51- Aliándonos, primero, y ejecutándonos, después

¿Será que la ansiedad que nos aqueja a los escritores (los llamados `no consagrados´, claro es) es estrictamente necesaria para esta actividad (o necedad), y que, lejos de ser un mal o un padecimiento, es, en realidad, nuestra virtud mejor, nuestro máximo impulso creativo, y que si nos separásemos de ella entraríamos automáticamente, aunque creyendo ingresar en el paraíso de la creación inmediata, en un pantano pegajoso y alquitranado donde cualquier estupidez que se nos ocurra gozaría de una autorización errónea e inconsciente, eludiendo nuestra clasificación consciente y lúcida, que no es más que la calidad que pretendemos en nuestros párrafos? ¿No es, acaso, normal que una persona que intenta escribir pretenda primero vivir y experimentar en suficiencia las cosas para que cuando toque a su puerta la hora de su transferencia literaria esté ya parada en un campo lo más parecido al campo perfecto y lo más omnipotentemente segura para lo que intenta decir y comunicar? ¿No sería, entonces, mejor decir que uno de los tipos de seres “menos ansiosos” que habitan sobre esta tierra son los escritores, ya que esperan, con voluntad estoica, mucho más de media vida, peleando contra sus miedos más internos y eficaces, instruyéndose con autodidactismo ciego, autodidactismo que sólo responde a corazonadas personales, y que no le garantizan ninguna calidad ni razón en las palabras, ni cohesión de las mismas, con las que va a intentar poblar sus escritos en el momento que se sienta y crea preparado para ello?
Sí.
Entonces, acabo de caer en la cuenta, somos nosotros, los escritores, mientras se nos dice con insistencia: “no sean ansiosos”, los seres más preparados para consumir y soportar estados sostenidos y apuntalados de paciencia durante largos, larguísimos, eternísimos, años; ignorando, hasta el preciso momento en que sonó nuestro timbre de casa, que cuanto habíamos escrito durante esa espera, que pareció salada y que acabó demostrándonos que, en realidad, era dulcísima, que todo ese proceso era sólo la búsqueda, primero, y el aprendizaje, después, del estilo propio de escritura.
Y aunque nuestros timbres estén siempre rotos, dado que generalmente no esperamos ni pretendemos visitas, esa campanada, esa llamada, ese cachetazo, ese palazo en la cabeza, esa hermosa patada en el culo, es el único grito que acabamos oyendo con fidelidad cuasi absoluta; cuasi porque somos adictos a la difusión de los contornos, porque pocas son las cosas y asuntos que se nos manifiestan con claridad y definidas con exactitud delante y al alcance de nuestros sentidos. Lo que terminamos haciendo es poner mucho de nuestra orientación natural. Esa es nuestra jactancia y devoción: la orientación que vicia lo extrasensorial.
Mis respetos, renovados, entonces.
(Dijo alguien:
…”quizá todo cambie con el tiempo... pero, por ahora, la situación viene siendo así: soy demasiado inteligente para decir “sí, señor” y demasiado perezoso para el resto de las actividades laborales”…)

49- La colisión de las galaxias

Ni mal ni feliz. ¿Entonces? ¿Cuándo es, en realidad, el momento? Bah… ¡Lo de siempre! La camisa rasgada por lo mismo de siempre, las mismas manchas de presente y realidad sobre la ropa y el cuero escama. Pilas y pilas de excreción subcutánea y subcránea. Mismos fueros desterrados con iguales condenas. Ya ni cercena; nos olvidan hasta nuestros enemigos. Quedamos en el rincón de los retratos que huelen a polvo y humedad, a pasado y grasa de años, a miseria y almidón, a canción aburrida de fonda pernoctable.
Me viene la sangre con fuerza desde el alma, arrastrándome. Me encarrila y obliga a mi avasallo, me sumerge y moja, fría como nunca, irreverente y mala, complot y primavera, madrugada y espera interminables, conciertos mudos para oídos perspicaces. A veces me logro relajar; y me relame su tibieza espesa de rojo frambuesa, con poquedad talvina y enormes exigencias. Entonces me entrego y por ratos me agazapo. El temor juega y juega, y es su costado más atractivo.
Y me voy embelesado tras él…

48- Ni la guita ni el sustento

¿Qué mueve a un albañil a poner ladrillos, a construir paredes y estructuras que no va a utilizar? ¿Qué mueve a un cartonero a salir cada día o cada noche a patear las veredas y las calles de una ciudad que mata o de un pueblo que adormece? ¿Qué mueve a un ferretero a abrir mañana tras mañana su propuesta de tornillos? ¿Qué mueve a un médico, a un panadero, a un travesti, a un soldado, a un cura, a un jubilado, a un desamparado, a un rey, a un ballenero, a un camarero, a un zapatero, a un canillita, a un costurero, a un filósofo, a un músico, a una ladrón, a una monja, a un pianista, a un ventrílocuo, a un biólogo, a un tambero, a un sindicalista, a un asesino, a un perpetuo solidario, a un periodista, a un hijo de puta, a un proselitista, a un autoritario, a un meteorólogo, a su mucama, a una prostituta, a un curandero, a un predicador, a una persona que vive en la calle... en fin, qué moviliza a cualquiera de nosotros a hacer lo que hacemos cada día?...

…Un pulso.

Creo que nos mueve un pulso. Una corazonada. Una sospecha de luz que esclarezca, mágica, auto, azarosa y misteriosamente nuestras dudas magnánimas, esas que ni siquiera hemos llegado a comprender durante ni un ratito cómo es que se han conformado, y que, previsiblemente, acabaron confundiéndonos. Una necesidad. Una costumbre. Un engaño practicado y sostenido en los lugares que nos han hecho frecuentar desde chiquitos. Un cuento que nos contaron desde el final hacia el principio. Un prepararnos para soportar desgracias mientras seguimos construyendo lo que podemos, empujados por una fuerza que muta, silenciosa, en obligación engañosa, incomprensible en primera instancia y aborrecible en segunda. Una promesa de salvoconducto en seguida ocurra nuestro final biológico, justo detrás del borde exterior de la línea que es meta del camino de nuestra historia personal, capaz de librarnos de nuestros pesares, desorientaciones e incomprensiones permanentes o fechadas, y que, ¿paradójicamente?, es exactamente el objetivo hacia el que nos han impulsado desde beibis mediante mecanismos que hemos institucionalizado y cuya consagración disparó nuestra ruina. Una desesperación. Una prórroga consecutiva, voluntaria, cobarde y permanente de la concreción de nuestro deseo más glandular, hormonal, celular, viral, cardiaco, eeetttccc. Una visión insegura y alucinógena acerca de cuanto haya, si es que hay algo, más allá de nuestro último latido. Una promesa de concreción y de disfrute de paraísos instantáneos y automáticos que se erigirán, vaya a saber uno de qué manera, frente a nuestros ojos, apenitas después de muertos, pero que si observásemos con mínima tenacidad, o más bien con pelotas, no es más que lo mínimo que deberían ofrecernos como justa y cicatrizante retribución que pague por los daños y perjuicios desprendidos de todos esos actos traperos con que fuimos obligados, la mayoría de las veces con mentiras premeditadas que oficiaron de vector, a padecer la voluptuosa e interminable montaña de mierda y de basura que solemos padecer mientras vivimos en sociedad.

Ahí estábamos mi cabeza y yo cuando nos abrazó el pánico y su fuerza…