Las mejores manos que la escritura haya conocido alguna vez ya han escrachado en una hoja estas palabras: “soy un enfermo, soy un hombre malo”; y la verdad es que nos representan a todos nosotros, a todos nosotros que intentamos escribir unas palabras cada tanto, creyendo que somos grandes escritores que aún no han escrito nada importante pero que intuyen, erróneamente, que todo lo que tienen en la cabeza son excelentes ideas y nada más que excelentes ideas… ¡Nunca nada malo! Lo malo recién aparece cuando nos ponemos a escribir, ahí parece la mierda que no aparece nunca en momentos en que somos un torbellino de pensamientos excéntricos, trenzados con la más quisquillosa perfección obsesiva… De todos modos, como la exoneración del alma, o lo que sea, no viene dando excusas, es que paso al objeto, a lo anterior, al nucleo de de la molécula que trato de retratar y representar:
¡Soy un enfermo!
Soy un enfermo... y bien malo. No hay minuto del día en que no cavile mis perversiones. No hay segundo que no forme parte de los minutos y de las horas que derrocho en recorrer y recorrer esta cabeza, tal como es y con lo que le voy agregando cada vez más entusiasmado...:
...viene una idea que parece buena (no digo para escribirla sino para, solamente, dejarla ser y ocurrir como pensamiento) y, en el tiempo que dura un parpadeo, se desata la catástrofe cerebral. En ese momento no lo noto, pero es cuestión de que pase un rato para encontrarme en cualquier lado, cualquier sitio, aterrorizado.
Casi todas mis ideas acaban generándome temor; me doy asco por eso, pero no tengo otra verdad. ¡Mis ideas me dan asco y temor!... Y, entonces, ahí, en ese preciso y adorado y dorado instante…: ¡ahí es cuando viene lo mejor! Siempre viene lo mejor después del asco, después del tedioso y mortificante movimiento de esta maquinaria obsoleta que llevo arriba de los hombros cuando voy a comprar, como ejemplo a citar, el pan, un día cualquiera a la mañana… bueno, al mediodía, como mínimo.
Lo que más disfruto de estos procesos internos permanentes, de todas las barbaridades que dejo ocurran aquí, bajo mis pelos, viene pegado a mi sentimiento de autosugestión. Como si después de atravesar un laberinto construido con paredes de verdadera mierda forjada, apareciera un prado verde, verde y rojizo, verde, rojizo y azulado que huele a mandarines de invierno, a amapolas cuidadas con entusiasmo salvaje y a bebé feliz. Entonces, exactamente en ese punto, respiro con buena energía, me lleno los pulmones con ese frescor y dejo disipar esta imaginación que acaba de ser purificada de fantasmas y de pequeños roedores ordinarios y corrientes, que generalmente se instalan dentro mío cuando coexisto con ustedes en las calles o en todos aquellos sitios que no son mi cuarto. Con mis pulmones llenos, al fin, de una extraordinaria y estupenda majadería, buscada con insistencia voluntaria, superconsciente, logro pensar con claridad, sólo así alcanzo a resucitar de las continuas y consecutivas muertes en que me sume la vida cotidiana. ¡Y en ese punto... estallo con violencia! Con violencia que descargo solamente sobre y dentro de mí, apuñalando mis carnes y mis órganos, chupándome la sangre a borbotones, manchándome la cara y el cuello y el pecho de un rojo intenso, un rojo que no quiere más que escaparse de mis arterias y pegotearse contra el suelo.
…Así, arrastrado por uno de estos procesos fatalistas y seductores, fue que un mediodía de otoño, soleado y hermoso, terminé junto a la pileta de la cocina, completamente desnudo, siendo presa de convulsiones que hasta ese día desconocía, apurándome la vena gorda de mi brazo derecho con la punta fría y aguda de un cuchillo Tramontina…
Fue susto y fue gigante. Temblé, temí y dudé de todo todo todo... En su momento alcanzó forma, desenvolvimiento y comportamiento, con sus estupefactas consecuencias, de supertrauma, de megatraba sicológicap, necesitada, en apariencia, de una predeterminada exposición a la ultravioletabilidad de los rayos analíticos y subversivos de sicólogosp apuntadores, encausadores y vislumbradores de cuanto ya sabemos pero evitamos por indomabilidad de nuestra siquisp.
Mientras eso ocurría: ¡no era yo!... tampoco fui yo, Ariel, cuando desperté de la magnánima siesta que descansó el brote de:... ... ¿psicosis?, ¿paranoia?, ¿delirio?, ¿realidad?, ¿malos recuerdos reprimidos? o... ¿quién puede definirlo, verdaderamente? ¡Ni mis ojos ni mis sentidos saben exactamente de qué me agarré o qué fue lo que me succionó esa mañana trementina, que disparó que yo fuese arrastrado, conducido, por ese agujero negro sicológicop, por esa marea insurfeable de confusos recuerdos que me ocupé de darle trato de reales, por esa vía láctea repleta de alucinaciones estelares, que consagré como sucesos y como hechos ocurridos en tiempos pasados (equivocadamente; y eso es lo que me dice que la cabeza es una galleta de grietas inclasificables) y que doté con fueros infranqueables para protegerlo de cualquier refutación sobria, y que consteló contornos fantasmagóricos y demenciales, que hoy recuerdo con risas, pero que en su momento confundieronme y empujaronme a contemplar como viable la opción de tajearme las venas a lo largo...
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