42- El polvito

¿Que cómo te queda el pantalón?

¡Me importa menos que el granito de tierra que ensucia el piso debajo de la heladera en el rincón que no se ve! Opinando que la funcionalidad de ese casi átomo de tierra es enormemente más útil que tu pantalón, y que te supera a vos, por haber ido a parar allí sin intenciones mediáticas. Así que mejor no me preguntes cómo te queda la ropita, porque te prefiero sin ella, muerta de calor y arriba mío; donde las células vierten su brillo tácito crepuscular, donde ordenamos disociarnos y buscamos el desmayo redentor, donde ya no sos vos frente al espejo como un fantasma con diarrea, sino el tono del rojo que sólo yo te conozco y que te mece. Te prefiero ahí: donde coarto mis paranoias y ciertas vulgaridades, donde pierdo la cabeza y encuentro el centro que te sube y que te baja, abusando de todo la gravedad dispuesta para nosotros y para nuestro ensamble, donde acoplamos, fundimos, mezclamos y vertemos nuestras arrogancias, donde la piel no es piel ni recipiente, donde chupamos con los dientes, donde mordemos con nuestros flujos de aceitar, donde los reclamos son esclavos de nuestros multiplaceres, donde no amanece ni anochece por no existir la luz sino un conjunto fugaz de estallidos alternados de nuestros espasmos fluorescentes, donde no buscamos adornarnos sino comernos en banquete mineral, salado y proletario; porque cuando estamos exactamente ahí, adentro del capullo, sumergiéndonos y emergiéndonos, blandeándonos, enemistándonos arriba y amigándonos abajo, macerándonos en las profundidades que sabemos de memoria, latiéndonos con ritmos conocidos, enmantecándonos y escupiéndonos, llorándonos de risa, matándonos con mermeladas y con azúcares, espiándonos a través del tercer ojo, caminándonos como playas puercas y encharcadas, justo ahí: donde cruzamos los dedos para que no acabe el show ni aparezcan los siniestros payasos a encumbrarnos, al reparo de la nada y expuestos al subtodo, acertadamente ahí: cuando te miro adentro de los ojos mientras te dejás, ahí, ahí, ahí: cuando te agarro fuerte del pelo a la altura de la nuca y te ofrezco todas mis descargas y mi semen, junto con mis muecas, con mis ingles y las tuyas, con mis ángeles desconcertados, con mis pájaros superlocos, con mis buscadores de letargos venideros, con mis olores a zarpar, con toda la tropa lista y enojada, con mis malestares complacientes, con mi frente contra tu frente flanqueada, con mi pecho contra tus gritos, con mis alaridos contra tus pretensiones, ahí: cuando te convertís en piezas de sodio, cuando te duele la intramuscularidad misma de tus dos puños llenos de interfuegos por apretar y apretar y apretar y apretar y apretar y apretar ahí; ahí nunca sé qué ropaje traías puesto en el arranque, en la precisa ignición, antes de la primera marcha, en la primera mirada interceptora, durante la búsqueda sagrada y primaria de aquellas diosas que van a lamernos muy suavemente los pies mientras escuchan todas nuestras plegarias dominantes, ahí: cuando te muestro mis diamantes más caros, cuando te abro las puertas de mi garganta, cuando te parto la cordura de entrecasa con un soplido chirlezco sobre los muslos, justo en su cima, con mis dientes apretados, con la rabia recostada encima de mi lengua, con las quijadas al vivo rojo, con mis putos razonamientos confinados a tu infierno, ahí: cuando empiezo mi viaje personal por mi mente para llegar al corazón de la tuya, cuando estropeamos el universo mordiéndonos las bocas, cuando nos apretemos pausa, cuando nos digitalizamos y nos analogamos despacito, cuando empezás a incinerarte, cuando los alaridos son gritos cachorritos, antes de que te clave la lengua en las pupilas, antes de que dejes de ser mía y pases definitivamente a ser de las manos de la perfecta impropiedad del sexo.

¿Que cómo te queda el pantalón?

¿Qué era un pantalón?