-¡Qué mala suerte tengo, pibe! Le había jurado a la vieja que después de éste me retiraba, y que nos íbamos a Misiones a ver las cataratas. Dicen que los ranchos son baratos allá. ¡Si hubiera salido bien...! Trescientas lucas para dos tipos. ¡Si hubiera salido bien...! Dieciséis años en la calle y ni un sólo tiro. ¡Qué mala suerte, che! De guantes blancos. Eso decíamos con El Rengo antes de salir: “de guantes blancos”. Nunca un tiro. ¡Y mirá que afanamos, eh! Nos metíamos en cada bulín increíble con El Rengo. Si por lo menos supieran... Nunca le robamos a ningún decente. Siempre políticos. Al concejal Villafañez lo teníamos loco. Lo empezamos a afanar cuando nos enteramos que coimeaba laburantes en los sindicatos. ¡Cómo se calentó El Rengo con esa noticia! A los dos días ya le habíamos entrado en la casa. Lo afanábamos una vez por mes, más o menos. Cada vez que nos metíamos le sacábamos lo mismo: televisores, vitrolas modernas, de esas que traen compasdí... Le conocíamos la casa de memoria; hasta con la luz apagada se la caminábamos. Le sobraba la guita. Podía amueblar todos los días, si quería. Se terminó avivando y metió un par de vigilantes. Ahí cortamos; suicidas no éramos con El Rengo. Pero no nos quedamos quietos, eh... A los diez días nos metimos en la casa del intendente. ¡Si hubieras visto cómo vivía ese tipo! Parecía la casa de un rey. Los muebles antiguos, bien finolis. No se podía creer. ¡Esos son ladrones!, ¡no nosotros! En la bodega tenía vino como para veinte navidades. El Rengo se hizo el sota y se curró una botella. Qué rico era... Lo tomamos en su casa mientras nos repartíamos las cosas. “Este es un tinto de embajada, che”, decía El Rengo cada vez que tragaba... ¡Pero anoche salió mal, pibe! Salió para la mierda... Le tendría que haber hecho caso al Rengo. “Es muy pronto”, me dijo. “esperemos un poco más”. Pero no es fácil frenar. La guita endulza demasiado, y cuando te querés acordar estás hasta el cogote. ¡Y eso que ya tenemos cuerda en ésto!... Pero se nos fue la mano. Decí que por lo menos El Rengo zafó. Yo me ligué un tiro en una gamba y un par de trompadas mientras llegaba la ambulancia. Cincuenta minutos tardó, así que hacé la cuenta de lo que me pegaron esos canas. Cuando llegaron lo primero que hicieron fue atender a un policía que decía tener dolor de estómago. ¿Podés creer? Yo todo ensangrentado y los médicos con ese maricón. Mientras lo revisaban el cana me miraba y se reía. ¡Hijunagran puta! Mirá si serán giles... Estaban enojados porque en los titulares de los diarios salimos siempre nosotros. Estos tipos se preparan para atrapar ladrones y después quieren ser famosos. ¡Tendrían que ser actores, no canas! El Rengo me lo decía a cada rato: “No te olvides nunca que nosotros somos artistas”. Pero no, porque si fuéramos artistas no estaría encadenado a la catrera como estoy ahora. Lo que no entiendo es que a vos, pibe, te hayan dado una cama en esta pieza. Porque yo sé que soy bueno. Pero si fuera malo estarías jodido, ¿o no? Mirá estas cadenas. No sirven ni para atar a una monjita. Decí que ya no tengo fuerza... ¡Ojalá que El Rengo se avive y venga a sacarme de acá! Dieciséis años laburando juntos. No me puede dejar tirado ahora... ¡Pero qué lindo, che, cuando aparecés en el diario! No con la foto, claro. Aunque con lo del intendente se equivocaron, lo habían llamado “señor”. Si hubieran sabido cómo robaba el coso ése. ¡No tiene perdón!... Pibe, ¿vos conocés las cataratas? ¡Deben ser de lindas! En casa tengo un cuaderno lleno de fotos. No hay revista que hable de las cataratas que yo no haya comprado. ¡Hasta los periodistas se asombrarían si lo vieran! Le pego fotos desde antes de empezar a afanar. Del lado argentino, del brasilero, hasta del paraguayo tengo; aunque de ese lado no se ve un carajo. ¡Las cataratas...! Cuando las veo siento lo mismo que cuando estoy adentro del bulín de algún político. Unas ganas de gritar bien fuerte: “¡todo esto es nuestro, carajo!”... ¡Nuestro y de todos! ¿Sabías que un japonés dijo una vez que quería que lo enterraran junto con los girasoles de Bangó’? ¿Podés creer? El tipo había comprado el cuadro del pintor ése y se lo quería llevar con él. ¿Cómo puede ser? Es como que yo pida que me entierren con todas las cosas que me afané. ¿Eso no es peor que robar, acaso? ¿Por qué estoy en cana yo, entonces? ¡Estamos jodidos, pibe! ¿Pero sabés qué es lo peor?, darse cuenta de que cuando uno era joven esto también pasaba. Pasaba y no nos enterábamos. Eran épocas tan buenas que a nadie le importaba que lo estuvieran afanando. Pero yo no sé de qué hablan... ¡Si acá siempre hubo pobres! Lo que pasa es que ahora los pobres están de moda, pibe. La diferencia es que antes a la mayoría le iba bien, entonces no se quejaba nadie. En cambio, ahora estamos todos jodidos, entonces usamos a los pobres para protestar. En cuanto la mayoría esté bien otra vez acá no va a hablar nadie aunque los pobres sigan existiendo. Y a mí me dieron en una gamba... ¡En la cabeza me tendrían que haber dado el tiro! Lo único que gané con esto fue tiempo para pensar. Y, ¿quién quiere pensar? Estoy podrido de los que piensan. Por ejemplo, ¿quién inventó el revólver? ¿Sabés cuánta gente murió por culpa de ese invento? ¿Por qué no se calló la boca? ¡Esa gente no sirve! Inventa cosas para hacerse famosa. Es como proponerse vivir para después contarlo. Contar las anécdotas es la parte aburrida. Hace reír, sí, pero después quedás triste. Pero, ¡qué mala suerte tengo, pibe! Te juro que éste era el robo de jubilación. ¡Si hubiera salido bien...! Pero la guita es divina. Endulza mucho, pero es divina... ¡Caer ahora! ¿Cómo puede ser? ¡Y mirá que llevo años,eh!
-¿Dieciséis?
-Pensé que te habías dormido, pibe. Sí, dieciséis años y mirá cómo terminé. El único consuelo que me queda es que terminé como los grandes. Como Gatica, como Olmedo... Con final trágico. La diferencia es que de mí, ¿quién se va a acordar? El Rengo, nadie más. ¡Qué fulero es pasar desapercibido, che! Yo soñaba con hacer el robo del siglo. Soñaba con dar un golpe grande como el obelisco. El Rengo me dijo una vez: “si querés que no te olviden afanate el obelisco”. ¡Cómo nos reímos esa noche! Robar el obelisco... ¿te imaginás? ¡Qué lindo sería! ¡Y llevárselo a Misiones! Ponerlo en el río y que las cataratas lo bañen hasta dejarlo chiquito. Después vas y lo devolvés. ¿Ves?, a este país le faltan esas cosas. ¡Cosas de la imaginación!...
-¡Renguito querido!, ¡menos mal que viniste! ¿Te costó mucho entrar?, ¿y el vigilante? ¡Bah!, no importa. Sé bueno, sacame estas cadenas y llevame a casa... ¡No aguanto más este hospital!
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario