26- Uno pesimista

Cuesta creer que esta mierda pueda todavía empeorar. Que algún día no me quede ni calores, que es toda mi queja de hoy. Que logre caer en el recuerdo de los que han perdido la memoria. Que ni migas haya para limpiar sobre la mesa. Que no haya nadie con quien ir a cenar el día que sobre algo de guita. Que pueda ir perdiendo los dientes y las muelas, uno a una, de tanto masticar futuros prodigiosos, mientras creo que la mierda cotidiana puede todavía empeorar. Que fueron, en realidad, cielos dorados los instantes precedidos, que creí infiernos, si los comparo contra los actuales. Que tengo mucha fuerza por perder y, quizá, un día cualquiera no logre ni dejar traslucir estas incertidumbres. O no pueda mirarte a los ojos con firmeza y sostenerme a tu alcance. Que se pueda morir de hambre frente a un plato de polenta. Que la letanía alcance profundidades memorables y ya no queramos respirar. Que la pereza que engendra este rollo cotidiano pueda dispararse y atravesar todo horizonte razonable. Que la quietud mental reine una tarde cualquiera de otoño. Que desprevenidamente nos encontremos un día en el mismo centro de la nada; donde, puedo afirmar, creeremos que hemos tocado fondo y que ya nada podrá salir peor. Y vamos a sentir cierto alivio, ¿cómo no? Pero nos vamos a tomar un segundo para asimilarlo. Y en ese único instante vamos a perder el oasis; vamos a perder todo aquello que nos quedaba para poder agarrarnos firmes y tomar envión con el fin de resurgir airosos y aprendidos. Vamos a perder el centro mismo de la nada. Y cuando eso suceda, mis corderitos, habremos de caer en la cuenta de que toda mierda, por sucia y pequeña que sea, puede, un día cualquiera, empeorar.
Y ahí estaremos, todos abrazaditos, donde sólo sonríen los que tienen huevos.

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