayunábamos, dónde debía tomar el ómnibus para llegar hasta Montego Bay. Era fácil y cerca. Me anotó su teléfono en una revista de turismo que entregaban gratis en el aeropuerto. Prometí que cuando regresara a tomar el avión de vuelta lo llamaría sin falta. Nos apretamos las manos y cada uno por su lado. Tomé un taxi hasta el lugar que Mike me había indicado salían los micros hacia Montego Bay. “¿De dónde eres?”, me preguntó el tachero. Se venía la de siempre. “Argentina, señor.” “¡Hey... Maradona!” “Así es...” En el resto de Latinoamérica, cuando decía que era Argentino, pronunciaban automáticamente a “El Che”. Y está bien. Yo, las veces que hablé con un ruso o una rusa siempre les nombré al viejo Dostoievski. Es como un tributo de agradecimiento que las personas hacen a una tierra que ha brindado admiración y respeto. Hay que tomarlo así. Pobre los Búlgaros, que no se los puede relacionar con nada, excepto con algún director de cine de los que uno nunca recuerda los apellidos por ser impronunciables. En Jamaica no existen los ómnibus de larga distancia tal como los conocemos (largos, doble piso, gigantes) por que no existen las largas distancias tal como solemos imaginarlas. Tres horas tarda uno en recorrer la separación que existe entre las dos puntas más alejadas de toda la isla. En los pueblos, la gente se traslada en taxis que se comparten. Es como un colectivo pero de cinco pasajeros. Te cobra la distancia justa que recorriste. Van y vienen por todos lados y son bastantes. En los centros poblacionales más álgidos uno encuentra las combis, que vienen y van, desde y hacia otros grandes conglomerados de población, y que en Jamaica significa: pequeñas ciudades o pueblos muy grandes, como uno prefiera. Llegué al mediodía a Montego. El calor arrasaba, sitiaba. Necesitaba ir al mar cuanto antes. ¡Mierda!, si sólo era por el mar y por Bob Marley que yo andaba por ahí. La gente me miraba pasar en pantalón largo y remera cubierta y se cagaba de risa. Sólo los policías andaban de pantalones largos. Supongo que yo debía de parecer un policía encubierto. Montego Bay era una ciudad mucho más pequeña que Kingston, se notaba en la altura de las construcciones. Era muy turística, llena de ferias ambulantes y fijas. Mucho comercio; mucha gente con puestos improvisados que te vendían lo que quieras: boinas de todo tipo y factor, boinas hasta con rastas falsas enganchadas del elástico, infinidad de objetos de madera con la leyenda lógica: “Montego Bay – Jamaica”. Estuve deambulando un rato y tuve la iluminación de solucionar primero dónde iba a pasar la noche. “Acá no puede ser tan difícil como en la capital”, pensé. Como es de suponer, pensé muy mal. Había dos clases de personas en esa ciudad. Los locales y los turistas. Los locales a sus casas y los turistas a los hoteles. Había un segmento de una avenida que era exclusiva para el turismo. Es decir, no entraba nadie que no tuviese identificación extranjera, color blanco de piel, acreditación para dormir en alguno de los hoteles de esa zona o que trabajara en uno de los comercios de allí. Mar, playa, paradores, avenida y los hoteles dueños de dichos paradores: en ése orden. Así de simple. La gente dormía placenteramente frente a una ventana que mostraba el océano en su mayor esplendor, luego desayunaba a lo cerdo, con productos autóctonos o procedentes de los puntos más lejanos del planeta, según lo desee, y después cruzaba la avenida y se internaba en la playa perfectamente delimitada respecto de las vecinas y que marcaba que correspondía a su hotel; allí, en su parador, era entretenido durante todo el día con los juegos y distracciones más pelotudos que la industria hotelera haya creado para la satisfacción veraniega berreta. Hacia la noche, la propuesta era algo más erótica para las parejas y los que habían llegado con críos los podían divertir en las zonas de juegos, al cuidado de mujeres neutras, mientras ellos cenaban tranquilos y románticamente junto a una ambientación tan asquerosamente real, pero tan asquerosamente real, que no dejaba dudas de que era ficticia. Así, de esa forma, pasaban todos los putos días que estaban en la isla. “Con esta actitud”, pensé para mí, “jamás vas a obtener un trabajo dentro de la plataforma de una empresa de turismo...” ¿Por dónde arrancar para conseguir alojamiento de precio razonable?... Pues bien, por un hotel malo o alguna posada. Debe de haber algo, pensaba; la gente de Jamaica con no tantos recursos debe vacacionar también. Caminé un rato, mirando acá y allá y los precios no bajaban de cuarenta o cincuenta dólares. Estuve dos horas, acopiando calentura, preguntando precios. Ya harto, me metí en un supermercado a comprar algo para comer. Jamaica es tan rara, que los supermercados son iguales a los de los chinos: uno entiende para qué sirven las cosas, cómo pueden usarse, etc. “Leche deben tomar, por los menos”, me dije y me fui hacia las heladeras. Tuve la suerte de pasar por la heladera de cerveza primero y decidí comer eso. Dos latas. Todo un producto multinacional, por suerte. Más sabor o menos, pero siempre es cerveza en cualquier parte del mundo. Estaba en la cola para pagar, metido adentro de mí mismo, pensando en qué iba a hacer con el bendito tema de pasar la noche que recién cuando la cajera gritó algo en inglés me di cuenta de que era mi turno. Me miró con cara de orto rotunda. Le regalé una sonrisita de que me importaba un carajo y se me ocurrió preguntarle si sabía de algún lugar para dormir a la persona que se encargaba de embolsar las compras de los clientes. Rápidamente le conté lo mismo que le conté a Mike, con la intención de que me recomendara algún sitio. Supuse que debía existir algo que colmara mi necesidad, y que yo no estaba pudiendo dar con el lugar. “Espérame un momento ahí”, dijo después de escuchar mi historia con atención y señaló un rincón donde no le rompiera las pelotas mientras hacía su trabajo. Abrí una de las latas y quedé observándolo, tratando de descifrar algo de él que me dijera si podía llegar a meterme en quilombos. Bebía tranquilo mi cerveza; eran las dos de la tarde y no paraba de salir gente con cosas para comer. En uno de los movimientos que hacía para embolsar los artículos, se estiró tanto que su remera se levantó más allá de la cintura. Una hermosa y reluciente faca apareció en su espalda, apretada con el cinturón del pantalón. Le di un largo trago a la lata, mientras pensaba si lo mejor no sería retirarme mientras el loco no se diera cuenta. Lo pensé mejor con el siguiente trago, y me dije que si tenía pensado usarla conmigo, para eso faltaba bastante tiempo. Esa idea me tranquilizó. Cambié el pensamiento y comencé a preguntarme en qué solía usarla, sabiendo que tenía ese cuchillo mucho antes de que yo aparezca en su escenario. No se me ocurrió mucho. “Debe ser, a la vez que embolsador, seguridad del lugar”, y decidí terminar las hipótesis ahí mismo. “¿Qué es lo que necesitas exactamente, amigo?”, preguntó cuando, por fin, había quedado liberado. “Dormir en algún lugar seguro por no más de cinco dólares.” Hizo algunas muecas, resopló, levantó las cejas... en fin, todos los gestos que intentan expresar dificultad brotaron de su cara como una mala propaganda con un pésimo actor. “No hay muchas opciones por ese precio.” “Está bien. ¿Pero cuáles serían las pocas que hay?” “Y... mi casa, supongo.” “Dale. Entro.” El tipo me miró extrañado. Yo ya estaba sonriendo: peor que un edificio abandonado no podía ser... Además, yo había escuchado que mucha gente brindaba su propio hogar para viajeros que andaban de paso; no lo había escuchado en Jamaica, estrictamente, pero... ¡qué mierda!, ¿por qué no ser el primer viajero que comience una movida turística en un lugar de recursos bajos, o, mejor dicho, demasiado altos, desde el punto de vista financiero que demanda alojarse en esa isla? “¿Sí?... ¿Aceptas?, ¿en serio?” “¡Cómo que no, morocho! Si querés te cuento dónde estuve durmiendo anoche, para convencerte.” “Está bueno, está bueno. Yo salgo a las nueve y media. Espérame aquí a esa hora, ¿sí?” “Acá estaré. Muchas gracias.” “De nada... Tu inglés es pésimo, ¿sabes?” “Sí, sé. Nos vemos a las nueve y media.” ¡Ahora sí podía ir al mar, carajo! Lo único que me faltaba era conseguir un pantalón corto; si era de baño, mejor. Entré en el mercado otra vez, compré la tercera lata de cerveza y salí a la calle renovado. A doscientos metros de donde trabajaba mi nuevo conserje, un vallado de madera ciego partía la calle y sólo dejaba tomar un camino. Era una curva pronunciada, de buena longitud, que no dejaba ver la salida. A ambos lados, dibujando contornos, la curva rugía de tantos puestos callejeros que había, y, parados, tres policías con el mismo calor que sentía yo, se apostaban en el ingreso de esa feria improvisada. Demoré unos cuatro o cinco minutos en recorrer esa suerte de atajo. Justo cuando salí al otro extremo, vi un puesto mínimo que vendía ropa liviana. Nos acercamos, la lata de cerveza y yo, y nos pusimos a mirar cuáles eran las prendas en oferta: las que servían para estar más frescos y, a la vez, para meterse en el agua. “¡Uuuh, mi amigo!”, me dijo la puestera cuando me acerqué, “¿no tienes calor con esas ropas?” “Ni me lo digas...” “Debes pedir que bajen el aire acondicionado en tu hotel...” “¡Qué simpática que sos!” “Gracias, lindo.” “Necesito un pantalón corto.” “¿Nooo?, ¿en serio?” “Repito, ¡qué simpática eres!” “Tenemos remeras mangas cortas también, yo que tú...” “¿Qué te parece si me tirás la goma, linda?” “¿Qué?” “También quiero una remera.” Puso una sonrisa grande como un galpón ferroviario y cuando le pregunté el precio me disparó unos dígitos sobrenaturales. Para decirlo como es: ¡me estaba rompiendo el orto con el precio! “¡No, ni en pedo! Es muy caro.” “Okey, okey”, me dijo enseguida, “¿cuánto pagarías por esto?” Nos pusimos de acuerdo cerca del tercio del importe que me dijo de entrada; salí hacia la playa instantáneamente, con un conocimiento nuevo para desenvolverme en esa isla: de lo que te pidan, dales la mitad o menos. La zona de playa comenzaba con el primer hotel cinco estrellas más cercano al centro de la ciudad. Me permitieron solamente recorrer los diversos puestos de compras, pero cuando intentaba atravesar los paradores para llegar, al fin, a la playa, siempre alguien me detenía y me pedía la acreditación del hotel que yo, claro está, no tenía, o treinta dólares, que, más claro está, jamás alargaría. Después de rebotar en el cuarto parador, recién se me ocurrió preguntar dónde se baña la gente que no está hospedada en ningún hotel o, mismo, aquéllos que no contaban con esa cantidad de dinero sólo para darse un baño en el océano, que, al pedo era siquiera pronunciar, era propiedad de todos. Así, por necesidad, como siempre sucede, me enteré que había un balneario municipal, de libre acceso, en el que no debía dejar, de ninguna manera, bajo ninguna circunstancia, y bla bla bla..., mis objetos personales solos sobre la arena. En ese momento deduje que Bob Marley se puso a componer por no poder acceder nunca a la playa. (Cuando pienso que todas las personas que admiro han muerto ya, siento que está, más que nunca, muerta mi capacidad admiración.) Llegué luego de una ardua caminata al mismísimo océano jamaiquino; jamaicano, como me gustaba decirle. Una perla a la que no accede cualquiera... En el balneario municipal, tan abandonado como estaban todos los municipales habitantes de Montego Bay en su propia tierra, me encontré con un tremendo arrecife de coral. Ahí no más de la costa, diez metros, máximo. ¿Cómo explicarlo? Veía pasar los pequeños y coloridos peces a centímetros de mí, la arena, bajo el mar, me encandilaba, ayudado por la refracción implícita que nos ofrece el agua, me resultaba más fácil reconocerme los hongos de los dedos de los pies dentro del mar que fuera de él (él: con propósito). Había escondido la bolsa de nailon con mi ropa larga, mis documentos y mis pocos dólares y mis pocos cheques de viaje en un hueco que daban unas maderas de una construcción que alguna vez había funcionado con sentido comercial. Cada vez que emergía, carpeteaba mis cinco cosas, mi equipaje, mi caracolez. Y, sabiendo que estaban a resguardo, volvía a sumergir para fundirme con el paisaje submarino costero de Jamaica con la habilidad más antigua y eficaz, anfibia, que el planeta haya observado. Cada tanto salía del agua y me compraba una cerveza con unos billetes que dejaba enterrados bajo la arena seca, sobre la playa, al lado de una piedra o de una concha de caracol que se distinguiera del resto del territorio. Y pasé una de las tardes más maravillosas de mi vida... sin que nadie se haya hecho de mis cosas. Ahí mandé al carajo, definitivamente, a la calidad de vida cinco estrellas que tanto querían meterme, que tanto decían era mi necesidad, que tanto oí, hasta el hartazgo, estaba construida para tipos como tú... Tipos como yo... (para tipos como yo, para tus hermanas... para tus madres... ¡y que se vengan las tías, también, si quieren traca-traca! ¡Cada vez que sentís que no te están dejando pensar con libertad, tu única obligación es gritarle a la cara a quien esgrime ese parlamento, que se vaya a la mismísima concha de su madre! Que se vaya bien lejos, con sus propuestas, con sus mierdas. Cuando el mundo te pide que des un poco más de lo que siempre das y que nunca sabes para qué es verdaderamente que sirve, tu deber es mandarlos a la concha de su madre... Sin pensar... Insultar no requiere pensamiento, ni digestión intelectual previa. Son siete palabras unidas una detrás de otra y la alteración de su orden ¡sí que altera el producto!: ¡andáte a la concha de tu madre! ¡No lo olvides! Siete palabras que son música cuando uno las pronuncia... Repetí conmigo: ¡andáte a la concha de tu madre! ¡Eso es! ¡Andáte a la concha de tu madre! ¡Así se hace...! Repetí estas siete palabras cada vez que te despiertes y te asomes al espejo. ¿Recordás cuáles son? Bueno, son éstas: ¡andáte a la concha de tu madre! En la forma de responder a este insulto es que se puede descubrir a los verdaderos culo fruncidos que siempre apremian... Toda una decisión... Lo sabés porque son los que se enojan cuando oyen esas palabras... A las personas que valen la pena, esa oración, les importa un carajo). Sobre las seis de la tarde sentí hambre real. Agarré la bolsa, y salí de la playa descalzo. El cemento ardía y tuve que ponerme las sandalias para no quemarme los pies. Estaría a unas veinte cuadras del supermercado donde debía estar a las nueve y media para encontrarme con mi asesor de alojamiento. Enseguida encontré un Kentucky Fried Chicken. Asomé en el local para ver los precios. Nada mal. Me guié por las fotos de los platos; elegí uno y pagué. La gaseosa era libre, eso me pareció raro; había un dispensador en el salón y la gente se servía cuanto quisiera. Fascinante. Nada de agrandar el combo ni cosas por el estilo: si nos eliges, te regalamos la gaseosa. Perfecto para una rata viajera como lo era yo. Además, el pollo estaba buenísimo. Juré, mientras salía, que al día siguiente estaría nuevamente ahí. Faltaba matar, todavía, dos horas y media. Se acercaba la noche y no quería meterme en líos, así que comencé a caminar hacia el supermercado y esperar paseando en sus cercanías. La ciudad era bastante linda, no parecía ser peligrosa. Recorrí tranquilo algunas calles, mirando los negocios, comparando el comercio jamaiquino con el argentino. Nunca hay muchas diferencias, el comercio es igual en todo el mundo: comprar lo más barato que se pueda e intentar vender lo más caro posible; si en el medio se puede sumar un agregado que lo encarezca aun más, mejor. Venía caminando muy tranquilo cuando un morocho se apostó a mi lado y me saludó. La apariencia era un poco callejera, no inspiraba mucha confianza. No parecía ser un protocolo pacífico de bienvenida a Montego Bay. Respondí al saludo y enseguida me preguntó hacia dónde me dirigía. Le dije que no estaba yendo a ningún lado en especial. Se ofreció a acompañarme para mostrarme algunos lugares bonitos de la ciudad. Lo descarté de plano, con cintura pero de plano. No se mostró muy feliz con mi decisión y trató de convencerme. Ante mi negativa constante, el tipo optó por caminar casi a mi lado, pero un poco adelantado. La sensación era de que estaba tramando cómo abordarme. Parecía estar tan pensativo, a dos metros adelante mío, que comencé a pensar en cómo sacármelo de encima. Así caminamos más de una cuadra. Reduje un poco la velocidad del paso, los suficiente como para generar separación, pero no tanto como para que el tipo lo advierta. Lentamente me acerqué más a las vidrieras; ahora caminaba pegado a los vidrios de las distintas tiendas. El morocho ya estaba a tres metros míos, y tenía medio minuto sin darse vuelta a mirarme. Aproveché un negocio amplio, con bastante gente adentro y me metí de un salto. Salió tan bien, que el tipo no podía saber dónde me había metido porque ya habíamos recorrido casi una cuadra sin que se diera vuelta para observarme. Me perdí rápidamente entre el público y me dirigí con pasos largos hacia el fondo del local. Decidí esperar unos cinco minutos antes de volver a asomar a la calle. Hacía que revisaba algunas camisas, pantalones, cualquier cosa que se me aparecía dentro del negocio yo la revisaba mientras mataba esos minutos. Cuando espié hacia la calle, muy despacio, no había ni rastros del tipo. Corroboré varias veces y al fin me convencí. Retomé el camino que llevaba hasta la primera esquina y torcí a la derecha con la intención de tomar la primera calle paralela a la que venía antes del incidente. Luego de unas cuadras, comencé a reírme por lo bajo. “¡Qué astuto que soy... qué sagaz...”, me repetía a mí mismo, “cómo te libraste...” Pensé también que el tipo no se habría puesto muy contento al saber que me había perdido en su propio barrio. Y a las pocas cuadras me había olvidado del asunto. Llegué finalmente al puesto donde había comprado la ropa y tomé la larga curva que me habría de devolver a las cercanías del supermercado al que quería llegar. La calle curva era como un pasillo, de unos siete metros de ancho y delimitado a sus costados por unas placas de madera de tres metros de altura, que marcaban una zona en construcción. Era como un túnel pero al aire libre; una sola entrada y una sola salida. Justo cuando estaba en la mitad de este estilo raro de túnel, sentí que alguien se pegó a mí. Luego escuché que me saludaban. “Hey, you”, dijo alguien con tono seco, y cuando lo miré a la cara quedé blanco del cagazo. El tipo había vuelto. El muy hijo de puta no me había perdido, sino que había esperado a que yo ingresara por mi propia cuenta en alguna zona perfecta para robarme tranquilo. Se acercó a mí hasta darme pequeños topetazos que solamente yo advertía. “¡Give me the money, now (¡dame la guita, ahora)!”, me dijo por lo bajo pero en un tono fuerte, autoritario. Yo ya había acelerado un poco el paso pero el tipo no salía de al lado mío. “¿Qué?” “¡Give the money, motherfucker (igual que antes, pero agregando hijo de puta)!”, “¿Qué?... ¿What?... No entiendo”, y cada vez aceleraba más el paso mientras el tipo no sacaba ni cuchillo ni arma. “¡The money, Now!” “Yo no inglés... ¿What? ¿What?” El tipo comenzó a perder los estribos pero se notó que estaba solo. Yo no iba a hacerme el héroe, de todos modos, así que seguí acelerando y diciendo “What” todas las veces que pude mientras ganaba terreno hacia la salida. El negro empezaba a tironear de la bolsa donde estaba mi ropa, cuando finalmente comenzó a verse el final de la calle, y con éste aparecieron los tres policías que yo había visto más temprano al encaminarme hacia la playa. Fue automático. El tipo se esfumó al instante; ni siquiera pude ver por dónde se fue. Era un fantasma. Apenas se esfumó, miré hacia los costados y me di cuenta de que nadie había visto lo que me sucedió, a pesar de estar repleto de gente en todos lados. Continué con el mismo paso apurado hasta ponerme a tres metros de los policías. Saqué el último cigarrillo que me quedaba en el paquete. Busqué un escalón y me senté con los objetos personales debajo del culo a fumar. El corazón me latía como galope, y recordé enseguida las palabras más estúpidas que había pensado ese día: “¡Qué astuto que soy... qué sagaz... cómo te libraste...!” Caída ya la noche, me pegué a la puerta del supermercado lo que más pude y allí esperé las dos horas que faltaban para que el reloj diera las nueve y media. Me tomé algunas latas más de cerveza y me dediqué a observar todo lo que pasaba en esa calle. Los turistas de piel clara habían desaparecido completamente diez minutos antes de que anochezca; como si hubiese pitado una sirena de aviso de bombardeo, todos se habían esfumado. Yo esperaba dándole a la birra y ya no me importaba mucho qué podría pasarme si el tipo se bajaba de la oferta que me había propuesto ocho horas atrás. Cada tanto el morocho que me había prometido alojamiento asomaba la cabeza a la calle y me hacía un gesto que intentaba significar que faltaba poco para irnos. Yo sonreía. Era raro pero estaba bien. Sentía tímidamente que las cosas marchaban. Si salía redonda la maniobra de dormir en su casa, estaba salvado por unos días. Por lo menos hasta que recuperara el equipaje y pudiese dar con alguien que me señalara un hotel accesible. Esa era mi única necesidad. Se se daban algunos factores en mi favor, hasta quizá podría llegar a conocer algo de la isla. Había metido la pata en el barro al decidir conocer Jamaica, pero no tenía más opción que quemar los días que me separaban de la fecha de regreso que acusaba mi pasaje. Ese era mi objetivo primario. El secundario era salir a salvo. Comprar un nuevo pasaje de vuelta a Costa Rica no era una opción. Opciones eran sólo las ideas que me venían a la cabeza. Y escapar no lo era, no lo fue. A las nueve y media en punto, bajó la persiana del supermercado con un chirrido lastimoso. “¡Come on (vamos)!”, me dijo el loco y me paré como un resorte, dispuesto a encarar mi suerte para esa noche. Mi actitud fue de perro que espera a su dueño y que cuando ve que llega comienza a mover la cola de alegría. Caminamos algunas cuadras, hablando de esto y de lo otro, y me dijo que tenía que pasar, primero, por “un lugar”. “Un lugar”. Yo no veía nada negativo en “pasar primero por un lugar”, así que le di para adelante. Torcimos varias esquinas y llegamos hasta una zona medio desierta, una zona galponera, de tinglados con estilo de depósitos abandonados. El morocho se acercó a una puerta metálica que tenía una ventanita, y golpeó firme con los nudillos. Era una zona bastante oscura, de calles amplias y veredas poco delimitadas. Semejante a la zona de Retiro, en Buenos Aires, donde están los galpones ferroviarios; no había gente caminando. Le pasaron una bolsita, saludó con pleitesía y nos fuimos rápido como habíamos llegado. “Ya tengo dos direcciones donde comprar porro en Jamaica”, pensé. “Listo”, dijo el loco, “ahora nos vamos a casa.” “Perfecto.” Subimos a uno de los taxis populares y a los quince minutos nos bajamos. Estábamos en un barrio periférico, muy tranquilo, prolijo. El césped estaba bien cortado en todas las casas. No había asfalto y eso daba impresión de barrio en comienzos. Estaba muy bien. Las calles eran onduladas, como una zona de pendientes; parecían las calles de los pueblos de Córdoba que están a los pies de los cerros. No había asfalto en ningún lado y no parecía que el barrio lo necesitara. Tuve un buen presentimiento de entrada y me sentí tranquilo. Me dejé llevar. Llegamos a una casa modesta, linda y modesta. Tenía un pequeño jardín, parquecito, que la separaba del frente que daba a la calle. Abrió, el dueño de casa, la puerta reja que había entre dos pilares de cemento. Ingresamos en silencio, tal como me había avisado con un dedo cruzando sus labios. Rodeamos la casa por un costado y al girar a la izquierda nos metimos en un pasillo en construcción, oscuro como la noche, donde dejé de ver inmediatamente. El loco me avisó que lo siguiera sin hacer ruido. Yo, a esta altura, me preguntaba si era su casa realmente. Se movía tan desenvuelto que acabé por convencerme de que el tipo sabía dónde estaba entrando. El pasillo se hizo tan oscuro que de golpe tuve que tantearle la espalda y pegarle la mano para poder seguirlo. Hasta ahí, era un laberinto de ladrillos huecos. Frenó de golpe y yo lo choqué desde atrás; casi que me lo apoyé, al morocho. Estábamos exactamente frente a una puerta, al final de un pasillo formado por paredes sin terminar, el suelo era de tierra y el olor a cemento era insoportable. “¿Estás seguro que yo voy a poder dormir acá?” “Sí, sí. Pero no hables más, por favor.” Empujó la puerta muy despacio, tanteó sobre la pared un poco y escuché el ruido de una tecla de luz. No logré ver mucho hasta que se movió. Cuando se movió, tuve ganas de salir corriendo. Había dos camas dobles, una mesa bastante grande, cuatro sillas, un placard gigante, una cocina, una alacena, y una mesada con todos los elementos de cocina: el cuarto era, máximo, de cuatro metros por cuatro. En una de las camas había una mujer durmiendo junto a dos criaturas. En la otra había dos criaturas más. El morocho depositó a ambos/as niños/as, muy tiernamente, en la cama donde estaba su madre, y me señaló el lugar vacío como mío. Yo me quise cortar los huevos ahí mismo; me los quise reventar con la puerta. Le hacía gestos de negación con la cabeza, desesperado. No podía creerlo. “¡Qué pedazo de hijo de puta!”, pensé. Pero el ñato tenía tanta solidaridad en la cara, solidaridad de cinco dólares la noche, mientras me señalaba la cama que había vaciado recién, que no tuve más opción que hacer caso. Cerré fuerte los ojos, respiré profundo y caminé hacia allí. Me tumbé en la cama rogando que esa pesadilla acabara pronto, rogando que se me diera el sueño tan rápido que no alcanzara a darme cuenta que estaba ocupando el lugar de las niñas/os. Me sentí tan mal por estar ahí... Mientras me dormía, me di cuenta que yo era un hijo de puta: “estaba”, mientras creía atravesar una aventura mayor, “jodiendo la cotidianidad de una familia que realmente luchaba por conseguir su bienestar; ¡y todo por ahorrarme unos mugrosos mangos!” Apreté los párpados, mientras el loco se acostaba a mi lado, y deseé que esa noche pasara lo más rápido posible. Tardé una eternidad en dormirme. Cuando llegó la mañana, apenas abrí los ojos, tenía encima mió a uno de los críos acariciándome la cabeza. Me sonreía, parecía estar dándome la bienvenida a su casa. Se moría de risa. Hablaba con sus hermanos y se reía todavía más. Me sentí una mascota. Todos venían hacia mí y me acariciaban el pelo. Pelo de blanco. “¿Qué mierda...?”, pensé. Parecía una publicidad de champú. Jugaban y jugaban. Eran hermosos los negritos. A tres metros, la mamá, la mujer de la casa, trabajaba en la cocina; en el desayuno, supuse. Cuando los críos me dejaron en paz, la mujer me saludó con una sonrisa plena. Me dedicó una sonrisa tan tierna que me convirtió con ese gesto en otro de sus hijos. Y como nuevo hijo me dejé tratar. Cualquier otra mujer, en su lugar, se habría cabreado para el carajo. Compartir la casa con un desconocido, ofrecerle el desayuno, sonreír... “Good morning (buen día)”, me soltó mientras revolvía una sartén. “Hi (hola)”, dije, y tiré de la sábana para taparme más. “¿Are you hungry (¿estás con hambre?)?” “Yes, I think... (sí, creo...). Thanks for asking (gracias por preguntar).” “Your welcome.” Fue una charla de primer curso de inglés. Me senté en la cama y me froté la cara, un poco para sacarme la modorra y otro poco para saber si los personajes que veía (incluido el mío) eran del todo reales. Cuando otro de los chicos de la casa se acercó y comenzó a hacerme preguntas, corroboré el momento. “Hellooo... ¿What is your name (Holaaa... ¿cómo te llamás?)?” “Ariel.” “¡Oooh, like The Murmy (¡oooh, como La Sirenita!)!” “Yes... like The Murmy... (sí... como La Sirenita...).” “¡I love this name (¡amo ese nombre!)!” “Me imagino...”, respondí sonriente como para no amargarla. “But... I know this name from another place (pero... yo conozco ese nombre de otro lugar).” “¿The powder soap, maybe (¿el jabón en polvo, quizá?)?” “¡Oh, yes (¡oh, sí!)!”, dijo, fascinada; la pendeja no sabía si estaba hablando con La Sirenita (recostada en la cama de mamá) o con el muñeco del jabón en polvo o con ambos a la vez. “Me imaginé...” “¿What?” “¡Forget it (¡olvídalo!)!” Salió de encima mío con un salto y la vi irse por la puerta de entrada al cuarto. Un hermoso olor a porro llegó desde algún lugar. Llegó como una brisa matinal. Ocho de la mañana y la marihuana decía “presente”. Increíble. Increíble, digo, porque recién nos estábamos levantando y era un ámbito extremadamente familiar. En otra circunstancia, la marihuana es un olor de todo el día. Giré el pescuezo, miré través la ventana, y ahí estaba mi anfitrión: pitando como un condenado, en el medio del jardín. Chupaba un porro del tamaño de un chupetín “Paragüitas”. Muy tranquilo, fumaba disfrutando de los primeros piantes, de los primeros rayos del sol, de los primeros pronunciamientos de la isla. Se lo veía tan en paz, al ñato... Los mocosos le saltaban alrededor, jugueteándole, inmersos en “la nube de humo de papá”. Uno de los pendejos no dejaba de mover la cabeza de un lado hacia el otro, generando un sonido como de serpiente de cascabel. En cada punta de las mini-rastas (¡y tenía miles...!), llevaba unos apliques de plástico de color rojo y blanco, rígidos, que cada vez que meneaba la cabeza uno sentía que estaba siendo atravesado por un redoblante de murga uruguaya. Pregunté a la mujer por el baño y me dijo que estaba afuera, en el jardín. Salí del cuarto y crucé el pasillo en construcción. Al llegar al jardín el día me pegó en la cara. Era una mañana increíble. Brillante. Lo verde era bien verde, lo amarillo electrificaba cuando era iluminado por el sol y todos los pájaros del mundo vivían y cantaban en ese barrio. Era como observar la vida perfecta: la casita en construcción, los hijos jugueteando en el jardín, felices, papá fumando un soberano porro bajo el rayo tibio del sol, mamá orquestando el desayuno en la cocina mientras tararea una melodía cálida, el intruso lavándose los dientes en el baño y ayudando con los gastos, en fin... ¡una mañana de una vida ideal! A mi regreso, nos sentamos todos a la mesa y nos devoramos hasta la última partícula comestible que había dispuesta sobre ella. Huevos revueltos, frutas de varios colores, cereales con forma de números, leche... ¡había de todo! Una majestuosa forma de arrancar el día. Los que más preguntaban eran los chicos: de dónde venía, qué estaba haciendo ahí, hacia dónde me dirigía, qué pensaba hacer durante ese día, si volvería a su casa al caer la noche, cómo se llamaban los integrantes de mi familia, si me habían echado de casa y por ese motivo estaba con ellos, cuál era mi color preferido, dónde estaban mis cosas, por qué usaba unas sandalias tan feas, qué había estudiado, cómo era mi país, por qué viajaba sin saber a dónde iba... Los chicos, caí ahí mismo en la cuenta, son un aljibe interminable de preguntas que buscan construir un panorama, ignorando que lo que construyen realmente es su propio criterio. Es una curiosidad inmaltratable que tarde o temprano cesa, se colma, y que luego de ese punto, los chicos, comienzan a mirar la vida (la propia y la ajena) con un ojo calibrado por lo que les pasó y por lo que han aprendido. Cada vez interrogan menos con “por qué”, es un asunto gradual, hasta que cruzan una inflexión que hace que cada vez que ocurre un “por qué” se inclinen a buscar en un diccionario o en una enciclopedia, en lugar de soltarlo con voz alta (el peor caso, es el del chico que deja de preguntar por qué). Supongo que, poco a poco, se van hartando del conocimiento, o de la necesidad de conocimiento. Qué hace que una persona sea adicta al conocimiento durante toda su vida (curioso natural de por vida), no es una pregunta que yo pueda responder con la edad que tengo. Salí a fumar afuera, luego de desayunar, y jugué un rato en el jardín con los cachorros de la casa. Eran dos y dos: dos chicos y dos chicas. El mayor tendría nueve años y el menor unos cuatro. Una verdadera seguidilla... Cogemos, parimos; cogemos parimos; cogemos, parimos; cogemos, parimos, ¡basta! ¡Acá, cortamos! No queremos parir más... pero, por favor, no dejemos de coger. Hacía un par de meses que yo no tenía (sentía) una sola obligación. Es decir, me despertaba y hacía lo que me venía en ganas. Seguía durmiendo, desayunaba o no, me bañaba o no, salía del hotel o no, en fin... hacía lo que se me antojaba. Generalmente se me antojaba caminar y mirarlo todo. Si encontraba a lo largo del paseo algo para hacer o visitar lo hacía y punto. Si no surgía nada, no hacía nada en todo el día. ¡Era perfecto! Era sentir que el mundo (Dios) no tenía la menor idea de dónde yo estaba, y que por eso no se animaba a citarme para tal o cual tarea, para cumplir tal o cual horario, para decir presente en tal o cual clase... La impresión era sencilla, puntual y eficaz: ¡el mundo no me necesitaba para nada! Era dueño de todas las horas que atravesaba y hacía con ellas, y en ellas, lo que se me cantaba las pelotas. Y como mis pelotas no son demasiado demandantes, usualmente paseaba y pensaba en que lo peor sería que se me acabara tamaña libertad de mí. En tales circunstancias, no podía imaginar cómo sería el primer día en el que ya no contara conmigo mismo al ciento por ciento. En la actualidad puedo ser un tanto más nutritivo al explicar qué se siente al no contar con el tiempo propio, sumido y dispuesto al antojo de uno mismo. Bueno... Hacía meses que yo no sentía estar obligado a nada, pero esa mañana, justo esa mañana, tenía que ir al aeropuerto a retirar mi equipaje. Necesitaba mi ropa; era poca, pero la necesitaba. Había también en la mochila uno o dos libros para leer durante las horas muertas... Había que recuperarlo y ¡punto! El dueño de casa me explicó cómo llegar al aeropuerto de Montego Bay. Salimos juntos. Él iba a trabajar; yo no. Pero la primera etapa del viaje era la misma para los dos. Saqué los cinco dólares para pagar la estadía. Los aceptó con gusto y los clavó en el bolsillo con su mano hábil. Subimos al taxi popular y compartimos viaje con otros tres morochos. Después de diez minutos de viaje, llegamos a un cruce rutero y me apuntaron que era ahí donde debía bajar. Tomé otro taxi y llegué finalmente al aeropuerto. Crucé la playa de estacionamiento al rayo del sol, un sol que dictaba treinta y cinco grados solamente... Caminé los halls según me dijo el tipo de seguridad y encontré el stand de Panam-airlines en el rincón más alejado de todo el edificio (pasajes baratos...). “Hi (hola)”, dije y entregué el papel que me habían dado en Kingston. “Okeeey...”, dijo, “give me a minute, please (bueno, un minuto, por favor).” El minuto que pidió se reprodujo en quince. Yo era el único que esperaba, eso me dio una mala palpitación. En Kingston, éramos cerca de quince los que reclamábamos. Volvió la empleada, anticipando un mal gesto, y me devolvió el famoso papel. “No, your logage is not here (no, su equipaje no está aquí).” La miré serio. “Eeeeeh...”, dijo. No sabía para dónde encarar. Mantuve mi postura. “Eeeh... they tell me that your logage is in Kingston (me dicen que su equipaje está en Kingston).” “Yes, it is probably. I arrived yerterday at Kingstone (sí, es probable. Aterricé ayer en Kingston).” “Ok (bueno)”, dijo, “you have to fill this paper (debe llenar este papel).” “No problem.” Era lógico que no supieran que yo estaba en Montego Bay. Lo único que debía hacer era llenar una solicitud de envío de mi equipaje hacia el lugar en el que me encontraba. Entregué el formulario firmado y completo y pregunté en cuánto tiempo debía volver a retirarlo. “The day after tomorrow (pasado mañana).” “I will be here. Thank you (aquí estaré. Gracias).” El aeropuerto de Montego Bay era como un sueño al lado del aeropuerto de Kingston. La gente salía con sus valijas mirando encantada a su alrededor. Señalaba hacia algún lugar y hacía comentarios de encantamiento. Prendían un cigarrillo sin preocuparse por vigilar el equipaje. Se tomaban su tiempo para subir al taxi o simplemente salían caminando a la playa de estacionamiento hasta ver de qué forma se transportarían hasta sus hoteles. Era asombrosa la diferencia. En Kingston no hubiesen durado un minuto con tanta distracción encima. Cuando volví a la casa de la familia que me hospedó, recién ahí caí en la cuenta de que no sabía cómo se llamaba el morocho que me había dado alojamiento. Llamé con aplausos desde la puerta reja y a los pocos segundos salió un hombre mayor a atenderme. Expliqué quién era yo. El tipo me miró desconfiado. No es normal que un blanquito aplauda frente a la puerta de tu casa; sobretodo si vos sos un jamaiquino de sesenta y pico de años y nunca, en esos sesenta y pico de años, habías visto a un blanco golpear la puerta de tu casa. Volvió sobre sus pasos. Había salido de la casa que estaba adelante de la habitación en la que yo había dormido. A los pocos segundos vino la mujer que había preparado el desayuno. Me hizo pasar y me avisó con un gesto que no hiciera caso de la cara de culo con que me miraba el viejo. “Es mi suegro”, alertó. Ella me dijo que su marido se llamaba Bob. No me sorprendió. Durante la tarde jugué con sus críos. No tenía mucho para hacer. Y cuando menos me lo esperaba me crucé en el jardín con el viejo de la casa. Me hizo pasar. Me convidó una cerveza y nos pusimos a hablar. Nos dijimos más o menos quiénes éramos y me pareció que le caí bastante bien. A la noche llegó Bob y tomé algunas cervezas más con él. Esa noche toda la familia estaba despierta cuando él llegó. Puede que por mi presencia. El caso es que cenamos todos juntos y nos acostamos mucho más tarde que el día anterior. Cerré los ojos y el mundo desapareció. Esta vez no había ningún crío saltándome encima cuando desperté. El porro de Bob, lógicamente, ya estaba encendido. Encaré hacia el baño y en lugar de entrar a desayunar me fui a hacerle compañía al morocho. Nos fumamos el porro entre los dos y entonces volvimos a por nuestro alimento. Comí esa mañana el doble de lo que había comido la anterior. Todo parecía estar mucho más rico. La comida se acabó antes de saciarme. Lógico. Ataqué primero los azúcares... Todo parecía ocurrir en paz. Pero el palazo llegó sin que lo yo lo previera. En el jardín, luego de devorar, Bob me llamó aparte y soltó la buena nueva: “We have a problem, my friend (tenemos un problema, mi amigo).” Fumado como estaba, ni sé de qué forma lo miré. Dejé que diga, con la intención de asimilar luego. “¿You know?, the father of my wife (¿sabes?, el padre de mi esposa).” Lo miré achinado. Apreté los músculos del cerebro para tratar de saber de qué estaba realmente hablando. De pronto, “father of my wife” significó algo en mi memoria. “¡Oh, yes!”, le dije. “Yes, yes...”, pronunció con cierta decrepitud. “He wants you out of here (él te quiere fuera de aquí).” No entendí una palabara de entrada y sólo le sonreí. No me importaba entender nada. Había comido como los dioses y estaba hasta el moño de marihuana a las ocho y media de la mañana. “¡Hey, my friend (¡hey, mi amigo!)!”, subió un poco la voz, “¿are you listening to me (¿estás escuchándome?)?” “¿Why not, my freind (¿por qué no, mi amigo?)?” “¿What?” “¿What?”, dije, y con mi pregunta el morocho supo que yo estaba en la loma del orto. “You have to go to another place to sleep tonight (tienes que irte a dormir a otro lado esta noche).” Ahí le cacé la onda y abrí los ojos. “¡Noooooo...! ¿me estás hablando en serio?” Traduje mi expresión y Bob me dijo fraternalmente a qué se debía el cambio brusco. La explicación resultó ser así: “el viejo no quiere problemas... ya está grande, ¿sabes? Él no cree que vos andes por acá de casualidad... Entendé, por favor... Me dice que soy un irresponsable por dejarte entrar en nuestra casa... que estoy poniendo en riesgo la familia... Que no estamos tan mal como para depender de los cinco dólares que nos estás pagando por noche para dormir acá... y cosas así. Y bueno, también, que... te lo tengo que decir... le pareciste un poco sospechoso... ¡lo dijo él, eh!” “¡Your are kicking me off, my firend (¡me estás rajando, mi amigo!)!” “Yes... well... a little... (sí... bueno... un poco...)” “¡Qué un poco! ¡Me estás rajando del todo!” “¿What?” Traduje y me dio la razón. En la cara se le notaba que el único que no necesitaba los cinco dólares era su suegro. A él le venían bastante bien. “But... I have a solution... (pero... tengo una solución...)” Escuché con un poco de desconfianza. En seguida me vino a la mente el estuche con mis cheques de viajero. Yo se los había dejado para no andar por la calle con ellos. Y cuando llegué del aeropuerto, el día anterior a ése, lo encontré revuelto. No pude saber si me faltaba alguno; no llevaba la cuenta exacta de la guita que me quedaba. Pero lo habían espiado, no quedaban dudas. No los culpaba. Bien podía haber sido para quedarse tranquilos acerca de que no estaban haciendo dormir junto con sus hijos a una persona un poco peligrosa, o muy peligrosa, en el peor de los casos. Bob me explicó con sinceridad que un hermano suyo vivía no muy lejos de ahí, en Bunker`s Hill, Blue Mountain, dijo exactamente, y que seguramente no tendría problemas en que yo me hospede en su casa. El asunto parecía medio chino. Pero, cuando lo pensé mejor, hacía cuatro días, desde que había puesto los pies en esa isla, todo era medio chino. Interrogué un poco como para sacarme algunas dudas y terminé por acceder. Bob se puso muy contento con mi reacción. Se le iluminó la cara de golpe y me abrazó. Le largué una sonrisa dudosa, aplomada; era mío el culo que no sabía adónde estaba por ir a parar. Arreglamos para que al día siguiente, a primera hora de la mañana, un amigo suyo, taxista, me llevara en auto. Me pareció bastante cordial: intentaba, Bob, solucionarme el problema desde todos los ángulos. Pasé la tarde girando al pedo por Montego Bay. Volví a comer en el Kentucky Froid Chicken. Me venía bien la gaseosa libre. Con todo el día a disposición mía, los almuerzos se estiraban bastante, y tener libre la bebida me permitía quedarme dos horas más después de comer sin gastar un sólo peso extra. En la cuenta global, mediodía y principio de la tarde, me resultaba mucho más barato que comer en otro lugar más autóctono pero con la bebida acotada. Además, los baños eran un lujo; cuando uno da vueltas todo el día sin tener un lugar propio, un buen baño se vuelve un asunto un tanto vital a la hora de ir cagar. Decidí pasar a buscar a Bob por el supermercado y esperar en la puerta hasta que saliera. Me bajé unas cinco latas de cerveza de medio litro en una hora y todavía faltaban dos para que el morocho saliese de trabajar. Con la cerveza en el coco, me puse curiosito. El alcohol había reforzado mi confianza y me fui a caminar un poco. Esta vez caminé en sentido contrario al de la calle curva donde estaba la feria en que me quisieron atracar; estaba medio en pedo pero los reflejos funcionaban bien. A las pocas cuadras, ya me encontraba en pleno centro de Montego Bay, “Monty Bay”, como lo llamaban los lugareños. El calor era extraordinario. Era un calor cervecero. Perfecto. Había unos bulevares amplios. Pocos autos y mucha gente caminando. Mucha gente y pocos recursos circulando. Miraba hacia todos lados sin descansar. Me atajaba de darle la posibilidad a otro morocho de que se me arrimara con el objetivo de sacarme los pocos mangos que me quedaban encima. Así andaba cuando vi que un negro venía caminando por la vereda, directo hacia mí, en pantalones largos y sin remera, con un palo de golf en la mano, que brillaba con las luces de mercurio y con las de neón cada vez que lo movía un poco. Mis reflejos no tenían memoria de algo parecido, así que no hicieron nada. De hecho, no había visto muchas veces un palo de golf. Ahí supe que son largos, de metal y bien macizos. Seguí caminando como venía. El morocho estaba cada vez más cerca. Ahora me miraba fijo mientras se acercaba. “¡La concha de la lora...!”, llegué a pensar en los últimos tres metros que nos separaban. Me pareció ver que el palo de golf levantaba vuelo al pasar a mi lado y no quise ni mirar hacia atrás cuando ya no lo tuve en mi campo de visión. Metí lo que más pude la cabeza entre los hombros, achiné los ojos de cagazo y esperé el golpe en el centro de la nuca... Tres metros después, sin ningún palazo en la cabeza, me dije unas palabras a mí mismo: “en Jamaica, nada es como parece que es”. Ajusté el paso y volví al supermercado. Necesité tres latas más para serenarme. Cuando Bob salió de trabajar, yo estaba como una cuba. Esa noche volvimos a su casa en taxi. Taxi popular. Para conseguirlo tuvimos que caminar unas cuadras. Llegamos a la esquina donde el morocho había pasado con el palo de golf: “¿Ves? ¡Acá! ¡Acá es donde ese hijo de puta amagó darme un palazo!”, gritaba a Bob, tratando de explicar lo que me había pasado. Con la calentura, lo grité en español; en poco tiempo tuve un pequeño público mirándome. Bob, que me había visto comprar todas esas latas de cervezas, hacía señas mudas para que cerrara el orto y me subiese de una buena vez al taxi. Yo insistí. Cuando amagó cerrar la puerta del auto, salí disparado y me metí en el taxi como quien se tira de cabeza en una pileta. Caí arriba de un morocho que no era Bob. Pedí disculpas. Busqué a Bob. No lo vi. Grité: “¡Boooooob!” Lo vi. Parecía borroneado: una mancha oscura con dos bolas blancas que me fulminaban. Puso cara de enojo. Me incorporé. Volví a disculparme efusivamente con el morocho que me había atajado. Apoyé la espalda contra el respaldo. Dejé caer la cabeza. Escuché que Bob respondía unas preguntas a los otros pasajeros. Me sentí tranquilo. Todos se cagaron de risa; de mí, notorio, se cagaron de risa. El taxi tenía un asiento demasiado cómodo. No sé qué pasó después. A las ocho de la mañana estaba fumando flores con Bob, debajo del árbol más frondoso del jardín. Me contó que le costó bastante bajarme del taxi y que llevarme hasta la cama sin que nos viera su suegro fue peor. Nos reímos un buen rato. Me contó que sus hijos le preguntaban qué me había pasado y que les inventó una historia cualquiera para sacárselos de encima. Recordé antes de entrar a desayunar que tenía que ir al aeropuerto a buscar mi equipaje. Bob me dijo que no era posible, que había pedido la mañana libre en el trabajo exclusivamente para llevarme a la casa de su hermano. “Don`t worry, you have one hour from my brother`s house to airport (no te preocupes, tenés una hora desde la casa de mi hermano hasta el aeropuerto). You can do it this afternoon (puedes hacerlo esta tarde).” “¿Are you sure (¿estás seguro?)?” “Yes, my friend (sí, mi amigo).” “Ok.” Desayunamos como familia una vez más. Yo estaba de buen humor. Me sentía medio nostálgico. Sabía que los iba a extrañar. Nunca había visto un puñado de pendejos tan hermosos y felices como esos. Deseé tener hijos iguales a los suyos. No iba a ser fácil alcanzar el tono de piel color chocolate. Miré de reojo a la mujer de Bob. Quizá podríamos lograrlo... Yo no me negaba a probar. Me despedí de su familia cálidamente. Abracé de más a la esposa de Bob. Noté que se puso un poco roja en la piel de la cara mientras paraba un poco el culo para fustigarme. Le tiré un guiño por lo bajo y sonrió furtiva. No me sentí nada mal. Todos tenemos derecho a ser deseados, ¿verdad? “Un día más...”, pensaba, “sólo un día más y le doy al suegro de Bob la confirmación de los argumentos que hacían que sospechara de mí.” Cuando me dieron el estuche con los cheques de viaje, me escabullí hasta el baño para tantear su estado. Estaba revuelto pero no había faltantes. Si había quedado algo en el camino no me importaba demasiado. Fue un reflejo como para sacarmme de encima la careta de pelotudo, de violable, en fin... un prejuicio. Me molestaba más que me consideraran robable que me robaran realmente. Cuando corroboré que todo estaba en su lugar, me sentí como el orto. Salí del baño y abracé a todos otra vez con una energía renovada, con una energía cristalina. Y me fui propinándome puteadas de todo tipo... Ahí aprendí lo pelotudo que era. Arriba del poputaxi, miré el barrio con una leve sospecha de que no volvería nunca más a pisar esas calles. Enseguida me dije que había que mirar hacia adelante, que se venía algo raro... Blue Mountain... Bunker`s Hill... “¡¿Qué carajos será eso?!”, pensaba... “¿Será cierto?”... Pasamos delante del Kentucky Froid Chicken y sentí tal hambre que pregunté si no era posible hacer una parada corta. “¡No!”, respondió Bob. “Nos espera mi amigo en cinco minutos”, dijo. “Lo pido para llevar...”, ataqué. No me dio bola. Excepto por Bob y yo, el taxi ya estaba vacío. Íbamos pendiente arriba y comenzaba a cambiar la forestación. Sólo habíamos recorrido unas treinta cuadras hacia la montaña. El clima costero parecía desaparecer mágicamente. De pronto todos los árboles eran de un verde maravilloso. De un verde intenso, húmedo como pocos. Húmedos como nunca había visto. Pendiente arriba, Jamaica cambiaba con rotundidad. En mi vida jamás había escuchado el nombre “Blue Mountain”. Montaña Azul... No cabía en mi imaginación que una montaña fuese azul. Comenzaba a esperar la llegada con un ritmo cardíaco más que intenso. “¡Quiero ver una montaña azul!”, me repetía interminablemente. “Debe ser el porro de primera clase que fuman lo que hace que vean las montañas de colores diversos: azul, anaranjado, fucsia y quién sabe qué otros...”. El taxi nos dejó en una esquina en la que no había más que bosque cerrado. Un semáforo, plantado de prepo, me desconcertó del todo. No había pasado más de una hora y yo no encontraba más que copas, troncos y humedad. Cuando digo humedad, digo gotas reposando y precipitando permanentemente. Digo, cuando digo humedad, agua, digo y describo rocío magnético. Capilares desbordados. Escupiendo gotas que se posan en todos lados. Sobraba el agua. Molestaba. Y decir que el agua molesta es decir una barbaridad... Parados en esa esquina estuvimos cerca de media hora. Bob repetía que su amigo estaba por llegar; yo, que lo conocía de su casa, de su ámbito más interno, no le creía una sola palabra. Bob, me pareció en ese momento, era un cabrón hijo de puta; un mentiroso que había transado con un supuesto hermano suyo, una forma camuflada de seguir quitándome unos pesos día a día para que yo durmiese. De golpe, casi como si estuviese escapando de una trifulca policial, apareció un taxi privado y clavó los frenos delante nuestro. Chirriaron las cubiertas largando humo. Pegué un salto hacia atrás y me caí contra el tronco de un árbol. Bob se cagó de risa de mí y con una seña me avisó que el auto que había frenado a lo loco era el auto que esperábamos. “¡Hijo de una gran puta...!”, dije, y fue como pensarlo. Bob no entendía una palabra de mis expresiones directas. Subimos al auto. Estábamos en la tierra madre de la marihuana, pero el que manejaba, el amigo de Bob, estaba más duro de merca de lo que yo había visto hasta ahí. Tenía de acompañante a una mina que metía miedo. Tenía pinta de loca. Cada tanto gritaba, hacía que se reía, volvía a reír. No me gustó nada el comienzo del viaje. El tachero parecía recién salido de la cárcel. La mina estaba en su mambo, un mambo bien raro, y Bob, mi gran amigo y conocido Bob, había ganado un semblante que no se parecía en nada al que tenía en su casa. No se si fue el porro, o las caras, o la mezcla de ambos, pero yo comencé a ponerme paranoico. Estaban todos tan serios, tanta cara de carnearme llevaban, que corrí para el lado más fácil: “¡me están secuestrando!”, pensé. Y cuando objeté el ámbito (Bob, su amigo y la mujer de su amigo), no tuve ninguna duda de que me la estaban poniendo. El auto, el taxi, un Hiundai, moderado pero impecable, cada vez rodaba más rápido. Había cada vez menos semáforos y cada vez los atravesaba más rápido. A las esquinas las cruzaba como venía: ¡echando putas!. Al negro que manejaba se le habían abierto los ojos desaforadamente y la mujer que hacía de acompañante gritaba cada vez que el auto agarraba una pendiente que lo hacía saltar. “¡Mierda, me están secuestrando!”, volví a pensar, “¡¿cómo no me avivé....?!” Ni bien terminé de pensar eso, tanteé la puerta con la intención de tirarme del auto en cuanto bajara un poco la velocidad. El taxi no dejaba de acelerar, era como si el conductor me hubiese adivinado el pensamiento. “¡Este hijo de puta está evitando que me tire del coche!”. Tenía agarrada bien firme la manija para abrir la puerta. La agarraba como a una cantimplora en el medio del desierto. Era mi única salvación: tenía que tirarme del auto en movimiento, rodar por la tierra (si tenía suerte) y rajar por el medio da la selva baja que contorneaba la ruta. No sentía que estaba fumado hasta el orto como realmente lo estaba, sentía que finalmente tenía significado el cuchillo que le había visto a Bob en la cintura, en el supermercado, el día que me dio alojamiento en su casa. Ahí entendí lo confiado que yo era... Lo pelotudo que yo era... “¡Te la están poniendo, nene!”, tuve como último pensamiento antes de tirar de la palanca de la puerta con la intención definitiva de saltar del auto. La puerta no se abrió. Tironeé duro y el conductor me miró refunfuñando. Tres, cuatro, seis, nueve tirones y ¡nada! Bob me observó desconcertado. El dueño del auto también. Su desconcierto me tranquilizó. Pasé de un estado de nervios a una serenidad hermosa. La mujer ni se enteró. Me recosté tranquilo sobre el asiento y miré por la ventana para ocultar el rojo de mi cara. No volví a asomar la cabeza hasta que el auto frenó totalmente. Cuando bajé del auto, como cuando uno se baja a mear en la ruta cuando está en pleno viaje, estiré la espalda y miré a mi alrededor. Estábamos en un pueblo. Un pueblo bien chico. Lo primero que vi fue un terreno baldío frente a la casa en la que habíamos estacionado. El terreno tenía el tamaño de una manzana completa. El contorno estaba alambrado y varios de los postes que lo sostenían estaban chanfleados, medio caídos, y hacían que el alambre de púas colgara con debilidad. El césped estaba amarillento y debía tener por lo menos un metro de largo. Pero en una zona específica estaba bastante bien cortado. Me pareció ver algo raro y ajusté el ojo. Mi ojo estaba fumado pero podía ver con bastante claridad, todavía. Me pareció identificar algo y no lo creí de entrada. Reajusté el foco y no tuve más opción que creerlo. En la zona del pasto cuidado con celo se elevaban un centenar de cruces blancas, semi blancas y otras que habían sido blancas en el comienzo. Las cruces se veían como se ven las vacas pastando cuando uno recorre una ruta por La Pampa en Argentina. ¡Hasta parecía que se movían! Era semejante a los pequeños depósitos de cadáveres que se gestan en las guerras, donde no hay tiempo de trasladar a nadie, ni siquiera a los heridos. Muerto y enterrado... Cuando abrí un poco más la visión, vi que el pueblo, en su tamaño, guardaba cierta proporción con la cantidad de cruces de madera que brotaban de la tierra como si fueran arbustos. Estaba parado justo frente al cementerio de Bunker`s Hills. Tardé un rato en caer en la cuenta. Aunque el césped estuviese cortado con celo en la zona de las cruces, la imagen que brotaba de ese campo era de abandono general. Era como un techo de chapas de un rancho que tiene una sola chapa pulida hasta quedar como espejo. Escuché que se estaban saludando atrás mío. Me encaminé hacia el grupo y lo vi a Bob abrazándose con un morocho que tenía una boina impresionante, esas boinas que siempre quise tener. Era su hermano. Enseguida me lo presentó. Fue como saludar a Bob Marley. Vital y sedoso. Despreocupado y sereno. Daban ganas de decirle: “¡tocá Redemthion Song, loco...”! Henry, se llamaba. “Enry”, porque no pronuncian las haches. Lo carpeteé con carpusa y cuando llegué a los pies me volví loco de remate. Tenía unas alpargatas de lana tejidas de color verde, amarillo, negro y rojo que te volaban la cabeza. Charlaron entre todos un buen rato mientras yo hacía repaso del lugar. De golpe, con la misma precipitación con la que habíamos llegado, Bob, el merquero y la mujer del merquero se subieron al auto y se fueron dibujando una nube densa de tierra que los acompañaba desde atrás. Quedé parado cerca de Henry, con cara de desconcierto. De la nada, estaba en mi nuevo hogar. Viviendo casi de prestado, si no fuera por los pocos dólares que iba a pagarle, otra vez. Me iban pasando de manos como a un huérfano. Sin las voces ni el ruido del motor del auto, el lugar ganó una calma que me atrajo como un imán. Me sentí como en casa inmediatamente. Henry volvió a saludar para ayudarme a sacar la vergüenza que tenía prendida en la cara. Un buen gesto. Me invitó a pasar a su casa. Hacía un calor de mil demonios afuera. La casa era bien sencilla: una habitación. Techo a una sola agua, cuatro paredes de madera machihembra, una cama, una silla, una mesa de tamaño de bar y unas fotos de diario barato con mujeres en bolas clavadas con chinches. ¡Ah!, también una mesita de luz al lado de la cama. Un cable péndulo sostenía el único foco de la casa que servía para alumbrar la oscuridad y dejarla como penumbra. Penumbra era la iluminación. Era genial. Todo estaba en paz con todo. Los objetos se guardaban reciprocidad. Quedé impactado. Me pregunté dónde cocinaba. No había rastro de una sola hornalla. No me pareció un asunto como para preguntar en voz alta. Henry comenzó a hablarme de él y de su pueblo. No entendía una sola palabra de lo que decía pero lo dejaba hacer. Era majestuoso. No entendía puntualmente las palabras pero las palabras sonaban como música; seguía su parlamento por los tonos con que los decía más que por lo que intentaban significar. Prácticamente, ese mediodía hablé mano a mano con Ludwin Van Beethoven. El morocho, después de un rato de charlar conmigo, agarró una tablita, que estaba encajada entre la madera de la pared y un tirante que la cruzaba en sentido diagonal, una cuchilla bastante grande, que sacó de abajo de la cama, y una bolsa de nailon, que estaba adentro de otra bolsa de nailon más grande que colgaba de un gancho de metal. Puso todos los elementos sobre la cama mientras no dejaba de hablar conmigo ni de interesarse en mí. Yo hablaba con él tranquilamente pero no por eso dejaba de prestar atención a qué iba a hacer con todas esas cosas que había reunido sobre el colchón. Abrió la bolsa y sacó un cogollo del tamaño de una banana. Lo dejó sobre la tabla y siguió buscando adentro de la bolsa. Hizo aparecer, de pronto, una pequeña ramita. Agarró la cuchilla y muy tranquilamente se dispuso a picar todo como quien pica ajo y perejil para hacer milanesas. Yo miraba. ¿Qué iba a hacer sino mirar? No quería preguntar demasiado; recién llegaba y el tipo me estaba alojando sin fijarse en nada de mí. Cortó todo con mucho metodismo, con gran dedicación. Lo siguiente que hizo aparecer fue un pedazo de papel madera del tamaño de una hoja de libro. Con todo eso, lo picado más el papel, armó tranquilamente el porro más grande que yo llegué a ver hasta el día de hoy. ¡Eso sí que era un porro! Nunca dejó de hablar conmigo mientras encastraba esa nave espacial. Me impactó su serenidad. Metió candela a la punta y llenó de Jamaica toda la habitación. Yo me sentía como en el cielo. Y después de absorber el humo radiante, el cielo creció hasta acariciarme. No había metido ni una pitada a ese porro y ya estaba rascando alucinaciones. Henry hacía sus primeras demostraciones de poder... Finalmente me preguntó de dónde venía, de qué país provenía: “Argentina”, dije. “Argentina... Argentina...”, se mostró pensativo unos segundos, “¿Maradona...?” “Off course (por su puesto).” Esta vez no jodió tanto como las anteriores. El rasta me caía simpático. Era una charla amena y yo estaba deslumbrado por estar ahí, en Blue Mountain. Hicimos nuestras entradas, estrechamos confianzas desde el primer momento y la bienvenida fue exitosa. Después del porro el morocho se tiró a dormir. Yo, por mi lado, decidí dar una vuelta por el barrio. Salí de la casa. Después de caminar tres o cuatro cuadras y no ver más que árboles, caminos de tierra y ninguna persona, comencé a preguntarme seriamente qué carajos iba a hacer yo en ese lugar. La casa de Henry estaba a media cuadra (media cuadra larga; más o menos cien metros) de la única calle asfaltada, que era la entrada a Bunker`s Hills. Donde se juntaba el asfalto con la calle de Henry, paraban los poputaxis. Había en esa intersección una casilla de chapas que era un pequeño almacén. No tenía más de veinte artículos: cervezas de varias marcas, algunas latas de conserva, cigarrillos y tres o cuatro tipos de comida congelada, más caseras que industriales. Era como un puesto de feria rodante de barrio pero clavado en la tierra. Tenía dos taburetes fijos donde se podía hacer barra. Insolado como me sentía, me hice dueño de uno de los taburetes. Caía justo la sombra del ala que se levantaba para abrir el puesto al público. No se estaba nada mal. Me tomé una cerveza bien fría. Le siguieron a la primera otras tres. El calor ambiente parecía evaporar mágicamente el alcohol en sangre. No encontré manera de dejar de tomar. No busqué mucho, tampoco. Me pasé toda la tarde hablando con el dueño del puesto y tomando “Red Strip”. Las gotas de transpiración caían como castañas; me las secaba con la remera de mangas cortas. La remera de mangas largas estaba en una bolsa de nailon junto con el pantalón largo; es decir, mi equipaje. Así de liviano en ropas, igual sudaba como una cocinera gorda frente a un horno para cocinar cerámicas. Era un calor implacable. No había en el mundo la cantidad de cerveza necesaria para mermar esa sensación inmunda de pegajocidad. La tierra me iba tiñendo de marrón cada vez que un poputaxi llegaba o se iba. Cerca de las seis de la tarde apareció Henry. “You found quickly the only bar in town (encontraste rápido el único bar en el pueblo)...” “Yes”, la ese me empezaba a patinar... Tomamos una cerveza cada uno, pagué y nos fuimos. Al llegar a su casa nos encontramos con una mujer entrada en carnes. Su hermana, presentó. Ella estaba saliendo y nosotros entrando. Cuando se fue, me dijo que no había muy buena relación entre ellos. En especial desde que se había casado. Henry no le caía en gracia a su cuñado y eso generaba bastantes quilombos. El tema, me enteré después, era que los servicios, gas, luz y teléfono, provenían de la casa de ella. El gas era más bien simbólico porque no había nada que se pudiera encender, excepto la casa que era de madera flaca. Le pregunté si aportaba algo para pagar las facturas y me dijo que sí, pero fue un sí medio famélico, un sí que rayaba un no. Los quilombos son iguales en cualquier parte del mundo, supe. Cayó la noche y yo no veía aparecer ninguna cama para mí. Ni cama ni colchón ni nada. Eso y la cena era lo que más me preocupaba. Hacía doce horas que había desayunado en la casa de Bob, con su familia. Ya estaba siendo hora. Cuando le pregunté dónde se podía comprar algo para comer, Henry me dijo que no me preocupara, que en un rato estaríamos comiendo. Me dijo eso picando otra tanda de flores sobre la tabla, que era verde en el centro y se iba amarronando hacia los contornos, de tanto uso. Si yo hubiese sido más aficionado al porro le habría pasado la lengua a esa madera. Capas y capas de resina amontonadas, formadas de la mejor calidad de marihuana que este planeta puede dar. Y no se trata de generar cultivos supermachos para alcanzar la mejor calidad. Las calidades pueden ser las mismas. Lo que cambia, en realidad, es el entorno. El calor, las palmeras, la humedad, los culos más redondos que verse puedan, el Reggae Real, Imperial, diría, el mar tan celeste que se hace blanco profundo al cabo de un rato, el tiempo dilatado con que la gente se mueve, habla, compra, discute, vive, fuma, ríe, coge, se lava la cara: el entorno. El compendio cultural es lo que realza cualquier asunto que nos metemos. Y aunque nos tomemos el mejor ron que Cuba puede dar en cualquier parte del mundo, nunca será igual de excepcional que el peor ron fabricado en esa isla pero tomado sobre ella, viéndola frente a frente. A veces creemos que al globalizar hacemos que se mezclen las culturas. Quizá suceda dentro de un tiempo largo, bien largo, pero por ahora, aunque yo pueda comprar a través de internet una botella de grapa del punto más lejano y más artesanal de Italia, no se parecerá en nada a comprarla y beberla en su punto de origen. Así llegamos a la importancia del origen de las cosas, las personas, las palabras, las actitudes, las artes, todo, todo, todo. En el origen, en el entorno del origen, es donde se justifica la necesidad de lo originado. Más allá de ese punto podremos conseguir muy buenas emulaciones, aunque acompañadas siempre de ninguna realidad. Adaptamos lo lejano a lo local y nunca logramos que deje de ser finalmente una mezcla. Todo acabará, con el tiempo, en una monocultura: una cultura común a todo el planeta. Cultura única. Hilando fino puede confundirse con moralidad o ética... Será un momento de la historia del hombre en que dejará de importar dónde uno se encuentre geográficamente, porque todas las semiculturas serán crisoladas, pisadas y rejuntadas en una sola. Será una única y súper gran cultura. Y la generaremos todos, entre todos, desde todos lados. Ya no habrá pequeños ritos comunes a geografías ínfimas e insignificantes. Todas ellas fortalecerán la gran cultura naciente. Será una gestación. Nos sentiremos como en casa en la casa de cualquiera. Fumaremos, para citar a Jamaica, ya que por ahí andábamos, en estado virtual. Y la virtualidad será el inicio y no el fin. Mejoro: una única y súper gran cultura virtual. Como una gota de agua que al ser refractada permitirá observar la textura de la cultura que quede después de mezclarlas a todas, violentamente. Demora tanto la comprensión en llegar, que los individuos pierden los estribos en el camino y se explayan con violencia. No es evitable la violencia para ningún gran cambio. Genera tal estado de pánico que todo a nuestro alrededor se erija en una conformación nueva, que es inevitable que nuestro primer reflejo sea el de destruirlo todo para intentar reconstruirlo con los pilares y las estructuras que imperaban a priori. ¡Los seres humanos tememos cambiar radicalmente! Expresado en conjunto, lo digo. Por eso podemos hablar siempre de individuos que han intentado cambiarlo todo y han acabado asesinados. Los grandes cambios atentan contra las comodidades cotidianas. Esas comodidades, o incomodidades, es igual acá, son las que nos dan seguridad de vida. No es de extrañarnos, entonces, que tratemos de barrer de la faz de la tierra a quien atente contra nuestros pequeños movimientos cotidianos, esos que apenas modificamos con cierta regularidad durante toda la vida. Lo expreso así: desde hace quince años, apenas abro los ojos me meto en la ducha; cuando salgo del baño pongo agua a calentar para que esté lista justo al terminar de vestirme; con el agua caliente infusiono lo que acostumbro beber mientras me prendo un cigarrillo para acompañarlo; con la infusión y el humo del tabaco adentro, me siento listo para encarar el día (¡Ojo acá!: me siento listo porque ayer hice lo mismo y surqué el día con éxito, logrando volver a casa cuando terminó. Lo mismo hago desde hace quince años.); antes de salir chequeo no dejar nada encendido que pueda armar un buen quilombo; me calzo la billetera y los cigarrillos en mis bolsillos y arremeto a la humanidad. Eso puede considerarse un resumen de mis movimientos matinales los días que ejerzo mi rutina laboral. Ahora (esta es la parte que estaba queriendo escribir), se sentiría de esta forma que de golpe nos cambien nuestro ínfimo, menos que pequeño, desenvolvimiento cotidiano: estoy por meterme en la ducha cuando siento que algo traba mis pies y me caigo de trompa al suelo rompiéndome los cuatro primeros dientes que se me ven cuando sonrío, y escupo los pedazos de dentadura en el inodoro; con cuatro dientes menos, meto el cuerpo debajo del agua perfecta de la ducha y dos manos flacas, veo por el espejo, me agarran de las orejas y tiran de ellas hasta arrancármelas, llevándoselas consigo; sin dos orejas, como el cuadrado de Van Gogh, y un toallón atado en la cabeza a lo beduino para detener la sangre, abro la canilla de la pileta de la cocina con la pava en la mano y siento una tremenda descarga eléctrica que me para hasta los pelos del orto; desnudo, con cuatro dientes menos, un toallón enroscado en la cabeza a la altura de la frente y los pelos del cuerpo empinados como un erizo a la defensiva, busco en la penumbra la ropa y no la encuentro; voy hasta el placard aturdido y al abrirlo un enano de color azul me patea en el medio del pecho hasta dejarme morada la zona que va del cuello hasta la panza, desapareciendo al instante como un espejismo; asimilado relativamente al enano azul, trato de concentrarme en el siguiente paso: fumar un cigarrillo; mientras busco la caja de cigarros y el encendedor, la puerta de entrada de mi casa se abre con una estampida y tres rinocerontes encastrados en trajes de ninja se mandan al galope, destruyendo el departamento mientras yo, por reflejo, me tiro de cabeza debajo de la cama; después de dos minutos de rinocerontes ninjas enojados, con una leve voz, un muñequito de madera articulado va y se pone de pie sobre el canto del toallón que tapaba las heridas que me dejó la arrancada de orejas, y balbuce algo que yo reconozco con la audición celosa que puede llegar a tener un desesperado que no sabe de dónde agarrarse para comprender aquello que lo está circundando y pone incidiosa atención sobre cada movimiento extraño que captan sus sentidos; ajusto el recelo de mi audición y escucho lo siguiente: “tranquilo, señor, todo lo que sucedió no es más que la consecuencia de los actos de alguien que ha encontrado la forma de hacer del mundo de mierda que tenemos hoy en día un mundo perfecto para el desarrollo de todos los que lo integramos”, descansa la voz un rato mediano y dice: “todos estos cambios que usted ha atestigüado en los últimos diez minutos no son más que la nueva manera de arrancar el día; puede que se sienta raro, no lo culpo, así es siempre la primera vez... pero con el tiempo, sin ducha, sin infusión, sin ropa elegida, sin tabaco ni otras seguridades, verá cómo la vida se pone cada vez más gloriosa y disfrutable para todos”. “¿Y si a mí me importa un carajo cómo lo viven y qué viven los demás individuos, ciudadanos, etc.?”, respondo. “Bueno”, dijo el muñequito de madera, “no podremos ayudarlo en tal situación...”. “¿Debido a...?”. “Si pregunta, le contesto: debido a su forma descreída de pertenecer a una organización que de manera conjunta busca mejorar lo propio permanentemente... Pero, por lo que escucho, no creo poder disuadirlo con argumentos comunes. Temo que debo preguntarle algo para testear su inteligencia: ¿cuál es la parte de su cuerpo que más le gusta?”. Justo cuando acabó de hacer esa pregunta me pareció ver hilos que lo comandaban. Yo lo carpeteaba por el espejo del baño. La impresión fue que el hijo de puta del muñeco pertenecía y respondía a organizaciones mayores, con voluntades encontradas y explotadas en favor de resultados que me perjudicarían. Como una catapulta que elastizan desde el mismísimo culo y que no infiere finalmente en su propio destino, terminé por pensar profundamente la pregunta liviana y superficial que me había asestado. “¿Qué me gusta más de mi cuerpo?”. Pensé y pensé... Nunca había pensado tanto; jamás me había resultado tan importante la gestación de una respuesta. Parecía tan pelotuda la pregunta que me importunaba verme realmente sumergido, arrastrado a ciertas profundidades. Todo resultaba díscolo, si lo pensaba un poco. Pero al rato de rondar esa idea me ideé. Me convertí en idea yo mismo y concebí la respuesta casi como un reflejo, como una convulsión indetenible. “¡Ya sé, pedazo de cabrón hijo de puta! ¡Ya sé qué es lo que más me gusta de mi cuerpo!”. El pequeño muñeco de madera, cacho de cabrón, perseguido por la sensación de tener vida útil, me miró a los ojos y se cagó de risa: “¡no te creo una palabra, pelotudo!”, levantó el tono de voz. Le tiré un cachetazo con la zurda pero como el muñeco era sólo una imagen me lo pegué a mí mismo. Dolió como la gran puta. “¿Dolió?”, me preguntó el muñeco. “No te das una idea cuánto”. “No te creo que sepas la respuesta que yo espero”. “¡Me importa un carajo, caja de fósforos! Ya sé qué es lo que más me gusta de mi cuerpo, escarbadiente de mierda... Lo que más me gusta de mi cuerpo es... mi cuerpo tiene una sola parte de la que estoy realmente orgulloso... y no podría haber errado la respuesta a esa pregunta ni a lo largo de todo un siglo... ¡Mi cerebro, enano hijo de puta!... ¡Ja!... ¡Ja!... ¡Enano de madera del orto! ¡Me gusta mi cerebro!... ¡¿Te va?!” El enano sonrió satisfecho y pegó un salto que lo dejó caer sobre mi cama. Yo no podía terminar con mis carcajadas y perecía que iba a dejar mi vida en ellas. No era voluntario. Con tres saltos más el títere llegó hasta el umbral de la puerta. Con una gran impulso alcanzó el picaporte. Dejó que la gravedad haga lo suyo y con la puerta abierta me deslizó una sonrisa: “¡Bravo!... ¡Bravo!...!” Henry terminó de picar las flores y armó un porro igual al que se había fumado al mediodía. Quiso convidarme pero no agarré; estaba hasta el tope de cerveza. Con el tiempo comprendería ese reflejo de proteccionismo que estrené ahí. Cada vez que mezclé, mezclo, marihuana con cualquier otro agitador mental, terminé, termino, para la mierda. Lo más leve que me pasa es ponerme paranoico hasta el tuétano, y presiento que el universo está atentando contra mí con cualquiera de sus manifestaciones. Todas las personas se vuelven sospechosas. E imaginariamente las extermino; el miedo viene cuando la posibilidad de pasar de la imaginación a la acción cobra probabilidad. Y si digo que estuve dos veces en esa situación, sé que no llego a la mitad. Lo he pasado verdaderamente mal bajo esos asedios, premuras. Bueno, no acepté el súperporro del rasta y mientras lo veía fumar y sumergirse en su propia nube de expiación me concentré en la cena. Al ver cómo le quedaron los ojos y los reflejos, di por sentado que en esa casa iba a pasar hambre de verdad. Demoró diez minutos en fumarse el cono que armó con dedicación y prestancia envidiables. Nada parecía alertarlo o perturbarlo. El tipo estaba realmente en la suya; en el humo estaba la suya. Culpé a la cultura. Me sobrevine diciéndome que yo no pertenecía a ella, que no podía ponerme a la altura del ritmo de fumata que en la isla practicaban... que no era para mí. Ni siquiera me animaba a dejarme arrastrar por el mínimo sentimiento de imitación que uno suele tener cuando visita lugares extraños, lejanos, contrarios a los propios. Esas emulaciones culturales son una forma sublime de hipocresía y mediocridad. Cada uno con lo suyo. Media hora después tocaban a la puerta. Era la hermana de henry, que traía dos platos humeantes. Se dijeron algunas cosas y la mujer se retiró saludándome con la mano. Hincamos el diente cada uno en su plato. Era un revuelto de arroz y de carne que estaba tremendo. Fantástico. En cuanto se resolviera lo del colchón ya estaba todo listo para pasar una temporada en Blue Mountain. Fui hasta el pequeño bar donde había pasado la tarde y me traje unas botellas de licor de vino. Ya no había más cervezas; “te las tomaste todas vos”, me dijo el que me atendió. Henry se armó otro porro y se lo fumó mientras charlábamos y nos tomábamos esas botellitas de 250 centímetros cúbicos, que fueron un manjar para terminar la sobremesa. El morocho sacó un espejo de mano y comenzó a revolverse las rastas, que no eran muy largas, no pasaban del cuello. Se notaba que las mantenía con celo. Era un rastaman vanidoso. Se acomodaba las rastas mirándose al espejo. Era un rastafari con aspiraciones estéticas. Más adelante, cuando me contó un par de historias de su vida, yo no sabría cómo encajar su pasado dentro de su presente. Había tenido su pequeño quilombo con la policía, el morocho. Estaba hecho una seda cuando me hospedó. Agradecí silenciosamente ese cambio que había practicado unos años antes de que yo pisara su terreno. Como venía la mano y con la experiencia que había recogido hasta ahí, sabía que iba a terminar compartiendo cama doble con el negro. Y así fue. Con las cabezas una para cada lado, uno fumado y el otro borracho, nos sumergimos a dormir. Cuando me desperté, estaba solo en la cama. La choza tenía una sola ventana, y aunque no era muy grande, era tal la intensidad de la luz del día que toda la habitación estaba iluminada como un teatro justo cuando los actores saludan al público. Podía ver cada detalle, cada foto porno que el tipo tenía colgada de las paredes. Unas negras impresionantes, con unos culos tan redondos que cada cachete parecía una pelota de fútbol. Me dieron ganas de clavarme una paja. Salí al palo de la cama y me puse mi único pantalón corto y mi única remera de mangas cortas. Llevaba tres o cuatro días vestido con la misma ropa. Eso me hizo acordar que tenia que ir a buscar el equipaje al aeropuerto. Al salir de la casa me sorprendió la calma. No vi el baño por ningún lado, así que la idea de una paja quedó relegada. Había una manguera colgada de la pared; abrí la canilla, me lavé la cara y acomodé como pude los pelos, que tenían cinco días sin un poco de champú. A diferencia de la casa de Bob, ahí no se escuchaba ni un sólo pájaro trinar. Era tan abierta, tan espléndida, tan cándida, la zona, con tanto bosque y selva alrededor, que los pájaros no tenían ni una sola necesidad que los obligara a acercarse hasta las menudencias que los humanos desechaban. El calor de las diez de la mañana ya era pegajoso. Ni señales de henry. Me senté bajo el sol, junto a la puerta de la casa, a fumar un cigarrillo y no pude sacarle los ojos de encima al cementerio. Tan atractivo. Tan abandonado y tan simbólico a la vez... Sin una sola lápida de cemento, parecía que los cadáveres podían salir a la superficie cuando les diese la gana. La sensación era de compartir la vida con ellos; no estaba nada mal. “Secundado por mis ancestros, vivo y respeto las tradiciones”, dibujaba un lema pensar en tenerlos allí, tan cerca y tan a mano. Como desayunar realmente con ellos. Apagaba el cuarto cigarrillo cuando vi a Henry llegar a su casa. Quise caminar toda mi vida como él. No había ni la menor señal de apuro en cada paso que lo veía dar. La sonrisa la tenía encastrada; precisaría un cortafierros y una masa para borrársela de la jeta. Nada más lejos mi intención que hacerlo. Con unas profundas ganas de cagar encima, repentinas, lo consulté por el baño. Me señaló un pajonal a siete u ocho metros de la casa. Me dijo que busque una casilla de madera. Salí rápido. Era el campo. El baño era una cabina como de teléfono público, cerrada, ciega, hecha de madera. Una puerta con las bisagras vencidas y un olor a mierda tan sofocante que, a cuatro metros de distancia, hacía que uno la encuentre sin problemas. La mosca más chica tenía el tamaño de un avión de guerra. “¡Me cago en la puta madre!”, pensé, “¡que sea lo que sea pero que sea rápido!”. Sin detenerme a pensar abrí la puerta y me sumergí en la casilla. Era desbordante el olor a mierda. Por un momento pensé que posiblemente estaba entrando en el único baño que había en todo el pueblo. Cientos y cientos de cagadas acumuladas en el poso que yo coronaría con la cagada que me era propia... Pero no, esa cobacha sólo recibía cagadas del círculo cercano a la familia de Henry... Quizá sólo de Henry, ¿quién sabe? Cuestión que adentro de la casilla había unas tablas que oficiaban de asiento y una tapa redonda con manija marcaba el hueco donde uno tenía que meter el culo. Respiré fuerte por la boca (prescindí del filtrado nasal de bacterias para beneficiarme de un ataque aromático más leve) y levanté la tapa pensando en los corales que había visto en Montego Bay a sólo diez metros de la playa, con peces que de tan brillantes eran refracciones que dejaban que uno los viera del color que desease. Metí los cantos de mi culo calculando cada milímetro que los separaría de esa montaña “azul” de mierda y depuse en menos de diez segundos. Tardé otros diez en limpiarme y salí al galope, con el culo sucio, para respirar nuevamente algo de aire puro. Tomé aire un rato y volví a la carga para terminar de limpiarme. Toda una experiencia. Al volver consulté a henry cómo llegar el aeropuerto de Montego Bay. Expliqué el asunto de mi equipaje y me preparé para dar una vuelta larga por la isla.