18- Esperando la orden

Si me despreocupara, sospecho, podría llegar a pedir cierto manojo de deseos. Podría, incluso, enfrentarte y cachetearte con todo el amor que pudiste prometerme. Atravesarte y revivirte sería: una vacación, un 'por favor’ sin plata en el peaje, una canción con esa letra que me escupiste a la cara cuando te dije que no. Todo un reclamo te obligaría a que me ofrezcas. Una mirada sería, cuanto menos, un recurso de amparo. Averiguar tu dirección iría bien para un detective principiante, pero yo, que a fuerza de reproches ya me has convertido en todo un profesional, iría directo a tus antojos. Confeccionaría una lista incestuosa de todos los sitios a los que no pude llevarte. Y me pondría a llorar apenas te viese caminar hacia mi puerta. Bramar sería el menor de los reflejos; regar y cosechar sería un modo desesperado de estar a punto de quedarme sin vos. Podría soportar por vos toda una condena que perpetúe tus defectos. Tramitaría el repatriaje neuronal que generan tus caricias matutinas. Refregaría por varias trompas todo lo que te quiero y jamás ocultaría todo lo que te extraño. Cuanta palabra puse en mi boca o llegué a escrachar en una hoja sería un mal chiste, pero contado por un humorista de excelencia y de tablón. Podrías rejuvenecer, de pronto, y decirme que estoy viejo para tamaña declaración. Yo podría creerte y también creerme el cuento de que todo esto es cierto y también aprovecharlo. Estrenaría en pura gala el buen humor que archivé hace quién sabe cuánto. Me tiraría del cielo con lona y piolines en hombros para planear encima del aire y entre las nubes. Saldría del coma lácteo de mi desayuno y arrimaría a comas verdaderos, a esos que se llega con el pecho inflado o sin querer. Frecuentaría cuanto otoño se conozca sobre la tierra y reclutaría primaveras para destrozar los inviernos que nos congelan los huesos. Te miraría mucho más entusiasmado. Sabría cómo descorcharte en navidad. Sería Gaspar, Melchor y Alá, el más bajito. Me haría llamar ‘Zar Nicolás Ariel penúltimo’, en Moscú. O me mudaría a la gran Alejandría a vivir del tráfico de columnas y de sorpresas. Podría convertirme en letrista susurrante de alguna trobadora olvidadiza y solitaria. Bebería de la burbuja que crece en el centro de tu espuma. O andaría en bolas por la senda peatonal. Jugaría a silbarle a las madamas o me sentaría en la vereda a mirarlas pasar. Transferiría malestares a la cuenta de tu felicidad y extraería principiantas del cajero de las locas. Recrearía vergüenzas en el carnaval de Venecia o te podría escribir un blues en ´JA menor´. Petrificaría cuanto beso hemos intercambiado, para convertirme luego en antropólogo con erudición en lo que fuimos. Intentaría redescubrirte, reinterpretarte, reescribirte y degenerarte cuanto antes. Pasaría, con un paso, de las caricias al manoseo salvaje, de la proposición al ultraje, del caribe a la hoguera, de la cama a la escalera, de la noche a la mañana y desde la feroz revuelca retornaría sonriente a la caricia liviana.
En cuanto me arrimes un guiño arranco.
Saludos, che.

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