57- SÚPEROJO (Novela)

Toda la literatura no es ficción.



A

Salimos con Rodrigo hacia la casa de su novia un viernes a las diez de la noche. Una pendeja amiga de ella me esperaba a mí. Yo no la conocía. Un monodepartamento en Ángel Gallardo da bastante calor cuando aloja a cuatro calenturientos de dieciocho años que a intercalo se empapan y se empalan. Después de unos cuantos vinos yo ya estaba dormido en la cama que salía de abajo de la cama de la novia de Rodrigo y escuchaba, entre sueños, cómo me gastaban los tres, bajo el arengue de mi gran amigo, hoy ex conocido. Mi orgullo peleaba con el vino y el vino ganaba y ganaba, cada minuto ganaba más y más... Pero de pronto, como si alguien me hubiese soplado desde el culo y hacia el lado de adentro, logré despejarme lentamente y después de un par de sacudidas de cabeza contuve bien la estampa y hasta esquivé vomitar como un novato que era. Con toda la hombría que ahora cargaba en los hombros arremetí yo. En poco tiempo estaba tratando de metérsela por el culo a la amiga de la novia de mi amigo, tirados en un colchón en el piso de la kitchenet. Imposible. No entraban, ni la verga en el culo ni el colchón en la kitchenet. Nada entraba en ningún puto lado esa noche de mierda. No tan de mierda. La mierda tiene esa tibieza... tan de entrecasa... es tan diáfana, por ratos... que sabe armar un festín en menos de lo que dura un trago de vino.
De la cocina pasamos al baño. Más chico todavía. Pero con tanta agua alrededor, tras las paredes, por los caños, que uno siente mecerse como en una matriz, entubada como un gran arroyo que inundara por temporadas una ciudad. Nunca hubo forma de que le entre la poronga, ni en el culo ni en ningún otro lado. Ni agarrándola de los pelos pude hacer que me la chupara un rato; y bien sé que con bastante menos de "medio" rato de chupada yo ya estaba listo para menguar un incendio “clase B” sólo y sólo: sólo yo y sólo con esperma.
"No, no me gusta chuparla".
"¿Mh?"
"Que no me gusta. Pero si la próxima vez que vengas traés dulce de leche... sí, te la chupo toda".
Ahí terminó mi noche. Me vi agarrado de la argolla del tren Urquiza, viajando parado para capital, con un pote de medio quilo de dulce de leche repostero suspendido en la mano libre. La verga se me bajó, buscó su cueva cotidiana, y no pude más que atinar una sonrisa que se partió a la mitad cuando sentí llenas, repletas, las cavidades de mis huevos.
No hubo regreso con dulce de leche a Ángel Gallardo.
Sí hubo regreso sin dulce de leche a Ángel Gallardo.
A poco tiempo de esa noche rara, verídica, hubo la noche.
Cumplí y festejé diecinueve años. Enero, 18. Noche calada por calor, cerveza, música a los tumbos, cuando alguien dejaba de beber unos segundos y daba, o lograba dar, de plano al botón play con el índice u otro dedo, y por la zozobra. Junté un hermoso puñado de borrachos en la casa de mis viejos y logré que el escavio alcanzara para untarnos. A media noche llegó Rodrigo, con su novia: la amiga de esa pendeja que no bebió mi poronga por el culo ni por ningún otro sitio. "Andrea". "Hembra, muy hembra, hembrívola". Sabía caminar despacio, muy despacio, moviendo el culo con un gusto y una sarna que invitaban a probar con la boca y a contagiarse con toda la piel (terrible órgano, ése). Alta, dorada, marrón candente, del sur, Trenque-Lauquen, Patagonia, viento, frío, la nada, pero unas tetas, unas caderas, una forma de llevar una viva, tenaz y despreocupada búsqueda de pija, que hacía parar los pelos del orto como cuando uno pasa el brazo cerca de la pantalla de una TV de las de tubo. ¡Estática! ¡Eso! Ella había venido especialmente a visitar a Rodrigo en tiempo de verano, tiempo en el que su papi, diputado de por allá, sabía cómo retenerla a gusto y anchas. Nena casi rica, supo decir "¡no!" a los regodeos paternos y encaró para Buenos Aires a ver al pelotudo de mi amigo. Llegó, y al otro día, noche, estaba en mi casa, feliz de estar con él, feliz de estar, feliz de... Desde que pisó la casa de mis viejos que Rodrigo no hizo otra cosa que menoscabarla, maltratarla, basurearla sin motivos aparentes; como una jactancia, practicaba él, pelotuda, de poseer una hembra deletreable, una magatetona y maliciosa, encantadora y manoseable todo el tiempo, perra y subvertida, con esa cara tan hermosa que gesta la devoción de la poronga... dos horas después de los primeros vituperios de su parte, hacia ella, Andrea me buscaba a hurtadillas para lamentarse los maltratos. Me costó mucho mirar pero terminé por ver. Más la maltrataba él, más se arrimaba ella a mí para lamentar su mala suerte, los malos tratos recibidos. ¡De no creer! Yo no lo entendía pero dejaba hacer. Cada pulseada que él creía estar ganando de una batalla, secreta, aparente, entre ellos, era yo quien ganaba algo realmente: y era que su sospechable tierna y dulce conchita quería acercarse a este D`artagnan, artífice-anfitrión de esa fiesta suculenta que iba a envenenarse, inevitablemente, de un momento a otro. Cuanto más insulto ella recibía más hinchada se me ponía la verga; cuanto más se veía ella vapuleada más brillante se ponía la cabeza de mi pija, encerada, por la hinchazón. Toda esa mujer quería ser tratada bien: y Andrea quería que se la cogieran bien, muy bien, para sentirse bien tratada. Era la mejor hembra que yo había visto jamás, cargaba tal sensualidad... que verla sufrir por los agravios de Rodrigo no conmovía nada en mí, sino que retroalimentaba mi sospecha de que todo fluía, y todo significaba su dulce concha hacia la cabeza de mi verga, que a esta altura no quería más que restregarse por esos labios marrones, patagónicos, nunca agónicos, de esa gran hembra del sur. Todo siguió así. Él atacando y ella guareciéndose enmigo, bajómi. Todo un gran protector me había vuelto esa noche... ¡Claro que sí! ¿Cómo no? Intuido, ya, el camino de la gloria, viéndome arrastrado suavemente hacia él, meneándome dulcemente sobre sus aguas y sin un mínimo atisbo de derrota, no hice más que dejar pasar el tiempo, la noche, los agravios: eso que, a esa altura, ya era para mí, y sólo para mí, el juego previo de un gigantesco, inconmensurable, polvo, que con débil pero perceptible guiño me invitaba a aguardar, me invitaba a, por primera vez, plantear una estrategia segura y húmeda para terminar la noche como se me estaba mostrando sensualmente que podría redondear.
La cerveza se acabó hacia las siete de la mañana. ¡Una tragedia conurbana! Salimos en bandada por el medio de la calle hacia el único lugar que vendía alcohol. Durante todo el camino Andrea se agarraba de mí, de mi brazo, y se lamentaba por lo feo que la estaban tratando. No era para tanto, pero era algo... Ocho cuadras y compramos cinco cervezas frías; ocho de la mañana de ese diecinueve de enero. Andrea se apiñaba contra mí; ahora con un poco más de disimulo, todo estaba más calmo. Los soldados de la guardia de la espuma, aquellos que quedaban en pie, reían, renqueaban y mascullaban, jodían y detonaban con las últimas botellas. Rodrigo hacía su ridículo perfectamente y ya ni sabía que su nenita del sur andaba por ahí, codeándome con sus láseres. Viento, popa, polvo, jugo, tetas, caramelos, sable. De golpe dios recordó que Ariel cumplía años y que quizá tuviese ganas de coger... dios..., ese hijunagranputa que vez/lustro osa, si apela, recordarme. Y mi vez/lustro surcó través mi cielo, esa misma noche-fantoche, e hizo que pasara por allí un auto con tres o cuatro borrachos nómadas que Rodrigo conocía de algún lado... y tan “inherente” al hermoso y salado sexo que exhalaba Andreíta era él, que subió a ese vector rodante, de descarte, que Jesús y la puta de su mujer sirvieron para mí... y para la hermosa de ella.
Con el resto de los minutos todos dieron a la fuga...
Complot: matemáticas elevadas.
Ella y yo.
Al Fin.
¿Ahora?
En la cadencia de los ríos está toda la cadencia.
Primero se lamentó porque finalmente pasó lo que suponía, que era lo que ella quería, que era lo que yo quería. El quiosco estaba frente a una estación de servicio; la estación de servicio era una esquina de ángulo angosto y al lado, sobre la avenida, había una casa con grandes árboles en la vereda. Dimos los primeros pasos hacia allí. En silencio. Masticándonos, levemente. Necesitando el manoseo. Yo no sabía cómo empezar. Ella seguramente sí, pero cesó. Me abrazó despacio. Mi culo pegaba contra el tapial de la casa, dudaba, mi culo. Sin sol pero con toda la luz conque amanece un verano, me quedé estático. Yo sabía que iba a ganar, ella sabía que iba a ganar: ninguno sabía cómo... Le dio por llorar... Buen ablande, eligió la perra hermosa. Yo abracé..., ¿qué más, por hacer? Pera suya a hombro mío, pera mía a hombro suyo. El calor hizo lo demás; el verano apareció; las hormonas no saben jugar... ¡van siempre al frente! Enroscó su cuello sobre el mío y me dejé; escuché su respiración y me pegué a su mentón... el resto vino sin que lo decidiéramos. Un poco ella un poco yo, ella yo, ella, yo,... le metí la lengua como si la extrañara de alguna guerra mundial, ella respondió con muchísimo más lengua: en punta, atravesada por la humedad de la boca que yo tanto había imaginado y que acabó duplicando mi imaginación de humedad de su boca. No podía dejar de pasar la lengua. La lengua, el paladar, las encías, la lengua, las venas del paladar, los relieves de las encías, la lengua, la punta y el tronco mismo de la lengua de Andrea...: no puedo olvidarme de toda la saliva que había para mí. Chupaba y chupaba la saliva de su lengua; tibia, rica, prohibida, eso más que nada; la lengua, era, de la lengua de mi amigo... tantas lenguas hacían que recordara que yo no creía en nada más que en lenguas... fueren de quien fueren.
Casi corrimos hasta lo de mis viejos. "Te acompaño hasta tu casa", mi pija era una gran llave Stheelson entremetida en el pantalón-short. "Por favor...", me dijo con jadeos cortos y precisos adentro del oído, incrustándose, y sentí que la leche me venía con fuerza desde el centro de las pelotas.
En media hora estábamos esperando el tren Urquiza, y yo me disponía a regresar a Ángel Gallardo, sin el medio quilo de dulce de leche repostero que necesitaba su amiga para untarme la última capa de piel de la pija y poder chupármela como mandaba dios y ella prometiera...
Sobre el verde de los asientos del trencito, mi cabeza, y sé bien que también la suya, rondaba orillas puramente hechas de carne. Ella recostó entero su cuerpo por la espalda, sobre el llano, y dejó que penda, o casi penda, su cabeza sobre mis piernas. Comenzaba el zigzagueo de su columna que habría de conocer, supe, en un rato.
"¡Cómo vamos a dormir, cuando lleguemos!", maltrató, la muy degenerada.
"No te voy a dejar dormir un minuto", engordé, todo ese clima pederasta, gestado con el esfuerzo, literal, de diez horas invertidas en su defensa, como bufete de boga-bogas.
"Jajejijoju", trinó en susurro.
La media hora que siguió de viaje fue como un intento perpetuo de que no se durmiera, de mantener la mecha al palo, de poner palos en la rueda que intentaba rodarle sus sueños... construí un hotel entero en un salar, con azúcar negro.
Acaba tren comienza subte. ¡De nunca acabar!... ¡De! ¡Nunca! ¡Acabar!; ahí, en "¡acabar!", estábamos mi mente y mis pelotas infladas... conjunción.
Dos cuadras, después de bajar del tren del subsuelo... ¿Dónde carajos es que vamos a coger?, quería preguntar de un grito...
El portero no estaba y entramos y subimos como soplados. Tres pisos de inquietud ascendidos vía-cableacerado.
Sin la amiga de Andrea ni el amigo mío, el derpa se veía como un cuadrilátero. Era todo cogedero, todo-intuición, todo-derroche, todo, todo, todo. Entrar fue como empezar a lamer, como pasarme el dedo más largo de mis manos por la saliva y tratar de hurgarla. Pronto, pronto, belcebuito. Bajo el pantalón yo tenía mezcladas varias mostazas. Ella, vi ahí, también. Avisó que iba al baño y me invitó a ponerme cómodo.
"Ya vengo..."
Cuando salió del baño, a los tres o cuatro minutos, yo ya estaba muy cómodo: el short fugó, la remera fugó, el zoncillonca no, y meneaba un vaso de cerveza, que ella avisó había en la heladera, con una de las veinticuatro manos que me habían crecido al entrar en su territorio.
"¡Ah, bueno!", me soltó cuando salió del baño.
"¡Ponete cómoda!”, le dije antes de entrar a lavarme la poronga, que parecía, a esta altura, un muestrario de gamas de blanco, pardo, leche.
Entré en el baño confiado, dejé el vaso donde pude, saqué la mini-víbora del estuche y la puse bajo el chorro de agua fresca. Enjuagada bien la cabeza no había quién me detuviese...

música
Droga. f. Sustancia mineral, vegetal o animal, que se emplea en la medicina, en la industria o en las bellas artes.
música

Boca abajo, colchón al piso, poca tela de cama, tobillos uno sobre el otro, piernas extendidas, pubis bajo rosa, bajo tanga, reposaba sobre algodones, ombligo semiapoyado, tetas perfectas separadas del llano y colgando amablemente, juguetonas quedas, descansando contra los antebrazos dentro de un corpiño incapaz de contenerlas. Casi me caigo de culo. ¡Sencillamente no podía creer que aquello estuviese ocurriendo para mí! Años esperando que el sexo animalado se presentara ante mi puerta y golpeara pateándola. ¡Y finalmente caló tanto grito de socorro sexual que había estado esbozando desde eones atrás!
"¡Ah, la mierda!", balbuceé.
Caminé hacia ella y mientras me acercaba levantó lentamente el culo precioso del que era portadora hasta quedar en cuatro patas, ronroneando. Di la vuelta al colchón, mientras ella, amablemente, muy amablemente, quebraba la cintura y arrojaba al norte su candor, el centro mismo de su sexo-carne, su redondísimo ojete, precisamente, y la encaré por atrás. Le separé los cachetes, tensamente, con las manos. Asomaron los labios por fuera de la bombacha y el agujero del culo apenas quedó escondido detrás del trasluz de la angosta tela que nacía en tanga hacia la cintura. Era pan, levando, a punto de ser horneado. El horno ya caliente, listo para cocerlo, entibiaba la masa y la hacía crecer, induciendo a que se abriera, con tersura y humedad. Manjar a masticar, a sorber, a erizar... Empecé por chuparle, firme y suave, los costados de los labios que estaban por fuera de la tela rosa. El olor era perfecto: fresco y salado. Recorrí durante mucho tiempo, sin mover nada de nada, ni de ella ni de mí (respirar profundo parecía suficiente peligro para deshechizar), con la lengua en punta, esa concha que se iba abriendo, cándida. Con intercalo, enanchaba la palma de la lengua y la chupaba por encima de la bombacha, sintiendo que toda su humedad y toda mi saliva desintegraban el entramado mismo del tejido que nos separaba y que nos unía a un tiempo. No corrí la tela sino después de un cuarto de hora, cuando estuvo tan abierta, tan profunda y dilatada que no aguantó más y empezó a contonear el culo con circularidad contra mi boca, primero, y contra toda mi cara, después. Me enrostraba toda la concha perfecta, abierta, blanda y sumisa, mientras yo mordía y chupaba con desesperación cocodrila. “¡Ésta es la venganza contra toda mi adolescencia seca!”, pensaba, yo. Andrea gemía con furia, gemía y gemía como una loba, una loba salvaje, hiperdentada, y clavaba los dedos en el colchón, mientras me pedía, enajenada, que siguiera. Ahora yo había puesto la lengua rígida, bien larga: de un sólo golpe se la metía y rápidamente se la sacaba del agujero, se la metía y, cuando estaba adentro, bien adentro, justo en el fondo del canal, movía para arriba y para abajo la punta, quebrándola, eléctrica, seguidamente, sacándola luego rápido, y miraba el detalle de la voracidad de su vagina cerniéndose y tragando el espacio que yo había generado. Metía, quebraba, sacaba y miraba. Metía, sacaba y miraba. Metía y sacaba. Metía y sacaba. No me cansaba. No habría podido cansarme nunca. Congelado pero capaz de moverme, me mantenía, milenario, en esa repetición, observando, inagotable, como su conchita esgrimía las contracciones que yo contemplaba con el azoro que, imagino, genera el hallazgo repentino de un cielo boreal. Andrea estaba en el cielo y yo estaba más arriba, en un cielo subsiguiente. Esa fue una mañana que a mí me inyectaría la capacidad de seguir fuere como fuere, por siempre, con la ilusiva idea de volver a encontrar otro momento idéntico o mejor. Magnavitaminas. Meganostalgia, ahora que lo pienso.
Sorpresivamente, Andrea torció el cuello y me echó una mirada desesperada: "¡Cogéme!..., ¡quiero que me cojas!... ¡Cogéme ya!"
El sexo es psicología.
La psicología es sexo.
A partir de ese momento dejé mi cuerpo y mi cuerpo quedó bajo el mandato de mi totalidad. En pizcas fue que transformé, pizcas fue hacia donde metamorfoseé. Lo abarcaba todo, mi momentánea y nueva conformación; de todo cargaba un poco, un poco suficiente, un poco capaz, autótrofo, el gran poco.
Inspirado por una calma que hasta ese momento desconocía, bajé toda esa tanga rosa que ya no contenía nada de nada porque la concha de Andrea chorreaba, expansiva, iluminándonos. La luz del departamento estaba bien prendida. Los ojos comían como nunca; tragaban carne y más carne hasta brindarse a un hartazgo que prorrumpía en la escena regenerando y enalteciendo todo ese lívido, conjunto, presa de la claridad semibrillante de las diez de una mañana cualquiera.
Por reflejo descargué una buena palada de saliva sobre la palma de mi mano derecha y masajeé todo el frente de su concha, abriéndola más. Yo sentía que iba e explotar... Nunca sentí que fuera a acabar en poco tiempo, ¡no!, jamás se me cruzó por la cabeza la idea de tiempo-sexual, todo estaba más allá de las especulaciones corrientes y ordinarias con las que se mira y juzga una copulación. El tiempo estaba siendo incinerado a lengüetazos, lengua contra lengua durante un buen rato, como dos palitos a acalorarse para ser servidos por el mismísimo fuego; y el sexo no era nada... Eso no era sexo. Porque el sexo es una parte de algo y eso no era parte de nada sino que era un todo, mismo, inabarcable. Ese encuentro fue la fuerza misma de dos limbos que maquinando individualmente su propio deseo lograron, ¡sin que se lo propusieran (esa fue la eventual fórmula mágica e independiente)!, encontrarse, primeramente, sin objetivos, sin pretensiones, acabando como víctimas del perfecto trato que guarda el vertiginoso acto de la liberación magnánima. De hecho, nunca jamás volvimos a coger, ¡nunca jamás! Y no fue porque yo no lo intentara... "Dulce cachorro despabilado...". Hoy día, soy plausible a abandonarlo todo por tener un encuentro, más su víspera, como ése. Pero sé que no ocurriría como yo, mediocremente, bien mediocremente, lo deseo. Eso es otro tema...
Fui al frente de lleno. Sin forro. Consagrándome al juego. Limpio. Impío. Soberbio. Inescrutable... pero modificable en millares. De eso se encargó ella, de malear; de lanzado a masticado pasé sin advertirlo. Un caramelito inexperiente, era, soy, seré. Todo un deseo de ardor, bien apretado entre dos yugulares desconocidas. Una franqueza que sabe algo que no puede tantear, trasponer más allá del límite de su propio secreto, que no logra tratar con magníficos toqueteos, y que desprovisto de consejos se deja barrer por la ola del placer brindado; abanderado externo, fronterizo, apolítico y descreído de las putas fronteras separatistas (célula, órgano, organismo, familia, comunidad, pueblo, ciudad, provincia, país, continente... ¡infinitamente fronterizados, divididos y cercados, somos y estaremos!). Todo un jamón a cocerse por salitre, higroscópica: cualidad muerta de sed sumida en la eternidad de las cualidades inmodificables.

música
Sentar la muerte a comer de tu propio plato es uno de los mayores, menos pensados, menos modificados, sacrificios terrenales human-raze, llevados a cavo todo el tiempo, todo el todo, toda la sangre bebida de a gotitas férreas, morcillas enajenantes. Quitarán la anemia, premiarán la sobreabundancia de Fe, pero olerán siempre a matanza. Serán eternamente nuestra malaria. Que el ser humano se haya dejado pudrir, primero por una ignorancia y después por aquello que devino denominado en confort, es una de las mayores asquerosidades con que nos describimos, con que nos revelamos y movemos como detractores implacables, como canillas vertedoras de glóbulos rojos escondidas detrás del enjuiciable y condenable placer popular con que se conoce a "el asadito". Necesito un cacho de carne antes de seguir por acá. Ya lo huelo, asándose bajo el carbón vegetal que ha dejado también una víctima biótica oxigenante. Todo lo que crece mata para crecer. ¡Ley! ¿Ley? ¡¿Ley?! Matar no es una ley, es un axioma. ¿Su diferencia?... ¡Buscala, perro de mierda!: acostumbrado a que piensen, sientan y elaboren por vos todas tus responsabilidades...: ¡Ámbar amargo, vapuleador del brillo dorador que lo origina! Lastimante de mi corazón penumbroso, y con "penumbroso" significo obscuro y maloliente pero no tan profundizable, no tan profesional del equilibrio de la mierda humana...
Pero el sexo... el sexo... el exo... el ex... l ex... ex... x...
Gran pictograma conforma el cruce de esas dos rectas cortitas y pisadas recíprocamente por sus medios... ¿Qué tendrá de misterio y qué de misterioso ese símbolo, signo, metáforagráfica?... ¡Nada, ¿sabes?! No tiene nada de misterioso. El misterio y todo el resto de las cargas semieléctricas que conocemos sin conocer, fehacientes, qué conforman o qué significan son fantasmas impalpables, enharinados pasteles huecos, crudos, indigestos y en sumo olvidables. Mierda puede ser cuanto estemos viendo, permanentemente, que nos conforma: más, siempre, tenés que saber que esa es tu debilidad, eterna, inapelable, impermeable, pero que bajo kilómetros de lucha sacrificada (¡y más te vale que no preguntes acá qué es lo que significa el sacrificio!) no será modificable ni un poco más macanuda. “¡Antes muerta que sencilla!”, esgrime la muerte del ser humano mientras se emplaza sobre el sendero prefabricado de algún desfile de modas erigido por ahí, siempre en capitales, sociales, económicas, o pelotudas: significante, de éstos dos últimos, compartido.
música

Entraba y salía, resbaladizo. Agarrándola de las tetas por sus pezones, con índices, pulgares y medios, mientras le daba la debida murra que imploraba. Con cada golpe de cintura que asestaba las tetas se balanceaban, daban giros, iban y venían, colgaban como salames en ganchos en un granero. Gemía, gemía, gemía... inacabable. Me traía a los tumbos. Yo no sabía cómo seguir. Salí de sus fauces, rápidamente. Jadeando, extinguido. La agarré de las piernas, torciéndola hasta quedar boca arriba. Solita se agarró por sus rodillas, por la parte de atrás, y separó las piernas... ¡Quise meterme entero dentro de ella! La volatilidad de toda su concha pidiendo, exigiendo, que la penetraran me sacaba de quicio. La agarré por los tobillos, y se los pegué contra el colchón y contra cada una de sus orejas. El culo se despegó levemente de la sábana y Andreíta quedó celularmente expandida. Como dentro de un rulo cárnico me introduje, megatromba que absorbe hacia su centro, taladrando. ¡Gritos sólo se escuchaban, de ella, de mí, del universo, testigo de este polvo descomunal y vertiginoso!

música
Hay un punto donde se siente que uno ha llegado finalmente al fondo de una mujer. Que está restregándose ya, desde hace un rato, contra el frente, la cara, el tope mismo de su aljibe. Pretender robar agua allí es obsoleto... El agua habita en otro lado, en los comienzos, en la entrada de las materias primas que acaban convirtiendo al agua, gran pre-mecanismo cromosómico, en ciertos flujos y aceites corporales que favorecen las maternidades y las paternidades... ¡Desde el agua empieza...!
música

Andrea tomó la iniciativa. Me dio un golpe seco sobre los hombros, con sus palmas. Frené de inmediato, asustado. Sonrió y suavemente me tendió de espaldas sobre el colchón. ¡Ternurita! Teniéndome, abatido, boca arriba, se vertió sobre mí, abrazándome con el canal. Se la metió despacio, toda. ¡Ahí fue que ella apareció! Entre helado y estático dejé hacer, que propinara para mí. Estaba en unas preciosas y excelentes manos. Con toda mi pija adentro, casi con un sólo golpe de labios, se expresó. Primero la tuvo, sumergida, disfrutándola. Al rato comenzó con ese jueguito que yo nunca habría de olvidar... Apoyó bien la base de sus muslos sobre mi pubis durante un rato, donde contoneó y contoneó y contoneó las caderas, como si el tiempo fuese una hierba a fumar con el cuerpo, pulmónido total, comenzando el desate. Bien abajo, me raspaba todo el frente del derredor del nacimiento de mi verga. Restregaba, restregaba y restregaba... ¡hasta que disparó! Subía un poco y bajaba, comiendo pija, subía aún más y bajaba, comiendo aún más pija, subía, y parecía que la muerte era un juguete de goma, inofensivo. Andrea arrancó. Se clavaba la poronga a antojo: babor, estribor, babor, estribor, norte, sur, babor, norte, sur, estribor, la popa era algo que no existía... En uno de esos viajes donde comía y desechaba tronco de poronga... ¡hizo magia! Subió, subió y subió tanto que al creer que todo iba a desmoldarse, a salirse del agujero de ella, me vi eternamente sorprendido: siguió subiendo, subiendo, subiendo y antes, específicamente antes de que la cabeza de mi verga saliera del todo de sus adentros, frenó; frenó con tal brusquedad que yo quedé esperando la interrupción. Al detenerse, cosquilleó. Frenó tan apropiadamente que, estática, contuvo la cabeza con los labios, chupándose a ésta como una anguila de río, y en ese mismísimo instante movió con tal precisión la puerta del orto que restregó durante un rato, masajeando, la punta de mi pija, calentándola con la fricción. La solapó un rato y volvió a tragársela, dejándose caer mareada al vacío. Jugó, jugó y volvió a levantar vuelo. Me cabalgaba unos segundos y se elevaba, hasta quedar montada sobre mi pija pero sin que se saliera, y allí comenzaba a embadurnarme. Yo no me movía, fui pétreo. Bajaba un rato y subía, blanca, muy blanca, como una gran nube cristalina que lentamente se agrisa, queriendo con su carne el tono oscuro y obscuro que la transformará y hará mojarse por dentro y finalmente hacia afuera, expulsando todo lo generado dentro del mismo fuego. Fuego y agua... ahí está el misterio. Uno con el otro es impensado, pero uno sin el otro también... Andrea fue fuego y fue agua (debe serlo aún pero ya no puedo imaginarme cómo), fue trueno y relámpago vigoroso, fue el latido mismo de un gran tambor que llevaba dentro de ella no sé bien en qué parte; pero que estaba, que estaba y se sentía, que vibraba y vibraba agolpándose... latidos amplificados través gemidos y cháchara sexual. Una TNT única, que algunas noches me da todavía por extrañar. Ella seguía elevándose hacia el pequeño cielo de mi pija y me lo untaba con su mermelada salerosa; yo la miraba, miraba también qué estaba haciendo, trataba de comprender, confundido y extasiado, perdido y encontrado, hundido y reflotado; es que esa hija de puta me lo estaba dando todo: me daba lo que esperaba más todo lo que nunca había imaginado podía recibirse... una perlita tailandesa de la Patagonia, que huyendo del frío descubrió que era ella la gran portadora del calor... y que no tenía pensado quedárselo para sí, sino que estaba dispuesta a compartirlo con aquellos que le cayeran en gracia, y, al mismísimo diablo agradezco, hube sido yo quien encontró en uno de sus propios bolsillos, aquella noche, ese gran número ganador! ¡Un loterizado, fui! Le había pegado al gordo y se la estaba clavando a la flaca... ¡¿Podía pedir más?! ¡No lo creo! Pero el mundo es tan hermosamente hijunagranputa que cuando uno siente que no puede pedirle más a la vida, la vida va y se despacha con otra sorpresita que lo dispara a uno a sentirse, de pronto, como el mal negociador que siempre fue, es y será, concienzudo. A la loca le quedaban estrellitas multicolores para gastarse con este mendigo, con este cartonero del sexo, perdido, íntegramente extraviado entre sus dos pares de labios fluorescentes y esa épica boquita que triangulaban conjuntamente, alojando en su estructura suspensiva más misterios que el triángulo chupóptero (¡a fiche!) del Caribe norte. ¡Pandora Box, fue para mí esa noche! Mar que mezcló a la perfección las aguas de la perversión, los tiburones del morbo, los esotéricos pecezuelos que nadan la inabarcable esteleridad submarina con que se devela el universo cada noche ante la mediocre visión que le ofrecen nuestros ojitos terrenales. Siguió y siguió con su jueguito de hacerle creer a mi poronga que iba a ser abandonada de un momento a otro; yo ya no veía, y ella lo sabía, y ella abusaba... Hoy día creo que me violó. Debo decir que eso estuvo muy bien... lo de la violación. Me dejó pidiendo más y abriendo la boquita como un bagrecito pescado en la costanera sur, a media noche, por falsos cazadores que añoran un espejo límpido, y si no límpido, entonces menos manchado de mierda ciudadana, rogando con sus desesperadas muecas el retorno al agua sucia. Sin desprendérsela de adentro, giró sobre su eje y me mostró la espalda el resto del polvo. Ahora se agarraba fuerte de mis rodillas y hacía los mismos movimientos, mucho más calientes; estaba ella al mando del placer y se servía del cántaro de mi pija hasta saciar antojos. Con las estadísticas en mi favor, yo hacía la plancha y servía en bandeja los elementos que Andreíta solicitaba con leves contactos que ejercía con los cachetes del culo sobre mi pelvis, como quien es guiado en un baile cuerpo a cuerpo que desconoce. Su espalda parecía haber surcado cada uno de los océanos a nado. Era perfecta, su columna vertebral seseaba desde la nuca hasta la cima de sus caderas, rítmica un como jazz-Miles, intratérreo, arrastrada como un blues-Waters, algodonero, obscuro y mortificado. Verla trabajar era pasar la mano por el culo a la virgen maría: ya que no existe, su culito puede ser idealizado hasta la más sumisa de las perfecciones... ¡Y yo cargaba con una imaginación, nena...! ¡Ay, mi maría tragadora! ¡Suave, terso, felpado, aterciopelado culito te puse al idealizarte, aquella mañanita...! ¡¿Quién quiere una virgen?! ¡Yo no! (no hoy, al menos...), definitivamente. Quiero hembras bien logradas, bien dragadas, con una buena carrera encima, con mucha experiencia en la cima de las gambas, asaltantes de camas, vocacionales movilizadas. Si no es en el terreno de la vocación no hay forma de mejorar hasta el máximo el potencial individual. No hay carrera universitaria capaz de consagrar aquello que no pertenece a los deseos, al desarrollo personal. ¡Me cago en los tanos y los gallegos argentos!, que perseguidos por una guerra que los hiciera recagarse de hambre acabaron por comprender, "¡malcomprender!", que una profesión cualquiera sería mejor que andar a los tumbos por el mundo. Nunca fueron capaces de entender que esa guerra había quedado definitivamente atrás, ergo siguieron inculcando la universidad, asunto, y esto es lo importante, desconocido por ellos, como todo salvoconducto. “¡Cuidarse siempre del hombre...! ¡Sí...! ¡Pero cuidarse siempre, aún más que de cualquier otra cosa, de "la ignorancia del hombre"! En fin: ¡cuidarse de los temores que persiguen a las personas! Cuidarse de las personas sería una buena sinopsis.” Pero no había ninguna cadena de pensamientos que pudiera cortar el ardor que esta mujer desbocada me propinaba.
Empecé a saber que estaba por acabarla toda, por llenarla, y como no podía ser de otra forma por cómo estaban dadas las cosas, ella empezó a temblar, con sacudidas cortas, como con reflejos eléctricos musculares que la fueron guiando hasta acabar. Temblaba, con toda mi pija metida, enterrada, bien profunda. Y ya no la soltó. Hizo, a medida que perdía del todo la cabeza, un temblequeo, repiqueteo rapidísimo, donde subía y bajaba, no más de cinco centímetros, con tal velocidad, con tal voracidad que empezó a tiritar, víctima sumisa de su propia descarga, y luego continuó con una convulsión arrebatadora, clavándome las diez uñas de sus manos en las piernas, y presionándome el pubis con su culo, comiéndosela hasta el máximo, dejando fluir toda su corriente, autodínamo, que la electrificaba. Estuvo así, clavada por mí a su tope, casi todo el orgasmo, y cuando sintió que esa energía comenzaba a mermar, volvió al ataque con tal furia, a los gritos, con tanta agresividad, que todo ya cobró un clima de batalla, como de odio, como si automáticamente hubiese comenzado a odiarme la verga por dejarla sin placer (otra desesperada tratando de rellenar agujeros), y batalló con un hambre y con una sed tan sardónicas, cogiéndome nuevamente con tal resentimiento que de golpe largó un sonido grave, un bramido de guerra, continuo, que fue creciendo, y machacó y machacó y machacó violentamente su hermoso culo contra mí, subiendo y bajando, vertiginosa, de golpe, hasta el máximo, cayendo pesadamente, terminando esto en un alarido caucásico y desmoronándose encima mío, mientras yo sentía que mi pija era apretada raudamente por cada contracción, hasta que la abandonaron totalmente y ya sólo soltó un silbido de muerte con la última sacudida...
Yo no me moví por un minuto o más...
La dejé bajar, aterrizar, planeando, serena, solidario. Jadeó un tiempo más y comenzó a besarme arrastrada, con aplomo, llenándome la boca de saliva y transpiración, y me pasaba la lengua por toda la cara. Esto último me puso al galope inmediatamente, me calentó como una chimenea de polo, y me fui de lleno a cogerla para terminar conmigo, también. Como buen pendejo que era, sentía por esos días un pequeño escozor cuando me venía el orgasmo, cuando estaba por llenar algo como lo llena cualquier gas si se lo deja a solas con un recipiente: lo colma, lo sacia, lo completa. Capaz, como un gas inerte o de los otros, era yo de llenar: matriz, canal, orto o buche; llenaba un mar, ya lleno ya, si me lo sugerían, a guiños, por menos.
Podría trazar doscientos finales distintos para ese polvo, pero con tanta fiebre no sé cómo es que terminó, ni dónde terminé. Sé que fue un enjambre de flujos y de brazos, de líquidos y de piernas, de pelos y de gritos. ¡Y nada más! Luego me tiré sobre el colchón a descansar la muerte que me habían henchido. Mi cabeza giraba buscando los cigarros pero sólo aparecían lucecitas coloridas que apenas animaban el defalco. Lo tenía todo y sabía que iba a durar unos segundos, no más; luego la vida sigue y los recuerdos rellenan esos agujeros negros inmensos que hubimos de colmar físicamente pequeño rato atrás... Una suerte de magia negra; una forma con que te avisan que no existen tus sueños, que no hay modo de saciarse con permanencia, que no suma buscar lo máximo, que sólo suma buscar... y que en lo poco que se va encontrando, dilucidando, del gigantesco todo, supuesto y maquetado, que se buscaba, está su saciedad. Que los deseos deben ser, ¡satisfaciéndolos!, diezmados cuando asoman, cuando son incipientes, o nos desequilibran... Que la última mujer que perdonaste fue tu próxima ruina... Y la que no perdonaste también... (¿?)
Manoteé los cigarrillos de un bolsillo cualquiera y fumé la muerte, fumé la mejor vida que había vivido hasta recién. Fumé la despedida de varias desesperaciones fuertes. Fumé una gran transición con pitadas cortas, bocanándome. Ella me miraba y se mostraba todavía cliente. Una olla-presión, era. Disfrutaba de la visión de la frugalidad espiritual con que me había dejado. ¡La fiesta fue siempre de ella! Yo fui el azorado espectador solitario de un cine un día lunes a las dos de la tarde que cree que el personaje primario de la obra que visualmente opulenta puede llegar a ser él, que puede calzar, llenar las botas, esos zapatos que lo liberen de una existencia mucho más que común, ordinaria. Vi el sueño que sueñan mis deseos en la pantalla de cristales líquidos de su ingle. Prendí otro cigarrillo, en silencio. Ella se puso de pie, muy cómoda, distinguida, y fue hacia la cocina. Hizo un poco de ruido dentro de la heladera y al rato volvió. Ni traté de entender. Miraba el techo e imaginaba a volumen muy fuerte una de Pink Floyd... ¡La que sea! Le entregué el día completo. Había ganado desde que apoyé el primer pie en su casa, y pasase lo que pasase yo ya estaba pago. De la cocina, de la kitchenet mínima, volvió sin nada. Esperaba por lo menos una copita de algo bien frío... o caliente, al menos. ¡No, no! Una mierda. Seguí fumando y me dije que lo mejor era perdonarle ese detalle. Pero... Pero... Pero la preciosa yegua sí había cargado la escopeta en la cocina. Se puso juguetona y empezó a meneármela lentamente. Yo sonreí y estiré el brazo para apagar el cigarrillo pero me frenó, implacable.
"No lo apagues; seguí fumando", enfermó.
...Y volvió a convertírmela en tronco hambriento, centenario.
Se llevó toda la verga a la boca mientras me miraba, socarrona, malvertida, cuna-bruma.
Entre el paladar de abajo y el paladar de arriba escondía un hielo, caliente. Ése era el gran regalo para que despegue el avión que descansaba la escala, su mismísima escala. Me enfrió, congeló, retrotrajo la poronga divinamente. ¿Así que con el sexo se podía también jugar? ¿Qué monstruos salesianos me habían educado? ¿Cómo es que yo no sabía nada del placer?... ¡Qué infante había ligado esa pendeja! Entre la punta de su lengua y la punta de mi pija se multisuspendía un iceberg casero que Andrea había puesto a jugar, a rodar, esa mañanita, para mí. Sólo pa´ mí.
Recién ahí, en esa milimañana, arrancó para mí la libertad.
Saqué de mis hombros todo un peso, todo un gran peso líquido que me manchaba, que me cubría como un halo de algo misterioso y herrumbroso, que me contagiaba on-line distintas enfermedades de la incomodidad. Y al contemplar la manera en que se comía mi verga comencé a creer que el placer era algo que podía pasarme; ¡qué digo pasarme!, vi en ese momento revelador que el placer era algo que existía y que me estaba sucediendo, que se me ofrecía como el descubrimiento de un asunto oculto; parecía ella cargar con las llaves de todo mi mí, ¡yo tenía ya diecinueve años!, y recién lo estaba paladeando... al alboroto genital.... ¡Eso es cuanto debiéramos denominar como un retraso mental...! ¡Y nada más!... El resto es culpa nuestra, es decir, de todos nosotros... Sacaba, Andre, la lengua y suspendía el hielo sobre su punta, con la misma magia que asoma un pájaro desde la cúpula de un reloj cucú. Y me miraba, cómplice y verdugo... me miraba regodeada, escupiendo barro, boca arriba, dueña concreta de su puerquísimo chiquero. Su gran devoción por la poronga fue lo que me fascinó de ese corpúsculo, que se llamaba Andrea. Me chupó la pija un buen rato, buen largo rato. Cuando la tuve bien hinchada, cuando desde cinco metros de distancia cualquier aguja de cualquier jeringa de cualquier enfermera novata no hubiera podido caer en otro sitio que no fuera sobre mi vena más gorda, pero la más gorda de las que dan justo contra la piel desde adentro, la tomé por los costados de sus caderas de cristal y la fui girando, y tan lentamente la giré, contoneando, que le di tiempo para que se despida de mi pija con largos besos, con la lengüita bien estirada, como sólo puede alargarla una amigabuenaamante que no se fuera a ver en años. Quedé estático, mirándola girar despacio, muy despacio, disfrutando de antemano el infierno que se aproximaba. Una predecesora de tormentas. Cuando quedó lista, sobre sus cuatro patas cachorras, me bendijo cara a cara. Como excelentísima Sultana. Me sonrió mientras se la metía, mientras la confianza era un monstruo profundo que veía crecer dentro mío y que alimenté con biberón desde su solícita boquita... picoteando, hambrunoso. Jugó a mi ritmo, contenta, bien contenta; interdiciéndose. Perfecta, perfecta como... como... como lo que estábamos haciendo: perfecta como el sexo sentido; actuó, actué, fue, fui, fue eso lo que fue mientras fuimos quienes éramos. Fue dos seres, siendo con infinitud. Se la metía y se la sacaba. Toda. Creo que pude ver los ciclos de su respiración... Estaba dándole y dándole al asunto cuando me regaló lo que mejor me regalaron, buscando mis ojos con los suyos, con una dulzura tan puerca que me la vuelve entera hacia el cielo en este mismísimo momento:
“Quiero que me acabes en la boca...”, y dejó asomar la lengüita, la punta, filosa.
Deformé en una forma extraña de acuarela. Fue como si hubiese sido dado de lleno por un rayo y multiplicado por su descarga. Con automatismo se la saqué y me acerqué a ella sobre mis rodillas, como pude, como puede y hace un pingüino. La puse a Andreíta boca arriba, a visitar al cielo, y me sacudí la verga con todos los antojos que pudieran sacudirme el cuerpo. Dejé, nuevamente, de ser yo, fui, otra vez, cualquiera, esos cualquieras que bastardearon mi imaginación como reyes receptores nunca protagónicos de mi necesidad. Me hice una soberana paja delante de su cara, desesperado. “¡Acabar en su boca!... ¡Me lo está pidiendo!... ¡No hay trucos acá!... ¡No, no, no hay!”, me dije y convencí. Estuve arrodillado unos minutos, pajeándome, mientras ella se mantuvo semirecostada, esperando la descarga, aguardando aquello que le correspondía por exigir antes que nadie. Al acercarme al infinito ya tenía todo el cielo adentro del bolsillo. Asomó la lengua dentro de la intemperie cuando interpretó que yo era algo que manaría, prontamente. Me clavó firme los ojos adentro de los míos, suscitada, y yo dejé que todo el río corriese. Alargó el cuello cuando comenzaron mis contracciones y vertió la lengua, afuerizándola, en punta pero gorda, rogando. ¡Quería mi leche con todo su resplandor! ¡Exasperación! ¡Verla querer...! ¡Eso era lo que me enloquecía!, ¡lo que cuajaba mi quicio y lo dejaba redondito, como malear ricota (¡casi un plagio!)! ¡Que lo pida, segura y relajada a un tiempo!...
Y se la di.
Me vino la leche y con ella una gran conjura. Abrí mis ojos y ella abrió los suyos. Bífido, con ánimos de duplicar su recepción, asomó el músculo más húmedo que se puede mostrar, y arrellanada, iridiscente, esperó mi agridulce descarga con los ojos concentrados y la boca bien abierta. Me acarició los huevos, al principio, pero cuando se vio desbordada por el semen me los soltó y se dedicó a tragar, acomedida. Tragaba y me miraba, complacida, ¡con esa sonrisita...! Una estrella láctea sobrecapacitada. Una pequeña montaña que es dinamitada con una dulce suavidad que puntualmente estalla; una comarca antojadiza. Una alcohólica imprudencia que elije y cuenta mis costillitas, que discierne en mi favor.
Una borrachera...

* * *

Andreíta murió al tiempo, y con ella me fui yo. Al trasvacío, al trasbambalinas de la humanidad. Quedé vagando una o dos eras sin saber qué hacer. No sabía ni mi nombre, asunto que hoy por hoy me parece bien. Extrañaba. Rezumaba sus recuerdos, hueco de vanidad...
Otra estrella que se pudre, otra bombilla de luz que apaga la claridad que ofreciera hasta recién. “¡¿Dónde estás, hija de puta?! ¡¿Quién eras?! Me has dejado sólo subsuelos, me subterreaste. ¡Vete!, ¡fuete!, harás lo tuyo en cualquier parte. Mirarás lo obsceno sin el acompañamiento de mi mirada subyugante.”

B

Siempre anduve buscando algo, algo bien grosero. Buscaba un algo que yo creía merecer, que despatarrara mi locura de no pertenecer a esta tierra paranoica ni a quienes la pueblan. Como una burbuja por encima de otra burbuja mayor que observa y observa, inerte, afiebrada, florecida, pero muerta por tristezas, variadas. Yo morí a los diecisiete años, delante de Mariela. La muerte negra se me subió a la frente y me cubrió los ojos con sus frías manos, bien con las palmas; no me dejó ni espiar entre sus dedos. Un tres de diciembre fatal para mi historia, para mi sexo. Me morí de hambre esa noche. Sucumbí ególatra, desesperado por un grito ahogado que no podía ser calzado en ninguna oreja. La incomodidad perpetua se metía bajo mi piel, ranchando plácida, bien cómoda, la muy putona: mi amante transversal.
Llegó la bacteria, y con ella y sus ajuares comenzó a subir la temperatura de mi enfermedad.
Veamos qué pasó esa noche y cómo venía preparado para ella:
Ya nos habíamos chupado enteros, pero todavía no habíamos cogido. Dos virgencitos de diecisiete años que vivían empapados, empapándose. Yo tenía una duda grande con el preservativo. Ya me había hecho varias pajas usando forro pero no sabía interpretar cómo había que actuar en el momento de ponérselo. Una cosa extraña, una duda ejemplar. No podía concebir imaginariamente lo antinatural del látex, la interrupción y la vergüenza que me producía pensar en ponerme el forro delante de sus adelantes. Me acuerdo que preguntaba a algunos conocidos con más experiencia... bueno, ahora que lo pienso, de experimentados tenían un carajo. Uno de los tantos, el que me dio la respuesta con la que me quedé, el más pelotudo de todos, y como yo era un soberano pelotudo acabé por hacer caso, me dijo que podía ir a ponérmelo al baño. “No está mal”, pensé, “claro, voy al baño, me lo pongo y regreso listo para darle al asunto. Perfecto.”... No tan perfecto. La noche estaba dada por un viaje de mis viejos que liberaba la casa. Mariela no había querido coger ni en un telo ni en el auto; pensaba que la primera vez era importante, y aparentemente para ella las cosas importantes hay que hacerlas en tu casa (hoy día sigue viviendo en la casa de su mamá, con su marido y sus dos hijos, si no sumó un tercero o un cuarto; “acabo de entender a Mariela, diecisiete años después de no volver a verla; rara la vida, a veces”). Así que fuimos a tomar algo sabiendo que esa noche nos tocaba comenzar. Llegamos a los besos y bien al palo. Movido por senderos perversos, en lugar de arrancar para mi pieza arranqué para la pieza de mis viejos (¿?)... Una buena chupada de concha despereza a cualquiera. En poco tiempo estábamos listos. Encaré con los forros para el baño (¡es que no me lo puedo creer!). ¡Ay, la ignorancia de los hombres y la ignorancia de las mujeres! Cuando terminé de desempaquetar el forro, lógicamente, la poronga ya estaba medio muerta, y en lugar de volver y decirle que me la chupara un rato para empalarla de nuevo, lo que hice fue entrar en un estado de pánico escénico que tiró toda la noche a la mierda y me dejó lamentándome como una monjita violada por un ateo soplanuquitas.
Nunca voy a olvidar el día siguiente. La incertidumbre, la desorientación, la desdicha, la furia, la soledad y el vació que me envolvieron, mostrándome que estamos eternamente solos y vagando. Tenía una enormísima necesidad de ir a hablar con mi viejo. No puedo saber por qué, pero lo necesitaba a él. Supongo que por el escudo. O, mejor dicho, por la falta de escudo que sentí al saber que eso era algo que debía resolver solo. Y nunca me habían dejado resolver nada solo... Siempre habían estado tras mis pisadas, espiándome, para saber qué estaba haciendo, y rompiéndome las pelotas para que acabara haciéndolo como querían ellos. Así que lo que sentí al día siguiente de que se me cayera la verga delante de mis ojos y de los de Mariela, y que recién puedo comprender hoy qué carajos era, fue que no estaba preparado para resolver nada, sino que me habían entrenado para recibir las cosas listas, un fana-delivery a la fuerza, y sucumbí amargamente frente a esta decepción personal.

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¿Conócete a ti mismo? ¡Claro que sí! Pero lleva una de tiempo eso, hermano... ¿Mientras tanto qué, qué se hace, cómo se hace, con quién se hace y dónde se hace...? ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡laputísimamadrequeterecontrapariódioscélulaofantasmogramadelosporquésesyaconteceres!!!!!!!!!!
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Así que esta llamita estuvo un buen tiempo confuso. Anduvo por todos lados ahogando una amenaza, reprimiendo un gran estruendo-insulto, contrayendo, tratando de contraer, mejor dicho, siempre desbordado, su propia necesidad de expansión. He llegado a envidiar a las mujeres... Me parecía fácil su rol; asemejé, descartando posteriormente esta posibilidad por impracticable naturalmente. Busqué dentro, intra-inmerso, de todos los pantanos; bien enlodado quedé, sin resultados. Bien puerco. Bien como soy y me defiendo. Fabricaba mis caretas en un taller privado, obscuro y subterráneo. Me torné un ilegible. Un enmendado que sabía mascullar pero que no hablaba nunca. Me deshice. Desintegrado, vagué, malviví. Disgregado anduve a los tumbos; tumbado a la bartola crucé todos los trópicos, desde el D.F. hasta acá, a pie, basándome íntegramente en el hermetismo. Todo un almeja. Un acorazado impenetrable. Una fabricación casera de un prototipo mínimo o máximo de molotov; una transpiración al mango; una esquizofrenia, un esquizoide, al palo por vivir al palo, si es eso lo que en verdad me representa y describe. Una incertidumbre, fui, soy, seré; y no pretendo clarificarme, no quiero querer saber del todo quién soy.


C

Me cansé definitivamente del mundo a los veinticuatro años. Un detonante, tuve. Puntual, bien en punto sonó!!! Desde los veinte estuve metido en una fábrica. Una verdadera fábrica que fabricaba gaseosas. Un demonio que burbujeaba distintos azúcares y edulcorantes desparramados en agua tratada y que los colocaba en botellitas pet, bajo la forma y los accesorios industriales más simpáticos que el departamento de marketing iba encontrando o, como ellos decían (¡jejeje...!), creando. Ahí conocí la tortura: china, japonesa, alemana (aportando sus brutales planes de trabajo que lograban que la producción no cesara nunca... nazismo, en su sumo cristal, puro) oriental y occidental, como palillos vivos debajo de las uñas, entrando en la carne sin avisar, en punta, asesinándome, leves pero directos. El ruido, el ruido y el olor, todos esos chirridos y todos esos compuestos y mixes de compuestos que se evaporaban, volubles, más los ácidos, diversos, letales y no, más los conservantes, sorbato de potasio y otros un poco más clásicos, más los colorantes y los jugos, más el dióxido de carbono y el nailon termocontraíble, más las planchadas y el streech, sumando, junto con los otros que ahora olvido o evito citar a la lista, al soberano, al mesías de la refrigeración, gran erudito de ese rubro... “¡Chang-chang, plin-plan-plaf-pluf! ¡¡¡Den ustedes la bienvenida, Damas y Caballeros, al gran zafiro de esta noche...!!! ¡Con ustedes... el mejor enfriador (porque el nitrógeno líquido es muy caro, si no sería él quien generara esta lumínica presentación): el Gran Amoniaco...! ¡plaplaplaplaplaplaplaplaplaplaplaplaplaplaplaplaplaplap...!”. Un mierda ejemplar, sinceramente, este chico. Sólo en una ocasión, a mí gracias, experimenté frente a frente con él, con este gas, este compuesto, este líquido o lo que fuere, y lo pasé realmente mal. Ya me habían contado viejas anécdotas que sucedieron en la fabricucha. Pero ninguna historia me había despertado tanto los sentidos como la desesperación que me oprimió aquella tarde donde quedé atrapado, frente a frente, con una emanación descontrolada de NH3 en el sector de calderas. Ya les contaré...
En esta fábrica mordaz, que ocupaba toda una manzana por la zona de San Isidro, vi por vez primera cómo y qué buscaban aquellos que buscaban algo, ¡la maldita clase media!, en este puto mundo del trabajo sin sentido... y me congeló la dorsalera.
Lo realmente extraño, aunque ahora ya no me lo parece tanto, es que cuando conseguí ese trabajo sentí que verdaderamente estaba consiguiendo algo. “Un comienzo acertado”, me dije, cuando me confirmaron que empezaba y debía hacerme análisis de ingreso. En aquélla época aún no se acostumbraba hacer exámenes psicológicos como complemento eficaz de selección de personal; asunto que, evidentemente, me hubiera dejado automáticamente fuera de la fábrica...
Pero el detonante... Vamos hacia allí... Todo era un gran quilombete ahí dentro. A lo largo de los cuatro años que produje para el dueño de ese tugurio infernal, jamás logré cobrar el sueldo en un sólo pago; semanal, quincenal o como lo plantease, siempre había un problema... Pero como yo era por esos tiempos, también, árbitro de básquet, no me preocupaba. Me entraba guita fresca todos los fines de semana de esta actividad y cada vez que el Zar Rafael III..., el minimagnate dueño de la fábrica, decidía que los empleados podíamos comer, extendiéndonos una parte de la paga, yo la tomaba. Mis gastos eran nulos. Aún habitaba la casa de mis viejos y mis proyectos eran siempre cotidianos. Así las cosas, la guita servía igual. Tanto servía que a los veintidós años yo manejaba un cero kilómetro. Eso me trajo mucha tranquilidad. Hasta que me entregaron al auto, me levantaba a las cuatro y media de la mañana, caminaba nueve cuadras, tomaba un colectivo desde Bella Vista hasta la Ruta Panamericana, allí trotaba otras tres cuadras (siempre llegaba tarde), con el siguiente colectivo arrimaba hasta la Avenida Márquez, donde, finalmente, me subía al último micro y culminaba toda esa travesía absurda para llevar a cabo una actividad que de poco en poco comenzaba a hartarme del mundo y de mí. Con el auto todo era más fácil. Si lo pisaba un poco, asunto que me atrajo un tiempo, en media hora, usando todas las autopistas, yo podía llegar y temprano, lo que me agradecían, ceremoniosos, al parloteo de: “este pibe está realmente cambiando...”.
Lo que nadie sabía era que, en realidad, el pibe no sólo no estaba cambiando sino que, contrariamente, estaba gestando todo un Franquenstain debajo de los pelos, que escondía con astucia y subversiones; aunque... ahora que lo escribo... ¡tenían razón esos puercos!, en realidad, estaba cambiando y mucho: mentalmente me alejaba más y más de esa locura, ¡ése era mi cambio...!
En la fábrica todo se hacía mal, fuera de las normas supuestas que distintos entes de regularización exigían. Lo que debía estar patas arriba estaba patas abajo, lo sucio habría que haberlo dejado limpio y echaban a la mierda a la gente que realmente respondía al trabajo y a las exigencias cotidianas; esos parecen ser siempre los que más molestan, los que estorban, amenazantes pasivosperoprontosaactivarse, a los distintos sistemas de organización que están, en realidad, gestados para que funcionen permanentemente con un pie fuera del plato para tener todo el tiempo un elemento vector de esa presión que hace de los reguladores un bicho de poderes eternos... ¡Imposible cumplir todas las normas! Y si, raramente ocurre, alguien las cumpliera, no habría otro camino para ello más que la evasión de impuestos y de tributos para lograr sostener todo el gasto que la puesta en práctica permanente de las normas de seguridad y producción demandan. El caño de escape... Todo sistema rebalsa por algún agujero y propulsa por otro muy distinto, generalmente en posición para respecto del primero. ¡Observar o reventar!...
Bien adherido a los sistemas que entonces frecuentaba y conformaba, iba tratando, al mismo tiempo, de dilucidar cómo era que iba a zafar definitivamente de toda la menesunda que me acorazaba. Un permanganato fui por esos tiempos...
A todo el asunto gris de la fábrica se sumaba también el verano: las ciudades calman la sed con gaseosas y no con agua; las ciudades no confían en el agua... ¡jejeje! Así que los tiempos de producción variaban al acercarse el veranillo. Las reuniones, por el mes de noviembre, con el gerente de Calidad, Enrique IV..., eran de mal agüero para los que conformábamos el departamento de Control de Calidad (aseguramiento de la calidad, gusta decir hoy día) de las bebidas que erigíamos:
“Bueno”, comenzaba, distraído con propósito, “llega el calor y tenemos que cubrir la demanda... ¡Ejem!...”, soltaba, el hijunagranputa, semirecostado en su gran sillón, millares de veces más putamente cómodo que las sillas que nos alargaba para oírlo conferenciar acerca de por qué él creía que esto era mejor para todos...
“¿Y entonces?”, arremetía el fenómeno de Hernán Matavóz, un hermoso compañero, con cierta experiencia en contradicciones y defenderes, con un semblante único, capaz de alquimiar simpatía y aversión fundamentalista a la opresión pseudoempleadora encomendada.
Pero bajado el pulgar de Enrique IV... no había quién nos salvara. El arranque del verano con las venideras fiestas de Navidad y de Fin de año arremetían firmes y nosotros comenzábamos a poner tibiamente la cabeza bajo el filo de la gran hoja aguda y decapitadora de la guillotina de la industria. Todos contra todos... Los camiones entraban y salían sin descanso, sin piedad. ¡Vender y vender a toda costa! ¡Temporada de patos! ¡A la carga!, predadores de las balas. Una semana de día, seis de la mañana a dos de la tarde, otra semana de tarde, dos de la tarde a diez de la noche, y otra semana, la última o la primera, da lo mismo cuando uno baja rápido sobre el culo de sí por un tobogán, de noche, ¡de diez de la noche a seis de la mañanaaaaaaaaaaaaaaaaaah....................! ¡Una completa y descomunal locura que acababa por desbordar toda tu vida, librando para vos sólo uno o dos minutos al día para que hicieras aquello que te gustaba! Una torre y un gran infierno para esa torre, se construía todo el puto tiempo. La egolatría del que tiene más es la egolatría que debemos primero derrumbar para encausar este mundo que no besa más que las pendientes que nos llevan a nuestro propio y bien pulido abismo inocuo.
Ver los equipos que estudiara en la escuela, otrora dos años, frente a frente, era ya suficiente para aniquilar a este puercoespín que lo observa todo pero que todo aprende a usar con lentitud, gracia, quizá, como dejándose primerear, táctica cazadora primaria... ¡La práctica!... Ese asunto tan pretendido; esa dualidad... Las torres de tratamiento de agua: catiónicas, aniónicas y las que portaban los filtros de carbón para eliminar el cloro... ¡Todas esas llaves!... ¡La puta madre, que había un centenar de llaves en esas torres...! Para controlarlas: es decir, todas esas llaves para guiar al agua hacia el camino que debía de recorrer para ganar las cualidades necesarias para ser componente vitalicio de una botella de gaseosa, me estreñían. “El agüita viene por acá”, y señalaban un gran caño, “luego reconecta y emprende hacia allá”, y otro gran conducto tubular era apuntado por el índice de alguien que me enseñaba y que no intuía mi inconmensurable desorientación, y que menos intuía mi gran capacidad de aseverar con pequeños descensos de mentón un dato que no sólo no era absorbido sino que, premeditado y con alevosía, era olvidado con automatismo récord. “¡Ajá, ajá, ajá...!”, repetía como el loro que tenía mi abuela. Ni pizcas de memorizar había en este aprendiz nervioso y sobrecargado... Con el tiempo, pero con mucho de éste, acabé por saber que la dimensión siempre es una: que puede variar, ¡y mucho!, el tamaño, pero que lo que realmente representa, y trabaja, no es más que lo que sucede en tu misma casa... Terminé por comprender que el agua cumplía una función y que, dado por ello, debía acudir a determinado sitio, en determinado tiempo y portando específicas condiciones... ¡y nada más...! Así que me dije: “¿es esto un sistema?”... “¡sí, lo es y mucho!”... Comprendido el sistema, consensuado, sólo queda abastecerlo... A los cuatro meses de vagar por las fauces de la fabricadora de efervescencias pocos secretos quedaban por dominar. Esos secretos llevaron otro semestre; pero el tiempo es mierda y nada más que mierda cuando uno rueda por el día, la tarde y la noche de los días, de todos, absolutamente de todos los días, haciendo siempre lo mismo.... ¡Y entendí, al fin, que la vida es vida mientras uno aprende algo; después... después queda lo diario, lo rutinoso, lo que realmente apesta al transcurrir el tiempo mientras no esbozamos cambio alguno: en nosotros y en nuestro respecto!
...¡Y le perdí el miedo al monstruo de la fabricación!...

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Taché rotundamente otro ítem de la gran lista (la lista de las condiciones necesarias para conseguir empleo) que no esqueletizó desde un principio pero a la que fui sumando, hueso tras hueso, los doscientos veintidós componentes óseos que Kapeluz dijera una vez para mi curso través quién sabe cuál profesor que ya no recuerdo, cuando chiquito y maleable, son necesarios para sostener un sistema homorgánicosapienz. ¡Kapeluz, soberano primogénito de la puta máxima! Te queda el más rotundo de los castigos...: ¡que nadie, después de treinta años, sepa quién fuiste...!
Ungido por las pestes teórico-herrumbrosas de la escuela secundaria, fui de lleno a estrellarme contra la puesta en práctica exigida desde el rubro indicado, dentro del gran helicoidal suplemento de clasificar que gran argentino diario el (transaniñosoprobiosamenteignominiosossoryporesodelaredúndaacéfalosbienguachosprodigeridosprimogénitamenteporelestupordelossupuestosdesatanudoserpymontosperoqueeltiempogransapientesupodesvestirymostrarcompletostalfueronyserán) proclamaba. Ido, yo, como el culo, casi renuncié a buscar trabajo. Ya me estaban apretando fuertemente por los huevos y apenas traspasaba cascarón... ...¡Oh!, ¡you!: motherfuckersistemofemploying.... Under your skin I walked, swaming losting and felting thirsty... ¡not any more, babybigboobs!; now, now I am sucking you from your underst hole... and you taste so salty, de noble miss woman of clarinetiing... ¡gruuulp and gruuulp!... you are death inside... black monster, confurtablygosth, whityandmultiblackeyes... I have for you the worst of my mouth. Tell me when... and I´ll began to whisper into your ear.
ByebyeblackemptyandsecondironwomanofBsAs... Trytosleepwithyourunexistconscious.
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En la fábrica todo seguía igual que siempre: si las botellas se llenaban y el producto final era bueno (todo lo bueno que podía dar lo casi bueno de las materias primas que utilizábamos), las vacas bailaban sobre dos patas. Marchaba el asunto y avanzaba el verano, el mercado estaba satisfecho. Como todo buen empresario que siempre está a punto de convertirse en multimillonario pero que patina eternamente en la figura escasa de millonario, el Zar Rafael III... había tenido una idea muy buena: envasar gaseosas para la brecha creciente de la población que había comenzado a empobrecerse con el mandato del monarca Soúl I... aguerrido más y más, día con día. Zar..., con su idea, dio vuelta el mercado de la efervescencia azucarada. Creó la multidivina gaseosa de segunda línea, barata, eso es todo lo que denomina “segunda” junto con la flaqueza de su conformación magra y de descarte; pero también fue más abajo todavía (¡atrevido Zar...!), alargó la saciedad de la sed a la tercera línea: burbujeó a aquellos que ni mesa tenían pa´ poner. Ahora la gente subunderpower podía sentir que era realmente digna y decente: almorzaba y cenaba con una buena (¿?) bebida en su mesa o en su suelo de engullir. ¡Y todos chochos! Casi todos...

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Construyo esto despacito, día a día, minuto a minuto, con la fuerza que da la magia que genera solamente aquello en lo que se cree fervientemente. Lo otro es pildoritas para pájaros fugaces.
¿Creés en algo, vos? ¿En qué?... Pues bien, ¡atácalo! ¡Hazlo ahora! ¡Ya! El reloj atenta contra las creencias y generalmente subestima todo, ganando siempre, como el estado. ¡Tributa, tú, siempre!... pon fichitas cobrizas en la ranura-boca del tanque de tu tranquilidad. Sé siempre un buen paisano, aporta al gran tumulto de la organización; extradítate siempre que te sea solicitado, sé la mejor cabra del rebaño... pero estate atento, eh, porque cuando te caiga la desolación, quemando vivas a todas tus células, será en tu tercera edad, y tu tiempo fervoroso de respuesta y enojo ya habrá pasado hace décadas... y no te quedará más que protestar comulgando en reuniones con el resto de los viejitos, organizados, un sólo día por semana; si llegaras a irrumpir en la escena de la capital un segundo día, más vale que vengas preparado para la pimienta y para el gas, para la paralización y para las corridas, para la deshonra y la vejación, para la recriminación y la memoria maltratada, para la consciencia desprevenida y la angostura perpetua de tus bolsillos. Vas a acudir a escuchar la más sonora de las verdades: “has aportado dinero, ya que tu vida ocurrió para generarlo, culpa exclusivamente tuya, durante toda tu existencia laboral; has metido más monedas aquí, en nuestra caja fuerte de la estatalidad, que ningún otro zángano que todavía viva... ¡y para nada! ¡Y lo sabías! Por ello... ¡sufrirás!, enfermo lacayito. Pagarás todo lo incauto que hay y hubo en vos. Como perfecto estado que somos, de vos, te demostraremos con pagos magrísimos lo oprobioso de tu creencia general mientras envejecías, mientras te acercabas a la hambruna de la jubilación, masturbándote con los miles y miles de años de aportes: ¡has llegado hasta aquí para desayunar el fruto fresco de toda la ignorancia conque has ocurrido siempre! Y ahora ya no quedan cielos... Los pocos que creen en algo, aquí, en el ANSES, han muerto de inanición hace decenios, eras, eones... ¿Ya podés recordar que siempre sospechaste que íbamos a cagarte tus aportes jubilatorios...? ¡¡Sí!, ¿no?! ¡Tarde llegaste! Demasiado noticiero tuviste... Faltó a tu vida la pizca de participación que tocaba poner a vos. Has cedido a otros la obligación de procesar, y eso se paga acá, en la vejez, donde uno cuenta sólo con lo que se ha proveído espiritual y humanamente. ¿Sabéis, acaso, de qué hablo?... Cuando comiences a probar los sabores que emanan las consecuencias de tus disgregadas actitudes concienciarás lo mal que habrás de comer en esta fonda de la tercera edad. ¡Buen provecho, viejo!... Cenarás el olor rancio de los huesos de todos los animales que de una u otra forma has contribuido en asesinar... ¿Podés escuchar, acaso, sus muertas respiraciones...? Aseguro que sí. Te corroe, ¿no es cierto? Acá se paga todo lo maligno que obturaste. Estás parado frente, finalmente, a vos, un rato bien largo. Es tiempo, éste, de esgrimir las preguntas y de hacer aparecer también las respuestas... ¿podrás cargar con ello? Vos y yo sabemos que no... ¡No tiembles, cagón! Es muy tarde ya para caer redondo, de cara, sobre las lamentaciones que el muro procrea. Pero dale, inténtalo, todos merecemos ser fielmente expiados. Comé, engullí, tu puré de tubérculos hospitalizados y vete luego a quejar tus decepciones frente a oficinas públicas o privadas... Fuimos, somos y seremos siempre los mismos quienes mandamos sobre vos... Ésa es la línea, sublínea, que te ha quedado sin mirar, sin enaltecer con todo aquello que realmente significaba. ¡Fritar ángeles es nuestra forma de cocinar cuanto nos nutre y alimenta! ¡Pasa! ¡Pon ese primer pie en nuestra olla de acabarte! ¡Adelante!... Como en casa, ¿sí?... Tenemos sillas de ruedas y bastones para todos los talles... Actuamos aquí como los grandísimos endiosadores que nos creemos y practicamos. Ponte bien cómodo, viejito indefenso, filioabandonado, al fin te tenemos donde queríamos, y con la contextura que necesitábamos tuvieses. Bien impávido, bien maltratable.
música

Yo seguía perseguido por la peste y la peste no era, es ni será, nadie más que yo. La Gran Peste. Arremolinado desde mi centro proponía para mí cotidianamente una salvaguarda; imposible, clarísimo está, de alcanzar en ese medio, dentro de esa forma de subsistir a la que llegué empujado y mal convencido por mí, por carecer de convicciones y puntos de vista propios. Pero fui hacia él, de todas formas; arremetí, empellé, pecheé, sacudí, tergiversé, sometí y falangizé por su ano al reducto sin resultados inmediatos... pero con unas promesas de que si continuaba por ese sendero etéreo podía conseguir no sólo la salvación (¿?) sino también la cristalización de cuanto sospechaba era yo y también de lo que creía podía llegar a ser y consentir... Las semanas de fábrica que tocaba surcar de noche me las pasaba encerrado en la pecera, nuestro laboratorio de microbiología, siempre leyendo algo que me transpolara. Si no era Verne, era algún otro que por aquellos días significaba para mí toda la soltura y la versatilidad del camino por el cual yo soñaba que salía, emigraba, físicomentalmente de ese mísero antro que representaba mi improducción. Pasé por mi piedra de los sacrificios a varios escritores que hoy ni siquiera sostendría sobre el estante de mi magra biblioteca, pero que por esos tiempos significaban todo para mí. Lo eran todo por eso mismo: porque no había ido más allá de ellos, por falta de mentores o por chiquilín, lo mismo es, finalmente... El primer libro que abrí, consciente de poseer, abrigar, el deseo de leer, fue uno que era parte de alguna colección que mi madre había comprado para nosotros (dos hermanas y yo) y que aguardó, creo no exagerar, seis o siete años hasta verse a sí mismo abierto desde sus tapas por este ligero curioso. El misterio del cuarto amarillo, Gastón Leroux; conformó para mí la primera magia. Desatado el misterio que la historia proponía quedé atrapado, cazado, predigerido, bololiteroalimenticiado. Ese libro fue el primero que empecé y terminé gustoso y sorprendido. Hasta ahí, había sido, siempre, ¡ignorante artístico malparido!, un escandaloso del arte. Un ignorante total. Pintar, bailar, musiquear, esculpir, actuar, escribir, era humo obscuro del que yo escapaba con ganas. Sin poseer el mínimo artilugio para achicar esa distancia que generaba del arte un dires y diretes ajeno, foráneo e inclasificable para mí, lentamente algo me acercó. Algo pasó que me conduje hacia allí. Hubo de haber, mínimo, un traspié. Un caer y rodar sobre las rodillas a causa de algo. El tiempo, sostenido por mi insistencia obtusa en escribir, sabrá decírmelo o callármelo...
Pasó el verano y los horarios redujeron la presión. No tanto, tampoco... Al pertenecer al imperio que primero creó la gaseosa de la pobreza, tuvimos un buen tiempo de ajetreo productivo hasta que otros fabricantes se alertaron y copiaron desvergonzadamente. Llegado el plagio industriocreativo, la merma fue notoria. Merma general. Despidos, reducciones de horarios, ergo en guita, significación. Luego, dos meses o tres, todos nos afiebramos. Sabido el descenso intraglobal de recursos, nos mirábamos través rabillo ocular, sospechándonos, compitiéndonos, mejorándonos personalmente respecto del vecino, “compañero” otrora (no hacía tanto, ¡che!), y nos apuntábamos... Lo muestro en plural porque realmente ocurrió de esa manera: pero debo indicar que sólo hoy puedo advertir que yo he participado de ese gran estúpido concurso-intra. En su momento, si bien contendí, no logré ver que la mierda también me contorneaba, la vorágine... Iba envuelto, veo hoy, ¡gracias...!, por el carro que descendía la pendiente de la rusa montañita que en realidad no divertía a nadie, pero a la que todos, pagando previamente el pase general, subíamos curiosos. La presión nos pone a desojarnos (no hay error acá, perro,: ¡sacarnos los ojos!, significo al decir desojar) entre hermanos. El subcomandante Marco, allá en Chiapas, creó un sistema publicitario para convencer a los saldados, componentes, de las tropas que se le venían encima, movidas por la orden clara de “¡asesinarlo!, cueste lo que cueste”, que extendió a lo largo de toda la selva chiapaneca; unos folletines que intentaban concienciar, y que decían: “¡No me dispares, soy tu hermano!”. Imposible ocurrencia para un tirano... Allí, en medio de la selva, tan requerida por los petroleros ingleses y otros cientos que responden a primerísimas potencias mundiales, sigue internado y morirá internado en ese centro selvático... Sabiendo, mucho antes de ese enero de mil nueve noventa y tantos, dos cosas: que el mundo-mierda nunca cambiará, la una, y que tiene las pelotas, la dos, para mostrar a venideros ángeles cómo es que debe ser el mundo para que la paz deje de ser una palabra diccionarizada y pase a ser una estación climática permanente. “Mis abrazos a vos, a tus hermanos y a todas sus convicciones (aunque defender a muerte un espacio, terreno, que se considera propio es tirar por la borda la idea de que somos habitantes del mundo y no de un territorio específico... “La patria no existe”. O, por lo menos, no existe si lo que queremos es llevar a cabo la idea romántica y hermosa de globalizarnos. La globalización deja de lado, inevitablemente, el concepto patria, que no es más que la farsa conque justificamos la arrancada de ojos general)”.

D

“Dejarlo todo... Abandonar todo lo que hago. Dejar colgado de un parante todo aquello que soy y que me extermina, minuto a minuto, célula a célula, mientras por fuera parece que voy logrando cuanto hace de una persona lo que debiera ser y también cuanto debiera tener alguien de veintipocos años que se perfila bien, muy bien, para la magra visión de una sociedad tercermundista, bien mediocre y limitada, bien cagada en las patas por el fantasma del abandonismo y la saciedad financiera permanente.”, en eso pensé los dos últimos años de los cuatro que fabriqué gaseosas. Cuando comencé a estar seguro de que iba a dar ese paso, cuando supe que no estaba gozando placer más intenso que imaginarme abandonando todo lo que hacía, inercial y empujado por la máquina que pertenecía a la nodriza familiar, que en nada conciliaba con el prototipo propio y que me proveía no más que de dinero, empecé a comentar este proyecto, que yo sabía iba a sonar en los oídos de cualquiera como suenan los asuntos que carecen de sentido, tímidamente con un compañero, Nicolás, un vendedor de la fábrica devenido en operario, y que por algunos problemas con la cocaína y el alcohol fue que devino previamente en vendedor de la fábrica, llegando de un negocio propio, un minimercado por la zona de Paternal. Una persona inteligente, sensata, de gran corazón, de impecable sonrisa auténtica, de buen talante y que cargaba un excelente humor incluso cuando llegaba lo más borracho que puede llegar una persona a trabajar. Nunca lo vi de mal humor, irritado o cargando ánimos ácidos, ni siquiera cuando estuvo a punto de caerse en uno de los tanques de 18.000 mil litros que se usaban para mezclar el jarabe concentrado que mezclado con agua y posteriormente gasificado ganaría el rótulo final de gaseosa, y que blandeaban dentro de sí hélices imponentes, con aspas de más de un metro de largo, muy veloces, con las que agitaba toda esa carga líquida, bien espesa, espesa como kilómetros de sangre que ganaran un par de horas bajo el sol. Un especial, Nicolás. Un risotadas de la eternidad. Ante la muerte misma me lo imaginaba sonriendo y diciendo: “¿acaso es esto todo lo que encarna, Sra. Muerte?, sinceramente la creía más especial... ¡Ya no me da ganas de acostarme con usted!”. Al comentar mi visión abandónica con él, tuve la respuesta que esperaba: “¿y después qué?”, desesperado, dijo, realmente comprometido con la idea pero sufriendo personalmente las consecuencias; otro arrebatado por la sincronía diaria. “¿Vos estás en pedo?”, fue lo máximo que se le ocurrió. Ojalá hubiese estado en pedo (¡lo hubiese hecho antes!), era lo más real que se me había ocurrido hacer de mí, jamás. Era mi visión fatalista y renovadora de lo que debe hacer un hombre o una mujer para componer definitivamente los destrozos a los que se sume voluntariamente para alcanzar objetivos ordinarios, costumbristas, confortables; ésa era (¡y carajo que fue la mejor decisión que tomé en toda mi vida!; hablo de las relevantes y definitorias) la única puerta que yo veía iluminarse, atractiva y azarosa, altiva y jactanciosa, sonora y perniciosa, en suficiencia, para atravesar con un sólo golpe, mágico, el muro que construía todos los infortunios mentoespirituales que me arrastraban, como jalado por caballos enemigos, por el piso de la vida que llevaba. Nadie comprendió mi visión. Objetivos, más allá de vagar y de ver el mundo por mí mismo, no tenía. ¡Todos estaban alarmados! Ni una sola persona de las que me frecuentaban, y viceversa, pudo tomar una postura neutra, una postura que representara algo de comprensión, un atisbo de apoyo; ¡no hubo nadie!, y eso me señaló un parámetro, un exacto punto para darme a la idea de dónde me encontraba parado respecto de ellos, a quienes equivocadamente consultaba y con los que limitadamente compartía. Esa decisión me valió de un parámetro fundamental, que me enrostró mi ubicación, violentamente, en el mundo. Y ya nada me detuvo... Mis amigos me citaban para charlar, para desenroscar de mis adentros esa herejía, firmemente taladrada, que iba a cometer en poco tiempo, y mis familiares hacían lo propio, con idénticos objetivos; he tenido cenas riquísimas, abundantes, como nunca lo había hecho, con algunos parientes gracias a mi hermosa decisión; pero los argumentos de todos ellos sonaban tantísimo peor, sobrealmidonados, y nadie, pero nadie, ninguno de ellos, podía igualarme mentalmente, recién ahí lo pude ver, después de haber aceptado concurrir a todas esas reuniones que intentaban que mi proyecto tropezara con la vara rígida de la ignorancia, con la conspiración que encarna brutalmente todo lo que no se comprende y que por ende no es más que lo siniestro, volviéndose con automatismo objeto a destruir... ¡Y cuanto más rápido mejor (¿no es así, con tal velocidad, acaso, como hacemos todo aquello que consideramos perjudicial, nocivo?)! Pero en un determinado punto lo que hacían todos ellos, y todos, destacar, por favor, me querían sinceramente, era volverse, ignorantemente, en contra de sí mismos; todos ellos habían encarnado siempre las formas de vida más absurdas, pocos de ellos no hacían más que subsistir con empleos que desdeñaban y detestaban, arrojando posteriormente, es decir, la misma noche, luego de beber la desdicha cotidiana, esa carga negativa al seno familiar y descargando sobre éste toda esa estética del mal humor y el flaco sabor a mierda que expele rápidamente el resentimiento hacia uno y proyectado finalmente hacia todo el mundo, que no se comprende por no haber practicado jamás una interrogación en carne viva a sí mismo, permanentemente, nunca, dejándose oxidar desde los huesos hasta la piel, pasando por el tuétano, con placebos, usualmente televisados. Ninguno salía del traje de acabado de por vida, y varios no tenían más que unos pocos mendrugos más que treinta años... lamentables, con la completa sonoridad de la palabra. Unos escuerzos sacudidos por aguas turbias y poco fecundas que bate la corriente de la cotidianidad, en silencio pero avisando. “No vendas el auto”, me decía mi viejo, “no te descapitalices...”, argumentaba. ¡No podía creer lo que escuchaba!: descapitalices... ¿Cómo tomar esas palabras?, si en toda mi vida nunca lo había visto, ¡por suerte!, capitalizarse. Lo hueco de los argumentos que esgrimen las personas frente a aquello que no logran poner en nicho comprensible, rápidamente, nos muestra su limitación. No demuestra presencia mala o buena de leches cósmicas, sino que sólo abre y expone la carne, sus carnes, corporales, específicamente, a la voracidad de lo que jamás podrán encarnar, y al enfrentarse con las ideas contrarias se ven chiquitos, finitos, como microbios, como virus, y desconocen de sus esgrimidores toda la fortaleza y la capacidad de mortandad de que son asequibles, portadores y vectores. No son más que aquello de cuanto hay que cuidarse cuando se piensa y se cree, consecuentemente, en traspasar...

* * *

El remolino de la literatura comenzó a girar dentro de mí sobre mis veinte años. No puede afirmar un disparador que no sea más que curiosidad. Seguramente, haya tenido yo todo el tiempo una manera de observar las cosas cargada, bien cargada, de incomprensión, y a raíz de eso es que haya puesto a girar ese remolino como regulador, necesario, sobremanera, desbaratador y reconstructivo de mi nuevo punto de vista que acarreaba la realidad que comía por los ojos y que no tenía nada que ver con las explicaciones que se me dieron a todas las preguntas que yo hiciera acerca de cómo es que funcionan las cosas a lo largo y a lo ancho del mundo y también del universo, y, ¿por qué no?, del cosmos. Empecé a comprobar que la vida tal como la vivía la mayor parte de las personas era una soberana cagada de paloma, y entonces, cuando rondaba la adolescencia madura advertí que había otra vida a la que nunca se me había inducido ni mostrado desde un costado real: la vida del arte. Se consumía arte en la casa de mis viejos, pero se consumía como se consume un chocolate, un rollo de papel higiénico o una pastilla para la fiebre: como algo que tiene un objetivo, que cumple una función, y no como un torrente revelador de tantísimos secretos que guarda la naturaleza. La música que se escuchaba, y ese fue todo el arte que se me rezumó, variada, no era tomada por nadie de mi familia como un canal de expresión por parte de la persona que la haya compuesto, sino que era absorbida como un relleno de momentos en los que uno se había cansado de la tele, o como un zumbido que se necesitara mientras se hacía otra actividad en la que realmente estaba puesta toda la concentración: es decir, nunca se gozaba del arte por sí mismo, si no que era como una ventana muy chiquita que estaba en la pared pero a la altura del techo, una ventana por la cual nunca se podía ver qué, cuánto ni cómo era lo que realmente podía mostrar y mostraba, quedando reducida entonces a un pequeño ojo multiforme propagador de luz hermosa pero inexplorado por inalcanzable. Una verdadera lástima siento al pensar en ello. Como curioso innato que soy, puedo dar fe a mi mismo que mi vida, al menos hasta aquí, no sé que será en adelante, eso es lo mejor que la vida tiene, la incertidumbre acerca del futuro inmediato y acerca del futuro vasto, amplio, fue dedicada a experimentar todos los terrenos a los que nunca supieron llevarme y todos los terrenos a los que no quisieron llevarme ni dejarme ir solo mientras era dependiente de mis padres. Me puse a probar y, posteriormente, a sacar conclusiones acerca de lo probado. Y eso me llevó la vida... Y tanta vida me llevó, tanto tenía por curiosear y tantas veces lo hice, que hoy día representa lo que mejor hago, aquello que pienso seguir perfeccionando sin el objetivo, ya lo tengo, ¡por suerte!, claro, de que sea perfecto. Porque para ser perfecto uno debe ser la naturaleza, toda, y es evidente que un componente de un todo no puede volverse el todo mismo sin sufrir una transformación substancial. Quizá haya una forma de lograr esa transformación, puede ser, lo que me resulta claro es que de poder lograrse ese cambio no va a ser morfológico ni físico... y no sé aún cómo debiera de ser ese cambio radical que haga de una persona la naturaleza total: quizá ocurra al ser absorbidos por la naturaleza, y eso, inevitablemente, sucederá cuando ella descomponga mi cuerpo y mis elementos con su cuerpo y con sus elementos sublimes; hoy creo que ése es el único camino para volverse uno naturaleza: perfecto.
La perfección radica en desvalorizar la muerte tal como la concebimos. En perder el temor a aquello que, equivocadamente, como nos han contado, representa el dolor máximo: la muerte. La muerte es el máximo dolor cuando no se ha disfrutado la vida como uno fue sabiendo siempre que tenía, sólo por su propio bienestar, que hacerlo. Así que ese dolor, damas y caballeros, es el dolor que vemos al mirarnos a nosotros mismos y reconocer, en el momento que ya nada puede hacerse ni llevarse a cabo para desdoblar ese pliegue final, que hemos sido unos verdaderos cobardes mientras consumíamos ese torrente divino y fantástico, total, que se nos concedió al ponernos a latir en este mundillo, gigante, mullidito y hermoso.

* * *

Durante el principio, que duró una eternidad para mí, creí que la tarea del artista era transformar lo malo, lo vejado, lo asqueroso que estaba sobre la tierra y rodando junto con ella en algo realmente bello, hermoso, antagónico a su malversado origen. Por suerte ese principio, cuasi eterno, duró, respecto de mí y de mi tiempo, poco. Hoy día veo que eso no sucede como yo lo creía entonces. Ahora creo que lo que realmente intenta un artista es transformar en oropel su propia mierda, insistente, perpetua, del sentido contraperistáltico que lo persigue, que apremia con corromperlo permanentemente y que corre tras su detrás hasta que toma la firme resolución, luego de años, de frenar, girar y enfrentar a ese monstruo correcaminos, descubriendo, con relativa sorpresa, que no era otro que él mismo. ¡Y ahí tenemos la revelación! ¡Voilà! Siempre fue él mismo quién se corría desde atrás, que se atosigaba, perseguía y apremiaba: ni más ni menos hacía que exigirse, no hacía más que darse castigo con el autolátigo, tan predicado por la mierda eclesiástica; fue siempre su propio dictador, tiránico a tal altitud, a tal intensidad, para consigo, que ningún tirano terrenal lo igualaría ni aunque el ser humano, si el planeta lo dejase, viviera eternamente. ¡La varita! ¡Qué larga y satánica es la vara flexible con que nos damos sobre nuestro lomo cada vez que nos quedamos solos, pensado en cómo fue que actuamos, y flotando sobre el aceite que representa nuestra consciencia, es decir, la margen parcial, bien parcial, del río educativo! Somos tan ignorantes de nuestra propia necesidad que nos confundimos no más haber cruzado ese umbral de la soledad, y, consiguientemente, nos cagamos a fustazos. Lo que se hace para domar un caballo es lo que hacemos con nosotros; somos el jinete más oprobioso y obsceno que nuestro caballo, más la fuerza que éste representa, y que nosotros truncamos, segundo tras segundo, podrá cargar alguna vez sobre su propio lomo castigado y sangrante. Somos una verdadera plaga, una plaga esquizoide, “la peor de todas”. Que ni siquiera puede advertir cómo su propio enjambre de langostas se desayuna su mismo organismo, que representa la cosecha, al pensar en lo que hace de las langostas un detractor famoso en el mundo agrario...
Pero queda una luz, un halo de luz, mis fieles..., hay una vena aún no surcada por la propia sangre que se expande guerra tras guerra por el asqueroso y maravilloso suelo que nos sostiene; creo en ese halo firmemente, por eso escribo una palabra tras otra, para seguir creyendo, para concentrarme en que somos nuestros detractores, y que impulsados por el efecto del mismo mecanismo nos consagraremos finalmente en nuestro mejor antídoto contra el veneno que nos proveemos al actuar separadamente de nuestros vecinos y hermanos más cercanos. Yo, ahora, por ejemplo, en este momento preciso, no puedo hacer nada directamente por un ruso, que habita Rusia, desde mi residencia, en Tres de Febrero, Buenos Aires; ¡y tampoco debo hacerlo!, ¡ése es el asunto!: yo no debo hacer nada por mi hermano chaqueño que se está recagando de hambre en su Chaco multifértil, multialimentario; mi obligación, mi deber, mi lineamiento-natura, común a todas las personas, es hacer algo por mi vecino más próximo, el colindante inmediato geográficamente, y éste debe hacer lo mismo y lo propio por el suyo, y el siguiente por el suyo, ¡más que nunca!, también... ¡y así, sólo así, de esta forma neutral y natural, llegaremos, sin dudas, hasta el hermano chaqueño y hasta el hermano ruso que habita la hermosa Rusia, que tanto imagino y que tantas veces vi gracias a Don Fiodor y a su pluma candente! Pero calando más y mejor dentro de esta idea: no hay necesidad de llegar a ese ruso de esa Rusia, porque, al hacer él lo propio, que es lo que demanda este mecanismo, este principio orgánico, es decir, funcional, que de hecho no es más que lo que hace nuestro hígado por nuestro páncreas, y nuestro páncreas por nuestro riñón, y nuestro riñón por nuestros pulmones, y nuestros pulmones por todos nuestros órganos, y todos nuestros órganos por todo el resto de nuestros órganos, ¡que es lo que el ser humano ha desbandado y degenerado al tratar a pares, individuos (¡ni hablar de lo que hemos hecho con y por el resto de los animales!), de esta manera tan inorgánica!, marrando un mandato natural... al hacer lo propio cada uno de todos los que poblamos este mundo, no estaríamos generando más que una corriente continua y homogénea que se propagaría recíprocamente entre todos, como un único flujo sinérgico, inalterable, benéfico, que no tendría ni origen ni destino, sino que deambularía entre todos nosotros como serpiente cosquillosa que nos acariciara y protegiera de lo innatural, ¡y de nada más que de lo innatural!... Porque si lo que vos querés es que algo o alguien te proteja de la muerte... ¡estás sonado, pichón!; aunque si te ponés a pensar un rato, arriesgando la totalidad de tus pelotas, ¿no es, acaso, para sentir seguridad, para sentir que alejás tu culito de la muerte, para sentir que cada cosa hipercarísima que te comprás te hace un poco más gladiador de un Coliseo en el que nunca estuviste ni estarás (y acá mismo quiero oírte agradecer que no te haya tocado estar en el Coliseo de los tigres, en el inhumano Coliseo de las batallas cuerpo a cuerpo, en el paranoico Coliseo que enfundaba como nada el desquicio de matar o morir, inenarrable), para sentir que cada objeto, inmueble, mueble, vehículo, confort, medias, diú, preservativo, zapatos, zapatillas, cinto, gamuza, esponja, cepillo interdentario, lima, cama, calefactor, ventilador, polenta, arroz, agua, cerveza, anillo, gema, diamante, piano, trombón, armónica, escoba, jeringa, sombrero, reloj, vademécum, vaso, taza, mesa, velador, spaghetti, cachoecarne, lamparita, cable, mondadientes, ladrillo, munición, antifebril, pañal, triciclo, fotograbador, seguro social (¿han pensado, realmente, qué significa estar asegurado contra la sociedad?), garaje, banana, pez, perro, canario, collar, oro, lentes, ácido acetilsalicílico, antiácido, proácido, coagulante, donante, calmante, enfermera, personal de mayordomía, libro, disco, cuadro, escultura, tk./teatro, baile, córnea, hígado, riñón, pulmón, corazón, jubilación, pensión, plancha, almidón, calefón, duchador, peluquín, bolígrafo, tampón, diccionario, placer, computador, pincel, paleta, silla, colchón, posavaso, lechera, vino, ajo, carbón, chancleta, tubérculo, sonda, hélice, ventanas, cerradura, llave, copia de esa llave, pasaje, colcha, juguete, elixir, droga, banquete, caramelo, piñata, colores, pantalones, rodillera, ultrasonido, champú, acondicionador capilar, colonia, dentífrico, ungüento, exfoliador y todo, en definitiva, acto que ejercés casi a diario, con esa compra silenciosa y maloliente que te levante el ánimo, o, mejor dicho, la parte del ánimo que depende de lo artificial, te alcanza para cubrir esa magra expectativa que guardas a la vida? ¿Puede alguien, por favor, explicarme suavemente, dulcemente, con la misma detractora elegancia con que se nos contó y taladró la primera gran futura decepción, barrabasada, de papá Noel, con qué propósito nos vamos haciendo de todos estos elementos? ¿Es que, acaso, necesita una tortuga de las Islas Galápagos de un sólo artículo de los que arriba nombro para sobrevivir al ser humano cien años, poco menos, poco más? ¿Necesitó alguna vez nuestro planeta, sabio silente, de algún artefacto, complemento o implante para durar, perdurar, y abastecerse mientras nunca ha dejado de abastecernos? ¡¿Vemos bien, en realidad?! ¿Nutre el alcance dimensional de nuestra terrenal, humana, sobretodo humana, visión? ¿Puede encontrarse, y fijarse acá en lo poquito, nimio, que estoy pidiendo, al menos, un individuo satisfecho, que camine tranquilo cualquier parte de la faz de esta putísima tierra globosa? ¿Lo conocen? ¡¿Dicen ustedes, recontrajajaja..., conocerlo?! ¿Es que acaso pueden nombrarlo y describirlo?... ¡¿Sí?!... Pues bien... ¡Quiero que me lo traigan!, entonces. ¡Quiero verlo!... ¡Ahora!... ¡Tengo tantas preguntas que hacerle...! ¡Quiero tocarlo, sentir que es real, cárnico, y demasiado humano...! Lo necesito para volver a creer. ¡Lo necesito y se acabó! Tras manjares kilométricos, escuché mientras crecí, uno pasa la vida; pero, a resultas, todo mi mundo se ha socavado. Y sé que no soy culposo... ¡Es que me he dejado hacer y llevar, como todo pendejo que mira y copia para poder crecer, por las corrientes con que me han adherido al simbolismo de esta tierra, ¡equívoco!! Y la reconstrucción de mí me viene costando un huevo y la mitad del otro. Era mucho más fácil pagar con sal, ¡esa época tan rara, conceptiva del mecanismo financiero!, con seguridad. Los huevos son los huevos; son nuestro seguro de descendencia, nuestro perlero aseguramiento de que subsistiremos un poco más, aunque: no es más que con cuanto condenamos, de antemano, a nuestros hijos, no es más que la manera que utilizamos para burrear sus lomos, sumando peso tras peso a su pequeña espalda con el cobarde fin de acabar nuestro ególatra retrato, el retrato que quedará, creemos, en la posteridad, y que nunca supimos cómo acabar por nuestra cuenta sobre nosotros: ¡cuídense de sus padres, dulces pequeñitos!, ¡somos la verdadera delincuencia...!
Al fabricar, al producir en repetición siempre el mismo producto, se te va, repetidamente, el ímpetu y el respeto por la vida. No queda más que un desierto seco, que suele pagar con ritmo quincenal, refrescando el bolsillo con mayor asiduidad pero que engaña, solapa, enmascara, representando el mismo resultado de pobreza si se lo mirara con ojo anual. Más de lo mismo. Llegué a conocer a un operario de una fábrica de gelatinas, y al escuchar la función que cumplía este tipo me cagué de miedo con sólo iniciar una proyección en mí de él... Pocas veces se repara en cuánto hace un coterrestre día a día para que las góndolas de los supermercados exhiban en cajas, latitas, botellas o saches las sustancias que digerimos cotidianamente. Apunto a esto: ¿qué bebió o qué no bebió, qué lo erigió o qué lo privó de ello, qué creencias se metió o le metieron de prepo, a una persona cualquiera, primero con ternura y luego con hidalguía de cotillón, por los arremolinados conductos que dan vuelo a la caprichosa cadencia del cartílago que forma las orejas de este individuo, que acaba, satisfecho, ¡y esto es lo peor, lo más obscuro!, montando cinco tornillos sobre un carburador que conformará con otro millar de piezas, finalmente, un automóvil, a lo largo de veinte, treinta, cuarenta años? ¿Puede algún gerente de producción convencerme de la utilidad de esta condena? Sé que en la escuela nunca se nos dice, pero en casa, en nuestro hogar, donde habitan, en teoría, quienes ferozmente nos quieren y protegen, ¿cómo es que nadie nos dijo alguna vez: “averiguá qué es lo que te gusta”? ¿Tan en contramano vengo rodando? ¿Es tan descabellado, me pregunto, ahora que lo escribo, que los individuos que nos quieren nos alerten acerca de lo que nos perjudica?, ¿acerca de aquello que nos torna chatos y pedregosos? No es para un ser vivo padecer quedo las distintas erosiones. ¿Entonces? ¿Eternamente educaremos a nuestros hijos para que ocurran, existan y vivan como piedras que contornean un río o delimitan la caída brusca de las olas? Nos condenamos a vivir como hormigas productoras a través de los secretos que nos ofrecemos de generación en generación, ¡y no jodería esto tanto si viniera acompañado por el consejo de no matar a las hormigas!, ya que pretendemos hacer la vida que ellas llevan. ¡Pero yo nunca escuché de alguien que aconsejara a un congénere o a un descendiente prevenirse de machacar a las hormigas contra la tierra porque representan nuestros mentores de la vida y de su construcción! ¿Entonces?... Escucho refutes... “¿Qué?..., ¿Lobo, estás?...”...
La Miel de las palabras... Seguir y seguir durante horas sobre un tema que nunca acaba.
Prometo no volver a hacerlo...

* * *

A veces, creo que lo he cavilado todo. Otras veces, creo ser víctima usual de la más ordinaria cualidad, “vanidad”, del hombre: un practicante, convencido, del autopete como religión suprema. Más, de tanto en tanto, cuando desprendo finalmente de mí la totalidad de los accesorios que me he colgado del cuerpo y del espíritu, es que, buenamente, me veo dentro del sendero que considero acertado, el único capaz de arribar o destinar a buenos puertos, o por lo menos, si no buenos, algo conducentes. He padecido más de una vez ser erigido por la demagogia que me proveí. ¡¿Cómo no?! La tierra gira tan despacio, tan cariñosa y tan perniciosa a un mismo tiempo, que quedar varado dentro de los millones de vueltas que esconde un pensamiento es el error más común y predecible que padecemos. Podemos volvernos locos a la vuelta de cada esquina a lo largo del mundo... solo hace falta estar dispuesto a arriesgar, o apostar, según el caso, la cordura, que sencillamente nos priva de absolutamente todo pero que todos concebimos como `tan imprescindible´. Larguísima es la historia que se puede contar acerca de este acto, como pecado o como habilidad, y que depende exclusivamente de cuanto conforme al protagonista de la historia...

E

Estaba, una noche cualquiera, en el laboratorio, como todas las noches, haciendo casi nada a la hora en que el Zar Rafael III..., podría jurar por siempre, esperaba que estuviese haciendo algo que ayude en la producción de aquello que su pequeño imperio estaba dedicado a vender, cuando entró corriendo un compañero, no recuerdo bien cuál, y me dijo entre gritos y desesperaciones que llamara con urgencia a una ambulancia. La cara, la deformación de la cara, mejor dicho, aisló esa emergencia de todas las anteriores, y sin que me dijera una palabra más supe que estábamos delante de una tragedia. Salté, de golpe, del taburete y empecé a pegarle a los botones del teléfono, sin más que preguntar. Recién cuando la interlocutora de la empresa de emergencias médicas me preguntó qué trastornos había padecido el paciente fue que me enteré, exactamente, qué había sucedido:
“La paletizadora (una máquina demoledora) aplastó al Narigón”, dijo.
“Una máquina aplastó a un empleado”, dije, y al leer la mirada de mi compañero sentí algo fuerte, algo nuevo.
“La ambulancia ya sale para allá; traten de no tocar al herido, y en el caso de que tenga alguna herida sangrante presionen la zona con gasas o apósitos para controlar la hemorragia.”
Colgué el teléfono y fui corriendo hacia las líneas de producción.
Una peletizadora es un artefacto diabólico, negrizco, un robot industrioso que resopla aire por todos lados, que trina, que maldice su propia invención con fortaleza, y que se mueve como un volcán destructor, firme y avasallador, ordenando los packs (seis u ocho botellas envueltas en una capa gruesa de nailon que les da esqueleto y estructura grupal) de una manera transportable: una base de madera de un metro y pico por lado sobre la cual la paletizadora arma un primer piso parejo de packs, cubriéndolos luego con una lámina fina de cartón para repetir el proceso a lo largo de unos cinco o seis pisos según el volumen y la altura de las botellas que se estuviesen produciendo. Consta de una plataforma móvil que baja y sube unos cuatro metros mientras trabajaba y que, a intercalo, empuja un grupo de packs que la cinta transportadora le acerca.
Cuando llegué al lugar del accidente no comprendí inmediatamente qué había sucedido. Yo no conocía muy bien a la persona que había sufrido el accidente y por cómo todo el mundo se movía no parecía haber ningún herido, como uno se los imagina, en los derredores de la paletizadora. Callado y confuso recorrí todo el lugar con la vista. Toda la producción estaba detenida, eso era evidente, pero no había un ambiente de accidente grave. Algunos operarios se apiñaban en distintos puntos del galpón, y charlaban, sin alboroto aunque tampoco con congoja. Me sentí, primeramente, desconcertado, y tuve una leve inducción a minimizar el hecho. Miré y miré por todos lados hasta que comprendí algo; todavía no sé con claridad qué fue lo que comprendí. No creo que lo vaya a saber nunca, tampoco.
Voy a contarlo como el testigo que fui:
...sentado al lado de la máquina, la paletizadora, como una presa recién cazada y eternamente resignada, que siente, por educación, ¡mierda y sólo mierda!, debe rendir tributo a quien habrá prontamente de comérselo, estaba nuestro compañero sobre una silla común, pequeña, sencillo asiento, capcioso pedestal, como un mínimo jirón de una butaca que le correspondiera por dejarse atrapar. Fue tan claro, tan mórbido, tan espeluznante lo que vi esa noche, lo que él estaba sintiendo. Tan insigne era lo desconcertante de su rostro, tan desolador lo que comunicaba, tan injusta su expansión. Tan insanos eran los arpegios que sonaban en silencio, entre todos los compañeros, entre todos los cómplices que fuimos, somos y seremos, asunto que corroboraría más adelante, la misma noche. Estaba, el Narigón, sentado como un ser mínimo, como alguien que sabe internamente que no podrá permanecer más que un rato: él ya sabía que estaba muerto, sabía en las tripas que algo grave le había sucedido, que había sido inevitablemente aplastado; los demás hicimos lo que pudimos desde lo que una emergencia requiere, pero nunca pudimos caer en la cuenta de la gravedad que realmente envolvía a todo el asunto. Nunca voy a olvidar su cara (¡Nunca voy a olvidarme tu cara, Narigón!): la mirada apuntando extraviada hacia la nada de la nada, el desconcierto desesperante que genera el padecimiento inesperado de algo que te extermina sin mediación, la mirada que se tiene al caer definitivamente en la cuenta de que hasta aquí ha llegado todo, de que ya es tarde, demasiado tarde, para propuestas, de que los salvoconductos son ejercicios para otros, quizá más y mejor bendecidos, inexplicablemente, por ese dios hijo de mil putas, ejecutante solitario y chúcaro, inabarcable, insobornable. Lo que contemplé fue la desolación más absoluta que conocí cara a cara; un millón de preguntas salían de sus ojos y, apenas advertí que no poseía ninguna de las respuestas que él requería, lo primero que hice, por vergüenza, fue mirar hacia otro lado, abandonándolo, egoísta total fui. Una sola mirada amiga le hubiera bastado para sentir un poco de calor, un poco de aislamiento de la miseria humana, un poco de hermandad... él necesitaba un poco y yo no supe cómo dárselo. Ahora sé que él necesitaba cualquier cosa, que no estaba esperando su redención, sino un gesto, una actitud compañera, un poco de fragor, una caricia que aliviara el desconsuelo que sentía al albergar lo distante que nos volvemos todos cuando la tragedia es ajena, cuando no daña la sangre directa, él esperaba que la humanidad viniese y lo abrazase fraternalmente, sin compromisos, sin contratos, sin pólizas de aseguramientos de los trabajos, él necesitaba un último abrazo con el cual proyectar el abrazo que quería dar a su familia, que abandonaba definitivamente, abrazar por última vez a sus hijos, frente a frente, despedirse de ellos, y darles un último consejo, algo con lo que poder protegerse, algo para valerse por sí mismos dentro de toda esta mierda que somos y que nos procuramos semejantemente.

música
El ojo siempre está curioseando, siempre logra saber qué hacés y qué pensás. El ojo ve más allá de la distancia que imaginás puede. Conoce, porque lo ve, tus próximos pasos. No anda con chiquitas... emperifolla grandotas, de un tirón. Observa y observa, y el muy cabrón no cesa de sacar conclusiones y de juzgarte, no sabe detenerse, no conoce la piedad, no está a merced de ninguna intermediación: cuando dicta sentencia lo hace raudo, carnívoro, demoledor, sin treguas ni concesiones; ¿por qué habría de negociar si es quien tiene y esgrime la última palabra, la suprema visión de todos los actos? Ocurre y actúa como un golpe de estado, interfiriendo-te, masacrándote, haciendo polvo a tu luz (¡cabezón...!). Necedad y despotismo son sus cualidades predilectas. Las únicas que conoce. Y con ellas se mece en un espacio que nuestro bidimensional alcance ocular ignora... Ignora por ocurrir y, por lo tanto, por observar fuera de frecuencia. Ve y escruta todo... No necesita descansar porque no se cansa. No necesita parpadear ya que su mecanismo no requiere ser lubricado. Es la máquina perfecta porque no es una máquina. Ni se alimenta ni respira ni desecha ni sabe qué significa la memoria. Vaga por el universo gozando de la movilidad perpetua. ¿Qué lo ha impulsado originariamente, en el comienzo? ¡Un misterio!, seguramente. ¿Comienza algo alguna vez?, ¿o es un elemento-parámetro de nuestra necesidad de medir y conmensurar eternamente todo para lograr esa comprensión de la que no podemos deshacernos y que nos entierra y destierra permanentemente? ¿Cómo se ha movido por primera vez, ese gran ojo? ¿Quién o qué lo empujó, en el comienzo, siete días o más o menos antes del séptimo día?... “¿Qué es un día?”, se pregunta el ojo, ávido de ver y de mirar.
Un día es, quizá, un elemento organizador...
música

La cobardía sabe organizarse rápidamente; cuando la cobardía apremia es cuando nos sorprendemos bajo el asedio de la velocidad con que resolvemos los problemas en pos de poner a resguardo los dos cantos suaves y radiantes que conforman nuestro propio culo.
El Narigón, con el estómago mezclado, se fue dentro de una ambulancia, paralizado. Resquemor, sólo resquemor quedó en la fábrica para que el resto de nosotros respiremos, y observemos a nuestro alrededor qué otro punto, máquina o rincón podría dañarnos como fue dañado nuestro compañero. Cuando acecha la tragedia todo lo que nos rodea se vuelve sospechoso de acreditar más dolor; cuanto nos rodea cobra capacidad de malversar, de amenazar, de matar. Nuestro instintivo mecanismo de defensa cubre todo con el color que se vio al momento de la barbarie sorpresiva y por un tiempo sospechamos del universo entero... hasta que, transcurrido un determinado lapso, singular en cada caso, ese temor se esfuma, se esfuma y da paso a la calma tranquilizadora, redentora, que determina y ordena lo ocurrido, hasta que logra decirnos: “sí, te has salvado de esa tragedia”... Entonces los ojos volverán a abrirse en el próximo suceso desdichado que se presente en un futuro, ojalá lejano.
Toda tragedia humana es seguida por una tragedia demasiado humana. La primera suele ser accidental (aunque los accidentes no existen...), evitable si la analizamos, pero, de todas formas, accidental. La segunda (y acá es donde se huele la mierda, la peor mierda, la mierda mísera) de las dos tragedias que conforman el total trágico, suele tomar acción en el momento en que todos comenzamos a volver en sí y caemos en la cuenta de que en tiempo más o tiempo menos regresaremos a ser mandados por los elementos que como raza nos organizan, premian y, sobretodo, castigan: acá, en este ítem, en este paso detractor, es que la segunda tragedia cobra vida e impulso propios. Cuando comienza a sobrevolar una calma relativa sobre el cielo que vislumbró el desencadenamiento de la catástrofe, es cuando el origen de este drama trata de ser llevado a cabo y acomodado en pos de recibir la menor condena por las responsabilidades cometidas.
Todavía quedaba en suspensión parte del brillo de las luces de la sirena de la ambulancia que trasladaba al Narigón flotando en el ambiente del galpón donde él trabajaba, cuando se acercó con paso rápido y el rostro sonrojado la persona responsable de proponer, practicar y sostener los modos, las formas y los mecanismos que generan la seguridad del trabajador, con un artefacto y con una herramienta bajo el brazo; el artefacto era un sensor y la herramienta era un destornillador. Ayudado por otro esclavo del sector de mantenimiento, comenzó a trabajar en la paletizadora, la puta máquina que había masticado, con un único bocado, a nuestro compañero. Mientras nos preguntábamos entre todos qué había pasado, quién había visto algo y cómo había podido pasar algo así sabiendo que si alguien se entromete en el espacio aéreo que una máquina utiliza para lograr su objetivo industrial todo el proceso se detiene automáticamente.
El cielo despejó para todos rápidamente.
De diez a quince minutos, un sólo sensor de movimiento, ¡que estaba en stock!, ¡que descansaba inerte al alcance de cualquier mano!, un sólo destornillador, sólo un ayudante, prescindible si no apremiara la necesidad de tapar un agujero desidioso, hicieron falta para dejar la paletizadora con las cualidades necesarias para evitar aplastar a una persona. Necesidad, objetivo, fin logrado, todo, todo lo que requiere la paz estaba por ahí, alcanzable, pero desorganizado, es decir, volátil, etéreo, tragado por el gran deglutidor que mueve el personal y egoísta impulso de comer, de generar divisas para sí, escupiendo virus hacia izquierda y hacia derecha, hacia delante y hacia atrás, y que lleva más tiempo y energía que no escupir, más tiempo y más mala leche que generar o colaborar en un hábitat provechoso para todos... Pero no vale cargar con tantas responsabilidades al encargado de la seguridad. No es fiel a lo que sucedía en la planta de producción, no describe ni muestra culpables o inocentes... Todos los empleados, en cada uno de los departamentos que conformaban la fábrica, cometíamos, al menos, una infracción, y de haber continuado allí, haciendo lo mismo, en ese lugar, cada uno de nosotros cargaríamos, hoy día, con una víctima propia en nuestra memoria. Todos debemos pagar los daños irreversibles que se dispararon aquella noche.
Puesto el sensor en la máquina, todo continuó como siempre. ¡Avanti, producción!, ¡avanti, y danos de comer con los frutos de tu multiplicación!
El Narigón, media hora después, estaba en el hospital y lo estaban punzando para saber qué pasaba por adentro, bajo su piel. Todos, un poco más tranquilos, sabiendo que lo atendían como dios, los sindicatos y la medicina pública obligan, nos dedicamos lentamente a nuestras tareas cotidianas. Hacia las cinco de la mañana nos enteramos que estaba internado en una clínica, por la localidad de Florida, partido de Vicente López, y que, si bien iba a necesitar de una cirugía intensa para poner todo su organismo en orden, estaba fuera de peligro. Respirado el aire que nos eximía de cualquier culpa respecto del accidente (más profundamente respiró el encargado de seguridad de la planta), con timidez pero sin cesar, todo ganó el ritmo cotidiano que arrastraba a hacer cuanto se hacía siempre.

música
¿Cómo es que funcionan los detonantes sexuales?
¿Cómo se enciende una llama por primera vez?
Una llama se enciende por primera vez desde la punta de la mecha. Con un lindo calorcito que la acaricie. Con un masaje fueguino. La mecha no es más que el cerebro. Y el calor, el fuego, no más que nuestras fantasías; acercar las fantasías a la mecha que representa el cerebro y tendremos una segurísima ignición. Un buen calor abrazador habrá de generarse y acabará por abrazarnos fraternalmente, pájeo. Luego dejarse llevar, si es que se puede y nos lo permitimos. Si no nos lo permitimos hay varias visitas por hacer: psicólogos, amigos, whiskerías, droguerías (yo las hice todas)... pero siempre destinarás en un mismo sitio: el centro de tu cabezota. La cabezota... Esa naranja jugosa... Esa extraña vitamina C... Ahí se hierven y elaboran todas las conjunciones inesperadas; ahí, en la cabezota, habita el submundo que está en continua rotación y traslación respecto de nuestros deseos, con la perversión y el morbo, lunas protectoras, iluminando en las noches nuestro impulso cazador. Cae el sol y nuestra educación, objeto-mandante de las conductas apropiadas, se desmorona junto con éste, solidaria pero demandante. ¡Es la hora de tramar! Cae la perversión como un ringing-tone pegadizo y repelido a la vez; como un hachazo de goma, que rebota discordante sobre nuestros modales y moralidades. ¿No es nuestra educación, ¿alguien duda?, el gratuito y mejor pre-abogado que podemos concedernos...?
Con esas lunas, que siempre me han alumbrado, menguando, decreciendo, llenándose, caminé sencillo por buena parte de este continente. Y después de tanto ir y venir, subir y bajar, entrar y salir, agarrar y soltar, amarrar y desprender, transgredir y respetar, probar y repetir, mirar e imaginar, conocer e ignorar, mientras trataba de acopiar la mayor cantidad de respuestas, sólo algo pude contraer, desenmarañar, hacerme de, tomar y retener durante un rato vasto hasta comprender y luego soltar... logré quedarme solamente con un elemento, una conclusión, finalmente,: vivir ignorándote te hace propulsor de barbaries. Ignorarse: voluntariamente, someter nuestra memoria a una lobotomía de origen, negar nuestra procedencia, discurrir malamente dentro de la historia que nos conforma, consagra o entierra tres metros bajo el césped; desechar nuestra historia, pasado, anal, en pos de una postura únicamente estética de consagración; autoultraje severo, propagador del sabotaje interpersonal. Lo que vi mientras viajé por Latinoamérica fue que en Argentina nos hemos disgregado, porque nos educan institucionalmente desviados, alejados, de cómo fue que sucedieron los aquelarres que forjaron nuestro presente. Próceres heterogéneos tratados con la misma sutileza narrativa; detractores, mandatarios, defendidos por antifaces dibujados con una sucia y tergiversada pluma. Una pluma que narra los hechos históricos según quién pague la remuneración, y ya sabemos quienes le deban el salario a la pluma redactora de nuestra historia para que el soberano hijo de mil putas del imperio español acabara con imagen de salvador de nuestras tierras y sus pobladores, sin haber hecho esta inquisición más que cualquier otro imperio que pobló, puebla, poblará, obró, obra, obrará, algún sector de la tierra: barrió con nuestra historia, nuestros tesoros (deberíamos hacernos cargo de que nuestras sociedades originarias también estaban inclinadas al acopio de majaderías brillantes, preciadas: llena tu hogar con oro y no podrás ponerlo a resguardo (Tao Teh King)), tiró abajo todas nuestras creencias y erigió sobre estos cimientes las suyas, a fuerza de espada, pólvora y, posteriormente, a fuerza del empujón que le ofrecieran los traidores internos de nuestra geografía, los que más rápido se acomodan mientras acecha, parejo para todos, la opresión inquisidora, los que tienen múltiples rostros, los cobardes, los entregadores... los ignorantes.
Jesús nunca fue otro que Don Alfredo Zitarrosa...
Y ninguno de todos los Jesús que caminaron la tierra, andrajosos, livianos, necesitó nunca colonizar para generar creencia...
música

F

La fábrica siguió adelante. Siguió adelante pero había, volaba, suspendido, un ungüento desconcertante. Todos estábamos al tanto de los avances del Narigón; llegar al laburo y preguntar por su salú` era tan necesario como lo es un tic proveniente de los nervios o de por ahí cerca. “El Narigón avanza”, solíamos escuchar. “¡Bueno, muy bueno!”, decíamos todos, como coro lírico organizado. Los días ocurrían, las botellas viajaban frías, bien llenitas, etiquetadas, ricas y saludables. “¡Palito, bombón... ¡helado!!”... como en la playa nos sentíamos de saber que fue un accidente y no una tragedia. En la máquina de la barbarie todos los sensores sensoreaban, ya, y una fina capa de alegría recubría, protegía, el galpón, porque eso no era más que un galpón, donde nos movíamos como enviados por una fuerza mayor que indicara fabricar.
La sorpresa, como bruma tiznada de residuos de caucho, descendió seis o siete días después.
De madrugada, como el día del accidente, vino un compañero, pariente próximo del Narigón, rígido como un cascote, y nos soltó la noticia...
El Narigón estaba muerto.
“Se acaba de morir...”, nos dijo su primo. Llorando; o no.

G

música
Nacemos, crecemos, nos reproducimos y luego nos llega, brillantina, la muerte... Lo que nunca te dicen es que podés llegar a morirte inmerso en una zanja, cagado de miedo, palpitando ecuménico la injusticia que te acabará o la justicia que te adorará. Nadie lo piensa, nadie lo cree y nadie lo ve venir. La muerte, se cree, es un asunto de los mayores... de los bien mayores, en lo posible de los sesentosos o más (por adjudicarle una cifra...). ¡Pero no, che! Cae la mordaza y ataca a cualquiera, así como así; con igual prepotencia se lleva niños, inocentes o culpables. No importa, ni mide, quiénes son... ¿Un baldazo de agua tirado azarosamente sobre tu parque, mide, identifica o considera sobre qué, dónde o cómo va a caer?... ¡No!... ¿No es cierto?... Los bichos que barremos con ese baldazo representan la gran figura que figura a las personas. Así, desentendida, nos cae la tragedia sobre el lomo y ¡ya! ¡Nada más qué pensar o meditar! Una columna floja, antigua, de concreto, de cemento, de madera, lo mismo es, se desmorona y arrasa. ¿Hace falta algo más? ¿Cabe una explicación que aclare el descenso de un rayo que electrifica una zona? ¡Lluvia!, ¡tormenta eléctrica!... ¿Qué más? El resto, ¿hay resto?, se determina por decante, descarte, razonamiento (¡El Razonamiento!... Gran portador de la distracción; disfrazado ordinario; malacate de seda; pavura disimulada; estrategia perdedora; comezón que nos almuerza; melodía fastuosa de entrecasa; placebo maleducado; calzada resbaladiza; curva cerradísima que esconde un muro de acero al concluir, sorpresivo, que tiene un pequeño cartelito colgado con una chinche, y que en el instante previo a estrellarnos recién podemos dilucidar cuánto reza: “hola”, habla este cartel desde la muralla, “¡bienvenido a mí! Libera la carne que se esconde tras la piel de tu cara y permite su libre choque. A lo largo de estos pocos milímetros que nos separan y que se están esfumando rápidamente ya nada puedes hacer... Vive una muerte digna y honrosa, ¿sí?; ¡ya es demasiado tarde para cobardías!... Primero, reventaré tu nariz; después, comeré en picadillo la redondez de tu frente lisa y fragorosa, casi junto con tu mentón; luego, poseeré tus pómulos y tus ojos, que estarán expuestos gracias a la sorpresa que te estoy generando, achatándolo todo; de plano golpearé para partir todos tus dientes, quijada, cráneo, y abordaré, finalmente, tu cerebro... ¡Fíjate bien!: tengo pensado aniquilarte sin rozar siquiera a tu magro corazón, no hace falta... ¡la madera no se puede matar! ¡Te aniquilaré tan despacio que podrás observar tu misma y reflexible desintegración, que desparramaré, chorreo y granulada, sobre mi fría y reflectora superficie!”).
El Narigón leyó este mensaje desde el texto original, desde el manuscrito mismo, que estaba aún en la máquina, calentito, tirando vapor como unos espaguetis que acaban de salir del colador, recién escrito para él (...y es que estos pequeños libros se escriben para un sólo lector...). Debe, el Narigón, aún preguntarse por su autor... ¿Y quién fue su autor (¡ojo con el ojo, que sabe escribir y muy bien!) sino todos nosotros, incluso él,: aquéllos que componíamos el ecosistema, el hábitat, que crecía y desarrollaba en la planta de producción?
música

Una única verdad latía ahora: ¡estaba muerto!
Nuestras caras lo decían todo. No hablaba nadie con nadie, ni un murmullo se desprendía de todos nosotros, asesinos y cómplices, portadores del dulce y falso encanto que a la hora de la tragedia mira hacia otro lado, hacia algún lado que sostenga más brillo, un lado con la capacidad de la superficialidad. Un lado menos aburrido. Algo más chic. Y no había otro dato que no fuera ése, el de su muerte. ...“Pero... ¡¿cómo...?, si estaba bien!”, nos decíamos hacia adentro.

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Estoy un poco cabreado, como un poquito desolado en este mar de inanición, en este océano secular de la humanidad. La novela avanza y avanza pero hay incontables dejos, demasiados sinsabores; aparecen de golpe, como ahora, mientras la historia va escurriendo través de este cerebro que catapulta toda la incertidumbre que chorreo, pequeñas luces sulfatadas, albaricoques incandescentes que blandean una imposibilidad que crece. Destrabar un sistema desde su centro no es tarea fácil. Cuando la tara literaria llegó a ser tan máxima que la desesperación abarcaba todo lo que soy, llegué a una conclusión: no planear ninguna introducción, ningún nudo ni, mucho menos, un desenlace, sino atacar al asunto por el medio, es decir, por la explosión; contar directamente el meollo del quilombo (la primera puñalada va al corazón), y desde ahí partir hacia los costados, izquierdo y derecho, confiando ciegamente en que el centro del retrato a retratar nos mostrará ambas puntas lentamente, y nos hará construir, muy despacio, en sentido inverso, el desenlace y el nudo con igual ritmo, con igual dependencia, y con la mano bien firme al elegir las palabras. Ahora, recién, sé que acerté, ahora veo que la inducción era intensa: hablo de la fuerza que me chupaba, desconcertándome, hacia un punto donde cuanto quería pronunciar se volvía una nube borrosa, dura de ver, pero que iría, negándome ese dato elemental, aclarándose y contorneándose, finalmente, y a fuerza de tiempo y de trabajo, hasta llegar a un páramo visual que la tornaría perceptible y abordable. Corrido por esa tara, hice tantísimas cosas, cagadas, aciertos. Faltan de siete a diez años para poder escribir acerca de ello. La tarea del escritor es dura y requiere de paciencia. No se puede escribir por la noche algo que ocurrió por la mañana. ¡Ni en pedo! Los escritores trabajamos con, por menos, una década de retraso. No es realmente un retraso, sino, más bien, una década de amasado, una década que nos lleva tornar la muerte en vida perpetua, en una vida ácrona e impermeabilizada. Se trabaja desde la comprensión, y comprender depende de tiempos personales, individuales, intransferibles. Creo, es la rama del gran árbol del arte que más tiempo demora en crecer y dar retoño; pero cuando lo da, lo da con decisión y ya nada la detiene. Se forja desde el más crudo de los anonimatos, en voz queda, inaudible, el oficio silencioso, que lleva dos vidas ejecutar si se busca ser autocomplaciente. Somos seres lentos. Nos sostenemos con parámetros discriminados pero acerados: nos sostiene la palabra; la palabra es un asunto que no tiene fin, y que encuentra su comienzo, su inicio, en lo más lejano de la historia del hombre; nos atenemos a iconos antiquísimos: somos la verdadera nostalgia que anhela el origen. Nos debemos al parto, a la concepción; nos mostramos tributantes, eternamente agradecidos y adoradores de los puntos de partida; somos lavadores de pies de vanguardistas que existieron hace miles de años; miramos eternamente hacia atrás con nuestro segundo, el verdadero, superactivo y comandante, par de ojos que descansa en las enquistadas cavidades de la nuca. Y andamos solos porque amamos la nostalgia; la nostalgia habita, sin más vueltas ni rodeos, en la memoria, torneada por la idealización, que, conforme el tiempo que transcurre, cada vez descuida más defectos y erige, ferozmente, más virtudes; la nostalgia es un reflejo, el vicio magnánimo: la podredumbre. Es un vicio cíclico: el amor corriendo la línea del tiempo desde el pasado y mordiéndole el culo con inclinaciones circulares eternas. Colmillos lacerantes bajamos y subimos con nuestras quijadas, por ellos incrustadas. Afilamos los caninos con la lengua, sobados por la paciencia que esto requiere... Nos dedicamos a morder, a enterrar, a clavar, a penetrar... ¡somos los suprapenetradores!, que vibran de placer y al mismo tiempo se cagan de miedo en una silla pensando en sí.
...¿qué es la vanidad de un hombre?...
...vanidad de un hombre: es el deseo físico de no quitar jamás su boca de su pija...
Un día, ojalá, una mujer me contará al oído qué es la vanidad de una mujer...

* * *

Escribo para escritores y para un puñado de colados. He dejado de pretender la historia perfecta. Hace tiempo. Por suerte logré verlo. Ahora sueño pequeñito, sueño pedacitos que puedo palpar, no pretendo más. Ya no creo en nada más que en esto que leo mientras va apareciendo como por golpe de magia. ¡Los lectores, los escritores, los que se cuelan, los que abran los ojos por sorpresa o placer o los que los cierren por asco o perturbación al leer cuanto les digo pueden irse a la recontraputa madre que los trajo! ¡Mucho más los escritores (aunque son quienes más respeto)! ¡Así es mi confusión! ¡Inaudita! ¡Malrefractora! ¡Ataco lo que respeto... para testearlo! Para saber que respeto correctamente... (Demasiado religioso, ¿no?). Hurgo y palpo por fuera y por dentro de su fortaleza. Como un mecánico de pieza por pieza que, al acabar el maremágnum del armado, sale enloquecido a exigir a la máquina que ha creado, a riesgo de destrozarla con el aporreo, para probar reflejos pretendidos durante la concepción (como hizo y hace dios con todos nosotros y con el mundo que originó), que confía en su resistencia pero necesita corroborar, de todas formas, algunos mecanismos y funcionalidades; así voy, eternamente acelerando a la espera de una reacción potente. No permito el “¡ésto es to-to-to-to-todo, amigos!” del Pájaro Loco...
Escribo para los planetas que están adentro de los planetas. Dendrita. Soy un escritor intraplanetario. Aborrezco la superficie, tomo el aire bien profundo, bien inmerso en el fondo más lejano del océano. Mis mejores amigos son Fito y Zoo Plancton. A ellos debo mis deberes interiores y a ellos me dirijo cuando me siento solo, perdido, a punto de perder el aire, el poco aire que consigo en estas aguas obscuras y gélidas. Coloqué el escritorio sobre una plataforma de cuatro kilómetros de altura y aún así no logro salir a la superficie. Una tarde fui a nadar y asomé la cabeza fuera del nivel del mar... y al observar, periscópico, hice lo que hace una tortuga: me introduje en mí. Ahora vago calentito, ya no extraño los 33,6 Celsius maternos (¡fallido!: ¡“36.6”!), tengo los grados propios, que cobijan mucho más, aunque son un poco más descontrolados. Acá, en los subsuelos de los mares, se cobra demasiado caro el fragor. Financian, este mundo sumergido, con la moneda psicológica. Cada vez que nos endeudamos sufrimos como demonios del infierno puestos a congelar. Los dueños del efectivo son los que fueron dados de alta, los que exhiben su primer camisa de fuerza en un cuadro, firmada, autografiada, por su terapeuta de confianza.
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H

Era viernes cuando murió el Narigón. A la hora salí de trabajar, manejando como idiota hasta mi casa. Había dos o tres primos suyos trabajando en la fábrica, en distintos turnos, y nadie sabía cómo hablarles, qué decirles o cómo contenerlos. Cuando llegué a casa llamé por teléfono a Enrique IV... Eran cerca de las siete de la mañana.
“Se murió, Enrique”, le dije a una persona dormida, “falleció hace tres horas.”
“¡La puta madre...!”, respondió una persona bien despierta.
Una persona se muere a cada rato, siempre. Ocurre todo el tiempo. Todo el mundo ha divisado al menos una tragedia, cercana. No nos hace más sagaces ni más sufridos, quizá nos haga testigos, quizá nos convierta, obligados, en un anecdotario. Nada más lejos de lo que se quiere. No hay nada raro en eso.
El fin de semana pasó como volando: velorio, demagogia sindical esparcida en coronas de flores agrias e insulsas, todos los compañeros fumando en las veredas de la casa de velatorios, saludándose como si acudieran a una entrega de premios; la mujer del Narigón saludaba a todos con la misma congoja, le daba lo mismo, no entendía bien... todavía no sabía ni padecía acerca del futuro. Al entierro no fui. ¿Para qué? Eso es para la familia, cuanto más gente merodea más incómodo se hace. Pero el lunes volvimos todos a trabajar como zombis, como inmersos en una película donde nos peleábamos por no actuar. Todos nuevamente a nuestras tareas como si nada hubiese sucedido.
Entonces, al volver a caminar las líneas de producción, ahora con mi Yo transformado, neblinoso, me encontré con mi detonante...
Recibí, cara a cara, la primera cachetada severa y profunda de parte de la humanidad. Tan duro fue, tan de goma, tan artificioso y crudo, que volví sobre mis pasos hasta el laboratorio y allí, aplastado contra el suelo, quedé un buen rato sopesando, incierto y desorientado hasta la médula, qué debía hacer; traté de calcular qué haría una persona cualquiera al encontrarse con semejante sablazo: en todas las máquinas, en cada una de las putas máquinas que conformaban la era industrial de nuestro entorno, había pegado un cartel, un mensaje, un claro, siniestro y dilucidador embuste. Lo ciego del asunto fue que a nadie parecía importarle o que nadie lo comprendiese. El mensaje era claro:

SI LA MÁQUINA SE DETIENE:
PRESIONAR LA PERILLA DE SEGURIDAD
NO TOQUE EL EQUIPO NI LO INTENTE DESTRABAR

Y más abajo decía, rezaba, este cartel, esta amenaza tiránica:

EVITE SANCIONES

¡Evite sanciones!... No decía: ¡cuídese! No rezaba: ¡protéjase! No intentaba, esta amenaza, proteger, sino que era un verdadero escupitajo a cada uno de los que trabajábamos en esa fábrica de mierda y que habíamos visto morir casi frente a frente a una persona. ¡Era una calamidad que esclavizaba! ¡Era un abuso total! ¡Un monocidio premeditado y asqueroso! ¡Un exacto propulsor de una revuelta social si cada uno de nosotros hubiésemos contado con la educación y las pelotas suficientes para advertir cuánto significaba este mensaje! ¡Me deshice de asco y repulsión al leerlo! Y al mirar hacia los costados me encontré solo. Me vi desfigurado. ¡Carajo, habían pasado dos días, 48 mugrientas horas desde la muerte de el Narigón y se nos estaba amenazando con sancionarnos! ¿A quién recurrir? ¿Con quién comentar esta desolación? ¿Existe un ente que mire dentro de estos malversados mundos industriosos? No. No existe.
Al poco tiempo de este suceso planifiqué mi modo de escapar de la pudrición.

I

La política... Salí de la escuela secundaria y me introduje en el sistema laboral bajo los halos de una estabilidad financiera regia (engañosa, hoy día, al contar con la ventaja de saber qué fue de aquella, supuesta, “estabilidad”), convincente con vicios de eternidad, promulgada por el monarca Soúl I..., pero con la hiperinflación de los finales de los 80´s clavada en la memoria. Mi capacidad de analizar el terreno político-financiero era nula: mi familia era laburadora y con ese impuesto pagado en término, mal más, mal menos, siempre se salía adelante (posiblemente, mis viejos, ejecutores de ese salir adelante, no lo hayan masticado con tanta tranquilidad mientras ocurrían las debacles y se veían acorralados por la incertidumbre que dicta con igual probabilidad la posibilidad de morfar o de no hacerlo), al menos así, creo yo al hacer memoria, lo venía demostrando la historia de este país. Entonces, con los primeros sueldos en el bolsillo me sentía un gladiador. “¡Es tan fácil, ¿de qué se quejaban los que escuché quejarse siempre?!”, pensaba. No ser padre responde fácilmente ese interrogante... Con esa ignorancia política y gracias a mi abuela conseguí mi primer trabajo “serio”: la fábrica. ¡Y ya lo creo que era serio! Tan serio era que casi vi morir seriamente a un compañero adelante mío. Después murió seriamente, pero ya no estaba frente a mí... aunque se tornó mucho más serio. Y me dejé llevar... Nunca comprendí la euforia común de ganar y ganar más y más guita en pos y bajo los dictámenes de cualquier actividad, cueste lo que cueste. ¡Tiene que existir, al menos, un vicio común a todos los individuos! ¡Claro que sí! La sociedad viciosa... suena muy bien, ¿no? La insistencia en no poseer ningún vicio es el vicio más común. Es como la religión en los que luchan por no dejar arrastrarse por ninguna religión: acaba siendo mucho más fuerte que la inclinación, bajo creencias, de los que participan a diario de ciertas misas. El fanatismo por el no es igual de fuerte que el fanatismo por el sí. Y es que la presión está puesta en el fanatismo, dando lo mismo el objeto sobre el que se está fanatizando. Es como un ejercicio de polinomios: la fórmula que los devela está ya prescrita, nada queda por modelar o pulir, está todo bajo leyes inaudibles, que desconocen al oído y a la oreja, y que se dejan llevar por una cadencia de sonidos que a simple y a primer golpe de vista resulta placentera. ¡Gloriosos los dinosaurios que han sabido dejarse llevar tan temprano!...

* * *

La novela respira, se mece y traga. Se ha convertido en una gran puerca sabelotodo, que nunca escucha y jamás detiene su gran garganta de gemir y de desembuchar arremolinada. Las dudas y las certezas... viejos envoltorios de mi personalidad, viejos sucuchos que me han guarecido a lo largo de una época semilejana de mi vida. Ahora las dudas son dudas reales, y las certezas son cerezas, fresas, siamesas, y todo aquello que rime con certeza en español, es decir, no son nada: un pequeño vacío inocuo, vacuo, al que uno no va para no condenarse al aburrimiento del desierto, excepto cuando hay tormenta de arena y hay que correr para que las espigas silícicas voladoras no se nos incrusten porque sí. Una certeza es una falsedad. No existe la certeza. O por lo menos no existe más que en este momento, y eso convierte a la certeza en una realidad inmediata, soluble en las leches de ahorita; dentro de un rato... dentro de un rato hablamos. La novela es alvéolos, alvéolos que se baten en esta mampara que bifurca el monocastillo que alquilé hace unos meses y lo convierte, débilmente, en un dicastillo. Se me ha dado por pegar sobre esta placa machihembrada de madera cada una de las hojas que ya están escritas, de todo esto que estoy haciendo desde que mudé a este monoderpa. Y al entrar por las ventanas una mínima brisa todas estas hojas se mueven y se mueven, como olas hamacadas, y la dotan de la sagrada vida, haciendo que cada segundo que pasa crea más y más en ella. Cada tanto voy y corrijo algo: un punto mal puesto, una coma mal colocada que deshace el verdadero objetivo de toda la línea que fue escrita, separo fragmentos o los uno, mientras me grito: “¡dejá de tocar, respetá el orden original!”.

música
El ojo es un ojo dinosáurico. El ojo de un gran bicho que nos mira con la experiencia que da haber pertenecido y ocurrido sobre la tierra, que nos mira y observa con suficiencia, con extrema claridad frente a los hechos, y también frente a los deshechos que somos. Su ojo ve con experiencia. En nada se considera un teorizador. Ha vivido y transitado esta tierra paranoica, zafírea, multilingüista (también conocida como políglota), ganando en algunas ocasiones y perdiendo en otras. Sabe el significado de la palabra arriesgar... Ha padecido y ha gozado. Ha trascendido y sucumbido. Dado por ello es que le sobran esquirlas que dispararnos. Sabe el significado de la desaparición automática y total de su propia especie. Sintió sobre su propio lomo los efectos de la era glacial. Más aún, sin cansarse, ahora nos provee de rastros certeros y concisos conque sostener sus argumentos. Enterró sus propios huesos y también los huesos de sus congéneres, volviendo, evidentemente con propósito, a algunos petróleo y a otros tesoros arqueológicos: constructores, paso a paso, del erguimiento de la historia que sucedió sobre la tierra. Con eso tintó verosímilmente la fuerza de los creyentes que habría de arrastrar en adelante. ¡La experiencia es lo que lo engendra como un verdadero dios! El dios clásico, en cambio, aquél a quien casi todos rezan, creó la tierra, el hombre y la mujer, ¡creó la mujer con un desecho del hombre!: una costillita; dios: ¡el primer machista, detestable, hijo de una gran puta!, ¡y luego se dedicó, arrellanado, a ver, como un espectador en un teatro de improvisación, qué carajos sucedería con ese pandemónium originado bajo la pulsión de los rayos que sus dedos proyectaron! ¡Era un ignorante!, ¡un laboratorista! ¡Originariamente, nunca supo dios, el clásico dios, qué estaba creando! ¡El hijo de puta se afanó al juego de la creación con cosas vivas! ¡Un magnánimo cabrón profanador de la libertad! Las seis artes se erigen desde la creación de cosas muertas, es decir, se crean y hasta ahí llegan, pero esperan aquello que debe poner un futuro receptor: aguardan los sentimientos y las sensaciones que habrán de complementarlas, de catapultarlas indefinidamente, universalmente. Su origen se basa en la complementación; guardan un sitio para alguien o para algo, no se limitan consigo mismas. La diferencia es que el arte da vida y dios la coarta. ¡Ahí está el puerco asunto del enigmático dios! ¡Éste so cabrón se cree lo máximo, pero nunca se ha atrevido a vivir...! “¡Cobarde: ¿estás, acaso, escuchando?, ¿o has vuelto tu desconocido y jodido rostro hacia el rincón más próximo a vos con el objetivo de seguir escapando de las responsabilidades que te pertenecen?!... dios es (¡sos!) la cobardía misma. Es la cobardía suprema, llevada a horizontes tan lejanos, tan inconmensurables, tan inimaginables, que yacen desgoegrafizados! ¡Porco, dio!...: te condeno a lamer la grasa viscosa que expelen las pelotas de todas las hienas que habitan todos los pabellones de todo el mundo, y que no son más que las tibias víctimas que cayeron en la totalidad de las trampas que originaste ignorantemente. ¡Te veré en Siberia! ¡Adiè!... Tengo la heladera al mango para fabricar la nieve del gran invierno que padecerás... ¡Quienes encarnamos tu “máxima” creación no permitimos tal equivocación! Vamos a condenarte con el mismo gran y grueso orgullo con que nos has dotado. Al fin serás, dios, ¡vos, bastardo autoinvitado!, quien se vea crucificado con los males, como clavos de metal que acaban piramidalmente afilados (los mismos que mandaste utilizar para atravesar a Jesús), que han poblado la historia del hombre, pero multiplicados por 1.000.000.000.000.000.000.000.000.000 y expandidos través la potenciación que ofrece este número gigante elevado a la enésima. ¡Te culpo, ¡y yo soy todos!, exclusivamente a vos de la muerte de el Narigón!, ¡porque al deshacer la historia del hombre veo que fuiste vos, larva viral, quien puso a rodar el gran mecanismo de engranajes que acabó con él, aquella noche! ¡Vos, y sólo vos, debías ser aplastado y exterminado por esa paletizadora de mierda! ¡Vos sos el único que merece la muerte que no debemos desearle a nadie...! Si para verte la cara hay que morir, estoy dispuesto, ¡hace demasiado tiempo!, a que me ocurra. Te voy a encontrar tarde o temprano y lo sabés... ¡Y temés, cagón, hijo de puta! Pero no vas a salvarte del torrente de preguntas que te tengo preparado. Voy a atarte, y a sopetearte, luego, sólo para que entres en calor para hacer frente a aquello que te tengo reservado. ¡vos y Yo! ¡vos contra Yo! ¡Solos! ¡Observados por Súperojo, mi entrenador, bien de cerca! ¡Poné a enfriar la cerveza y andá salando los maníes! Yo llevo la bolsita de endiosar...
Ha llegado el verdadero tiempo de la desinquisición (que esta palabra no se encuentre en el gran libro de dos tomos de la irreal academia gallega no es raro: nunca los inquisidores conciben una futura desinquisición).
¡Van a tener que matarme para que calle...!
Para mí, dios no es otro que el agua.

* * *

¿No tienen la impresión de que las personas rezan a dios imaginando, confundidas, la cara de Jesús? ¡La gente reza a una barba, a un alambre puntoso y a unas líneas de sangre que descienden sobre un escuálido rostro que inspira mucho sufrimiento... ¡¡¡Pedir al sufrimiento...!!! ¡Listo! ¡Ahí está la base de las religiones! Pedirle, sacarle, agotar a quien más sufre... ¡pero después de que sufra!; mientras sufre se lo debe dejar de lado, si no la figura del arrepentimiento y todos sus capitalizables efectos se perderían como consecuencia de una distracción improductiva. ¿Habrá sido, pienso ahora, la fábula de dios, creada para deshacerse, muy poco a muy poco, del fantasma de Jesús? Quizá se pretendió ocultar, eclipsar, olvidar, esa imagen loable, pacífica, benéfica y desinteresada que Jesús dejaba detrás suyo al moverse por el mundo, trozando el pan con las manos, asunto tan puro y sencillo que todos toman hoy día por irrespeto para con los comensales, y que comenzaba a levantar vuelo, poniendo en riesgo, como ha sucedido siempre, la mala distribución, adrede, de poder y de recursos, es decir, de riqueza.
Un absurdo... Nombré, algunas líneas atrás, la palabrita de mierda: “inquisición”. A ver, a ver... En éste continente (no sé cómo es que piensan en los otros continentes, pero creo que ninguno queda afuera de este acechamiento clásico a lo largo de la historia, lo que me lleva a conjeturar que todos debemos tener una opinión formada acerca de este respecto) se cree que la inquisición fue algo que ocurrió hace mucho tiempo y que sólo afectó (“sólo”, en este caso, comprende y abarca un universo lleno de delitos...) a la vida de todos los hombres, de todas las mujeres, de todos los niños y de todas las niñas que lo poblaban y también a los recursos y a los animales que habitaban estos lares; todavía se piensa, por acá, al sometimiento español, inglés, portugués, francés, holandés, más todos los que olvido o desconozco, como algo que pertenece a un punto muy lejano en el horizonte histórico, que ya no infiere fuerzas ni mandatos sobre nosotros, sino que sólo está destinado a llenar y llenar hojas y más hojas de todos los libros y enciclopedias que nos recomiendan frecuentar a la hora de saber sobre determinado tema alusivo a este segmento de nuestra historia que adjudicamos al pasado lejano pero que no sabemos cuánto, aún, hace mella sobre nuestro lomo. Las inquisiciones son brutales y abusivas en las primeras instancias, pero luego del sufrimiento sanguinolento viene el peor de todos los sufrimientos: el sufrimiento cultural. El padecimiento cultural es una larva, un parásito, que primero se incrusta debajo de la piel, sin denotar marca alguna ni despertar dolor que actúe como alarma, es un trabajo anónimo pero bien programado, es una enfermedad inyectada día a día, mes a mes, año a año, siglo a siglo, que crece y que inyecta con tiempos y dosis proporcionadas, progresivas, y cuya programación apunta a oxidar los simientes locales, lentamente, inadvertidamente, malogrando las creencias establecidas para dar lugar al enquistamiento de otras, las inquisitivas supremas, las nuevas, las neoverdaderas, las encargadas de proyectar la hegemonía tan pretendida. Prueba de ello es que, surcando el año 2011, todavía, todo lo que no se concibe en tierras que hablen la lengua española o castellana, sea artístico, pedagógico, científico, deportivo, sexual, ideológico y demás, pasa por las manos de nuestros antiguos inquisidores sanguinolentos y actuales inquisidores culturales, para ser traducido, masticado, digerido y devuelto a estas tierras y a estas recepciones bajo un tratamiento inevitablemente inquisidor, puede que en algunos casos sin propósito, pero es evidente que en otros lo conserva, que llega hasta nosotros con ese olor que da el oriente, ese olor malversado y “civilizado”, tan despreciable y en supuesto liberal, pero que es presa inconsciente, como nosotros, de los mismos objetivos que se traman a tan altas esferas, a tan inaccesibles alturas, que sólo siendo rey o monarca o tirano (lo mismo es, en realidad) se lo puede saber o advertir. Así recibimos los rubíes que nos nutren. Así nos van llenando, seis siglos después, con la misma mierda con que nos llenaron siempre, y conque llegaron, de la mano de colón, las aspiraciones de expansión que tanto describen a las naciones europeas. Y tan hondo han calado con toda esa parafernalia que desembarcaron por primera vez en el Puerto de Palos, que hoy día aún nos encuentran confusos acerca del camino a caminar como Comunidad Latina, como personas que habitan este continente desde siempre; tan bien saben hacer estas violaciones territoriales que, poco menos de seiscientos años después, y con la ventaja de la Internet, todavía nos encuentran dudando y debatiendo en nuestras reuniones de diputados y senadores cuántos pesos es que vamos a cederles en subsidios por el “desgaste” que han “padecido” al tomar, conglomerar y trasladar todos los recursos que afloran de estas prolíficas tierras hacia las suyas, hacia las tierras europeas, que ya están secas de tanto maltrato y negación entre semejantes. ¡Vamos bien! ¡Vamos muy bien, ¿no?! ¡Nuestro deber es imitar a Europa! ¡Adelante! ¡Aquí les damos todo el petróleo, “Shell”, como desde hace más de un siglo, en ofrenda del saber que nos aportan para encarar nuestro futuro en pos de poder vivir encastillados como lo hacen, tan cómodamente, ustedes. ¡Queremos saber y practicar fielmente la fórmula mágica que aprehendieron y que pudo lograr que una sola familia sea merecedora de un palacio y de todo un regimiento de mayordomía que esté dispuesto, ciegamente, a seguirlos, a acariciarlos y a dejarse embarazar por ustedes sin esbozar o poder esbozar un sólo reclamo. ¡¿Cómo lo logran?! ¡Esos son los libros que queremos leer!: los libros que nos aporten los secretos... ¡no otros! ¡Es mentira que deseemos encumbrarnos con lecturas profundas como Don Quijote de la Mancha, Los Miserables, Casa de muñecas, El corazón de las tinieblas, Más allá del bien y del mal, El duelo, Memorias del subsuelo, Los crímenes de la Rue Morgue, Crimen y castigo...! Si por nosotros fuese, les regalamos los escritores y nos quedamos con los músicos... ¡menos con Wagner, por respeto a Fredrich! Queremos más renegados, queremos más Pink Floyds, más Lennons, más Beethovens, más Tchaiskovskis, más enduros, pura sangres, queremos los carnavales... ¡Les respetamos, cierto es! Borges, J. L., lo prueba en cada libro que decidió editar... Pero el hijo de puta nunca salió de la fortaleza de sus padres... Así que tampoco nos mostramos abiertamente como sus defendedores, como él lo ha hecho. Los respetamos y ya... No imagino a Borges agarrando una cuchilla ni para partir una cebolla, así que menos puedo dar por cierto esos poemas que retrataban cuchilleros del viejo, viejísimo, Buenos Aires. Un sólo texto le respeto al señor de las mil y una sombras entrelazadas intraocularmente: he cometido el peor de los pec... ¡La única vez que mostró su corazón! ¡La única vez que demostró ser una persona con deficiencias! Yo, al menos, no pido más que eso a escritores...
(música)
Necrolatría. f. Adoración tributada a los muertos.
(música)
Me gustaría mecerme eternamente. Mecerme sin los propósitos con que nos inyectan y tratan de distraer. Quiero vagar un mundo libre; haciendo el amor con todos y todas y dejándome hacerlo: olvidándome de lo físico... penetrar es en éste mundo una cuestión menos que menor. Hablar de ello equivaldría a perder el tiempo. Quizá todos estemos yendo hacia la indefectible penetración... ¿es que hay, realmente, tanto asunto en ello? En el efecto y en el temor a ser penetrado se erige todo el orgullo destructor de nuestra raza. ¡La bajeza! ¡La irreproducción! ¡Nos seguimos atacando con la probabilidad de ser incapaces de la fertilidad!, y en ello se nos va la vida. A nuestros ojos: la muerte no es la falta de vida sino la incapacidad de concebir descendencia. ¿Hemos pensado en esto alguna vez? Yo, nunca. Acabo de animarme. Y no sabe nada mal. Abrir la visión nunca sabe mal. Jode, primeramente jode, pero culmina en apertura y las aperturas tienen que ver con esta penetración que propongo. ¡Cuántos súpermachos se pasan las noches comiendo súpertrabas, y dejándose comer por ellos, en los alrededores y en los centros de la ciudad, de las ciudades!... Charlando, entrecasa, todo pasa por joda, pero mirando con la lente bien ovoide y pulida: ¿quién tira la primera piedra? “¡Súpermachos!: ¿qué tal, cómo les va?... vengo a empañarles la velada y, también, probablemente, unas cuantas veladas que precedan a ésta; estoy acá para ceder el privilegio de pasar un estropajo por sus bolas a otros condescendientes, a otros coterrestres; he llegado hasta aquí sólo a observar, a tratar de retratar esta antropofagia desvencijada. ¡Y aquí me tienen, tratando de inculcar pero sin padecer el mínimo roce! Todo un Brando que acontece silencioso... Los espero mañana por la mañana, voy a servir un te bien frío en bolsitas de 2 grs., con masas, casi finas, que veré cómo degluten.
Pensar y no pensar... ¡como a regañadientes! Pensar, pensar, pensar, pensar, pensar... hasta volverse loco. Hasta volverse un loco sueltísimo, irrevocable, cianuro y mertiolate. Cambiar la figura principal través estos pensamientos bien pensados, bien amasados, hasta confundir: ¡luego disparar todas las armas que nos quedan!, ¡las de fuego y, también, las de agua! Disparar enloquecidos, desquiciados, desamparándose minuto tras minuto. Como una hemorragia premeditada, habiendo conciliado previamente con los coaguladores una reunión donde se pactara su receso forzoso. El cuerpo atentando contra el cuerpo, desde adentro. Volverse uno su propio enemigo, despiadado. ¡Créanme, pasados los primeros momentos de esta revolución, termina siendo mucho más agudo y certero que recorrer el lento y desesperante camino de conocerse a uno mismo! Aunque desde cada uno de los caminos es posible llegar hasta Roma... Así que lo que nos acaba por convenir es seguir, a voz en cuello y galopando ferozmente, siempre, el sendero que reconocemos internamente se nos señala. ¡Cuidado al traicionar esta voz! Desdecir este mandato interior es declararse, uno, la guerra contra sí mismo: es una batalla que puede no estallar jamás (ese es el peor de todos los destinos), pero en el asqueroso caso de irrumpir esta guerra de guerrillas, intranuestramente, nos sabremos terminados, como delatados y exterminados con antelación. Acobardados procederemos a vivir, pisados por la suela de la propia mirada que nos sigue y apuntala. Es capaz, esta mirada, de apuñalar y despedazar con simétrica indulgencia. Y todo el asunto se resuelve con el mismo interrogante: ¿dudamos, todavía, de que somos, cada uno de nosotros, nuestro propio dios? Siempre anda dios metiéndose y olfateando... ¡dios es un gran paranoico! Es un paranoico porque sospecha, con fundamento, permanentemente de sí. Sabe que ha errado, lo conoce en profundidad, pero ha de recordar tanta historia cada vez que osa recordar..., que ya los hechos se enlazan de tal manera que acaba desorientado y apuntando el gran revólver de la culpa hacia su propio pecho. The mercy seat... una excelente canción de Nick Cave para que dios se calce los auriculares y disfrute (¡por primera vez...!).

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Trabajar con la palabra es quizá la tarea más difícil que cualquiera pueda abordar o consignarse en oficio. Es una derrota anticipada. Connota vanidad y prorratea viscosidad. Pensar en hacer de la concatenación de palabras un refugio para vivir es prevenir la cosecha de uno mismo. Meta guadaña y guadaña al propio cuello. Un sortilegio feroz. Una sortiaria forma de madrugar en campos enemigos. Conceder el privilegio de ser acechados. Recostarnos sobre una bandeja de plata y proponernos, con este gesto, como bocadillo principal. Regalarnos como mascotas al cuidado de la avaricia. Condenarnos a vivir a dieta. Estrechar lazos con el sufrimiento. Deslizar a la esquizofrenia, con un empelloncito, nuestro cerebro bien condimentado para que ésta lo devore en una reunión de amigos. Pretender un absurdo empuñando el sinsentido que elabora la razón. Momificar cada impulso normal de vida que tenemos para intentar, marrando generalmente, engrandecer cada sensación de bienestar, con el objetivo de diezmar los hechos para volverlos maleables, para tornarlos escribimiento. Abrazar el sueño de volverse un corifeo para salvar, finalmente, al ego, herido en una batalla lejana que nos marcó para siempre. Rezar que ocurra el impacto que nos devolverá a la recepción de las deferencias que creemos nos pertenecen, para redimirnos de nosotros mismos, sobretodo del castigo que nos proveemos al engatusarnos con la futura liberación que este oficio nos propiciará, según nuestro escueto punto de vista. Malabaristas que han trocado por cerebros las pelotas que ponen a volar. Jugar, y esto resume y rezuma todo cuanto escribir representa, con las personas.

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Tengo en la cabeza una visión. Una forma de ver las cosas que desde hace bastante tiempo busco el modo de describir, de transmitir, y que no vengo logrando. Nunca lo he intentado, debo reconocer este reflejo quedo que mi escaso talento me proporciona. Cuando detecto que estoy mirando con los ojos que ven ese tipo de visión siempre acabo estupefacto, desorientado, y reconozco de inmediato mi ignorancia, mi ineptitud, al momento, que hace que no pueda, todavía, contar, y con contar digo: sacarse algo que jode de encima de los propios hombros. Es una ineptitud que trabajo para deshacer desde hace mucho... desde siempre, arriesgo. Quiero hacerme del poder que me haga poder hacerlo. Quizá este trabajo que estoy tejiendo día a día tenga este único objetivo. Quizá lo que acabe encontrando con esta novela, y que siempre busqué, sea aprehender el ideal de maestría que considero necesario para transmitir fielmente todo aquello que siento, sin diluciones ni amordazamientos, consecuencia de la especulación que, en menos de una milésima de milésima de segundo, ocurre entre un pensamiento crudo y el plasmado de éste en papel través la tinta. Hay quinientas toneladas de prejuicios que habitan este estrecho pasaje que está físicamente ubicado entre el cerebro y aquello que emite la boca, que terminan adornando malamente cuanto quiso expresarse desde un principio. Es un lugar diminuto, ínfimo, pero con suficiente grandeza para albergarnos enteramente. Desquicia un poco saber que puede, nuestro infinito saco de prejuicios, ¡ni más ni menos que nosotros!, caber allí.
Cuando veo esta visión veo hormigas. Hormiguitas. Hexápodos negros, blanquiculones. Veo cascarrabias, organizándose... Milloproductores del sin sentido, aturdidos por un impulso que corroe día a día. Una extradición que nos propulsa hacia una geografía foránea. Pónense mis ojos en neutro y atacan. Y viene una pregunta detractora, acuciante, entre miles de preguntas no tan detractoras: ¿mirados desde bien arriba, desde el punto en que el mismísimo planeta tierra es una esfera azul, verdolaga, blanquinieve, brillante, sobretodo, un redondísimo espejo de brillos y de tumultos, movémonos, realmente, tan disociados como imaginamos?
Mi visión entrega otro resultado: somos leones, panteras, pumas... carnívoros de nuestro alrededor. Comienza esta visión y comienza el pánico. Como un telón que sube y muestra, como un velo que se desliza y al descorrer procrea un ´por detrás´. Quitado el tiempo, asunto de en medio que molesta y distrae, no queda más que la realidad. Nunca nos hemos civilizado; seguimos siendo animales regidos por su propio instinto de supervivencia. No hay asunto que llevemos a cabo que no tenga el único objetivo de supervivir. Y todo lo que hemos montado a nuestro alrededor, toda la estructura, no es más que una consecuencia de la construcción que ofrece, por decante, el híbrido que es conformado por el tiempo y el razonamiento. Nada nos diferencia del resto de los animales: ni razonar, jactancia máxima de nuestra raza, nos escenifica distintos, distinguidos, de ellos. Nosotros creemos que es así, pero en la práctica no veo que eso ocurra realmente. Nos defendemos y nos atacamos con animalidad; nos organizamos con animalidad; nos proveemos de recursos con animalidad; nos seducimos con animalidad; nos apareamos con animalidad; nos educamos con animalidad; producimos bajo los mandatos de la animalidad; nos matamos con animalidad; construimos nuestros hogares con los principios de utilidad y de defensa que dicta la animalidad; nos comunicamos con animalidad; trazamos y arrecifamos senderos y caminos con animalidad; intentamos prevenirnos y protegernos de la arrechura de las catástrofes naturales con la astucia que dicta la experiencia de la animalidad... ¡por esto mismo es que nunca va a funcionar la justicia! La justicia se erige dentro y sobre un método de venganza. ¡Ojo por ojo!... “¡La gran animalidad!”. En algún lado escuché esto... Toda la sociedad contra un solo individuo... ¡Como si un solo individuo fuera el culpable de todas las calamidades que nos dirigimos mutuamente! ¡No puede terminar bien un juicio semejante...! Hemos eliminado ya tanta gente regidos por esta máxima..., que cuesta creer que sigamos insistiendo total y ciegamente en este método. “Sólo un necio lleva a cabo repetidas veces la misma operación esperando distintos resultados...”, palabras de algún filósofo o científico que no recuerdo, de uno bien groso. Privar a alguien de la libertad engendra desnaturalización, y la desnaturalización engendra odio, y el odio... bueno, de sobra sabemos lo que engendra este sentimiento. Nos molesta saber que no somos más que hienas. Nos jede y jode en lo más profundo de nuestro ser saber que lo que nos vicia como especie es la capacidad de prorratear, es decir, la capacidad de especular. La especulación... ¡El vicio madre! Buen nombre para una línea aérea: “El vicio madre”. Desmadrar a la especie de este vicio es la clave. ¿Cómo lograr educar a nuestros hijos sin este vicio que marea? ¡La verdadera pelea!... Incluir en los programas educativos la neutralización de esta cualidad es la batalla racional y pedagógica más soberana, más neutrónica, que debemos encarnar si es cierto que pretendemos un universo sano. Lo único que asegura esta teoría educacional que propongo es que mermaría palpablemente la población activa de abogados... ¡un mundo sin larvas es la idealización del mundo!...
música

J

Miren justo dónde, cuando la misma época en que me encontraba recontrapodrido del universo propio y comenzaba a fantasear con volar bien lejos de este Buenos Aires del que tanto había escuchado podía ofrecer un sinfín de oportunidades culturales y espirituales y artísticas y que, sin embargo, seguía ocultándome, vengo a toparme, de golpe, con un acontecimiento sexo-perverso que me absorbió la mente durante algunos meses, dándome toda la cultura y toda la espiritualidad y todo el arte que la ciudad me negaba, hinchándome de vida como a una piñata...:
yo fui criado en un barrio suburbano típico; un barrio donde los vecinos vivían casi toda su vida en él; donde, con los años, sólo un puñado de vecinos emigraban dando paso a otros nuevos que acababan habitando el barrio durante otra buena cantidad de años, haciendo, estos leves movimientos estructurales, que nos conociéramos con suficiencia entre todos los padres, entre todos los hijos y, en fin, entre toda la parentela que pululara y circundara a cada familia durante las distintas fechas que ocasionaban reuniones familiares. Todo este clima amigoydeentrecasa consumaba lazos oportunos y simpáticos para ir creciendo. ¡Así fue que con diez años, creo que menos, una tarde, después de haber jodido para que me llevara al velorio, durante todo el día, a mi viejo, terminé parado frente al primer cadáver que yo habría de conocer: un cadáver como corresponde: dentro de un cajón de madera y más frío que la caricia que da un cascote de hielo que saliera recién de un freezer de cuatro frigorías, y que habría de dejarme tan estupefacto, tan alterado, en adelante, que durante varios de los años siguientes tuve que descorrer la cortina de la bañera para corroborar que el putísimo cadáver que vi esa tarde no estaba ahí, acechándome, mientras orinaba o inundaba el inodoro con mierda. ¡Fue mi responsabilidad!, no lo discuto, frangir la voluntad de mi viejo a fuerza de romper y romper las pelotas a lo largo de seis o siete horas para ver un muerto por primera vez... Pero... ¡joder!, ¡que me dejó cagado en las patas cerca de una década entera!... ¡Se lo veía tan tranquilo al corpus mortis que no alcanzo a comprender qué me intranquilizara tanto luego! Que haya sido un buen tipo en vida debiera de aliviar todo el asunto, ¿no?; sólo que dentro de la realidad me vi acorralado por la imagen que su cara irradiaba. Creo que lo que vi fue paz... una paz tan redonda y loable que me contendió internamente con un precepto inmaduro: para alcanzar la paz hay que morir... ¡Y qué lejos se está de la comprensión de la muerte a los diez años! De nada más lejos que de eso... Uno va comprendiendo según cercanías: imaginado un supuesto punto medio se comprende lo que habita más cerca de este punto. Creo que es claro. Bueno, el cadáver hizo lo que hacen los cadáveres. Hizo llorar, hizo trasladar, hizo reunir en una parcela personas en derredor suyo y finalmente se hizo enterrar bajo algún campo poco iluminado, barato, pa´ sostener el mantenimiento sin problemas, y dejó a todo el mundo masticando un saborcito a el tiempo pasa...
Cuestión que, dada esa extraña hermandad intracomunitaria, como validos todos de una especie de evolución que hiciera festejar el tiempo transcurrido antaño, diez años después, se organiza una cena barrial que no tiene más destino de ejecución que la casa de mis viejos. Entonces, de pronto, me veo sentado a una gran mesa repleta de figuras barriales de siempre, de todos los tiempos, que yo recordaba, pero que portaban buen puñado de años (diez) encima. Una de las personas que rellenaban esa mesa postbarrio era Norma. Había venido con un solerito que rajó la compostura. Oscuro y lleno de flores, holgado, bien cortito, dejando que las piernas hicieran lo suyo. ¡Caramelo Santo! Normita, le decíamos quince años antes de esa noche... ¡Ya era todo una Norma! Ya era una mujer cuando la vi sentarse a la misma mesa en que yo me senté. Y no le saqué los ojos de encima... Hizo alguien que faltara un invitado y que sea yo enviado a buscarlo, en auto. Y Norma, tomando el timón, se ofreció a acompañarme. Nos fuimos en el auto bien contentos, charlando eléctricos, dejándonos manosear por el verano: “¿qué es de tu vida (dije)?”... “Muy bien, la verdad”... “¿Ya no estás más con Andrés?”... “¡¿Qué?!, ¡no!”... “¡Uy, no sabía!, disculpá”... “¡Disculpá, ¿qué?!, ¡era un pelotudo!”... “¡No me digás...!”... “¡Sí!, no sabés”... “¡Qué cagada darte cuenta después de tanto tiempo”... “¡Peor (dijo Normita) es no darse cuenta nunca!”... “Eso es cierto”... “Ahora vivo sola, habíamos comprado un departamento juntos, pero cuando nos separamos él se fue”... “¡Muy bien!”... “¡Obvio!”... “¡Qué lindo volver a vernos (endulcé)!”... “¿En serio me lo decís?”... “¡¿Cómo?!”... “Sí, lo mismo pienso”... “¡Me gusta tu vestido!”... “¡Qué bueno que te guste!, no sabía qué ponerme”... “No seas tonta, te queda divino”... “¡Huy, gracias!; me sacás un peso de encima, me sentía tan fea cuando salí de casa”... “¡Dejáte de joder, Norma, ´tas impecable!”... “¿Y vos, pendejo (dijo, ¡y “pendejo” calentó como pipa!), en qué andas?, ¡hace tanto que no nos vemos que te encuentro hecho “casi” un hombre!”... “¡¿Casi?!”... “Bueno (sonrojó, fingiendo, como proponiendo que para ser un hombre me faltaba probarla...), es una forma de decir (me confirmó)”... “¿Yo?, no mucho: trabajo en una fábrica de gaseosas que es una mierda, y sigo siendo árbitro de básquet”... “¡Uy, suena aburrido eso!”... “¡Sí, lo es!”... “Bueno, no nos perdamos después de esta noche, ¿sí?”... “Obvio (dije por calentura y pa´ que la corriente no se corte), pero: ¿dónde estás viviendo, Norma?”... “En Tesei”... “¡¿Adónde?!”... “En Vergara, cerca del Carrefour, ¿conocés?”... “¡Claro (ni la más puta idea tenía yo)!”... “¡Perfecto!, a ver cuándo venís a visitarme, entonces”... “¡Dale!, dame el teléfono”... “¡Anotá, pendejo (¡sin palabras!)!”... “(¡Anoté bien claro, bien grande y luego confirmé detalladamente!)”... “¿Anotaste?”... “¡Listo!, te llamo esta semana...”
Cinco o seis semanas después de esa noche...
”¡Uy, pendejo!... ¡qué bien que me cogés!... ¡así, ¡cogéme así!... ¡dale, pendejo!... ¡así!... ¡así!... ¡así!... ¡dale!... ¡dale!... ¡dale así!...”
Diez años atrás de esa noche...
...Norma era prácticamente una hermana. Habíamos crecido juntos hasta mis catorce o quince años, y ella me llevaba unos siete, por menos, de ventaja hacia arriba. Así que esta chica fue mi norte cotidiano de lo que una mujer representa mientras uno crece, es decir, mientras uno cruza ese ancho, anchísimo, río que existe a partir de los once o doce años, en una cría varón, hasta el comienzo de la adolescencia declarada. Y digo cotidiano porque su madre, Fanny, cuidaba de mis hermanas y de mí durante casi todo el día ya que mis viejos trabajaban y recién les veíamos el pelo cerca de las seis de la tarde a mi vieja y a las nueve de la noche a mi viejo, más un rato al mediodía a él porque la peluquería tenía horario cortado. De pendejo, apenas pasados los diez años de vida, cuando asomaron las primeras curiosidades acerca del cuerpo de una mujer, varias veces me encontré trepado sobre el techo de su casa, con media cara sobre las chapas y un ojo furtivo cuya visión las atravesaba y apuntaba, teledirigido, a ella mientras se bañaba... ¡Soberbio! Técnicamente, la sensación era de estar duchándome con ella, mejor aun: de estar duchándola... Pero era tal mi precocidad acerca del sexo y del erotismo, dada mi escasa edad, que no había fines secundarios. No existía, en esta cabeza bien manceba, un sólo sitio lógico donde archivar esa información ni qué hacer con ella una vez asida. Era pura y simple curiosidad, y algo de travesura. Había, por supuesto, éter de calentura, pero no estaba orientada todavía, así que automáticamente era disuelto, diseminado, expandido, por alguna distracción más perteneciente al segmento de la vida que realmente estaba atravesando: un juego o algún paseo por el barrio, haciendo que olvidara instantáneamente el hermoso cuerpo incipiente y desnudo de Norma.
Ahora bien, crecido yo, sentado frente a ella a la mesa de la cena barrial, diez años después, fue tal la velocidad con que esa información se ordenó y concatenó, dando tanto sentido orgánico a todos los elementos, que sentía explotar dentro de mi cabezota una vía láctea desorganizada y entrada en caos. Tan fuertes fueron los pinchazos que me extendió el pasado que entré en una suerte de convulsión hormonal, cuyo encauce y aglomeración inmediatas me generó pasma, vértigo, excitación... empalamiento, exactamente. Mientras todo el mundo charlaba, mientras las bebidas y las comidas corrían entre y través los comensales con una glotonería que hacía pensar que lo que se festejaba era el propio fin del planeta, mis ojos estaban, indudablemente, clavados en ella: en sus tetas, bastantes grandes, por cierto, en sus piernas y en su rostro que buscaba el mío con antojo, dilapidando cualquier intención de hermandad que nos uniera. Haciéndonos personas corpóreas, con deseos y necesidades, personas que se empinan y arrodillan, con ánimos de juguetear, frente a aquello que dicta, implícitamente, ciertos límites morales. Mmm... La moralidad... Pedacito de tema, ¿no? Pequeño juguete masturbador para ganar el sueño que intenta descansar la supuesta podredumbre. Arquetipo sofisticado que nadie logra describir pero al que adhiere la mayoría, solícita, con el engañoso fin de estar neutralizando algo que jede a otros. ¿Cuándo, en qué momento o punto uno deja de ser moral? ¿... ...?... ¿Qué poner en entre estos dos grupos de puntos suspensivos interrogados? Quizá uno pueda solamente escribir un nombre de algún escritor histórico y la cuestión quede zanjada por siempre, ¿qué tal, eso?... Sade... Bukowski... Ducasse... Artaud... ¿Miller?... ¿Dostoievski?... ¿Bistagnino?... O quizá uno pueda poner allí una posición sexual y el asunto de la moralidad, mejor dicho, el asunto de su falta, quede buenamente terminado, ¿qué tal esto otro?... La turca... La paraguaya... La francesa... El perrito... ¿La escopeta recortada?... ¿La del estudio de hemorroides (almorranas, dicen nuestros inquisidores (¡ésta es sublime, estelar!))?... Y este espacio, este agujero negro, este Aleph, si miramos con ganas de mirar y con pelotas como para bancar todo aquello que realmente cabe allí, tarde o temprano, pueda ser complementado con nuestras costumbres, con los nombres de nuestros familiares, con las profesiones que practicaron y practicamos, con los medios de transporte que utilizamos a diario, con las vestimentas que elegimos, con las actitudes que tomamos frente a tal o cual situación, con métodos de seducción, con creencias, con la educación que forzamos embeban a nuestros niños, con los sitios donde solemos ir de vacaciones, cuando vamos (de pendejo yo fui siempre), con nuestros sueños, con nuestros deseos, con nuestros inductores de la excitación que suele desbordarnos, con la descripción del estilo que usamos para caminar, con las decisiones políticas (¡acá no falla!), con los políticos, con los dirigentes del fútbol, con los otros dirigentes, con los secretarios generales de los gremios generales que emplean a todos los trabajadores, con las miles de formas de tramoya conque los médicos traicionan los juramentos que dieran al congraciarse como tales, truncando el bienestar global en el momento que comienzan a actuar y a trabajar para los laboratorios, con los alcahuetes de la iglesia que aportan, aportaron y aportarán, para no soltar poder ni confort ni lujo, cualquier dato requerido y necesario para efectuar el exterminio de las almas que suponen los poderosos atentan contra ellos, ¡y “ellos”, este ellos que acá nombro, son los ejecutores de ¡cualquier! forma de organización social!, este espacio que existe entre estos dos conjuntos de puntos suspensivos, cada uno conformado por tres, aparentemente impúdico, puede ser tallado, cuando menos lo esperes, ¡y será justo!, ¡muy justo y acertado!, con tu propio nombre. Duele un poco, ¿no?, pensar que cada uno de nosotros somos, en verdad y finalmente, bajo total exposición a una magnánima deducción lógica, representantes de los valores inmorales a los que tan férreamente nos negamos... … … ¡mis chiquitos!... voy a nombrarles al máximo inmoral de este tiempo, al más hijo de puta de todos los hijos de puta que han poblado esta tierra paranoica: ¡vos!... ¡Sí!, pedazo de perro traicionero. ¡Como lo escuchás! ¡Vos! Entre esos signos que buscan interrogar algo, plácidamente se aloja tu propio y sucio nombre. El más inmoral de todos los hombres y mujeres inmorales que poblaron, pueblan y poblarán este putísimo globo sufrido, por siempre, e inmoral: sos vos, soy yo (más que nadie y nunca más orgulloso del trono que me toca), es tu hermana, tu hermana menor y también tu hermana mayor, mucho más la mayor, ésa enseña a la menor (aplicable a los hermanos)..., tu mamá, que vive o que murió hace mucho, físicamente o en tus deseos de que muera, tu papá, tus tíos, mejor si te violaron, tus abuelos, esos suelen ser los peores, tus cuñados, tus vecinos, tus ídolos, tus dioses, tus precursores en la profesión que elegiste, tu kiosquero, tu almacenero, tu amado dealer y puntero, tu amante, mucho mejor si tu amante es pariente tuyo... ¡todos!... ¡son y somos todos el mayor conjunto de inmorales capaz de ser divisado sobre la faz, mientras creemos que los inmorales son siempre los otros, los que están más allá, los que aparecen en la tele, en una película, en un libro, en una revista, en una obra de teatro, en las marcas que deja sobre la escultura su escultor, en las notas que pueblan las partituras que inducen a interpretar la obra a otros músicos, en los ritmos originarios que bailarán venideros bailarines, en el arte y en la ofensa, en la defensa y en la sangre, en la misa y en el pelotón existe un mismo éter que olfatiza y condiciona vicios solapados, sumisiones ignoradas oportunamente por ignorantes inoportunos... todo un mundo de inmoralidad practico, practicas, practica, practicamos, practicáis, practican: ¿es tan grave?, ¿es cierto, en realidad?, ¿es algo?, ¿algo?, ¿es?... váyanse a cagar.

* * *

Normita me miraba puntiaguda, decidida, infranqueable. Ya no era una mujer, era un par de ojos obscuros y marrones que exigían... que jugaban. Era un tetamoto. Un tsunami de carne. Una catástrofe carnal. Una espía enemiga que acaba por hacernos conocer el placer seráfico, fallando a su asignación primaria dentro de una guerra que nunca existió, en realidad. Un saltamontes que decide arrellanarse un pequeño rato, sobre uno de los tantos montes que salta, a disfrutar del erotismo que acaba, indefectible, en sexo. La evolución palpable de la langosta... ¡No existe nada mejor que jugar esos juegos ocultos, entre la muchedumbre! Se los construye desde una suerte de anonimato que calienta al rojo del metal, se los comparte desde la clandestinidad, y esa necesidad de ocurrir clandestino nos lleva a ocultarlos a rajatabla. Es, quizá, esa presión, que obliga a acallar la anécdota, lo que tanto excita. No sucedió, pero era una situación del tipo que hace que uno se manosee través el túnel que generan la mesa y el mantel... Un cuadro pendular. Oscilábamos entre el comportamiento protocolar (hasta los barrios presentan normas protocolares) que esa reunión exigía y la obscenidad que nosotros dos necesitábamos para no ser un par más de personas que se aburren voluntariamente. Al hablar tanto de mi cabeza, olvido que la suya, también, hubo de presentar funcionamiento, esa noche, diez años antes de esa noche, la noche después, etc., respecto de mí y de la indudable excitación o incertidumbre que yo había generado en ella durante el segmento de tiempo en que maquiné tanto en Norma como mujer; seguramente, ¡estuve a punto de no advertirlo!, ella también, mientras crecía, mientras su madre cuidaba de mis hermanas y de mí, hubo de pensar seriamente en mí como un icono de hombre, con las limitaciones que esto representa (yo tenía unos doce años aproximadamente), durante todos los días que compartíamos; es muy probable, sabiendo que luego de muchos años terminamos echando unos paletes divinos, que ella estuviese lucubrando, a mi par, ciertas ideas semiperversas que contribuyeran junto con mis ideas semimórbidas a constituir esa malversación barrial de la que tan cárnicamente nos hemos nutrido durante aquellos meses, que conformaron mi distracción sexo-perversa que yo comentara algunas páginas atrás. Lo que debe estar unido, tarde o temprano, acaba por unirse. Lo que se desea, se cumple. Las visualizaciones destinan en realidad. Visualizar acción prevé acontecimientos, ¿verdad? ¿Lo han hecho, alguna vez?... ¡Prosit!... ¡Yo lo he hecho siempre...!

K

Una noche, mientras curtía yo circuitos comunes sociales, estaba con un puñado de amigos a punto de entrar a bailar. Estábamos todos en la puerta del lugar negociando un precio bajo para ingresar, cuando me doy vuelta y miro unos metros más allá de nosotros: una mujer de unos setenta años revolvía el gran cesto de basura que había en la vereda, juntaba y guardaba latas, cartones, plásticos, restos de comida, lo que carajo fuera parecía servirle a esa mujer visiblemente achacada, y al devolver la vista al asunto que realmente me incumbía, el ingreso a esa taberna pa´ bailar y hacer lo que hacía siempre, me di cuenta de que no correspondía yo a esto sino que estaba más cerca de esa mujer; nadie, y había unas trescientas personas en las calles, ya que esa zona era un conglomerado de diversiones supuestas, veía en realidad a la señora harapienta recolectando mugre ajena que sirviera de combustible para recursos propios. ¡Otra vez sintiéndome solo!, ¡una cruz!, ¡no la de Jesús!, ¡mi cruz!, más chica y, evidentemente, menos dolorosa, ¡pero una cruz al fin!... Terminé, de todas formas, por adentrarme en el epicentro supuesto de la diversión, pagando, al ser un grupo medianamente grande, un precio menor por una diversión mayor... Entré mareado y sombrío, receloso, extraviado, disociándome como el mercurio que se suelta de un termómetro, dividiéndome por partes, sintiendo el dolor en el espíritu y no en el cuerpo, eso lleva a poder especular un rato más. En ese rato más, que el prorrateo me congraciara, tuve tiempo de acercarme a la barra y pedir un güisqui, me lo sirvieron en vaso trago largo y plástico, de un sorbo bajé la mitad, y con eso junté fuerza para girar la cabeza y contemplar el espectáculo que la máxima diversión intentaba augurar; ahora, al volver el rostro hacia todo el sitio y sus componentes, lo que vi no fue diversión sino tristeza, todos entonaban los estribillos que esgrimía la moda musical de esos años y bailaban bien hamacados a su ritmo, mientras la vieja seguía en la calle, en pleno invierno, juntando porquerías para morfar... Salí raudamente de esa mierda y fui terminando con pequeños sorbos el güisqui en el auto mientras volvía a mi casa, es decir, a la casa de mis viejos, pero no pude con él, ese vaso pertenecía a la mierda también, así que en cualquier curva lo tiré a la mismísima concha de su madre y al llegar me serví un güisqui de los que siempre guarda mi viejo en su modular del living, encontrándolo mucho más sabroso y consolador... Prendí la tele para ver si podía salvar la noche y ahogar la pudrición bajo el asedio de millones de tríos de rayos gama, y quiso el dios televisor mostrar una teta en una película erótica berreta que me facultara de cierta erección que me pusiera a pensar en Norma... “Lo que debe estar unido, tarde o temprano, acaba por unirse”... Busqué en mi billetera y... ¡sí!, ¡ahí estaba!: su número dispuesto a ser marcado por este degenerado pequeño y gigante, por este onanista desbandado, asimilado por rigurosos manoseos, registrado en las listas negras de las invenciones sexuales... ¡Y llamé!... ¡llamé y atendió!... “¡hola, hola!”, dijo Norma, pero mi valor, asediado por ser las dos de la mañana, me venció y corté con un sólo golpe de tubo de teléfono... “bien, está despierta”, me dije, “eso es un paso”... fui y vine por la casa un par de veces para juntar huevos y volví a marcar...: “¡hola!, ¿quién es (habló Normita)?!”... “soy yo, Ariel (logré pronunciar)”... “ah, ¡qué susto me diste!... ¿cómo andás, pendejo?”... “bien, acá estoy, en casa”... “¿vos llamaste recién?”... “eeeh, ¡no!, no, resulta que estoy haciendo una fiesta y me encuentro con mi billetera abierta cerca del teléfono, y el papel que vos me habías dado esa noche, cuando todo el barrio se juntó en mi casa, estaba abierto y me imaginé que alguien te habría llamado (¡nunca supe mentir...!)”... “¡¿qué?!”... “sí, eso, alguien te llamó y ahora te estoy llamando yo para saber si se zarparon”... “¡aaah (dijo, sabiendo que hablaba con un cagón, pero con un cagón caliente, hormonal)!, ¡mirá vos!”... “¡se fueron al carajo (alcancé a pronunciar, recagado)!”... “bueno, no importa, ¿vos, cómo estás?, ¿qué hacés despierto (enrostrándome su percepción de que yo estaba mintiendo)?”... “esta fiesta, tan aburrida..., tengo ganas de echar a todo el mundo a la mierda..., es una suerte hablar con vos..., ¿qué estás haciendo?, ¿te desperté?”.... “¡¿qué (dijo, despierta como un búho)?!, ¡no!, estoy con una amiga en casa, tomando algo”... “¡uy!, te estoy molestando”... “¡no, para nada!, ¿por qué no te venís?”... “¿te parece?”... “¡sí, claro!, ¡dale, vení!”... “bueno, voy, dame tu dirección”... “zaraza al zaraza entre zaraza y zaraza, Villa Tesei”... “perfecto, salgo para allá”... “te espero, pendejo”...
Salí disparado con el auto, llevando a cabo toda una película porno en la cabeza; cada tanto se da una noche que rompe con todas las noches y no podía ser esa noche más que esta noche sublime... Otra vez manejando, poco rato después, con un güisqui en la mano, pero este güisqui sabía a placer, a perversión, a morbo, a inmoralidad, a ella, a mí, a sexo, a venganza, a recuperación de calenturas atrasadas, a semen y a flujo, a maquetas que representan estructuras falsas perfectamente dimensionadas... ¡Hacia allí iba, yo, montado en el Reanult Clio, a todo vapor, a todo lo que daba el pedal de acelerar, es decir, a ochenta, máximo, no dejaba de ser una ciudad..., pero con una calentura bajo el pubis, entre las gambas, tras bragueta, que me reventaba el pantalón! Media hora. Treinta minutos y toqué con mi índice de la mano derecha el timbre que me haría perder la cabeza. Salió Normita toda encasquetada, preparada para la paliza, pero guardando las formas: “hooola, Ari, ¿cómo estás?”... “¡de puta madre!, es una noche hermosa”... “¡sí!, ya lo sé..., pasá (y me marcó la lengua, la punta, sobre mi mejilla)”... “me salvaste, estaba teniendo una noche de mierda”... “dale, boludo, pasá y olvidate de todo lo anterior (cobijó)”... “perfecto (caminamos unos diez metros, por un pasillo que colindaba todos los dúplex vecinos a los de ella, y al entrar me encontré con su amiga, una chiquilla)”... “te presento a Marcela”... “hola, ¿cómo va?”... “bien, muy bien (dijo Marce)”... “me alegro”... “¿qué hacés despierto tan tarde (ametralló, como mandada por un guión)?”... “nada, la verdad”... “¡está muy bien!, nosotras tampoco hacíamos nada”... “¡qué buena casa!”... “¿te gusta?”... “¡perfecta!, no muy grande, no muy chica, ¡ideal!, con espacio para todo”... “¿te parece (preguntó)?”... “no lo dudo (y me senté a la mesa a tomar con ellas)”...
Si había algo, por fuera del cuadro que estaba dándose hasta ahí, que me calentaba y que me despertaba curiosidad respecto de Norma y de su polvo, era que su familia practicaba desde hacía mucho tiempo los rituales de la magia negra, “umbandas” es como conocíamos en el barrio a esa actividad. Eso me intrigaba más que nada, eso era lo que más me calentaba: quería cogerla sólo por esa brujería, no por el pasado, no por haber sido mi norte de mujer, no por intriga (una vez en la cama cualquier mujer es una mujer...), sino por ese halo que representaba para mí tanta mística que no cabía, como sexo, dentro de mis pelotas. ¡Quería cogerla para sentir que cogía al propio diablo! ¡Uy, el diablo (a vos te toca más adelante)...! Estaba a punto de emperifollarme a la obscuridad completa... ¡Eso me calentaba! La hermandad podía irse al carajo. Yo quería metérsela al diablo por el culo, bien adentro, hasta el estómago, y demostrarme que no había color (negro) ni magia (umbandismo) que existieran tal como se los concebía... ¡Y me lo demostré!... ¡¿Quieres quitarte de encima a tu enemigo...?!: entonces, lo que debes hacer es brindarle placer... ¡No balas, no bombas, no dolor, no sufrimiento!... ¡acércale placer a tu enemigo y te venerará...! El placer es la gran arma certera... Todos estamos en la tierra por placer: esto se traduce en confusión, en malestar... pero no es más que placer... ¿Acaso, no es nuestro deseo de alcance de poder el máximo inductor al placer que pretendemos?...

música
Como todo buen ojo, mirar y ver es a todo lo que se dedica, sin desaliento. Mientras la nutrición del organismo al que pertenece resulte suficiente, y el gran párpado, que en sus ratos de descanso lo solapa, pueda levantarse, el ojo está, dentro de la eternidad que limitan estas dos condiciones interdependientes, congraciado a observar. La visión que absorbe, lejos de ser su facultad benéfica, es, en realidad, su condena, su rutina. Vive, Súperojo, bajo la pulsión de un ritmo que él no puede comandar. Tocan otros por él las tónicas que dictan la música que lo ponen a bailar... y son, también (como sucede con nosotros), otros, terceros, otros muy terceros..., quienes gozan los beneficios que su contemplación facilita como adelantamiento de sucesos venideros. No deja de ser, Súperojo, un buen empleado. Sabe que no existe la independencia. Y se siente unido, y orgulloso de esto, al sistema en que ocurre. Algunas lenguas, unas buenas y otras malas, juran que Súperojo es único. Al preguntar a estas lenguas de qué argumentos se valen para tales afirmaciones todas ellas acabaron por responder, unísonas, lo siguiente:
“Súperojo es único porque nadie más que él ha visto y escuchado nunca a dios…”
Tal fue el grado de desconcierto que estas afirmaciones generaron en su momento que las contrapreguntas se dispararon en millonadas sin que nadie las alcanzara a gatillar: “¡¿qué?!... ¿que ha visto a dios?... ¡eso no me lo creo!...”
Súperojo, tras verse asediado por ese enjambre que personificara al desconcierto general, no hizo más que cruzarse de brazos y, bajo inmensos halos de sapiencia que lo tranquilizaban, aguardar a que el clamor cese. Sólo cuando el silencio fue unánime, Súperojo osó decir algo...:
...pero fue interrumpido por el desmadre que su presencia ocasionara...
El pequeño auditorio, esa noche, dado por lenguas buenas y malas, drogadas empíricamente con los comentarios que habrían de soltar al día siguiente en todos los circuitos que solían frecuentar, no daba a basto consigo mismo. Armaban, todas esas lenguas salvajes, avalanchas creyendo que Súperojo había ya comenzado la conferencia y que ellas no podían oír cuánto decía; otras, persiguiendo la sensación más certera, sospechando que sólo se alcanzaba esta sensación junto a este icono estelar, pasaban por encima de las lenguas vecinas, pisoteándolas, y pronto todas las lenguas estuvieron frente a él, jadeantes pero perfectamente ordenadas y alineadas, extremadamente deseosas de saber qué tenía para decir Súperojo, irrepetible testigo, portador del eco que hiciera sonar eternamente dentro de él la voz nodriza...
Cuando la expectación no pudo ser mayor, movido por la vanidad que lo recubre, Súperojo, finalmente, habló:
“...dios está confundido, debemos entenderle...”
La pausa fue estrepitosa.
El silencio posterior al parlamento de Súperojo fue mayor que el precedente. Y la ovación no demoró en hacerse presente. Las lenguas, satisfechas pero confusas, lucubraban qué decir durante el día posterior, sabiendo de antemano que no había nada qué decir, y sucumbían, por honor, ante la falta de información fidedigna. Comenzaban a comprender que habrían de callar... Y todas las putas lenguas se fueron confiando en que dios, al madurar su estado confuso en otro no tan volátil, habría, sin más, de pronunciarse.
La felicidad fue total, completa, general.
Interrogada toda lengua al salir del anfiteatro donde se festejara este suceso, las respuestas acudieron contundentes: “¡lo que acabamos de escuchar es infinito (dijo una)!”... “¡nunca esperé encontrarme con tanto (suspiró otra)!”... “¡me siento placenteramente violada (dijo una de las lenguas (una mala, con seguridad))!”... “ya no tengo dudas (dijo la lengua más radical): ¡dios existe!, ¡Súperojo es la única prueba!, ¡debemos cuidar de él!, ¡dios vive dentro de su boca!”... “¡haré todo lo que Súperojo diga debo hacer (dijo la más insegura de las lenguas)!”... “¡(la más segura) nada va a cambiar lo que realmente soy, es por ello que a cambio ofrendo, como compensación del libertinaje que mis actos habrán de ostentar, un determinado porcentaje mensual de aquello que gano trabajando con mis manos... digamos... digamos un diez por ciento de mis ingresos!”... “¡voy a dedicar el resto de mi vida a ayudar a las personas que son, ¡en evidencia!, inferiores o más débiles que yo (dijo la lengua Teresa)!”... “¡hasta acá, no hay prueba de que dios exista (dijo la única lengua periodista que oyó a Súperojo)!”... “¡mis hijos y mis nietos serán la voz de la gran verdad que acabo de oír!, ¡y me encargaré personalmente de que así suceda (dijo una lengua entrada en años, ni buena ni mala)!”... “¡el mundo entero necesita saber qué es lo que ha sucedido esta noche!, ¡habremos de diseminar estas verdades sobre el largo y ancho lecho universal que el mundo ocupa!, ¡nada nos detendrá!, ¡de nosotros dependen las generaciones venideras!”... “¡(una lengua vestida con una túnica blancuzca, sedosa y holgada, como de origen indú, tan holgada que la tela parecía levitar a su alrededor en lugar de apoyarse sobre ella, sepultó fríamente) esto que dijo Súperojo posiblemente determine futuras desintegraciones, desenlaces, disociaciones sociales..., no creo que esto colabore en reunir la sangre que nos puebla, más bien, anticipo, antes que nadie, que lo que aquí ha sucedido representa el primer eslabón de la gran cadena que bajo multipolares concepciones derramará la poca sangre que aún continúa los mandatos que le dan ritmo y curso en nuestro interior!, ¡éste ha sido el verdadero comienzo de la matanza!, que se justifica por primera vez sin ningún tipo de convicción personal; ¡es, más bien, consecuencia de una inducción que parte, aunque general en cuanto a practicantes, de una premisa fantasmagórica, improbable y sospechada desde un primer momento de malversar los puntos iniciales en pos de subvertir los puntos finales de la larga y triste historia que habrá de consagrarse desde hoy, exactamente hace un rato, en ese anfiteatro, delante de ese mar confuso de lenguas buenas y malas, y bajo el inexistente aporte que, jactancioso según confusiones ajenas, ha brindado la más objetiva voz que yo haya escuchado jamás: la voz de Súperojo!”
música

Apenas había engullido el primer trago de cerveza cuando Norma me invitó a continuar el tour turístico para mostrarme el resto de los recovecos de su casa. Subimos una escalera que estaba a un costado de la mesa del comedor y llegamos a su habitación. Una suerte de entrepiso pero con paredes. Entraba la cama doble y con el placar que había ya costaba trabajo moverse. Bajamos y cruzamos la cocina hasta salir al patio. Un lugar también chico. Con apenas unas cuerdas colgadas para la ropa, una pileta de una sola canilla y una pequeña mesada como para apoyar pocas cosas. Contorneaban el patio paredes macizas de más de dos metros de altura que asfixiaban un poco pero que aislaban de los vecinos con eficiencia. Apoyé el culo contra el canto de la pileta y Norma caminó hacia mí: “¿y?, ¿te gusta?”... “¡mucho!”, dije. Caminó más y con más decisión... “¿qué viniste a buscar (me soltó de lleno), pendejo?”. Achiqué el último metro rápido, empujado por ese comentario, y la abracé agarrándola por los cachetes del culo. Rápido y al grano... ¡Perfecto! Le levanté la remera y le mordí un poco las tetas, escuchando un coro de una sola voz jadeando a capella... Pezones de buena construcción y de erguimiento perfecto, despojados de corpiños, en estado de entrecasa, y con un pantaloncito holgado que dejaba que la carne se moviera con libertad cuando con las manos en garra balanceaba las nalguitas a mi antojo. La traje más hacia mí y ella se dejó hacer, perdida también en lo que estábamos haciendo. Estuvo todo tan claro desde un principio, dejando automáticamente de lado la estética, que no hubo que trabajar ninguna actitud, ni ella ni yo... ¡y eso me gusta!... no permite que me distraiga, que me desaliente con la idea de que es más de lo mismo. Es tan cotidiano el mundo ficticio de las posturas humanas que cuando uno encuentra donde arrellanarse finalmente sin tener que ponerse en tensión, dado los pilares de defensa que extendemos en esas situaciones, da gusto dejarse correr sobre el río que extiende el confort de la comodidad del alma. Un poco de manoseo y ya estábamos vueltos locos. Seguramente, a ella le sucediese lo mismo que a mí al pensar en quiénes éramos cada uno de nosotros, es decir, que la situación de estar por cogerse a casi un hermano la calentara ejemplarmente. Estaba lejos la idea del incesto, ese no era el asunto que nos movía, ya éramos grandes y de hermandad no quedaba nada. Lo hacíamos por placer, y nos dejábamos llevar por ese manto lejano que calentaba por historia, por legajo, podría decirse, más que por perversión, aunque todo eso oliera aparentemente a ésta.
Siempre son las mujeres las que frenan el cuadro arrebatado que propone el hombre para ir al grano, administrando capitalmente el placer para generar una dosificación exacta. Son ellas los ejes de este universo que se mueve gracias a la energía que el placer engendra al friccionarse los cuerpos que lo habitan. En el mundo mandan las mujeres; los hombres, aunque se mueven en apariencia con fines personales y aislados de todo, siempre tienen en la cabeza una mujer, el placer y la falsa ostentación imaginaria de estar ganando con méritos propios estos beneficios comunes a los hombres. Bajo este dominio exclusivamente femenino, Norma me frenó y me condujo lentamente hacia el comedor, donde Marcela esperaba a que terminemos con la pantomima de calentones. ¡Había que deshacerse de la mocosa! Por esa época era yo mucho más indulgente que ahora, así que tomamos un poco más de cerveza todos juntos y esperé a que fuera Norma la que decidiese el momento de darle curso a la desaparición de Marcela de nuestro escenario. Sacárnosla de encima demoró casi una hora, una hora en la que yo tejí una película porno-cerebral que se celebraría un rato más tarde. Subimos al auto los tres y llevamos a la niña a su casa, a que duerma junto con sus papis, aunque yo tenía unas ganas de que se metiera en la cama con nosotros... Pero así fue, dejamos a la nena con papá y con mamá, y al volver Norma al auto, luego de despedirla y de meterla en su casa, casi a empujones, se sentó al lado mío y comenzó la feliz realidad que queríamos construir. ¡Silbato fuerte del diablo y el juego comenzó...! Tanta bronca se nos había juntado bajo nuestros pantalones que Norma se me tiró encima... Puse yo la calma en ese momento y sólo dejé que me la sacase fuera del pantalón y que me la pajeara durante todo el trayecto que había hasta su casa. Le pedí que se bajara un poco la bombacha... Así nos alejamos de lo de Marce y nos fuimos acercando a nosotros, intermasturbados.
Entrar a las corridas en una casa o bulo para ponerse finalmente a coger es una de las mejores sensaciones que existen. Cosas van quedando atrás, en el camino, y serán recogidas al día siguiente, si es que todavía están ahí, y si no están ahí... ¡no importa! Ver todas las persianas del resto de las casas cerradas, abrigando personas que duermen, mientras uno está por empezar a pasarlo de puta madre es fabuloso. Es como dar un paseo a las cinco de la mañana por una calle desierta y sentir que debe haber una ventaja en uno que lo diferencie del resto de las personas que en ese momento descansan. Latir copioso frente a cientos de latidos mitigados por el sueño es casi un descarrilamiento del ser. Entrar en su casa y cerrar la puerta, ¡definitivamente!, ¡hasta el día siguiente!, agarrándonos del culo, de la pija, de las tetas, de los pies, de los pelos, de la espalda, de los ojos, de la lengua, de la carne al rojo vivo, de las pestañas... Entrar... Con eso era suficiente. Norma subió la escalera de espaldas, yo la guiaba desde el escalón inferior al que ella pisaba metiendo mano como quien entierra cuchillos acerados con filos infinitos entre músculos vacunos. Tirarla, literalmente, sobre la cama, no con un pequeño empujón sino con uno grande, violento, y verla sacarse la ropa con ganas, con muchas ganas, mostrarme decididamente todo su cuerpo, sus grietas, su ingle, sobacos y humedades, me reconcentró. Verla ponerse en cuatro patas, quebrando la cintura con saña. Dejándose observar con madurez. Esos siete u ocho años que su edad le arrancaba a la mía se manifestaban soberanos, inescrutables y necesarios para esa construcción furtiva que estábamos comenzando mientras ella se masturbaba para mí y yo me arrancaba el jean desesperado. Metí toda la cara en su concha, sintiendo que el cielo se acostaba con nosotros...

L

La libertad es una hoja en blanco. Un espacio donde recrearse. Una porción de jardín en la que uno se retuerce y desparrama a su antojo, como un perro recién bañado. Un camino que uno anda y desanda, hace y deshace, dice y desdice, dobla y endereza, moja y seca, cuida y descuida, ataca y raja, recibe y da, pliega y despliega, recorre y observa, bientrata y maltrata, alimenta y desnutre, espera y busca, revolea y acomoda, tersa y estruje, frecuenta y abandona, pero nunca reprime. Principio fundamental. Una piedra, un lienzo, un escenario, una partitura, una superficie, un terreno y una hoja en blanco son el comienzo de la libertad total. Desde ese cero absoluto se comienza con la creación. Desde ese principio infinito e insondable comienzan las artes. El cine vino a sumarse a lo último y le damos la bienvenida que le corresponde: una película virgen. De ahí partimos, de las instituidas siete artes, al hablar de los terrenos que en supuesto expresan la libertad. Digo en supuesto, abriendo con propósito una hendija, porque través la cual, si se espía, impulsado por esta libertad, pueden verse millones de actividades en las que uno pueda jugar libremente: sexo (me vino primero a la cabeza), ¿cirugía?... también, ¿cómo no?... ¿entonces?... ¡entonces digo!: sexo, cirugía, peluquería, paseo, deporte, química, alquimia, política, caza, cocina, arquitectura (Para mí, la arquitectura es el motor primario de la creación: es el arte de saber cómo dar estructura consistente mientras ocurre el paso a paso que conformará el total final, para que la creación pueda, luego, considerarse acabada. La arquitectura es el primer arte, el arte supremo, el arte no institucionalizado. Y somos tan pelotudos que no osamos nombrarla como tal siquiera... Pero voy a desdecirme, ¡sí!, regido por los principios que creo dotan de libertad a una hoja en blanco: voy a poner en la lista primaria, varias líneas arriba descrita, a la arquitectura como una de las artes primarias, clave e inescrutable; y voy a incluirla en itálicas, bien gordas, para dejar marca de mi utilización de la herramienta de desdecir.), siembra, vestimenta paliativa (no la vestimenta que busca esteticismo), modo de suministro de agua, movilidad (¿acaso la rueda no fue consecuencia de una creación?), observación (es arte saber dónde observar)... Y así, bajo el efecto de este concepto que intento describir, es que acepto todas las actividades que ocurren sobre esta tierra como asequibles de una concepción creativa. Y dejo a libertad la orientación y el sentido de voluntad que disparan todas las creaciones. Es terreno, quizá, de la consciencia de cada individuo, determinar cómo habrá de oficiar cada creación, aunque no deja de estar, jamás, en manos y bajo dominio de un posibilismo. ¡Acá es donde se demuestra que uno no puede (no porque no quiera sino por imposibilidad) correr con los cargos y consecuencias de una sociedad universal orientada a asestar objetivos que han sido desviados de su riel natural por la malicia que dicta una educación parcial y facilista, erigida desde la ignorancia más que desde la especulación, y que busca que el culo propio sea el culo que se haga, de un modo más intempestivo, ordinario e individualista, del confort que gozan algunos pocos y que siempre acaban pagando los muchos de los sectores sociales sometidos... esclavizados, sin dudas, es la palabra oportuna.

* * *

Normita empezó a cabalgarme, a perderse dentro de sí, con la locura que yo pretendía. Brindé mi bastón, boquicerrado, y me dediqué a disfrutar. No había ni pretensiones ni argumentos, estaba donde quería y desde el lado contrario llegaba la expansión certera de que ocurría lo mismo. ¡A disfrutar...! ¡A pasarlo bien!, aunque parezca lejano y siempre beneficio ajeno. ¡Tomá, dame, te caigo...! “¡Sacáme el dedo del culo, pooor favooor...!... ¡Uh!, ¡no!, ¡no!... ¡mejor dejálo!... ¡dejálo y movelo!... ¡así, así!...” Así fue como transcurrió esa noche magnífica: entre sablazos y azotes, entre saliva y secreciones, que fueron digeridas con disposición eficiente y locuaz, mientras nos chupábamos todas las botellas que había en su casa.
Me desperté cerca del mediodía, desbordado. Silente por el aroma bucal pero latente por la memoria sexual. ...¡y nos dedicamos otro como despedida!
Una despedida que habría de durar unos días, porque, en adelante, visitaría a Norma semanalmente. Salir de la fábrica a las seis de la mañana y encarar con el Clío para su casa era una rutina matinal majestuosa a la que adhería cansado pero contento. Llegar, tomar dos mates y ponerse a coger como si fueran las tantas del día era mi canalización... Me esperaba con los pelos revueltos, con menta entre los dientes y con las ojeras morochas, todo listo para mí; ¡Norma me había convertido en su ceremonia privada, comestible y secreta!... Y yo, fiel a sus trucos, dejé que me convierta... que me vuelva su vicio...
Tres o cuatro meses después de comenzar a frecuentar a Normita, ella se rajó pa´ los ee.uu. No logró aguantar la tentación que daba la paridad entre nuestra moneda y la de ellos, que implantó durante toda una década el monarca Soúl I..., ni la sensación molusca que le ganaba las tripas yendo a diario a su local-santuario frente a la estación de trenes de William Morris, a vender pelotudeces santificadoras a tres o cuatro viejas locas que le compraban sus chucherías místicas, negras y cargadas de odio. Conforme avanzaron los latidos que su culo musculaba, sintió curiosidad por ver más allá de las fronteras que la educación le había presentado, tal como había estudiado que existían (la educación falla como falla todo aquello que se nos presenta como dado e inmodificable, como practicable, como un estupor lejano, y nos dota, placenteramente, de una necesidad revolucionaria que crece y crece generando estallido o aturdimiento, pero que seguro no pasa nunca inadvertida), y se fue tras esa curiosidad suprema. Desde el norte de esta América que dice puede meter un misil por la ventana de tu casa y hacer que antes de que estalle se acueste junto a vos en tu cama, Norma me mandó algunos correos electrónicos donde contaba con aproximación y a las apuradas qué carajos hacía. Y yo, desde Buenos Aires, intentaba imaginar el escenario donde ella caminaba, saltaba, comía, cogía, trabajaba, paseaba, dormía, latinizábase obligada, sucumbía tercermundiada. Pero nunca logré imaginar nada de nada acerca de cómo es ni de cómo ocurre el asunto de la vida en esos lugares, en ése país. Los ee.uu. se han mostrado a mí tan crípticos siempre que no logro imaginar tan sólo un paseo por ninguna calle de Nueva York, incluso después de haber desayunado una decena de escritores que la han descrito fielmente,: ver o eliminar. Ella andaba por allá y yo andaba por acá. Ella feliz de pisar tierra nueva con sus zapatos Buenosáuricos y yo macerado por no mover nunca mi propio culo más allá de un centenar de kilómetros de esta ciudad que destripa y mima con dosis parejas de intensidad.
Un día volvió. Un día estuvo de regreso y me contactó. Conciliamos. Pasé a buscarla. Besos y abrazos. Anécdotas y descripciones. Forcejeo y manotazos... Recorriendo Hurlingham adentro del auto todo parecía tan diminuto comparado con los edificios y las luces que ella describía había en ee.uu. Pero bueno, nada qué hacer... Pasamos frente a un bar y propuse tomar algo (tomar algo antes de ir a culear, propuse), me sentía bien escuchando sus relatos, sentía que viajaba:
“No, no perdamos el tiempo...”, repuso segura, subiendo 200 grados centígrados la temperatura que imperaba adentro del Clío.
Aceleré y crucé todo Hurlingham en seis segundos; agarré Av. Márquez hacia la izquierda y me metí en el primer telo que vi.

música
Quizá lo que nos recontracague como raza sea la voluntad. Esa voluntad que recae a veces en nuestra siquisp con forma de obligación. Para ser esquemático: esta voluntad de la que hablo es ese malestar que sentimos al estar tirados sin hacer nada sobre un sillón, cómodamente en nuestra casa, que se manifiesta como necesidad incierta, como una necesidad indescifrable del deber de hacer algo, de producir un poco, de llevar a cabo cualquier actividad que nos saque de ese descanso, en apariencias sin sentido. Sería la punción psicológica de cercenar la pereza por inconducente en el hombre. Ahí es donde creo tuerce nuestra hermosa función que debiera de darnos la combinación que hacen la razón y la animalidad. Como raza, no soportamos el reposo. Ni la tranquilidad. Ni la inergía. En esa brecha, segmento, que quebramos e interrumpimos siempre, justo antes de que verdaderamente comience a ser productiva, pero productiva desde el pensamiento y no desde la acción, es donde podríamos contar con un momento, y aquí un momento es oro puro, para reconducirnos, para interpretar qué y por qué hacemos cuanto hacemos a diario, cómo y a quién hacemos cuanto hacemos a diario; esta pequeña panacea que siempre abandonamos al sentir que estamos por quedar parados frente a nosotros, desnudamente y sin defensa, y por comenzar a ver cómo somos realmente, es el sitio más fértil donde pudiera crecer lentamente algún indicio de paz interracial, donde comenzaría a trazarse algún camino, algún sendero difuso, de recomposición de nosotros través la meditación de las conductas que nos ofrecemos diariamente entre hermanos y hermanas y de aquellas otras, no practicadas, que sabemos debieran de ocupar el lugar de éstas.
“...Desechás las puertas abiertas y te encarnizás con las cerradas... ¡Tu pecado es demasiado mediocre para ser perdonado!”
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Un par de años, poco más, en realidad, antes de Normita y justo uno o dos años después de Andreíta, largué la universidad a la mierda, cansado de fórmulas, tabla periódica y moleculizaciones que me proveía la química desde la mitad, exactamente, de la escuela secundaria. Había algo que me pegaba más fuerte que la química orgánica, la inorgánica, la cuantitativa y la cualitativa. Había un redoblante que trinaba, trinaba sin dejarse ver pero permitía que toda su sonoridad repercutiera golpeando contra el lado interno de mi piel generando dudas, dudas bien grandes, dudas suficientes para elegir el abandono de una carrera de ingeniería. ¡Ingeniería!... No puedo creer cada vez que recuerdo esa elección. No es la elección lo que no calza sino el recuerdo de haber pasado realmente por esa etapa. Yo sabía mientras viajaba hacia Luján, hacia la universidad, hora y media por día, promedio, sólo de ida o de vuelta, que no iba a funcionar... Sabía que mi culo no tenía que estar ahí, en ese bondi ni en esas aulas que inoculaban la ingeniería de los alimentos que almuerzan y cenan los demonios industriales. ¡Pero iba! Iba y trataba de pasarlo bien. Sobra decir que nunca lo logré... pero iba e iba, al frente. Un reflejo deportivo que me dejara el básquet: el de avanzar hacia el aro contrario y pasar por arriba o por debajo de todos los monigotes que estuvieran en mi camino. “¡Terminar lo que se comienza...!” Todo un lema de la educación familiar, ¿no? Nunca me atreví (porque realmente no se me ocurrió) a preguntar, ligeramente, tan ligero como sucede una brisa que no se llega a percibir,: “¿por qué debo terminar cuanto comienzo?” ¡Hubiera estado muy bien hacerlo en su momento! No creo que hubiera resonado ninguna respuesta concreta, ninguna explicación de peso, desde dentro y hacia fuera de la boca de mis viejos. “¡Terminá lo que empezás!”, regía la orden. Siempre pensé esa fórmula. Sonaba adecuada, acertada, moralizadora, educativa: “terminá lo que empezás...” ¡Es perfecta! ¡¿Cómo no intentar cumplir con ese truco que se me brindaba como una reprimenda pero que en realidad portaba toda la acústica que portan las grandes enseñanzas?! ¡Y lo intenté! ¡Y lo cumplí! Muy bien lo cumplí. Tan bien cumplí con ese lema que terminé todo lo que empecé. ¡Todo, todo, terminé! Y nada de eso me gustaba... Un buen soldado. Pero la impresión que me queda es que todo aquello que terminé nunca lo elegí... Borrosa, como una sombra que pasa demasiado rápido delante de los globos de nuestros ojos, es la sensación de que fui educado para elegir. Todavía no sé si se puede educar para lograr ese estado de libre elección. Pero pienso educar para lograrlo. ¡Ésas serán, seguramente, mis grandes equivocaciones como padre (intentar educar a un hijo para que practique cuanto desconocemos sólo porque fue nuestra principal carencia no puede ser nunca un error menor...)! ¿Cómo educar, entonces? Sin dudas, si es que no hay un principio de enfermedad importante, uno intenta proteger al educar. Puede que uno se vea desbordado por la vida, pero no puedo concebir, dada mi naturaleza, que pueda descuidarse consecutivamente y a largo plazo el precepto original que manda enseñar a un primogénito. Es la naturaleza, ¡che! No veo yo a los pájaros enseñar mal, con propósito, a volar a sus crías. Digo: no creo que ninguna ave entrene a sus pichones para que defalquen al primer o segundo vuelo y se estampen contra el piso. ¡Es absurdo! Menos absurdo, basado en esta teoría, suena el abandono del pichón para que sea de éste lo que quien carajo mande sea, ¿no? Cabe más en mi cabezota, que reboza de esa vitamina C..., pensar que no encargarse de educar a la cría propia es la mejor forma de desentenderse del asunto de la educación. Ahora, para trazar algo concreto con todo esto que vengo paraboleando: tomarse el tiempo, la dedicación, el costo, el esfuerzo, de acompañar a un primogénito para cagarle soberanamente la existencia me parece demasiado irreal. ...”El pecado primario, es decir, el único pecado, no es la debilidad sino la ignorancia (una corrección que dedico a Vivekenanda)”.
Ya ni sé si lo leí o lo pensé: “a los doce años, ¡máximo!, los chicos debieran de ser huérfanos”.

* * *

Entramos en el telo a festejar nuestro reencuentro. Un buen brindis mientras la ropa volaba a cualquier punta de la habitación. Norma pasó al baño y después pasé yo. Enjuagados, nos reunimos en el centro de la gran cama king size que estábamos alquilando por dos o tres horas. Yo tenía en la cabeza una necesidad: chuparle la concha hasta que se desangre, hasta que le ardan los ojos de sequedad. Y hacia allí me fui. Sumergido. Había algo que me decía “no pares”. No exagero si digo que estuve ahí abajo por lo menos tres cuartos de hora. “Te viniste concentrado”, decía ella cada tanto, y yo resoplaba contra sus labios inferiores una respuesta que quería responder: “sí, sí, muy concentrado estoy y vine, por favor no me molestes...” Así que me puse a bucear con más ganas a sabiendas de su disfrute de mi obsesión. Hermoso. La belleza es una gran concha que se abre lentamente bajo los impulsos de mi lengua en punta. “¡Pará, pará,” soltó jadeando, “aguantá un poco!” Me retraje unos centímetros. Norma estaba por acabar con un gran estallido y quería dejar su cuerpo sin tensiones, sin un sólo músculo trabajando. Torció completa y se colocó en cuatro patas, separando bien las rodillas una de la otra. Yo me puse boca arriba, con la espalda apoyada sobre la cama, y serpenteé lentamente para meter la cabeza entre ella y las sábanas hasta que pude alcanzar con toda mi boca toda su concha. Mordí con hambre. Mordí con euforia y ella lo sintió, lo sintió profundo. Paseé la punta de la lengua por su clítoris y por toda su ladera, bajando a veces para enterrarle la lengua erecta en el canal. De gemidos pasó a grititos, de grititos a tribulaciones y de tribulaciones a grandes estertores que la obligaron a dejarse caer sobre el colchón, con el pecho y con los antebrazos pero manteniendo elevado el pubis y su derredor para que yo pudiera continuar con los mordiscos que la ejecutaban como en una silla eléctrica que no asesina sino que eleva través placer y gozo: “¡aaaaaaaaaaaaAAAAAAAAAAAAAAH!”, onomatopeyizó. Y volamos... ella con más altitud que yo. Salí rápido de la trampa que me traía entreverado y me puse detrás de Norma, de rodillas, para acompañar sus orgasmos con palmaditas tiernas, la mano cóncava, golpecitos firmes, como soplamocos, sobre su hermosa concha que comenzaba a latir pidiendo penetración. Salió, ilesa, de la zona electrificada en menos de un minuto, y automáticamente le enterré la pija con somanta. Con bronca y con amor penetré a Norma. Queriendo suministrar un placer capaz de deshacerse de todas las guerras que han poblado la tierra desde siempre; queriendo en cada grito que pretendía sonsacarle de su boquita ardiente, la boca conque después de mi actuación se comió mi verga, una salvación. La cogí con una pretensión: basta de muerte. Para qué matar y apedrear si se puede coger y placenterear... Cogimos bajo el asedio de un deseo humanitario. Nos abotonamos sumidos en la tromba de una epopeya, con la potencia que inyecta la querencia de una quimera sublime... Se cogió en nombre de todos ustedes y de nosotros dos. Cogimos por la consagración general... Aunque no ha resultado como pretendimos, como ven. Ya lo sabíamos, igual; pero era tanto el gozo que, caídos aun en la cuenta de que tanto placer, de todas formas, no habría de afectar a la mierda general, igual continuamos... al menos, para salvarnos nosotros. Así que lo que hicimos, después de refrescarnos con la certidumbre común, fue coger como dos seres humanos cualquieras. No lo pidió pero igual brindé mi esperma dentro de su boca. Y le gustó. Y me gustó. Pagamos el hotel, al rato, sabiendo que era barato eso que ellos creían caro, y nos fuimos a flotar en el auto que flotó por Hurlingham mientras mis oídos seguían escuchando historias nórdicas que provenían de los ee.uu., que Norma me facilitó durante el viaje de regreso hasta su casa.
No duró mucho más en Buenos Aires, Norma. Un día volvió a despegar hacia Norteamérica y ya no supe más nada de ella.

música
Una tigresa me ladra y mil luciérnagas se le meten adentro de la boca, como castigándola. Veo parir junto a mi cama a una nena de diez años que violó su propio padre nueve meses atrás: no gime de dolor, gime de placer... Un gran y bien armado Teniente Coronel carga balas en su pistola y se apronta a disparar a seis ovejas hembras formadas en línea: una sola bala las atraviesa de una vez y veo en los ojos del Teniente que la historia del hombre se consagra nuevamente. Después mira hacia el cielo, y se ve, claramente, la mano derecha de dios que le muestra uno de sus pulgares apuntando hacia arriba, hacia el cielo, hacia él: sí, lo felicita, en su propio nombre, por perpetrar esa barbarie. Hay un caracol que salta de placer, no le pesa su caparazón ni nada, es volátil y veloz, es un para-caracol: no deja babas para su rastreabilidad, es un para-caracol único, poderoso. Una sirena se masturba entre cardúmenes de aves diversas que nadan un cielo anglosajón. Existe en este hábitat un pila inmensa de hojas en blanco que se van escribiendo con lo que dictan las palabras de los deseos generales. La pila de hojas igual continúa en blanco... ¡¿Hacia dónde es que han marchado los deseos?!... Violan a la libertad en un callejón con salida: la moraleja está en que la libertad nunca opta por la salida que tiene el callejón donde es profundamente clavada... ¡Osada libertad! Recibe la libertad, finalmente, todos los maltratos sexuales que anhelara al escuchar a vecinos cercanos hablar del placer. La crucifican a porongazo limpio. ¡Y al fin se siente ella misma...! Se baten olas macizas de agua sobre los soberanos deseos de los congéneres infinitos y totales... ¡El océano está bien!, no nos preocupemos por él. Pensemos, más bien, en nosotros. Tratemos de vernos, ¿sí? Quememos las retinas que ven al infierno como un lugar obscuro, ignorando, por pereza, únicamente, que el infierno está lleno de luz por estar lleno de fuegos... Diablo siempre ve más que dios..., ¡y ejecuta mucho mejor!
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M

La semana que me tocaba trabajar en la fábrica durante el turno mañana era una semana perdida. Una semana que entregaba, entregándome vencido y con la cabeza puesta con voluntad en la guillotina, al trabajo por trabajo. Veintiún años y ya me sentía vencido... Pero por esa época la escritura mitigaba silenciosamente todas las decepciones presentes en mí. Las putas no dan besos... Así funcionó la escritura conmigo, sin besarme pero lamiéndome desde adentro, como caricias estomacales que el cuerpo avivaba para sofocar los malestares exteriores. Anónima y presente. Tamborileaba semidormida, y se refrescaba con mis ánimos más bajos. Si tenía que trabajar el lunes a las seis de la mañana, mis depresiones comenzaban el domingo apenas me despertaba. Me cagaban todo la jornada. Despertaba al mediodía, comía recién por la tarde y llegada la noche sentía un pánico al día lunes que me atornillaba a pensamientos maliciosos, sedentarios, estacionarios pero hiperenérgicos, que no sabía cómo diezmar, almacenar o archivar. Entonces, se volvían desorientación. Desesperado, como dije, por la necesidad de escribir para calmar la sensación de veintipico de años sin vocación institucional concreta, intentaba cualquier cosa que yo sintiera aproximada a la inminente aparición de las primeras palabras. Sobra decir que aparecían sobras de palabras (no palabras de sobra). Y rasguñaba un block, con una birome tensa y dubitativa al mango, en una mesa de un bar en San Miguel, con una birra en la mesa y dos adentro del estómago, dos horas antes de entrar en la fábrica, creyendo en la suficiencia de toda esa organización. ¡Pobre ángel! Los dueños del bar ganaron fortunas y yo seguía con todas las hojas en blanco; y las que no terminaban en blanco estaban llenas de pelotudeces indecibles, que me avergonzaban pocos días después. A trabajar llegaba medio en pedo y a las diez de la mañana ya era un zombi consagrado. Salía a las dos de la tarde y el resto del día ya estaba estropeado. No había siesta que retornara a mis canales interiores la energía necesaria para encarar nada. Una próstata podrida, agujereada, percudida, por no coger nunca fui durante esos tiempos. Pero no me rendí. Seguí dándole duro a cuanto libro llegaba a mis manos pajeras parejas. Y los libros que llegaban eran los que andaban por ahí, en la casa de mis viejos. Cuando la guita comenzó a llegar (tenía dos trabajos), recién pude comprar lo que yo quería leer. Pero era un desnutrido cultural y todo lo que compraba era una cagada. Una cagada que yo había escuchado en algún lado era hermosa: hay que decir que al no contar con mentores de lectura, mejor dicho, con consejeros adecuados de lecturas adecuadas, me tragué, creyendo que eran buenos, a un centenar de reprimidos y culofruncidos literarios, toda una pandilla de almidonados, toda una especie de escritores recoleteros (barrio profano-literario de Buenos Aires), que no se bancaban la miseria que se bancó Cortázar en París y que encima, en cambio, asqueroso cambio y trueque, decían ser los bohemios de una ciudad que desgastaba la literatura de este país, que no transmitían sino que camuflaban para estetizar, y que pasaban más tiempo en cócteles y en canchas de tenis que en puercas habitaciones, poseídos, teniendo que escribir algo para no volverse del todo locos. ¡Qué confundido arranqué! ¡Pero qué fuerte me siento al haber recorrido a todos! Conozco lo bueno y lo malo, lo asqueroso y lo agradable, lo protocolar y lo reo, lo que queda perfecto y lo que realmente es; conozco las dos caras de una moneda que, en realidad, debiera de ser esférica, única. El tiempo habrá de eructar a posteriori el rastro de haberlos desayunado. ¡A callar quienes no tengan nada nuevo qué decir! Es un favor que acabarán haciéndose a ustedes mismos. Escuchen, lacayitos de las letras: olviden por primera vez las posturas literarias y las minitas que piensan cogerse cuando editen cuanto escriben. Paguen putas o no cojan. Elijan, por su dignidad, no coger a llenar al pedo hojas y hojas de mierda, mierda que se imprime por kilos, que distorsiona la visión de los guachos lectores como fui yo alguna vez, vez lejana pero inolvidable.
Una tarde cualquiera, siendo incipiente lector e insospechado deseoso escritor, como a las cinco de la tarde, fui a visitar a mi viejo a la peluquería. Llegué arrastrando los brazos, como un gorila cansado de repetir diariamente una rutina absurda. Recién empezaba en la fábrica, todo era nuevo, y jamás se me había cruzado través mis sesos que yo quería escribir; los sueldos comenzaban a complementarse con el arbitraje y económicamente me sentía desbordado. Ningún proyecto y demasiado dinero... ¡un tumbador! Entré en la peluquería e hice lo de siempre: un beso, una barrida, una calentada corta a la pava del mate (siempre estaba tibia: tenía más bebedores (amigos) de mates que clientes, por esos momentos), un mate él, uno yo, uno cada cliente, hablar dos o tres cosas y sentarme un rato a mirar la pila de revistas que adornaba la espera de la trasquila. Cacé un diario local, bien local, tan local que todo lo que mostraba no era más que lo que había ocurrido “una semana antes” en no más de treinta cuadras a la redonda. Leí, miré, asocié, leí más, miré más, asocié cada vez menos, y llegué a una página que invitaba a un concurso. Invitaba este concurso a presentar cuentos cortos y prometía, también, una impresión en libro de los tres primeros puestos. Miré la nota y sentí que estaba viendo algo nuevo; de hecho, estaba viendo una novedad: se podía crear algo y mandarlo a concurso... Todo nuevo. “¡Mierda!: escribir un cuento... ¡Escribir!... ¡Y, encima de todo, un cuento...! ¡¿Qué carajos es un cuento?!... ¿Puede ser un cuento, algo tan místico para mi sesera, escrito por gente que vive tan cerca mío (treinta cuadras máximo)? ¿Escribir es algo dado a todo el mundo?... Aparentemente, sí”. Me quemó las manos ese diario localízimo. Jorge Luis, Adolfo, Gastón... ya no se sintieron tan lejanos como cuando los leí. ¡Una voz, gráfica, bien anónima, me invitaba a escribir...! Bueno, invitaba a escribir a cualquiera y yo lo tomé como un asunto personal... ¡Pero sentía que estaba aceptando una invitación correcta! Y comencé a soñar con algo raro...: ¡escribir un cuento...! ¡¿Yo?! Volví a leer bien la nota: eran condiciones; es decir, equis cantidad de líneas, equis tema, equis tamaño de hoja, etc., quien cumpliera con ellas, podía.
Un tiempo antes de esa invitación al certamen algo raro me había sucedido. Cegado por una cualidad foránea, recorría confiado los pasillos repletos de mercadería del Carrefour de San Miguel, sin ánimos de comprar nada, y me topé con una batea atestada de libros revueltos. Media esfera de plástico transparente con libros en oferta. Todos iguales: tapa dura, marrón claro, veteado, con centros bordó que anunciaban los nombres de las obras y los autores. Llegué hasta ahí desconociendo completamente la literatura, sin saber nada de nada de nadie que haya escrito algo bueno, malo o coherente, al menos, pero estaba hipnotizado por un extraño impulso de hacerme de algunos ejemplares. Moví y miré los nombres de unos cuantos, y caí en la cuenta de que no conocía a ninguno... ¡Mierda!... Vi mejor, lo mejor que supuse podía ver y elegí dos libros. Miraba los títulos, buscaba algo que me orientara: una palabra simpática, enigmática, algo, algo que hiciera decidirme. Y dos nombres me llamaron la atención; no eran nombres muy extraños pero cargaban algo de peso, algo de seguridad, algo decían esos nombres que no estaba en los demás. Fui hacia las cajas y pagué. Embolsó, alguien. Yo era un ignorante que había comprado artículos para designorizarme. Llegué a casa y rompí el puto plástico que los protegía de la tierra, la humedad y los consultores ilegales. Al quitar el nailon del primer libro me decepcioné un poco porque era una obra de teatro: Casa de muñecas, Ibsen. Una derrota, pensé. Arranqué el nailon al segundo. Se sintió mucho mejor... Hubo sensación inmediata de cobijo. Partí el texto a la mitad, en una hoja cualquiera, y me sumergí confiado. Potente, potente y fresco. Más allá del bien y del mal, Nietzche. Nadie. Nunca había escuchado nada del tipo éste. “¡Qué tarado!”, pensé, por mí. ¡Y después lo leí...! ¡Y ahí, en ese momento, luego de esa compra compulsiva e idiota, comenzó el huracán...!

* * *

Podría comenzar con una pregunta, pero voy a ser fiel a mí mismo y comenzaré con una afirmación: no tenemos ni la más mínima chance de obtener una solución para todos nosotros.

música
“Para construir hay que destruir...”, pensamiento inquisidor.
“…¡A romper!, ¡a demoler tranquilamente, abrigados por el tiempo que sabemos estaremos en estas tierras que hemos apropiado! ¡¿Es ése un templo, acaso, de la vieja, vieja a partir de hoy, arquitectura que protegía del frío y del calor a los antiguos fieles?!... ¡Destruirlo, por favor!... ¡Hacerlo rápido!, que se vea abiertamente el amplio y magnánimo peso de nuestras decisiones. ¡Y que no queden ni las bóvedas!... ¡¡¡No, no!!!... ¡Quiten los tesoros, primero..., imbéciles! ¡Denme el oro, los zafiros, los objetos de plata, las piedras preciosas!... ¡por el amor de dios!... del dios nuestro, claro. ¡Que eso nunca se destruye en una inquisición, horda de tarados...! ¡Exterminen todo lo que no brille! El brillo es nuestro. ¡Siempre! ¡Tú, ¿por qué aprietas los dientes?, ¿sientes algo de rencor hacia nosotros?, ¿ira, tal vez?...! ¡Escúchame bien, indio de mierda!: voy a apilar lonja sobre lonja toda la carne que estructura tus sucias pelotas, y tus hermanos, ¡que ya están muertos de antemano!, verán llover la sangre desde tu ingle... ¡A violar! ¡A violar! ¡Que no quede una sola hembra de esta raza sin su ultraje! ¡Lo merecen! ¡Destrócenlas! ¡Y luego trócenlas! ¡Cuanto existe o mueve sobre este inmundo suelo nos pertenece! ¡Voy forrar mi castillo con sus cabelleras azabache! ¡Somos peor que la naturaleza cuando cobra furia! ¡Ni ella puede con nosotros...! Los pocos que sobrevivan a mi hambre, trabajarán tanto que no podrán contar lo que aquí habrá de ocurrir porque zozobrarán primero. ¡Tenemos tan bien organizada nuestra hiperestructura de jerarquías eclesiásticas que pasaremos por la piedra velozmente a todas sus estúpidas creencias, todos sus irreales dioses: el de la cosecha, el de la lluvia, el del sol brillando y favoreciendo la fotosíntesis, el de la guerra, el de la paz, el de los celos, el de la menstruación, el de las hemorroides, el de la música, el de la pesca, el de la caza, el del hambre, el de los niños, el de los viejos, el de los jueves... ¡tantos dioses tienen que ya ni sé cuáles olvido!... En cambio, nosotros hemos encapsulado todas las necesidades que pretendemos del cielo en un sólo recipiente, o botella, y lo hemos denominado “dios”, sin más. Somos muy buenos a la hora de ser prácticos y capitalistas. Tenemos todo inventado. Y lo que no inventamos, vamos y lo tomamos... ¡así de simple! ¡Maten a ese indio que se acaba de mear en el taparrabo...! ¡No soportamos maricones! Y tanta fama de guerreros se echaban sobre sus lomos... ¡será de dios! ¡dios odia a los putos!, ¡sépanlo! Pito con pito no es permitido en los círculos sociales bajos. El rey, sí. El rey es el único que puede desear el entierro de una verga soberana dentro de su propio, blanco, blando y brillante orto. El resto puede morirse de sed... ¿´ta bien? Lo mismo concha con concha. Sólo las monjas... ¡No mires con esa cara de ignorante, indio pajero! Las monjas son, para que aprendas, unas putitas que los curas utilizan cuando es tal la erección que les viene por la noche que tienen ganas, prácticamente, de meterse su propia pija dentro de su propio orto. Cuando esto sucede, los curas van desaforados por los corredores de los palacios que nuestro dios necesita para ser adorado y se clavan todo culo que se mueve, tanto en la obscuridad como bajo los rayos que el sol deposita en los pasillos de estas construcciones orgiásticas que no deben ser nunca denunciadas. Algunas veces, la mayoría de las veces, para decir la verdad, los curas se pasan las horas revisando los listados con los nombres y con las habitaciones de los monaguillos, a quienes atacan mientras duermen, tapándoles la boca con una mano y bajándoles el calzoncillo con la otra, enterrándoles la poronga en pleno sueño, resoplando sobre sus nuquitas amenazas, como dardos tranquilizantes, para que no se les ocurra contar estos secretos de corredores pedregosos. Y los monaguillos, niños, para no mentir, cierran el pico con fuerza y así crecen... Nunca dicen una palabra a nadie de lo analmente doloroso que es dormir en esos pabellones; convirtiéndose así, forjados en el silencio que les confiere seguridad de vida, en futuros curas multivioladores. Con este mecanismo de existencia y gloria, damas indias y caballeros indios, es que hemos llegado hasta esta América, a darle por el culo a todos ustedes, en el nombre de dios, del rey, de mí y de todo nuestro continente, que se ha desayunado hace poquísimo tiempo con la información de que hay toda una nueva tierra para desmembrar y toda una humanidad, en ella, para poseer, gracias al señor rectó, es decir, al señor colón... Digo poseer en el más amplio y elevado significado que pueda darse a esta palabra. Y como nosotros no hemos pasado por la aduana, ya que a partir de ahora la aduana somos nosotros, les queda, todavía, una oferta superior con la que habrán de beneficiarse... Para que no duden acerca de que hemos llagado hasta aquí, aunque parezca imposible ahora imaginarlo sabrán con el tiempo que les convenceremos, con ánimos de quedarnos y de proferir a ustedes un bien infinito, traemos, en los barcos subsiguientes a aquéllos que nos han traído a nosotros, a toda una población de... de... me cuesta un poco nombrarlos... traemos, está en viaje, con la intención de subsanar lo que se considerará error y lograr colocar dentro de los libros que educarán a los pocos hijos suyos que quedarán en pie, es decir, con vida, toda una avalancha de obispos... ¡Sí! ¡obispos!, ¡de los mejores que tenemos! ¡obispos raspaculos! ¡obispos paleteadores! ¡obispos adoradores de la mierda infantil! ¡obispos que dan lustre a los culos pero por adentro! Los obispos superan a los curas en una sola cuestión: están perfectamente capacitados para, además de monaguillos, partir el orto de cualquier civil menor de quince años; es decir, cualquier menor incapaz de defenderse por sí mismo. Con estos caballeros nos garantizamos la victoria anal sobre esta tierra. Son perros, como los de caza, que huelen a kilómetros de distancia un pequeño y fresco culito para acariciar y subvertir. Son nuestros gladiadores rectales... Entrenados para poner, sacar, dar y asesinar. Y son los dueños del poder hasta tanto llegue el papa. Mientras el papa ande por aquí, disfrutando de la estadía que los mediocres conforts que esta tierra genera le proporcionan, los obispos yacerán inadvertidos, escondidos, escupiéndose la palma de la mano para sacudirse la pija mientras imaginan las nalguitas varones que atravesarán apenas el máximo rompeculos de la iglesia católica se despida y aleje de estas tierras. ¡Esos son nuestros obispos!: los encargados de mantener los órdenes y las tradiciones sobre las que nuestra creencia se erige y despierta. Y como no son ningunos tontos, seguramente, llegará el papa después de que esté todo perfectamente sumido y controlado. De aquí en adelante les enseñaremos cómo es que se debe saludar a una autoridad de esta altitud. Contamos con lustros, décadas, siglos, para adiestrarlos en esta cultura neoliberadora de sus acéfalas introspecciones. Dentro de un tiempo no muy lejano, estarán todos los mestizos que habremos de generar, listos para recibir a este subrey. Y cada uno de ustedes..., perdón, cada uno de los hijos que les haremos a sus mujeres e hijas, estará listo para fingir la pantomima que este subrey pretende ocurra cada vez que levanta una de sus manos frente a una población asida. ¡Esto es muy importante!: si cuando el subrey, el papa, dígase, levanta la mano, se levantan con ésta miles, millones, de manos en señal de aprobación a su saludo, significa que nuestro trabajo inquisidor ha sido perfectamente llevado a cabo. En cambio, si cuando este hombre común, que hemos denominado papa para dotarlo de falsas facultades, al saludar recibe una andanada de proyectiles, de insultos, de flechas y abucheos, nuestro trabajo queda muy mal visto y nos vemos obligados a responder por nuestra falta de idoneidad en la sumisión de un pueblo inquirido. ¿Se entiende? Para hacerlo fácil, indios putos y olorosos, si no dicen, hacen, permiten y apoyan cuanto obligaremos desde hoy en adelante y hasta que llegue desde Europa la primer supervisión de nuestro trabajo todo lo que nosotros necesitamos digan, hagan, permitan y apoyen, sabrán sobre nervios propios cómo se siente entrar y salir un sable en sus cuerpos trigueños. ¡Hagan caso!, la primera prueba de nuestra labor es en unos años. ¡Ahora, a sus tareas! Es decir, ¡a morir los hombres y a bañarse y perfumar las mujeres y las niñas...!”
música

N

Acepté el reto. Acepté el reto de escribir. Acepté el reto de mi destrucción... Muy contento, acepté mi destrucción. Arranqué la hoja del diario local, la metí en un bolsillo y me sentí feliz de contar, finalmente, con un proyecto que en apariencias primarias me superaba. De colme, fue la sensación que me dejó esa decisión. ¡Lo estaba esperando! ¡Y tanto lo estaba esperando que era razonable que no tuviera nada que ver conmigo lo que acababa de elegir! (Con el tiempo vi que esa decisión sí tenía mucho que ver conmigo; bien adelante de ese día, sumido en letargos cuasilisérgicos, provenientes de mezclar dos polos psicotrópicos, deduje que ciertas causalidades me habían originado un principio que, viéndolo más holgadamente ahora, no hubiera nunca podido eludir).
Nietzche y mi nuevo proyecto de escribir un cuento convivieron un par de semanas, aparentemente en buena relación. Y un día llegó la hora de ponerse a escribir... ¡Fue como la primera paja! Nada era conocido para mí de lo que estaba llevando a cabo pero algo me guiaba, un instinto bien raro, bien extraño y sumamente orientador; no era una voz, no había voces entonces, era más bien una conectivo que me entreveraba con un placer lejano pero palpable, un nuevo placer que timoneaba ese acto desamparado pero necesario. No sabía cómo empezar. No sabía cómo continuar en el supuesto caso de que lograra comenzar. No sabía si iba a iniciar realmente alguna vez esa tarea. Era la ignorancia en estado totalitario. ¿Y el final?... ¡Uf..., el final! Nunca me pregunté si era necesario, realmente, que escribiera ese puto cuento. Quizá, de haberme preguntado, hoy no estaría luchando contra esta hoja y ya me habría concedido una buena carrera de comerciante, empleado público, abortista ilegal, paseaperros, o lo que fuere... lo que fuere que no tenga nada que ver con este estado que se tiene permanentemente al poner la cabeza en ebullición a diario para intentar producir un poco de material digno y tratar de editarlo posteriormente. Cuestión que, elegí de lo último que me había sucedido lo más simbólico (a ver: lo más simbólico que un inexperiente puede considerar simbólico como elemento literario...), y me lancé de lleno al agua, sin salvavidas, sin arpón, sin escafandra, sin ropa, sin nada. Dispuse a la marea todo mi ser con la inevitable necesidad de ahogarme profundamente. Hice el nudo en la cuerda, colgué la cuerda, introduje la cabeza en el lazo, parado y tambaleante sobre una silla común me hamaqué para allá y para acá, unas cuantas veces, hasta que en el último va de los vaivén empujé con fuerza el pedestal y quedé tercamente colgado, luchando por no volver a respirar. Así comencé esta carrera de escritor. ¿Hay otra forma de empezar? Digan lo que quieran, yo sé que no existe comienzo que pueda tomarse como metodológico. No existe carrera capaz de enseñar a crear. Se debe crear y punto. Los primeros años son de basurero (a quien considere lo contrario le recomiendo un tiro en las pelotas); por dignidad es que es obligatorio exterminar todo el material introductorio. No creo en ningún artista de veinte años... No me importa cómo fue su pasado ni cómo habrá de ser su futuro: no les creo y ya, ¡a otra cosa!
Al no comprender nada de nada, lo que intenté, inconscientemente, fue desenmarañar el entramado malverso del mundo en cada oración. ¡Terrible cagada resultó! Pero era nuevo, y por nuevo era insuperable, y por insuperable lo dejé escrito así. Quince días le puse a esas tres primeras páginas mías. Cumplí con las condiciones que exigía el diario, lo ensobré y lo envié... ¡Era el mejor! ¡Sabía que era el mejor de todos! ¡Nadie puede competir conmigo...! Pasé semanas y semanas abriendo ese diario hijo de puta para encontrar mi nombre como ganador del concurso y no sólo no aparecía mi nombre sino que no había ninguna expedición acerca del certamen.
Mes y medio después, encontré lo que buscaba. Había un ganador. Y también había un segundo y un tercer puesto. Mi nombre no aparecía, por supuesto. Quedé masticando unos días la realidad, como desconfiando. Pero algo se había iniciado con esa tarea foránea que me había propuesto: había encendido por primera vez mi máquina interior, había dado ignición a todo mi mecanismo y hasta ese momento había superado por lejos todo cuanto intenté hacer antes de eso. Así que no hice más que lo que hace cualquier terco consumado: me dediqué a mejorar... a mejorarme. Primero, lectura, mucha. Libro tras libro tras libro tras libro tras libro, no importaba de qué trataban o qué decían, había que leer, eso era lo único que sospechaba iría a mejorarme algo. Así pasaron uno tras otro tras otro tras otro tras otro, dejándome cada vez más claro que nunca iba a alcanzar el objetivo de poder escribir... Y, sin darme cuenta, me sometí a la peor de las carnicerías: ¡el autodidactismo! ¡Me sometí voluntariamente a la nada misma! ¿Qué pulsaba tal necesidad?, no lo sé. Pero me guiaba por un asunto sólo: de todo lo que había elegido en distintos momentos de mi vida, era la escritura (el deseo de escritura, mejor dicho) la única labor, tarea, necedad o vaya a saber uno qué, lo único que jamás había abandonado. Tantas intenciones de dedicación tuve por aquellos años, tantas diversificaciones de vocación cometí, me asediaron... y la escritura se mantenía... siempre estaba ahí, si no andaba de derredor mío como acción lo estaba como pensamiento, como posibilidad, como obsesión. ¡Obsesión! Obsesión fue la literatura para mí desde un primer momento. He comenzado y dejado tantas actividades... He flotado como corcho, alcornoque, tanto, que sólo recordarlo me hace vomitar.
Los primeros diez años dedicados a escribir fueron, literalmente, práctica. Una práctica de lo más desesperante. Una práctica profiláctica. No hablo de hacerlo bien o hacerlo mal. Hablo de que a mí me llevó diez años comenzar a sentir un mínimo ápice de seguridad a la hora de escribir. Diez años hizo falta transcurrieran para que yo olvidara las opiniones externas y supiese hacer caso al grito propio, al gran tamiz selector. Y cinco años más para aprender a confiar en lo que escribo. He dejado tiradas tantas noches sobre la barra de mi propio bar, a los veintisiete años, aproximadamente, dilucidando en un cuaderno, a pura birome, si era lógico que un escritor corrigiera...: puede haber tratamiento en la puntuación, en los adjetivos, en algunas estructuras sintácticas, en ciertas condiciones ortográficas... pero no debiera de existir nunca la corrección neta de una idea. Si esto ocurre, es que se ha escrito al soberano pedo: significa que nunca se ha escrito creyendo con el alma y con el espíritu en cuanto se escribía. La corrección es más adictiva que la cocaína... ¡y mucho menos fiestera y lujuriosa! Es por lo mismo que no creo en las rutinas de escritura: lunes, miércoles y viernes escribo... ¡Imposible! No es una tarea agendable. Practicar un deporte sí es agendable. Estudiar es agendable. ¡Hasta coger puede ser metido dentro de una agenda!... pero escribir, es decir, crear, ¡no!, mi cielo.
Traspasé la primer palabra del cuentito y sentí algo de liberación. Deduje que una palabra tras otra era todo el asunto... pero no pude hacerlo; como dije, intentaba, porque creía en esos momentos que para escribir había que decir algo bien grande, algo cósmico, algo estelar, armar oraciones dilucidadoras de un no sé qué universal. Y tan cargadas quedaron esas líneas que lo único que lograron fue sumar voluntades mal apuntadas y falsamente originadas: terminé por falsear todo. Ése fue el resultado final. Un cuento que no hablaba de nada pero que tenía deseos, intenciones, utopías... fue una manera de irrumpir en la literatura. ¡Y dio su resultado! Dio un resultado privado; ofreció, ese ejercicio, una frontera desconocida, un horizonte hacia donde correr como un perseguido por su detractor natural. Y corrí. Corrí mucho y con mucha fuerza. Corrí como un condenado a muerte. Sentí la muerte varias veces mientras iba, sin un puto documento, hacia esa frontera que de lo único que me hablaba era de no tener una vida terrenal corriente, común, ordinaria. Ni médico ni ingeniero ni abogado ni operario. ¡Escritor!... ¿Y cómo mierda es que eso se encara? ¿Cómo se enfrenta ese destino? ¿Haciendo las compras a las nueve de la mañana en la feria de la esquina? ¡No creo! ¡O quizá sí! ¿Cómo se empieza una vida de ese estilo? ¿A quién consultar?, esa era la pregunta. ¡¿A quién consultar?! Nadie a quien consultar: estás sólo, angelito. ¡Y sólo me forjé, qué mierda! ¡Y acá les está yendo algo de ese acero forjado discontinuo! ¡Aprovéchenlo o déjenlo pasar al siguiente!
¡Una voz! ¡Una voz, es un escritor! Ni cuentos ni novelas ni poesías. ¡Hay que transformarse en una gran, potente, constante y espectral voz sin cuerpo ni fenotipo! Como escuchar la radio. Alguien te habla, alguien te está hablando, lo escuchás porque sí, porque te gusta, porque suena, porque sentís que la gravedad de la voz te masturba y mima. Una voz te acaricia como nadie lo ha hecho hasta ahora. Te acaricia las pelotas mientras sublinealmente te aconseja... Una voz que sin manos igual logra abrirte los labios de la concha y meterte un dedito acalorado que te acalora aún más mientras te incita a entregarte a cualquier chabón que te genere deseos, más allá de tu marido o novio... Una voz, que es como un escudo contra el mundo tal y como está dispuesto para que lo disfrutes. “Hola, soy la voz: quería decirte que no vale le pena soñar con tus deseos, que los deseos hay que estrecharlos contra la acción, cuerpo a cuerpo, ¡si no te matan! Subir al subte y codiciar una persona es un malestar. Acercate a la persona y decíle que te lo querés coger en un millón de posiciones distintas. Decíle que querés probar con él posturas que con tu marido son absurdas, porque no la sentís o porque la tiene corta. Dejáte llevar por la gran ola de la incandescencia... ¡Dejáte tocar por todos! Tirá lejos la abrazadera que mantiene tus piernas juntas y ábrelas lentamente para que la penetración sea precisa, puntual y desbordante. ¡Cogé en todos lados, en cualquier momento y ocasión! ¡No te cuides del placer...! ¡Desechá todo lo que te dijeron porque es falso y represivo! El placer independiza. Por eso es que se nos oculta. La independencia es riesgosa para quien engendra la dependencia. Depender, gran palabra... Excepto el cáncer, la independencia es la causa general de muerte. Todos luchamos por independizarnos de algo. Allá la lucha y la persona. Tan lejos que se pierde de vista. Volar es un punto de partida. Flotar es descansar. Parir es sentir la crudeza de la naturaleza en carne viva y propia. Del placer al sufrimiento en sólo nueve meses de viaje. Una gran oferta de turismo...”

Ñ

Lejos de Norma, lejos del primer cuento, lejos de mí y mucho más lejos de la fábrica, donde, sentía, poco tiempo me quedaba, la cabeza de este tozudo enfocó únicamente en la liberación mental, corporal, molecular y espiritual. Sentía permanentemente una gran nube de sensaciones especiadas, como provenientes de sales y de pimientas que no condimentan nada porque todavía no está decidido el menú. Y con el tiempo el menú se definió sin que yo me diera cuenta: Yo. ¡El menú fui Yo! Me desayuné, me almorcé, me merendé y me cené. Me tiré sobre la plancha hasta alcanzar un punto medio de cocción, probé mis jugos, y finalmente me desintegré en bocados. ¡Qué sabroso resulté! Nunca probé carne mejor. Tenía tantos sentimientos mezclados adentro... Me rebalsaban. Era tan desconcertante pensar en escribir. Lo siguiente que intenté fue un estado obligado, torcido, hacia la melancolía. Me castigaba con ideas nostalgiosas, nostálgicas: para los amantes de los diccionarios, para los amantes de los manuales de procedimientos, esos libros que hablan de y también dictan cómo se debe y conviene llevar a cabo las cosas y asuntos; me sometía, por esos tiempos, a calambres del alma autogenerados, me sumí en los más amargos recuerdos y también en los más bellos... pero no fue sino una década más tarde cuando recién logré recordar cuáles, realmente, habían sido mis experiencias más amargas y detonantes. ¡Una traición del: ¿inconsciente?, ¿subconsciente?, ¿Yo?... colectivo represivo personal, supongo! La sicologíap carga una metodología bien precisa de cómo funcionar: ¡no suelta información, es decir, recuerdos, si no estás listo sicológicamentep para soportarla! ¡Si lo hace cuando no estás preparado mentalmente para recibir esa descarga infinita en intensidad, de una densidad electrificante tan intempestiva, terminás en el loquero! ¡Terminar en el loquero, si los que deciden que las personas acaben allí tomaron las decisiones correctas, es una debilidad de un órgano o de otro componente corporal, y nada más! Existen los débiles de las rodillas, los débiles de las articulaciones, los débiles de la visión, los chuecos, los asmáticos, los obesos, los deformes, los gigantes, los sordos, los hiperquinéticos, los adictos, los enanos, los torpes, los diabéticos, los celíacos, los alérgicos, los hemofílicos, los artistas (esos son dolientes de la sensibilidad, sensi-debilidad) y existen los débiles de la Cabezota... Cuando la Cabezota no funciona bien, cuando la Cabezota es débil, los quilombos pertenecen a... los quilombos pertenecen al cosmos personal y privado llamado mente. La mente... Esquizo agente enemigo, escurridizo saltimbanqui, bufón ultravioleta, emparedado de piernas sin rumbo, catarsis caleidoscópica, entreverada simbiosis...

* * *

Una fuga de estrellas es un episodio de una película que me gustaría filmar alguna vez... pero siempre llego tarde... Cuando termino de montar la cámara y ordeno básicamente la escenografía y los actores, todos los efectos que quería captar han fugado. Es como una traición interior. Bueno, eso es una traición en sí... Acabo guardando los estallidos para mi propia y privada contemplación. Me quedo con lo mejor adentro de la memoria. Ni lo cotizo ni lo comparto ni lo obsequio ni lo sugiero siquiera. ¡Es mi mayor egoísmo! Privo a todo mundo de esas alucinaciones para quién sabe qué hacer después. Abuso del anonimato que me ofrecen esas caídas mentocorporales. Son tan propias y tan familiares que las pongo a resguardo automáticamente de cualquier par foráneo de ojos. Y la decisión de si se enteran o no está en estos deditos que dicen, ¡contra las teclas!, lo que se les antoja. Ellos administran la data y los efectos que nacen en el texto que se engendre a partir de la data y de la información. Mis diez componentes chúcaros, independientes, mis diez componedores que siempre luchan por actuar separadamente de mí. Sienten tal placer al actuar por su propia cuenta (abusando de mi cuerpo, de mi tiempo, de mis conocimientos, magros, claro, de mis intenciones, de mis objetivos), que se sienten finalmente liberados de la opresión que yo mismo les genero para que no cuenten cuanto deseo se mantenga en ultratumbas. ¡Padezco mis conjeturas... (¡jajajaja...!)! Más que padecerlas...: lo que inconscientemente me ocurre es acabar llevando a la práctica todas las teorías que he construido redondamente desesperado. Soy, prácticamente, Hoffman (salvado a último momento de sucumbir en la bañera propia por alguien menos drogado que él...). Si me pongo a leer viejos textos: veo que escribí previamente cuánto sería capaz de soportar en la acción. Cuando hablé de mi forma de amar, hasta ese momento nunca había amado; cuando hablé de dejadez personal, no conocía cómo se sentía estar tumbado a la bartola horas y horas dejándome hacer por mi sesera; cuando hablé de desigualdad, nunca había probado en carne propia ningún hecho desigual... La impresión que esto me deja es que voy delimitando mi campo de acción, mi campo-experimendo, través la escritura, como sistema protector; al escribir, me someto a padecimientos cuya solución previamente escribí, y luego me guío, mientras transito esos quilombos que inventé poseído, por los migas que dejé sueltas en el camino mientras iba lucubrando qué podría suceder en las situaciones imaginarias que a la vez sembraba, es decir, en los obstáculos. Planteo un camino alterno de inseguridades al que transito, mientras recreo sus sendas soluciones... Sobra decir por qué me cuesta tanto compartir normalmente reuniones sociales normales (sic), ¿no? Autodiscriminación... Latigazos... Una persona absolutamente inconveniente... ¡Un obsceno!... ¡He creado una revolución personal! ¡Cargo con mi propio imperio y también reniego de sus inconveniencias! Pago los sueldos frente a frente a mis senadores. Reconozco que empleo a un centenar de familias pero las educo para que cada cual se haga cargo de la línea de primogénitos que van dejando tras sí, como estela propia. Soy la total refutación... Vengan a proponerme caminos institucionales clásicos y los despejo con mi palito de madera barnizado con una práctica que les asombrará. No quiero escuchar más de política: ¡reniego de los griegos! Luego de dos mil años de política, desbordo de elementos para decir que su propuesta de organización desorganiza. Agarro el diccionario para conocer las diferencias que distancian a una organización social de otra y lo único que veo es que ninguna de ellas rellena realmente el vacío que el mismo intento de organizarnos deja; veo que nunca nadie ha ofrecido un modo de organización libre de recibir la primera andanada de piedras... ¡Es tan claro! ¡Nuestro intento de organizarnos es una consecuencia de falencias generales! Emparchar: tapar los agujeros con agujeros mayores, disimulados con una superficie lisa, llana, pero intransitable por débil. Vengo tan cansado de escuchar acerca de partidos políticos: todos ellos representan las ideas de una sola persona... Propongo el camino contrario para la creación de una ideología política. Digo, rápidamente, sin necesidad de quemar mis pestañitas,: que antes de generar un partido político debe existir consenso. No se debe buscar el consenso de un partido político, porque esa es una tarea indefectiblemente posterior: proselitismo. Con esto se evitaría el eterno debate entre dos intereses personales. Los partidarios siempre chocan con otros partidarios. ¡Es un error primario, carajo! ¡Hay que evitar esto!... ¿Cómo? Bueno, simple,: que primero debatan los que arrastran grupos contrarios en ideas (si no fuesen contrarios no podrían competir, ¿no es cierto?); deben generar, los terratenientes ideológicos, un sólo camino para caminar juntos en adelante; luego, ¡unidos (ahí es donde esta teoría demuestra que nadie empuja el carro en favor de todos sino que todos empujan el carro en favor de sí)!, sabiendo que las mejores ideas de todos los idealistas congenian y complementan entre sí en pos de un devenir mejor, irremediablemente, pa´ todo el puto mundo, ofrecer este híbrido infalible y mayoritariamente consensuado a la sociedad: ¡les aseguro que ganarán! ¡Ahora!, ¿conocen ustedes a alguna persona lista y preparada para proponer un sendero mejorador para todos, proporcionadamente?, ¿o sólo conocen personas que muerden el histórico método de negociar y de transar, sin concesiones, con tal de llevar a cabo una ejecución parcial y egoísta de los incontables recursos a los que, se sabe, los gobernantes acceden apenas son nombrados como tales?... ¿Política?... ¿Vos decís?... Viejos presidentes peleando una butaca en el senado: no lo hacen más que para alcanzar los fueros necesarios que eviten las condenas que se les dispara desde los juzgados debido a los crímenes y hurtos que han cometido durante su/s mandato/s. Mientras la política puje por apoyar sólo un culo sobre el máximo asiento de poder, no me interesa. ¿O no somos todos únicos e irrepetibles? Bajo esta ley natural no podemos pretender una única opinión. Los congresos son hervideros de víboras con distinto precio para cada partido tatuado en la frente. “El sistema se cambia desde adentro”. Muy bien... ¡Oh, sí, sí!..., ¡muy bien!... Ahora: un sistema es una organización recíprocamente fiel entre sus componentes. La política no es un sistema porque carece de tal fidelidad, cualidad si y sólo si. Y tampoco lo es cuanto que un sistema tiene sentido general, común, con rendimiento grupal que acaba dotando a toda su estructura, equitativamente, de máximos beneficios: salud, bienestar, intra e interpaz... En un sistema todos juegan en favor de todos, sin resentimientos. Cuando una pieza reduce su eficiencia, el resto de las piezas acaba incrementando su temperatura porque se ha puesto a trabajar más duro para recuperar el trabajo que la pieza fallida no está aportando; es decir, se cuidan entre ellas. Nunca un componente está pensando en sacar del juego a otro componente para ocupar su lugar porque en un sistema cada componente sabe que está en el lugar en que debe estar: lo sabe porque ha buscado, fielmente a sí mismo, la tarea en la que mejor se desempeña, y la ha practicado infinitud de veces, ¡porque le gusta!, con el fin de mejorar su ejecución; es por eso que a ningún componente de un sistema le interesa el puesto que ocupa un compañero de trabajo; en un sistema no se está por poder ni por recursos ni por reconocimiento personal, y los fracasos de los vecinos no se celebran sino que se padecen, porque los fines son conjuntos, comunes a todos, y porque debilitan el buen funcionamiento general. En cambio, en la política...

O

La literatura es un túnel obscuro, sin salida. Un mohoso túnel que no arroja ni tiznas de esperanzas de encontrar una salida luminosa. Y sumido en la más asquerosa desesperación es que uno acaba viviendo en las tinieblas, obligado a imaginar esa salida con la que siempre se sueña, hasta que finalmente termina por sentirse, dentro del túnel, claro está, como en casa...

P

música
Una tarde, una tarde gris opaca, encontrábase Súperojo durmiendo plácidamente la siesta, luego de haber echado un polvo supremo, cuando escuchó tres campanillazos firmes y ahogados sonar desde el umbral de entrada de su casa. Cree que fueron más de tres. Pero Súperojo sólo escuchó un trío de ellos. Bostezó cataclismáticamente, se acomodó los huevos, y salió con paso tambaleante de su habitación. Las seis mujeres siguieron durmiendo en su cama sin enterarse de nada. Una de ellas, la de los rizos marrones y brillantes, entre sueños, tiró de la sábana hasta cubrirse los cachetes del culo con un gesto que evidenciaba algo de frío. La pelirroja, que dormía a su lado con los pechos al descubierto, ni se mosqueó.
Súperojo asomó su ojo por la hendija de espiar y parpadeó varias veces hasta hacer foco concreto. No vio a nadie. Se despegó de la puerta, restregó su ojo y volvió al periscopio. Distinguió algo, una sombra de forma extraña, pero rápidamente desapareció. Oyó un murmullo. Cansado, con intenciones de poner fin al asunto, abrió la puerta de golpe y dio un paso hacia afuera, en bolas, blandeando con destreza un paraguas que fue lo único que había alcanzado a atinar. Espantado por la sorpresa, el pequeño grupo de lenguas se retiró hacia atrás para esquivar los paraguazos que Súperojo tiró a diestra y siniestra hasta estar tranquilo de que habían sido suficientes. Más espanto sufrió Súperojo al encontrarse con ellas, en postura incómoda, postura que evidenciaba una actitud híbrida de asedio y de disculpas. Su asombro decayó rápidamente y sospechó con astucia el asunto que reunía a las lenguas en la puerta de su casa...
“¡Súperojo, Súperojo!, no nos tome por molestas...”
Ojo miró lengua. Torcidamente.
“Pero... Pero... ¡Bueno...! ¡No me mire así, tampoco!... ¡Es que no nos aguantábamos más, ¿sabe?!... ¡Estamos todas muy inquietas!”
Ojo mudo.
“Con eso que dijo en el auditorio... No podemos seguir así. Necesitamos saber más. ¿Usted podría decirnos algo que complemente?”
“Tiene que ayudarnos, por favor. Sin su apoyo nuestra estructura se derrumba...”
Ojo parpadeó.
“...”
“¡Dale, pedazo de hijo de puta! ¡Decí algo más, nos estamos volviendo locas! ¡Locas!”, dijo una lengua joven, desafiante, y antes de pronunciar la letra ese de la palabra locas tragó paraguas por la cabeza. “¡Perdón! ¡Perdón!...”
“¿Por qué no se pone algo de ropa, Don?”, dijo una lengua hembra que no podía sacarle la vista del choto. Y se comió un rotundo cachetazo de la madre.
Súperojo volvió a acomodarse los huevos, flexionando un poco las rodillas para que se despeguen de la zona de la ingle. Dio media vuelta, un paso, otro paso, entró en su casa, puso pasador a la puerta, caminó hacia su habitación bostezando cataclismáticamente, se metió en la cama sin que ninguna de las seis mujeres se entere, besó con placidez uno de los pechos al descubierto de la pelirroja y al tirar de la sábana, con gesto que evidenciaba algo de frío, dejó a la mujer de los rizos marrones y brillantes con los cachetes del culo destapados.
música

Q

Con un cuento escrito, bien metido en el bolsillo, la vida se me volvió aún más rara, más independiente de mí. Sin el cuento era yo una persona que renegaba de todo el mundo, pero ahora, con ese repelente adentro de la cabeza, el mundo se me había vuelto mucho menor, de espectro reducido, condenándome (ya era palpable) a ser un solitario convencido. No me gustaba el mundo tal cual se mostraba para que yo le hincara el diente, y con este estupefaciente, caliente, intravenoso, menos supe dónde era más o menos sano morder, suponiendo que lo que yo necesitaba morder era algo sano. Cuestión que, la única persona que conocía que había practicado algo de lo que a mí, por ese tiempo, me atormentaba fue Hernán Matavóz: un condenado a muerte feliz. Supongo que previó mi ir de un lado pa´otro sin patrón fijo, mi golpear borracho contra puertas que no escondían nada, mi forma prematura de perder el tiempo... Y se apiadó... y me adoptó... y me mostró un mundo que yo no conocía: el mundo que Hernán me mostró contenía otro mundo mucho más intenso, cuanto concierne a escritura,: Fiche, Adrián Figueroa, un energético masticable. Una hora con fiche eran dos vidas. Fiche fue el primer escritor que yo conocí; Fiche fue el primer tipo que practicaba una vida que yo consideraba debía practicar una persona que pretende escribir como yo soñaba con hacerlo. Hernán me mostró la puerta del infierno y Fiche me contó qué había detrás de ella. Si alguno de ellos me hubiese aconsejado matar a mi madre yo la habría eliminado sin titubear...
La noche que conocí a Fiche ocurrió en el departamento de Hernán. Nos habíamos juntado con el dueño de casa a hacer nada. Siempre nos juntábamos para hacer nada. Siempre hicimos nada y siempre nos juntábamos. Y siempre estábamos satisfechos. Era juntarse para cagarse en todo y todos. Los tres creíamos en el mismo parámetro funcional: no hacer nada. Fueron dos años que hicieron de mi confusión una fusión y luego una infusión que bebí a grandes sorbos, desesperado, quemándome la boca satisfecho.
Fiche vivía en un barrio de mierda, es decir: un barrio con buenos propósitos que se volvió un barrio de mierda porque sin el soporte educativo que deben tener las sociedades fue devorado lentamente por la dejadez general. Él creía firme en ese proyecto barrial, al mudarse. Pero lentamente, bien despacio, en espacio de siete u ocho años, entendió algo que no nos comentó ni a Hernán ni a mí. Creo que lo que advirtió fue: que el utópico sueño de la revolución no se genera con buenas intenciones, y a la hora de lidiar con la acción concreta en sí, se vio absolutamente superado y completamente solo. Fiche fue a parar a ese barrio, Ramón Carrillo, porque participaba de un movimiento que intentaba brindar a las familias que ocupaban el “famoso” Albergue Warnes (famoso en Argentina, y para argentinos de, al menos, cuarenta años; un hospital a medio construir, que había comenzado Perón y que fue dejado de lado para siempre, dando paso a una suerte de conventillo conformado por personas sin vivienda) un sitio donde poder vivir. Y tan compenetrado estaba en el proyecto que acabó embarcándose en éste como una de esas familias sin hogar. ¡Y luego sintió la lejanía! Cuando sintió esa distancia era un poco tarde: ya estaba pagando las cuotas de la casa y los ahorros se le habían ido en el anticipo... ¡Ahora ya no llora... preso en su ciudad!... ¡Pero un día, Fiche comenzó a llorar...! Yo, por mi parte, disfruté mucho las veces que estuve en su casa. Siempre la música fuerte, buena música: algo del Uruguay o rock o lo que fuere que hacía que todos nos sintiéramos en casa, mientras las botellas desfilaban y nos iban perfilando hacia una profundidad excéntrica, tan excéntrica que necesitaba de toda esa sencillez para ocurrir. Cuando lo conocí, en el departamento de Hernán, nos contó que esa misma tarde había subido por primera vez a un colectivo a vender su propio material escrito: y yo toqué el puto cielo con las manos... ¡Estaba, al fin, con las personas adecuadas! ¡Absorbía por todos los poros un candente influjo de electricidad que me adormecía pero que me brindaba fuerzas desbordantes al mismo tiempo, sin que yo supiese bien qué hacer con todo eso!
Errolt O´ Bart, era su personaje principal cuando yo lo conocí. Fiche: actor, escritor, deseoso músico, bailarín, dibujante, ultrasónico, vanguardero, chispero quemaseso, escultor... ¡Infinito!
Y yo lo miraba... Y me retorcía por dentro por saber que no tenía ni la más mínima chance de llegar a alcanzar sus cualidades. Me sentía como un estudiante de piano frente a Ludwing Van Beethoven queriendo aprender... ¡Un obsceno, nuevamente, siempre!
Un día, prometí a Hernán que llevaría el cuento que había escrito. Nos juntamos en su departamento con Fiche. Por las dudas que no fuese el momento oportuno, yo había dejado el cuento en el auto, en el Clío; y mientras comíamos un par de pizzas y unas empanadas, Hernán me preguntó si lo había traído o no. Yo estaba dispuesto a confesarme delante de él, pero la figura de Fiche como escritor me amedrentaba mucho (y era bastante lógico: el cuento era una mierda y Fiche era bueno escribiendo). No pude responder rápido a su pregunta, dudé unos segundos y luego dije que no, que no lo había traído conmigo, que lo había dejado olvidado en casa. Fiche me miró fijo mientras yo esbozaba mi respuesta: “¡mentira!, ¡lo trajo!... ¡Tragó saliva antes de hablar!”, dijo. Yo quedé pasmado. “¡¿Es que este hijo de puta es tan inteligente como para adivinarlo todo, o es que conoce los secretos que utilizan las personas para guardar sus secretos?!”, pensé, envidiando su sagacidad. La cuestión es que me había desenmascarado con sólo mirarme. El asunto no pasó a mayores, se cambió de tema rápidamente y yo quedé con un pedazo de pizza atravesado en el gaznate, sonrojado. Al rato, cuando ya estaba un poco ebrio y había logrado perder el hedor a cobardía, finalmente confesé que el cuento estaba en el auto y fui a buscarlo. Encaré hacia el coche como quien va hacia un baúl que esconde fotos, objetos y recuerdos de un pasado que no se ofrece a la contemplación de cualquiera. Al regresar lo coloqué sobre la mesa, incapaz de darlo. Por turnos, se lo pasaron entre sí; yo los miraba como quien espera un diagnóstico presunto de una enfermedad terminal. “¿Qué significa poner a volar un maní?”, preguntó Fiche, desorientado. “Tirarlo hacia arriba”, suavizó Hernán; pero no pudo evitar que yo sintiera la realidad: el cuento era una mierda. “Ah...”, pronunció Fiche.
Después me dediqué a ponerme lo suficientemente en pedo como para olvidar por esa noche mi segundo fracaso como escritor... para peor, con el mismo material.
Unas semanas después de digerir esa derrota, volví a la carga con otro cuento. Esta vez era un asalto a un banco en un pueblo del interior. Un robo llevado a cabo por un forastero que tenía pensado cavar un túnel hasta la bóveda, desde una casa que había alquilado justo enfrente (una historia muy original...). Armado a los ponchazos todo el asunto de la introducción, di por terminada la historia, con puntos suspensivos, al hacer que el ladrón tropezara, en mitad de camino hacia la bóveda del banco, bajo tierra, con un baúl cargado de joyas y objetos de oro. Intenté con esto, desesperado por saber que no tenía una verdadera historia desarrollada ni por desarrollar, enclavar al personaje en una encrucijada de ambición: si antes de acabar el proyecto de hacerse con un dineral ajeno, por motivos causales y casuales, el tipo era ya dueño de más de lo que tenía pensado llevarse, ¿era necesario seguir adelante con el proyecto? Salí del paso rápido y el texto murió en la mitad del nudo. Pero como era todo lo que había para mostrar escrito hasta entonces, lo mostré: Hernán, un optimista de raza, se cagó de risa y me alentó felizmente; a Fiche le gustó una parte en que yo hablaba de que la justicia intenta, con sus formas de castigo, alcanzar un objetivo estético que dispare una imagen de justicia equitativa y realmente compensatoria, poniendo en la generación de esta imagen estética más empeño que en la acción justiciera, que es lo que debieran hacer al ponerse en el rol de paladines del ordenamiento social. Fiche era un Comunista de raza, de la primera hora; sólo por eso había terminado viviendo en el Barrio Ramón Carrillo: para sostener con actos la famosa causa socialista: lo mismo pa´ todos pa´demostrar que no hay mejores ni peores si todos contamos con los mismos recursos y conocimientos (el concepto no es malo; tampoco lo es el concepto democracia. Ahora, en la práctica: ¿alguno funciona?... Pueden responder después). Marcos Kolmnert era el nombre del ladrón; y el pueblo donde estaba el banco que pensaba robar se llamaba Ketama (lo extraje del nombre de un disco que estaba enfrente mío, sobre un estante, mientras escribía). “¡Y encima de todo tu personaje es... judío!”, dijo Hernán entre risas. Gran tipo, Hernán...
Pero había que seguir escribiendo. De una u otra forma, había que escribir: ese era mi concepto de escritor por entonces. Una persona que corta carne es un carnicero, sin importar si lo hace bien o mal; entonces, una persona que escribe es escritor, sin importar si lo hace bien... ¡Así mantuve caliente mi estado de ánimo por unos buenos años!, mientras exprimía esta cabezota tratando de sacarle algo decente. El problema mayor era la falta de objeto a retratar. Claro que también lo era el lenguaje, sobra decir, pero al no tener ni una mínima historia pa´contar poco importa cómo es que uno debe hacerlo... Perseguido por la necesidad de tener temas para poder describir, arribé a una solución: juntar un gran puñado de personas en una casa con motivo de celebrar una buena fiesta: si la historia del mundo está hecha por hechos que llevan a cabo las personas, entonces, al reunir, emborrachar y batir todo un tropel de personajes en una casa grande las historias van a sucederse con multiplicidad... ¡Prap!, como por arte de magia... ¡Jijiji! ¡Pobre angelito! ¡Qué lejos estaba de lo útil!... ¡Pero cuánto sirvió esa idea! El primer paso fue hacer una breve introducción, separadamente, de cada personaje mientras llevaba a cabo la vida que lo representaba. Como tampoco sabía construir un personaje tomé un excelente atajo: utilicé a cada uno de los amigos que por esa época frecuentaba. Arranqué por describir el magro presente de Diego, que entonces era cadete de una empresa y recorría Buenos Aires, caminando, todos los putos días del año. Seguí con Rodrigo, que atendía una mueblería que regenteaba su padre en el mismo barrio que vivía Diego... Y así seguí con el resto. Me incluí a mí mismo, también, pero en tercera persona. Y con ese ejercicio logré aprender algo importante a la hora de escribir: no importa saber de cabo a rabo qué es lo que se va a contar, sólo deben existir dos cosas: una necesidad desbordante de hacerlo y un punto de partida. Si esa necesidad es realmente fuerte la continuidad se engendra por sí misma. Logré aprehender este aprendizaje cuando al describir al cuarto de los personajes el sentido de la historia torció violentamente. En menos de diez páginas pasé de la idea de imaginar una gran fiesta y dediqué a todos los personajes a la tarea de planear y robar un gigante mercado que era muy famoso en San Miguel. En un segundo había cambiado el proyecto. Un milagro de la creación. Con este nuevo proyecto entre manos y en la cabeza, una nueva energía me pobló, y con ese empellón me puse a trabajar duro. Dale que dale a las teclas de una vieja computadora. Fábrica, siesta y, cuando no había nadie en la casa (vivía con mis viejos), mete que mete palabra tras palabra. Si algo recuerdo con firmeza es lo siguiente: bajo todos los medios que yo tenía a mi alcance trataba de escribir sin que nadie de mi familia lo advirtiera. Algo difícil en una casa en la que viven cinco personas: que llegan, se van, duermen, comen, bañan y haraganean según necesidad y deseo. ¿Por qué lo ocultaba? Fácil: ¿cómo podría llegar a explicar un asunto semejante si ni siquiera yo sabía qué me inclinaba a tratar de encerrarme día tras día a tejer historias reales o falsarias con un procesador de texto? Había momentos en que era tal la necesidad de hacerlo que me ponía en la computadora y cuando aparecía alguien de mi familia de golpe yo pegaba un salto con los cachetes del culo de la silla y adoptaba una postura extraña que intentaba describir a toda costa que hacía cualquier cosa menos escribir. Las primeras veces fue fácil disimular tal actividad, pero con el tiempo era inexplicable con palabras (¡qué paradoja!) sobrevivir a la pregunta ingenua pero aguda: ¿qué hacés tanto tiempo ahí? Por algún motivo todo el asunto de la escritura me generaba una exposición, una desnudez, similar a ser pelado como una papa por un cuchillo de filo significativo. Algo estaba encendido en mí pero no podía responder (porque no lo comprendía) qué era ni qué intentaba ni dónde se había originado. Así las cosas, proseguí con optimismo la historia del gran asalto al hipermercado.
Una noche... una noche como la noche en que volví desahuciado de la inoperante diversión adolescente y terminé por llamar a Norma en mitad de la madrugada, me senté frente a la computadora y decidí que ya era hora de contar cómo debía de ocurrir el robo. Ya estaban descritos los personajes, el leit motive había sido expuesto y sólo quedaba saber cómo iba a suceder todo. Cuestión que, empecé a darle a la máquina a las dos de la mañana, a solas; toda la familia dormía y yo me encontraba a mis anchas. Como a la hora llegó mi hermana de bailar; pasó detrás de mí medio borracha y preguntó qué estaba haciendo. Le dije la verdad: “escribo”. “¡¿Qué cosa?!” Le dije la verdad: “un cuento”. Se recontracagó de risa y siguió su camino hacia el baño. De regreso se volvió a cagar de risa y se fue a dormir. Junté un poco de fuerzas para seguir, me presionaba un poco su mirada: ella estudiaba periodismo y la idea de escribir era más correspondiente a ella que a mí: eso hacía que me sintiera un poco como un ladrón de profesión. Diez minutos después yo continuaba pegándole al teclado con una energía que no me resultaba común ni dominable. Así pasé la noche, dándole duro y más duro. ¡Imparable! La obra: una cagada. El ritmo: imparable... La historia fluía como un arroyo de montaña: líquido, fresco, sin preguntarse si viaja (baja) hacia el lugar correcto, sino entregándose a su efluente natural sin histerias, pantomimas ni restricciones. ¡A-cei-ta-da! Lubricada, cada palabra entraba por la puerta de adelante, súbita, inaudita, inclasificable... ¡y, sobre todo, festejada! A las diez de la mañana me quedé sin cigarrillos y corté el trabajo para ir al kiosco. No noté el humo cuando salí del cuarto, pero cuando regresé y entré en la habitación donde estaba la computadora sentí el gran abrazo de una niebla que me quitaba la visión, y sólo me fue devuelta la claridad al estar sentado nuevamente frente al monitor. Una hora después, once de la mañana, volvió a pasar mi hermana, la misma hermana, que se estaba levantando, detrás mío: “¿¡todavía acá, vos!?, ¡uy, chabón, estás re loco...!”. No necesité pronunciar más que: “sí... todavía acá”.
Eran aproximadamente quince personajes. ¡Un verdadero quilombo! A falta de historias y creyendo que eso era un problema, me metí en un problema más grande todavía: mover toda esa parafernalia de personas hechas personajes, con voluntades y vicios propios, más los vicios grupales, más... ¡Uf, me enterré! El principiante trabajo tornó en cuatro horas de pensar qué hacer y una hora de escribirlo. Así estuve un buen tiempo, sin avanzar mucho; con una hora de trabajo neto sentía siempre que estaba en el mismo lugar desde el comienzo. A cada reunión celebrada con Hernán y con Fiche llevaba algo de material. Todos hacían lo mismo con su trabajo. Y nos lo pasábamos para destrozarnos con reciprocidad. Antropófagos, declarados. La historia creció lentamente y un buen día deduje que lo que estaba haciendo era una novela, que de cuento no quedaba ni pizcas, y que debía reprogramar todo el trabajo y más que nada la ansiedad que presionaba incesantemente sobre los hombros pero sobre todo adentro de la cabeza. Cuando supe por primera vez que el proyecto había roto el molde original, un leve frío me recorrió la columna. Sentí en carne viva el descontrol de la mismísima creación. Su independencia de mí. Y supe que yo no era más que una herramienta de ella. Vuelto un esclavo, repentinamente, me dejé hacer por la historia, con paso de tortuga. Fábrica y arbitraje sumados a la incansable aparición de familiares por todos los flancos de la casa me apuntalaban contra la pared de la falta de tiempo para desarrollar el trabajo real, el único trabajo real de los tres que tenía.
Llegó un punto en que me vi desbordado. No eran miscibles: fábrica, arbitraje y literatura. Mi cabezota conoció, por esos momentos, cómo se siente estar dentro de una olla-presión, hirviendo a más temperatura de lo que la naturaleza resiste. Las tres actividades comenzaron a agolparse: ya no podían convivir. Era una u otra, unas u otra, una u otras... Como fuere, ¡algo había que modificar! ...O acabaría asesinando a un montón de viejos en una plaza mientras tomaban el sol después de almorzar. Con ese trabajo, el cuento devenido en sorpresiva novela, fijé lentamente la idea del deber de elección que sobrevenía. Y también entraron en escena sutiles haraganerías. Llevaba la guitarra a la fábrica, llegaba borracho a dirigir partidos de básquet... Y advertí que nada funcionaba en mí de la misma forma que había funcionado un tiempo atrás, un tiempo donde parecía tener dominada cuanta actividad llevara a cabo. La inoperancia se instaló en mí. Como árbitro no podía tomar ninguna decisión clara, oportuna ni, mucho menos, justa. Sancionaba infracciones a jugadores antes de que tocaran a su rival (con esto me ganaba el odio del público, entrenadores, jugadores y cualquier transeúnte ajeno al partido que pasara casualmente por un costado de la cancha; varias veces me sacó la policía de algunos clubes), ¡ni yo mismo podía creer lo que hacía! Llegué a quedarme dormido mientras dirigía, una tarde en la cancha de Lanús, luego de dos días de caravana... Una noche que estaba dándole a la guitarra en la oficina del gerente Enrique IV... el supervisor de producción entró de golpe y se quedó pasmado. Supe inmediatamente que estaba en problemas. Tres o cuatro operarios que estaban tomando mates a mi alrededor salieron disparados del lugar, como fantasmas, dejándome solo, a punto de rasgar un Sol menor séptima, mirando boquiabierto a mi enemigo natural: el jefe de producción (yo, el de la guitarra, el de los ojos bien abiertos, era el jefe de calidad...). Desentonaba en cada lugar que iba o frecuentaba, ya sea por trabajo o por placer. Mis músculos se entumecían automáticamente, y con los reflejos instintivos de supervivencia llegó un punto en que era imposible contar.
Un tiempo antes de estos sucesos, antes de que Hernán dejara la fábrica para irse de administrativo senior a un banco o algo así, me contó historias de amigos suyos que habían aprovechado la paridad con el dólar estadounidense impuesta por el monarca Soúl I..., que habían marchado a viajar a México, Guatemala, Honduras... Me contó muchas cosas extrañas de esos lugares, lugares que para mí no eran más que destinos perdidos, lejanos y peligrosos; historias que permanecí escuchando perplejo. ¿México?... ¡¿Guatemala?!... Países que aparecían en la televisión cuando explotaba una soberana bomba que destrozaba todo y a todas las personas que por allí vivían. Sabía que estaban al norte, muy al norte, de este continente... ¡y nada más! La escuela industrial me había quitado la cultura general a los quince años, obligándome a cursar todas las materias adentro de un laboratorio. No era ni técnica ni física ni geográficamente posible que yo deshiciera las distancias que me separaban de estos países. Había pisado apenas algo del suelo uruguayo y un poco menos del brasilero, ¡el resto era la sensación que la presencia teórica del mundo me dejaba (y la teoría...)! “¡Pero... yo quiero eso!”, pensaba, mientras escuchaba a Hernán. Lo quería pero era inasequible. No podía, porque era ignorante de la probabilidad real de hacerlo, encuadrar ese mito, ese sueño, esa actitud tan Julio Verne, en mi sistema limitado de contemplación y abarcamiento del contexto geográfico. Viajar era para mí ir una quincena de enero a la costa atlántica de Argentina. Escuchaba, sí, que mucha gente tomaba aviones para descender en cualquier parte del mundo, y que volvía diciendo que no era tan caro... “¡Qué! ¡¿Que no es caro?!... ¡No me jodan!...”. Yo, apenas, con dos trabajos, podía cubrir los gastos del auto. Y la sensación de frustración que las historias de Hernán me dejaran comenzó rápidamente a absorberme. Él amenazaba con ir a México con prontitud. Yo no le creí hasta que volvió y mostró las fotos. ¡Verlo tumbado en una playa que yo creía existían sólo en mi imaginación, fue ver la locura de lo absurdo del enraizamiento muy de cerca! “¡Si vos fuiste, yo también puedo!”, me repetía, esquizo, para mis adentros... “¡Yo también puedo...! ¡Claro que sí...! ¡Viajar...!”, soñaba.

música
Con la tristeza que brinda el exceso de conocimiento, Súperojo meditaba bajo un gran árbol, uno de los pocos, en la llanura de una pampa espesa y enana, acerca del universo: toda la información bailaba con ritmo lento y cadencioso delante de sus ojos cerrados, generando visión. Continuamente había humo, un humo que de tan negro e intenso era macizo. Buscaba, Súperojo, un motivo para no resignarse. Hurgaba con sabiduría dentro de la gran bolsa social con la intención de sacar una bola de luz en la que confiar, y, por consiguiente, declarar como norte exclusivo y consagrado. Esa sesión duró muchísimas horas. El optimismo, cayó en la cuenta, lo había estado abandonando durante los últimos años, poco a poco, incesantemente. El desahucio había ganado terreno mientras la absorción de conocimiento ocurría. “Desasnarse, es ir asumiendo responsabilidades (entendió, Súperojo)... madurando... desolación...”. Comprensión suprema, como lo era en su caso, debido a su pretensión, equivalía a desnaturalizar sus valores actuales para naturalizar valores y preceptos nuevos, adecuados a la moderna visión que estaba por patentar como propia en poco tiempo más. “Debe uno”, pensaba, “tornar insoportable a la existencia propia para generar una necesidad de cambio y de decisiones convenientes...”, cuando sintió apelmazarse su coco con el peso macizo de una fruta madura que le magulló la capa plana y superior de la cabeza.
“¡Oh!, pero... ¿qué es lo que ha caído de este gran árbol sobre mi cabeza?”, se consultó con tono de novela mítica e insoportable... Cogió el fruto, que fue no más que un objeto hasta caer en la cuenta, y sintió una gran inclinación a morderlo. Lo hizo. Conocido su azúcar, miró, por curiosidad, hacia la copa del gran árbol y vio que en nada se asemejaba a la copa del gran árbol bajo el cual se guareciera... “¡Pero... ¿ven bien mis ojos, acaso?!”, atónito, preguntóse. “¡¿Cuánto tiempo ha transcurrido, entonces?!... Cuando llegué aquí, recuerdo, eran tiempos invernales, y la flaqueza de esta planta prometía mortandad pronta... ¿Cuánto tiempo he estado cavilando, perseguido por mi pesimismo?... ¿Puede alguien someterse, o volverse voluntariamente sometido, a tamaña transición sin denotarlo?... ¿será que, ingenuamente, acaso, puede rodar una cabeza tan dentro de sí misma durante tan largo plazo?... ¡Han ocurrido cambios de estaciones aquí!...”
Súperojo rabió solemne un buen rato hasta que su pesadumbre ganó tal magnitud que acabó por permitirse ver la verdad cara a cara:
“La maduración de este árbol”, se dijo, “se ha convertido, mientras la ausencia de mis sentidos, en la maduración de mi propia persona, en la maduración de mi propio ser. ¡No soy más que un fruto...! ¡Aquí se ha forjado mi necesidad de expansión respecto de este mundo... sin que yo haya sabido nunca de tal necesidad! Siempre creyendo que las plantas y los frutales crecen en tiempos desparejos... ¡Pero, ¡carajo!, me siento como un autómata dentro de una gran nave que respira improvisación...!: ¡yo, que siempre sentí que el control del mundo es superior al control que tengo de mí mismo... y ahora me es dado ver que eran falsarias esas hipótesis...!”
(Todo funciona siempre muy bien hasta que llega el momento de supervivir. La naturaleza tiene bien marcado el impuesto sálvese quien pueda. Llegará el día, no dudes, en que todos tus artilugios grupales se vean asidos por una necesidad incontrolable e impostergable de ocuparte de vos mismo, antes que de nadie más. Esto confrontará con todas tus convicciones, todas tus creencias, todas tus (las) supersticiones que actuaban mientras las urgencias no ocurrían. Ese día, te espantarás por la sorpresa de verte correr hacia lo que consideras la salida sin ayudar a nadie, sin tener el menor sentimiento de solidaridad para con tus aliados. El último sentimiento, lo llamo yo.
Súperojo conoció este sentimiento. Súperojo lo conoce todo, es por ello que un día se dignó a hablar. Lo conoce debido a ser y sentirse el creyente máximo. Más allá de él, más allá del universo, Súperojo cree. Eso lo mantiene, como un pedazo de plomo que se le clavara en la sangre, en equilibrio. Y lo hace funcionar veloz, feroz, sin tembleques ni vibraciones en su máquina. Crease o no, Súperojo es la única expresión de organismo que ha logrado volver del último sentimiento a la vida, sin destrozar, sumido en la desesperación que este sentimiento genera, todo su entorno.)
música

Viajar... Acariciar las tetas de la hembra más incólume de la historia que el ojo del hombre alcanzó a ver, con la lengua y con estas `fuerzas de absorber´ tan intensas... Palpar el clítoris hambriento de una quinceañera que sueña con enjambres de carne que pertenecen más a una hembra consumada y de edad mayor. Subir y bajar paisajes sin recurrir al detestable tour turístico. ¡La oveja descarriada...! Viajar a la deriva, siempre. Para poder reconocer las estafas históricas por mí mismo. Un sueño desvelado de antemano. No podía aguantar un minuto más estar en este país, trabajando como mono en la fábrica, siendo árbitro, intentando ser escritor... sin tener la menor idea real de cómo es que el mundo ocurre. Me sentía el máximo falsario. Sin viajar, sin salir, sin amor, sin trabajo vocacional, sin la menor convicción de que el mundo porta algo nutritivo: ¿con qué cara podría sentarme a escribir?, ¿qué se podía decir desde el túnel protector de la ignorancia?... ¡Nada! ¡No se podía seguir así! ¡No iba a ser uno más...! ¡Había que llevar todo el asunto de la literatura más lejos... mucho más lejos de lo que yo sabía hasta ese momento... Había que transgredir una línea que se presentaba imaginaria, impalpable...: ¡atentar contra mi comodidad!... ¡Quería ver volar en pedazos, llena de clavos, a mi visión confortable de lo que escribir significaba! ¡Quería verme saltar por los aires desde el propio culo! ¡Púmba! ¡Y ver mi culo deshacerse delante de mis ojos...! ¡Ratatatatatatatatapúúúm...! “Poner un culo en órbita debe de dejar algo en claro...”, pensaba mientras comenzaba a creer en ello. Así que me dije: “¡qué mierda!, ¡para escribir como yo lo pretendo hay que dejarlo, abandonarlo, todo!”. Salirse de la inercia que el movimiento del mundo deja, era la solución... ¿Cómo observar algo desde el subsuelo? Sentía que debía salir a la superficie, trepar a la estratosfera, trascender la atmósfera del globo, con mecanismo propio, original, no convencional, poco tejido, poco transitado, poco idealizado, poco manoseado... desconocido, en fin. ¿Cómo escapar de la densa niebla que me acaparaba insoportablemente? ¡Dejando en la cancha lo mejor de mí (memorias del básquet)! ¡Sí!, ¡ahí! “¡Apuntá hacia ahí!”, me gritaba dentro del oído con mi voz. ¡Quizá haya que deformar las formas! ¡Quizá haya que desenterrar todos los cadáveres literarios para cachetearlos, para pegar firme en las mejillas óseas de todos los muertos que la escritura había dejado tras sí! ¡Yo estaba dispuesto!... Poco me importaban los restos humanos de la literatura inhumana que había para leer. ¡Me cagaba (y continúo haciéndolo) en los próceres! Ninguno de los escritores que yo admiraba era visto como procerato. Es que, recién cuando uno se sumerge en un determinado mundillo a espiar la historia, puede ver a ciencia cierta en qué grado se nos ha estafado con la historia que se nos contó.

R

Había, ya, un cuento. Había, ya, la decisión de no hacer más que lo que dictara esta multisapiencia. Había, ya, un quilombo de decisiones por tomar. Había, ya, un Yo perdido en el tiempo y muerto de hambre. Había un soberano desastre adentro mío. Todo continuaba con cierta malicia que yo no advertía. Asuntos, cosas, me dominaban. Sentía, perfectamente, lo que un títere puede sentir. Un títere es una figura lamentable. Arquetipo sofisticado que nunca puede mandar sobre su Yo; como la foto de una virgen que augura mejorías pero que nunca puede demostrarlas. Una horrenda y efímera figura de una virgen al pedo, era yo. No existía más para destruir que un cierto estado de ánimo. ¡Y lo logré! ¡Sin saber bien de dónde salían las fuerzas, ellas acudían a mí fortalecidas, siniestras e inalterables! Me dejé llevar durante un buen tiempo. Un tiempo donde no había donde fijar espuelas ni espolones, un tiempo de mierda que se aprovechó de mí a su antojo y deseo. Un tiempo realmente lucubrante. Un tiempo que latía con tiempos demasiado personales. Un tiempo que no creo vaya a extrañar de aquí en adelante. ¡Mi tiempo! Una pequeña porción de mí mismo que trabajara por cuenta propia. “¡Vuelve, tiempo! ¡Vuelve!” Sin fijar la mirada demasiado dura en nada, la impresión era inocua.
Y el tiempo, en realidad, se estaba agotando. Miraba a mi alrededor, a mis amigos y conocidos, y me preguntaba “cómo hacen para hacer siempre lo mismo, día tras día, no sólo sin cansarse sino cada vez con más ganas”. Podía entender a aquellos que realizaban trabajos vocacionales, ¿pero los otros? ¿Cómo lograban esa continuidad que en mí escaseaba?, ¿esa seudo felicidad? ¿Cómo hacían para conformarse con trabajar, estudiar, salir y todo eso? “Será mi permanente estado de ansiedad”, pensaba.
No encajar es una muerte lenta. Saliendo de la adolescencia, mal que mal, estuve un tiempo bien adaptado. Normal, me sentía. Pero poco a poco, ya entrado en los veinte años, se aglutinó la literatura con la búsqueda personal (van inevitablemente de la mano) y comencé a hablar cada vez menos. Fui haciéndome cada vez más mental. No porque lucubrara asuntos de gran importancia, sino porque la necesidad de escribir, sin saber bien nunca qué, me fue metiendo para adentro, despacio pero intensamente. Mi estado frecuente era cavilación. Me aburría aquello que me divirtiera hacía poco. Inconformismo pleno. Renegaba del dinero cada vez más, y prácticamente era todo lo que tenía. Era pendejo y ganaba bien, pero no tenía más que eso. Y eso me molestaba como la mierda. Estaban venciéndose los plazos sin que yo lo advirtiera. Me quedaba poco tiempo haciendo cuanto hacía. Era inminente que mandara todo al carajo.
Las borracheras eran cada vez más extensas. Dos o tres días sin dormir, metiéndome cerveza como un hemofílico se mete sangre. Dando vueltas con el auto por cualquier lado. Así era mi modo ignorante de llamar a la escritura. Sobra decir que con ese mecanismo nunca llegó.
Un día, cargando esos ánimos que cargaba, todo empeoró en la fábrica. Enrique IV... nos reunió en su oficina, y por la cara que tenía podíamos ver que nada bueno iría a anunciar. Hernán Matavos ya no trabajaba con nosotros, se había ido a una administración bancaria de la mano de un amigo suyo. Y tan político era su puesto que cuando echaron a su amigo a la mierda, Hernán tuvo que bajar en el ascensor siguiente para no volver a pisar esas oficinas. Así que ya no teníamos al mejor negociador de nuestro grupo. ¡Estábamos más que estropeados! Y todo salió de la boca de Enrique IV... peor que como lo esperábamos:
“En diez días vamos a implementar el Plan Marshall.”
Ninguno de nosotros había escuchado nunca ese nombre. Pero un apellido alemán nada bueno puede arrastrar...
Nos explicó:
“Es un sistema de trabajo para que la producción no se interrumpa nunca. Eso es un Plan Marshall.”
“¡Me recontracago en los alemanes!”, pensé.
“¿Qué posibilidades hay de que ese plan haya sido creado durante la segunda guerra mundial, por algún nazi?”, pregunté.
“Todas.”
“Ah...”
“No es muy complicado. Van a dividirse todos los empleados en cuatro grupos. Mientras dos grupos de esos cuatro trabajan algunos días por doce horas, los otros dos grupos van a estar descansando. A los dos o tres días descansan los grupos que vienen trabajando e ingresan durante dos o tres días los dos grupos que están descansados. A los quince días se cumple el ciclo. Y, al cumplirse el ciclo, los que estaban de mañana pasan a estar de noche y los que estaban de noche pasan a la mañana.”
“...”, nosotros.
“¿Alguna duda?”
“Sí, yo. ¿Y con la vida?...”
“¡¿Qué?!”
“Con la vida, Enrique, ¿qué hacemos con la vida que tenemos hoy en día?”
Básicamente, nos explicó con palabras un poco adornadas y organizadas con una extraña simpatía que los alemanes de la segunda guerra mundial nunca pensaban en la vida de los ciudadanos.
Y el hermoso Plan de Producción Marshall un día comenzó.
Arrancó así (no hay forma de explicarlo sin nombrar ocho veces la palabra grupo):
Tomando el día lunes como comienzo, un grupo (todos los grupos tenían operarios para todos los puestos) trabajaba lunes y martes de seis de la mañana a seis de la tarde; el segundo grupo de empleados trabajaba de seis de la tarde a seis de la mañana. El miércoles a las seis de la mañana ingresaba uno de los grupos que no había trabajado ni lunes ni martes, y a las seis de la tarde tomaba puesto el cuarto y último grupo. Estos segundos dos grupos trabajaban miércoles y jueves. El día viernes ingresaban los que volvían de descansar y fabricaban hasta el domingo incluso. “¡Sí, mi General, sí!”... La semana siguiente, se invertían los días: lunes y martes trabajaban quienes habían descansado los mismos días pero de la semana anterior y los otros grupos los mismo. No alcanzándole toda esta parafernalia al Sr. Marshall, al comenzar la tercera semana, es decir, al cumplirse el primer ciclo, los grupos invertían el horario. “¡Sí, mi General, sí!... ¡Te adoramos y seguimos!”... Los que ingresaron durante dos semanas a las seis de la tarde pasaban a ingresar a las seis de la mañana y viceversa... ¡Entonces, ahí, justo ahí, sentías que la vida y el mundo se estaban acabando para vos! ¡Y si los horarios rotativos nos hacían sentir que nuestros sentidos eran presa de esa fábrica de mierda, al comenzar con ese demencial sistema de producción todo lo que te quedaba interiormente era violencia!
Aguanté dos meses.
Un día fui a la oficina de Enrique IV... y le dije que iba a mandar una carta documento para que me pagaran el sueldo en un sólo pago y no en cuatro como lo venían haciendo desde hacía tres años y medio. Desde que había empezado, en realidad.
Enrique IV... me dijo que si hacía eso ya sabía lo que me iba a pasar (varios compañeros lo habían hecho y terminaron despedidos). Y yo le dije que sí, que ya sabía, y que era lo que yo quería que suceda, que ese ritmo de trabajo era insoportable para cualquier persona pero que lo era mucho más para una persona de veintitrés años. Enrique IV... comprendía pero le importaba un soberano carajo mi situación. Es más, me dijo lo siguiente:
“Si lo que querés es que te despidan, te despido yo. Así evitaría tener problemas yo (los “yo” de Enrique IV... eran muy pero muy del ego). Imaginá que yo debí advertir que un empleado de mi departamento estaba a punto de revelarse.”
“Yo no me estoy revelando, Enrique. Sinceramente, es insoportable vivir trabajando con estos horarios. No puedo programar absolutamente nada. Los días que tengo libres durante una semana se me ocupan casi a la siguiente, y a la siguiente de la siguiente, encima de todo, se me cruzan los horarios, y cuando voy a la Oficina de Personal a cobrar mi sueldo lo que me dan es un 25%, y a la semana siguiente otro 25% más, pero como a la semana siguiente ya no trabajo de día sino que trabajo de noche, tengo que esperar una semana más para cobrar ese 25% atrasado de mi sueldo, que, a propósito, está doblemente atrasado porque debería haberlo cobrado la semana anterior... ¿Se entiende?”
Enrique IV..., cuando levanté la vista hacia la suya, me estaba mirando con los ojos chiquitos, bien afilados.
“Además”, agregué, “nunca pude cobrar un sueldo entero. Nunca. Y hace tres años y medio que trabajo acá. Yo puedo entender que uno o dos negocios se puedan hacer sin dinero (el Zar Rafael III..., el dueño del infierno fabril, se la pasaba haciendo negocios con los gobernadores de las provincias más pobres del interior: compraba una fábrica hecha mierda, la hacía funcionar, empleaba un número importante de personas provenientes de zonas críticas de desocupación y a cambio no pagaba ni un puto impuesto por el resto de la vida de esa fábrica), Enrique, pero no se puede pasar cuatro años haciendo negocios sin guita. Quiero decir que si acá no se paga el sueldo de una vez es porque lo deciden así, y no por falta de plata. Lo que hace que mi expectativa económica si sigo trabajando acá tenga el tamaño de un confite (lo del confite me hubiera gustado decirlo pero no me animé, así que dije cualquier palabra decente en su lugar).”
“Bueno. Seguí trabajando. En poco tiempo te va a llegar la carta de despido.”
“Gracias.”
“Además”, continuó, “uno nunca sabe las vueltas de la vida... Siempre conviene irte bien de los trabajos.”
Muchos años más tarde comprendí eso de las vueltas de la vida: en otro momento, con otro trabajo, pudiendo, finalmente, escribir como yo lo quería, pero muchos años más tarde. Las vueltas de la vida no empiezan sino después de los treinta y pico de años de edad.
La espera duró unos tres meses más... Tenía que hacer grandes esfuerzos para no romper y prender fuego todo lo que me rodeaba.

* * *

Durante esa época, como un rayo que torciera su destino y volviese a apuntar para electrificarme, Mariela volvió a aparecer en mi vida.

S

Mariela: mi deuda sexual...
Quiso alguien que Mariela se amontonara junto al bendito Plan Marshall y yo dejara de dormir para siempre. Teniendo en cuenta que todavía era árbitro y que los partidos se celebraban los fines de semana, mi vida pasó a ser una verdadera somnolencia. Literalmente, dormía seis u ocho horas cada dos o tres días. ¡Pero cuando el aparato sexo-mental funciona adecuadamente, comer y dormir son cosas de las depresiones! Bukowski dice que el sexo y el dinero son importantes cuando no se los tiene. Yo digo que a esa frase le sobra la palabra dinero... En el sexo está la momentánea perpetuidad de la vida. En su concreción, el optimismo. El universo es una gran bola de placer que rueda cada tanto, y cuando no rueda aparecen los problemas. No hay que coger porque se termina el mundo, como reza esa frase tan pelotuda... ¡Hay que coger para que “comience” el mundo...! ¡Coger y respirar es a todo lo que nos dedicamos, o, por lo menos, debiéramos...!
Mariela apareció y yo lentamente comencé a creer nuevamente en la vida. ¡Puff! ¡Así, sin más! Como una gran nube de humo negro que delante de mis ojos lentamente emprendiera su tan ansiada disipación. ¡Una magia que esperé desesperado! Y sobra decir que por poco no se la clavé también al mago... Fui durante esa época una bolsa de leche agujereada. Chorreo iba a la vida; y sonriendo sólo de pensar en el polvo de esa noche iba también diariamente hacia el oxidante Plan Marshall. ¡Y gracias al sexo, sólo gracias al sexo, fue que me volví el productor soñado! No necesité mil horas continuas de fabricación para generar mejores resultados en las estadísticas de producción, ¡no!, necesité colocársela diaria y nocturnamente a Mariela, adentrarme cada noche en su concha espesa y exquisita para volverme el patán productor máximo que la zona de San Isidro haya hospedado jamás en alguna de las líneas de producción que por esos lares haya construido algún desquiciado de la fabricación continua y absurda. ¡Así de fácil! La óptima forma de hacer trabajar más a los empleados es tenerlos contentos, y la mejor forma de tenerlos contentos es catalizar el acortamiento de la distancia que los separa de un polvo. Si en lugar de darles de comer a los operarios se les diera de coger: verían subir súbita e inexplicablemente los números de sus finanzas, puercos empleadores. ¡Háganle caso a un tonto que estuvo de ese lado: el sexo es inversión, no gasto! ¡Empleen solteros y denles diariamente de coger! Prueba de ello fue el gran crecimiento que experimentó Roma y Egipto. ¡Piénsenlo! Hay todo un mundo de personas casi pobres esperando su decisión, señores empresarios.
La concha de Mariela fue una de las mejores conchas que yo probé en mi vida. Mucho hay de cierto en que fue la primera, y que por eso... Pero si trato de ponerme todo lo objetivo que uno puede ponerse al pensar en una concha, igual lo sigo creyendo. Era tierna y carnosa. Provocativa y contorsionista. Jadeaba, su dueña, desde ahí, parecía. Y se mojaba antes de que a mí se me parara (algo no muy complicado, cabe señalar...). Mariela desaparecía al aparecer su excitación, como una personalidad doble, dando paso a una calentona de alto vuelo. No todas las mujeres logran perder la cabeza a la hora de comer... Me animo a decir que muy pocas lo logran, o, mejor dicho, se lo permiten. Ella lo sabía de memoria y lo disfrutaba, ya, con cada dedo que yo le metía antes de meterle la lengua.
Volver a la cama con Mariela... ¡Todo un esplendor!
La miseria interior que para mí significaba recordar haber fallado sexualmente frente a la primer mujer que realmente amaba (amar por primera vez es como cualquier cosa que se hace por primera vez, uno no está muy seguro de la intensidad que realmente recubre este sentimiento) era desproporcionada. Una miseria prendida en mí como un cangrejo prendido en la branquia de un tiburón, comiéndoselo lentamente con la otra pinza. Un nimio masticando un magno. Volver a la cama con Mariela... ¡Y poder hacerlo...! No hacerlo bien... ¡Poder hacerlo...! Para, después, lentamente, poder hacerlo bien... La acción desmejoró la ansiedad tan dispuesta en mi cuerpo-mente, convirtiéndola en saciedad de apetitos atrasados. Tenía, finalmente, agarrada por las pelotas a la felicidad. Y no pensaba soltarla, por el momento. Fue una venganza solemne. Disfrutada enteramente por mi autoestima. Y como cualquier cosa que sucede tuvo también su final. Y el final se presentó lento y tranquilo, como un decante natural, como un proceso que ocurre obligado por ser natural.
Fue tan bueno y tan corto. Fue tan necesario y tan parte de una etapa que había que quemar. Tan necesario que si no habría sucedido me hubiese vuelto loco al hacer memoria y no encontrar nada... Había que demostrarse algo a uno mismo. Tenía que demostrarme algo a mí mismo. ¡Ser un hombre! ¡Eso! Mi cabeza me decía que para ser un hombre había que tener la pija bien dura cada vez que se lo deseara. Pero ahí ingresó el interrogante de lo que el deseo representa. Y también se metió el amor como incógnita, como variable. La ecuación se puso del revés en poco tiempo. Las equis para allá del igual, con signo contrario, y las yes para acá, con la misma contrariedad de los signos que las condicionaban. Vinieran o fueran las equis y las yes, a mí no me importaba. Mi ecuación se volvía lentamente un todo irresoluble, un asunto mayor que me dejara dejando qué desear. Yo quería, solamente, tener la pija, como herramienta de taller, bien dura cada vez que había que representar un papel de hombrecito... Je, je... La famosa risa de quien está nervioso: je, je, jueee... En todas esas idas y vueltas de mucho coger y de mucho pagar deudas internas, apareció también la realidad. Y la realidad decía que la deuda estaba paga, y que ya no había qué hacer ahí, cerca de ella. Como quien finalmente alcanza algo que cree le pertenece y se niega a soltarlo una vez asido y conquistado, fue ella quien se encargó de hacérmelo notar. “Vos sos un tipo raro”, me soltó, cuando estábamos parados en la puerta de su casa. Habíamos vuelto de una noche un poco extraña. Ella, después de muchos giros, me había confesado que había abortado un hijo del novio que había tenido después de estar conmigo. Mariela había llorado mucho y muy amargamente esa noche. No se lo perdonaba. Se notaba que solamente un nuevo embarazo la pondría a salvo de la mala decisión que había tomado al abortar, y yo noté que un nuevo embarazo sería la única solución que regenere su feminidad y su sicologíap. ¡Salí corriendo...! Tantas cosas tenía yo por hacer, que pensar en tener un hijo era algo que me atormentaba. Ella se encargó de hacérmelo notar, asunto que le agradeceré siempre profundamente, y me soltó la mano de esta forma: “estar con vos es increíble... pero hay algo... algo en vos que nos desconecta”. Escuchar esas palabras tres años antes me hubiera desconcertado y amargado profundamente. Pero cuando escuché eso yo ya estaba puesto en marcha literariamente y lo comprendí de inmediato. Callé. Callé amargado. Apretando bien el culo para no llorar la felicidad que se desprendía de mí para siempre, creía. Sin decirlo me dejó ver que lo que ella pretendía era la existencia que yo detestaba profundamente. Dijo, sin decirlo, en realidad, que únicamente se sentiría redimida si formaba una familia y se dedicaba a sus hijos enteramente; tan enteramente, que si tenía que, en el camino, olvidarse de ella misma no le iba a importar, y si llegara a importarle, no iba a hacer caso de ello. Se había vendido en cuerpo y alma para pagar un error. Estaba dispuesta a postergarse como persona para salvar una mala acción. Con ese gesto, relatado para mí como en confesionario, me avisó que yo no tenía las aptitudes ni las actitudes que ella necesitaba. Fue muy clara. Muy directa. Fue una mujer, la verdad. Con esto demuestro que son ellas las que mandan... Largo y amargo fue el beso conque me despidió para siempre. Yo, en mi estado eternamente romántico, no creí en que no volvería a verla. Pero así fue. Mariela era una deuda pagada y yo una búsqueda permanente. No había forma de que nos mezcláramos otra vez.

T

Como dije, cada vez bebía más. Me gustaba que llegue la mañana porque sentía, con todo el alcohol adentro, que mi cabeza funcionaba mejor. No por despabilado, de hecho estaba lo suficientemente en pedo como para estar lejos de la sobriedad, sino porque sentía que mi cabeza alcanzaba estados de concentración, o desconcentración, ¿quién sabe?, donde la visión del mundo era útil para poder escribir; el alcohol desintegraba mis prejuicios y finalmente podía pensar amasado. Y con el proyecto del despido de la fábrica en marcha sentía que algo adentro mío comenzaba a soltarse. La ansiedad porque finalmente me echaran era muy fuerte. No soportaba ir a trabajar. Entraba en la fábrica con una bronca que me desbordaba. No hacía un carajo y trataba de irme lo más temprano que podía. Otra persona hubiese optado por faltar una vez tras otra, pero yo no. No era una posibilidad faltar al trabajo. Otra riqueza absurda de la educación: no faltar a donde no se quiere ir, incluso sabiendo que todo el tiempo que habría de estar ahí adentro sería tiempo perdido. Hay todo un tema en ese tema... Otra vuelta entraré...

música
Súperojo opina que la poesía es un absurdo. Un aliado pago de los sin recursos de intelecto. Considera que es de índole capital sumirse en algún tipo de simbolismo. No cree en las metáforas: cree, iluso y radical, que una metáfora es la manera con que los cobardes esquivan hablar, o retratar, directamente, de los temas que los sumergen. En los tiempos en que Súperojo se dedicara a la bebida, rellenó interminables cuadernos con versos que deseara privar de la vista general. Pero como acontece a menudo con las almas que deslizan breves y certeros mecanismos de cambio en el sentido que el mundo cursa, esos textos no acabaron basureados ni dejados de lado por una raza que acostumbra olvidarse (a veces voluntariamente) de aquello que la beneficia. Largos garabatos fueron encontrados en sus privados cuadernos luego de que Súperojo abandonara definitivamente la dirección que ocupó desde siempre en algún barrio suburbano convencional. Indican algunos apuntadores teatrales de primera línea que el máximo ojo un día se cansó. Cedió la mística a ciertos predecesores novatos pero promisorios. Marchándose para siempre no sólo del lugar que habitara desde sus orígenes sino también del sector de la faz donde se consideraba plausible de ser hallado. Cuando las lenguas arribaron desesperadas a escuchar el veredicto final de Súperojo, tal cual él las había citado, cumpliendo con fecha, hora y ofrendas, encontráronse con un abandono digno de un escritor más que de un simple, y complejo, a la vez, sabio eterno. Comenzaron por patear todos los muebles, tajar cada almohadón, rasgar con fervor cada una de las prendas de vestir (eso nunca fue explicado, dado su falta de necesidad, sino con un fanatismo que arrastrara a las lenguas a destruir por no poder abarcar, es decir, por incapacidad) que Súperojo abandonara, sumamente consciente de su existir innecesario. Pero como todo organismo, aunque místico e irrepetible, este ojo súper olvidó deshacerse de algunas pertenencias. Creemos, quienes creemos, bien, en Súperojo, que no las olvidó sino que las abandonó para catapultarse, intachable, hacia la figura de insospechado. Anticipó la requisa. Sabe de anticipos, Súperojo. Por eso es que nunca le fue probada compra alguna de objeto material. Se sabía y daba a conocer, a los pocos que se brindaba, como enemigo oblicuo de las financiaciones. Más de una vez masculló, en presencia de terceros predilectos, que las tarjetas de crédito eran la evolución moderna y sublime de la usura de tipo voluntaria. Nunca supo responderse por qué las personas aceptaban endeudarse (término (deuda) que consideraba ficticio; ficticio como la necesidad de todo aquello que asían) a cambio de un objeto si llegaban a solicitar dicho objeto en perfecto estado de salud. “No pertenece”, decía Súperojo, “el objeto solicitado, a la categoría de necesidad vital: aire, agua y alimento”. ¡Un cabrón, Súperojo! Radical supremo. Pero volviendo a la requisa: si bien no se sabe los motivos (olvido o propósito), varios cuadernos fueron hallados en su ex hogar suburbano. Había varias anotaciones de tipo pornográfica que las lenguas, las primeras en llegar, se encargaron de exterminar para que su ídolo no se viera manchado con vicios comunes. Todavía creían que podía llegar el día en que Súperojo les hiciera imaginar, con información mínima, algún secreto de todos los que él había conocido...
De los textos eliminados, sólo han llegado a mis manos dos de ellos. Ambos son contrarios entre sí. Pero ninguno está fuera del aura de calidad máxima que puede esperarse de una personalidad total.
El primero, el menos raro, bastante corto, por cierto, reza (lo observo y lo transcribo):

no hay mejor polvo que el de la eternidad
ni mejor sublimidad que la del cromo
patino, corro o como
siempre con desesperación,
pero no auguro mejor
que se sepa de antemano
que la mamada que da Marta
la mujer del pescadero
que camina por mi barrio...
afirmando que es mi hermano.

El segundo poema que Súperojo osara dejar para la opinión pública, es, si se quiere, de tono más fuerte. Contendieron varias noches, teorizando, las lenguas para dilucidar una supuesta definición o ámbito que convenga a una conjetura de lo que este puñado de versos dejara entrelazar en pos de una era venidera (también, en este caso, lo observo y lo transcribo):

llevo parado en este mundo
más que un puñado de años
traigo, muestro y, solidario,
retengo no más que lo mío
que no besa más que la memoria
que esta tierra, paloma, vuela desde siempre
siempre hubo más dientes que humanos
pero vaya a saber uno por qué
nunca hay nada qué morder...
estamos condenados a chupar
como potrillo lactante
una poronga gigante
que lamemos con placer.

Súperojo (firmaba), un día que en el futuro será parte de un abril.
música

U

Ya no podía quitar los ojos de viajar. Estaba claro. Mientras esperaba que Enrique IV... decidiera mi salida de la fábrica según sus conveniencias, recorría todas las oficinas de pasajes aéreos buscando precios y masturbándome con la idea de suspenderme un rato en el aire hasta algún país bastante lejano. No sabía bien qué iba a hacer pero tenía muy claro que debía ocurrir sobre una tierra a millones de kilómetros mentales de Buenos Aires. ¡Qué bueno es escapar...! ¡Qué bueno es dejarlo todo...! ¿Europa? ¿Por qué no? ¿México? ¿Por qué no? ¡En barco! ¡Quiero viajar en barco! ¡Como en los viejos tiempos...! Navegar dos meses enteros; flotar dos meses enteros, para después pisar tierra firme con claridad, con estupor. “¡¿En barco?!... Nooo, señor. Hace más de cuatro décadas que los únicos que cruzan el Océano Atlántico por agua son marineros o capitanes... ¡¿En qué país vive, Usted?!” “En el mío, gracias”. Está bien, en barco: ¡no! Pero nadie puede negarme que para la clase de viaje que estaba por emprender, un viaje para olvidarme de quién era yo y reconstruirme, no estaba nada mal esa idea. ¡En barco, no! Bien... será en sulqui, entonces, o en carreta... ¡pero será!...
Las indemnizaciones, en la fábrica de los mil demonios, se pagaban al 60 o 65 %, máximo. Me importaba un carajo. Si pensaban pagarme al 0% tampoco me importaba. Yo necesitaba cortar de plano mi vida. Ponerle un cierre bien brusco. Soñar. Creer que el problema era netamente geográfico y no espiritual. Si no hay salida, que sea bien lejos de este laberinto... ¡El pasaporte! ¡Sí! Faltaba el pasaporte. ¡A la cola de los boludos! Con la paridad del peso argentino con el dólar estadounidense, la cola para sacar el pasaporte era como la cola para escapar de Europa en la Segunda Guerra Mundial. Interminable y llena de optimismo. Nadie sabía muy bien qué hacer, nadie estaba renovando el documento porque nadie había podido salir nunca de este puto país. Todos íbamos de puerta en puerta, preguntando dónde seguir con el trámite, preguntándonos entre los tramitantes si teníamos lapiceras para llenar los formularios, que tenían el tamaño de una sábana king size. La cola para pagar no dejaba dudas porque acusaba un cartel del tamaño de un estadio de fútbol: “caja”, decía, sin más; no hacía falta más. ¡Listo! Trámite concluido. ¡Ahora, a esperar! Veinte, treinta días. ¡El pasaje! Ya era tiempo. La fecha del pasaje era como tener, finalmente, la dirección donde estaba la puerta través la cual iba a terminarse mi infierno en esta ciudad. “¡¿Cuánto?!”, pregunté a la chica que me lo estaba vendiendo, “¿eso cuesta ir a México?... ¡¿Cómo puede costar tan caro ir a un lugar dónde hablan mi mismo idioma?!”, dije, compungido e iluso. No esperé la respuesta... ¡No importaba! “¡Dámelo, perra!” Salí de la oficina mirando el sobre que contenía el pasaje con un atontamiento hermoso. La calle Florida nunca había sido tan sublime, ¡nunca había escondido tanto...! ¿Era Buenos Aires, todavía? ¡No, no podía ser la misma calle que hacía un rato! Pero sí, todo era lo mismo: la ciudad, los pancheros, las viejas pidiendo monedas, las putas guiñándote un ojo y dejando asomar la lengua con acidez, los policías, que aunque pasasen quinientos años seguirían parados en el mismo lugar y con la misma cara de muertos que blandearán por los siglos de los siglos, los puestos de diarios vendiendo las mismas noticias cíclicas, ¿el mismo sol?, la misma tierra?, el mismo aire?, ¡sí!, todo lo mismo, ¿pero entonces?, ¡ah!, ya está, ¡era yo!, era yo el que había torcido el prisma un grado en sentido contrario al del reloj y que ahora veía la vida de otros colores, modificados, como de caleidoscopio, como de cuento, como de fábula, como vital, como una simple, puta y condenada vida digna de querer ser vivida con pelotas y corazón. Los ojos ven lo que le dictan vean... Y mi dictado les decía que ya estaban en el momento de ver bien, de ver con ganas y no con rechazo, que coarten las viejas visiones ennegrecidas, enmohecidas, que las castiguen hasta matarlas y las reemplacen por un sinfín de optimismos renovados, por un torpedo de ilusiones que habría de estallar en poco tiempo más, en minutos, sentía, en segundos, sentía, ¡ya!... ¡Ver la vida con ojos nuevos...! ¡Jajajajajaja! ¡Lo estaba logrando! ¡Ya sentía las pelotas liberarse del fuerte apretón de puño o puños de que estaban siendo víctimas hasta recién, hasta milésimas de segundo antes de pisar esa colorida oficina en la que me vendieran el tierno y prometedor pasaje hacia algo que yo consideraba, ¡y no podía ser para menos!, la luna, ¡mi luna, carajo!, ¡la luna que se me debía!, ¡la luna que no era más que una promesa jamás cumplida de lo que vivir significa, tomado esto como base de lo que siempre había escuchado sin experimentar jamás. ¡Llegaba la hora de mi luna...! ¡Moon-time! ¡Tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac... tic-tac-time! Estaba cerca del tiempo de mi luna. ¡Deseaba que cayera la noche cuanto antes! ¡De golpe y sopetón! ¡Con toda la vida por delante, sentía, absurdo, que no me quedaba más tiempo! ¡Así se siente la vida!: cuando entendemos que lo que hicimos un minuto atrás fue completamente idiota, en redondo pelotudo, sin sentido aparente, desconviccionado... ¡al pedo!, para decirlo en dos palabras. ¡Y en mi garganta yo sabía que tenía no dos sino millones de palabras...! Ternura... ternura sentía al advertir que en un tiempo adelante esas palabras dejarían de ser víctimas de una confusión magna y pasarían a desbordar este cuello, ¡a llenarlo!, a abarrotarlo de dulces necedades, de mínimos presentimientos asequibles, de inciertas pesadumbres que yo iría a dominar alguna vez... Había coincidencia en mis deseos y en los caminos que debía de recorrer para conquistarlos. La mezcla era rotunda y soberana. Era una paleta cromática, maleable, que comenzaba a depender de mí y de la energía y sangre que le agregara. ¡Estaba cerca de pintar... … …Y en México pinté! ¡Ellos mismos lo dicen: “es que en esta tierra tú puedes cogerte una tremenda borrachera y levantarte en Francia al otro día, no hay límites para la vida aquí!”. ¡Y tanta razón tenían los pinches cabrones...! ¡México...! ¡Mi tierra a contiendas! ¡Mi lugar! Mi futuro... Mi solidaridad. Yo. Eso es México para mí y lo va a ser para siempre: ¡Yo!

música
A la hora de la siesta, refrescado por algunos tragos tropicales, mojando levemente el paladar con alcoholes, Súperojo yacía tendido sobre una reposera en su nueva casa. Paladeaba el cocktail con gesto sombrío cuando una tímida sonrisa comenzó a correr por su rostro. Imaginaba nenes remoloneando por su jardín, jugando al carnaval, mojándose entre ellos con cierta malicia. Encantado por esa imagen que su imaginación suprema le acercara, rápidamente se puso de pie, fue hasta su escritorio, tomó un trozo de papel y un lápiz 5B, de punta aguda, pulida con recelo la noche anterior, y trazó el siguiente garabato:
“Comienzo a sentir inclinación por la paternidad. Es tiempo, éste, creo, de compartir mi conocimiento con un alma nueva, un alma que yo pueda tornar a mi antojo y semejanza, dulcificar y nutrir. De un tiempo a esta parte he sentido un cansancio que hasta ayer desconocía, que no sospechaba pudiera envolverme siquiera unos segundos. Estoy sintiéndome un poco agotado de esta vida, del asedio permanente de las lenguas, sobretodo. No puedo entender que alguien dependa tanto de alguien. ¿En qué momento me torné agente suspensorio de tanta debilidad general? ¿Cómo pasé de ser un ojo común a un Súperojo? ¿Quién decidió dotarme de tamaña responsabilidad, de tanto conocimiento? ¿Habré sido yo? ¿Quién ha metido los dedos o la cola en este asunto hasta el punto en que yo, que siempre me he considerado poco menos que mediocre, acabe como icono insustituible de fortaleza espiritual? Quizá no sea más, todo este sentimiento, que una farsa engendrada en el seno mismo de mi egolatría... ¿Quién puede saberlo, realmente?... Pero la realidad marca que me buscan para extinguirme los secretos, para sonsacarme algo de información a la que alguna vez, accidentalmente, logré acceso. Una casualidad me ha vuelto un sabio repentino y no creo que, al momento, haya nadie capaz de entender qué significa esto. No voy a rendirme. Seguiré peleando por llevar una existencia normal, reposada, semialcohólica, felina, erótica y subversiva. No torcerán, con sus asedios, a este hombre que fortuitamente ha sido llevado a la figura de dios-hombre, sin consultárselo. Aquello que se espera de mí no me pertenece; no me responsabilizaré por ello. ¡Ante nadie, carajo! ¡¿Queda claro?! Yo soy el dueño de mi vida. Bueno, siempre y cuando no ocurra alguna catástrofe de índole natural...”
música

V

Soy un genio. Un genio pajero y asqueroso. ¡Un entrometista de la creación! Tengo la habilidad suficiente para pasarme por el culo a Borges, Cortázar, Don Adolfo, Chinaski, Guevara, Fiodor, Val Miller, Fredrich, Bateson, Van Gogh, Solari, Waters, más todos los otros, y también porto la decencia de, pasados unos minutos, acabar rindiéndoles la pleitesía que, ¿es “merecen” la palabra?, despiertan en mí, y contar, mientras les rezo, sometiéndome a ellos, cada una de las pastillas, perlas, que, enhebradas por un hilo, conforman el gran collar, como rosario de católico, que recorro con las llemas de mis dedos, y con los ojos bien cerrados, mientras mascullo la gran plegaria que los tributa y que trata de acercarlos: para adorar ídolos palpables, ídolos de fuego, ídolos de tripa y corazón, ídolos que pretendo me admiren, sulfurados, desde el más allá, unos, y desde el más acá, otros. A todos ellos me los he bolsiqueado alguna vez, y tan es así que acabaron conformándome; así que no pueden asustarse del monstruo que han erigido. No les queda más que abrirme la puerta, convidarme un cigarrillo y servirme, los pobres, una cerveza bien fría o, los ricos, champán. ¡Ahí voy, grupete de cabrones! ¡Arrodillado y con la boca bien abierta, luego de un camino arduo, tocaré a sus timbres! ¡Y exijo encontrarlos en casa, girando la manilla de la puerta, enterrados en una bata de entrecasa, en chancletas y con barba de cinco días!

Póslogo

Haberme cogido a la novia de Rodrigo (aunque decir novia no es lo más aproximado), Andrea, era algo que me carcomía por dentro cada vez que lo veía.
Una tarde, decidí ir a visitarlo y soltarle la buena nueva. Había decidido expiar mi culpa. Primero dejé que nos tomáramos una buena cantidad de cervezas y luego arranqué. Se lo largué todo. No quedó nada en el tintero, excepto algunos detalles que hubiesen sido provocadores. Rodrigo me miraba. Hasta solté unas lágrimas de cocodrilo, sinceras, pero de cocodrilo al fin. Como él no esbozaba una palabra mientras me escuchaba, hablé y hablé. Hablé de más. Hablé hasta el punto de aturdirme a mí mismo. Cuando hube terminado mi discursito, y puesto la cara de disculpas que coronaba del todo aquel cuadro terrorífico, Rodrigo tiró una sonrisita y luego dijo:
“¿Y tardaste cinco años en contármelo...?”
Me levanté y me fui.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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